LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 La primera piedra
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28: La primera piedra 28: La primera piedra 5 La primera piedra La sagrada mezcla hecha del sol de levante, de rocíos y savias, donde la más pequeña hoja de hierba es tocada con religioso respeto.
Es el mundo de las fuerzas oscuras del centro de la tierra que se juntan en un inquietante trabajo de parto, ora aliadas y ora enemigas, de las que los hombres parece que esperan encontrar algún secreto sacramento.
!Por fin llega la milésima mañana y el alma del oro se abre!
Definición de la Gran Obra según Raymond Abellio.
Desde ese día, Flamel y su esposa se quedaron a vivir en el castillo.
Como siempre sucedía con lo relacionado con la misión de su marido, Perenelle se abstuvo de tomar parte, aunque gozaba de las ventajas de la alquimia y seguía de cerca los avances porque su esposo le explicaba por las noches los logros conseguidos con el nuevo Iniciado.
Gracias a Dios, hizo buenas migas con Mathurine, la sirvienta del florentino.
Se habría aburrido sobremanera en una mansión gigante sin nada que hacer mientras su esposo pasaba el día y la noche entregado a su Arte.
Se centró en ayudarla en las tareas de la casa y aprendió mucho de ella, como a cocinar platos veganos.
Al poco, Leonardo recobró la salud a base de infusiones de limaduras de Piedra Filosofal —el Elixir de Vida Eterna— que Nicolás le suministraba a diario.
Dejó de sufrir desmayos y temblores, e incluso desaparecieron su estrabismo y la parálisis de la mano.
Como era de esperar, tras vivenciar en carne propia las bendiciones que otorgaba la Bendita Piedra, Da Vinci se obsesionó con la alquimia.
Y contaba con una baza que pocos Elegidos habían tenido: el judío no solía quedarse junto a su pupilo para hacerle de maestro.
Normalmente le donaba el libro y se marchaba.
Como mucho, le enseñaba unos días o semanas.
Cada caso era diferente y su instinto marcaba el papel que debía adoptar con cada uno de ellos.
Pero Da Vinci era algo personal.
Lo sabía por la Gracia: percibía en ese hombre un aura de prodigio y bondad que merecía su tiempo.
Se comenzó por colocar la primera piedra de la Gran Obra, el primer peldaño.
Como en todas las artes y ciencias, existían cantidad de vías a seguir para llevarla a cabo, unas más largas, otras más cortas, con diferentes fases y sustancias.
Flamel había recorrido solo una de ellas y le había funcionado, así que decidió empezar por ese mismo camino con su discípulo, aunque luego el pintor transitara su propio sendero particular.
Para ello, preparó su piedra en bruto sometiéndola a una rigurosa disciplina física y espiritual mediante una vida de correcta moralidad, dieta, oración y equilibrio, con el pleno dominio de todos sus sentidos, inteligencia y dones de percepción.
Las condiciones para la práctica consistían en ser buen cristiano, persona devota y humilde, de recta y honrada intención, auspiciado por una conciencia pura.
No supuso casi esfuerzo, solo necesitó un refinamiento: ya poseía la mayoría de esos atributos y hábitos.
En pocas semanas, Leonardo era terreno fértil para cultivar.
Arrancaron con la ayuda de los cielos.
Trazaron el mapa natal del artista.
Era importante para obtener la tierra que serviría de materia inicial.
Esta recogida debía realizarse mediante la elección minuciosa del lugar y momentos exactos.
No se trataba de un simple trabajo mecánico de excavar el suelo, sino que constituía una complicadísima operación que debía llevarse a cabo bajo determinadas conjunciones entre la Luna, Saturno, Urano, el Sol y la posición astrológica del florentino calculada a través de su carta para que las energías cósmicas se concentraran en la tierra en el preciso instante de su cosecha; si se cometía el mínimo error, resultaría inservible, provocando el escape de esas fuerzas entre los dedos del alquimista, un absoluto fracaso.
Cada pequeña acción se debía meditar con rigor absoluto.
No era de extrañar que la mayoría de filósofos llegaran a viejos sin darse cuenta, dando palos de ciego, intentando procedimientos y vías por ensayo error; y, un buen día, al percatarse de una barba canosa ante el espejo, volver la vista atrás y descubrir que el laboratorio les había consumido la vida.
Da Vinci, como buen astrónomo y matemático, disfrutó ampliamente esa parte del trabajo, ayudando en los cálculos y el dibujo del mapa.
Con toda la información, recogieron la tierra y emprendieron el Magisterio de la Alquimia.
Nicolás le enseñó a nutrir esa muestra, previamente cargada de energía cósmica, con la sustancia de tinturas a base de flores y raíces.
Estas también precisaban de cálculos para su recolección, pues era necesario determinar la relación entre la flor y su correspondiente planeta.
Con todo, Flamel disponía de un botánico experimentado, un polímata que abarcaba casi todas las ramas de conocimiento, algo que le faltó cuando gestó su primera Piedra.
A medida que trabajaban juntos, reconoció que contar con Leonardo para una empresa tan pretenciosa era garantía de triunfo.
Y pensó en los quebraderos de cabeza que se habría ahorrado si por ese entonces hubiese dispuesto de su ayuda.
Una vez las esencias vegetales quedaban impregnadas en la tierra, la mezcla se tornaba oscura y estaba preparada para recibir la purificación del rocío, otro que también les llevó su tiempo.
De forma paralela, se ocuparon del lugar de trabajo: armaron un laboratorio, tal y como Canches le había enseñado.
Usaron uno de los sótanos del castillo —que servían a Leonardo para algunos de sus estudios y tareas—, interconectados entre sí por una red de galerías subterráneas.
Lo dotaron del instrumental básico.
Lo primero fue construir varios atanores.
Luego el crisol, el receptáculo que incubaría cerca de nueve meses la materia inicial que tanto se habían trabajado a base de tierra y esencias, y que pasaría por una diversidad de procedimientos y nuevas sustancias.
Con suerte, al cabo de ese tiempo, daría a luz en un parto magistral el Lapis de los Filósofos.
Contar con uno de calidad era imprescindible para lograr el éxito, pues muchas veces la gestación del huevo, a pesar de su adecuado desarrollo, se abortaba en forma abrupta debido a una repentina explosión.
Para conseguir un material de semejante resistencia, Nicolás compartió con el aprendiz una más de las virtudes que brindaba la panacea.
No solo concedía inmortalidad y remedio para cualquier enfermedad, su magia también actuaba para muchas otras utilidades: era capaz de endurecer el vidrio, teñirlo de los colores de las vidrieras de una catedral o transmutarlo en piedras preciosas como el topacio o rubí.
Para obtener el huevo filosofal, fabricó vidrio a partir de una mezcla de arena de cuarzo, sosa y cal.
Los fundió en el atanor.
Una vez obtenida la pasta vítrea, agregó partículas del Lapis que proyectaron su poder, brindando una dureza desconocida por el hombre.
Sus cinco atributos divinos: eternidad, inmutabilidad, omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia se transferían a cualquier cosa con la que entrara en contacto, dando lugar a verdaderos milagros.
Se podría golpear, batir sobre el yunque como si de metal se tratara, hasta se le atribuía levantar casas que nunca caerían.
Crearon una buena partida de crisoles, vasos e instrumental necesario.
Con esos recipientes indestructibles, tenían las bases para iniciar el Magisterio.
Aunque el camino no había hecho más que empezar.
Así se adentraban en la Obra, se iba complicando la tarea.
El trabajo de laboratorio aumentaba el número de operaciones repetitivas que agotaban al Iniciado: disoluciones, coagulaciones, digestiones…, desarrolladas bajo el influjo de los siete planetas de la astrología clásica: Mercurio, Saturno, Júpiter, Luna, Venus, Marte y Sol.
Para el alquimista, suponía resolver miles de cálculos, además de la creciente fabricación y manejo de toda clase de instrumentos.
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