LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 29
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29: El laboratorio 29: El laboratorio 6 El laboratorio Allí pasaban días seguidos sin apenas dormir, obcecados con que el genio lograra engendrar el Lapis Philosophorum.
Nicolás, paciente, le enseñaba a leer los mensajes ocultos en el Libro de las Figuras Jeroglíficas para que aprendiera los entresijos del Arte Arcano y sus proezas.
Le mostró cómo obtener algunas de las ventajas que brindaba la Piedra Filosofal: desde transformar metales bajos como el plomo en oro, revivir plantas muertas, fabricar vidrio maleable o endurecerlo como roca, crear lámparas perpetuamente ardientes, transmutar cristales o piedras en diamantes o perlas, construir espejos ardientes para calcinar materia, hasta incluso convertir sus ropas en tejidos incombustibles.
Cada nuevo hallazgo era mágico e intrigante para esa mente prodigiosa, y la mantenía motivada.
En pocos meses, Leonardo se manejaba en el Arte con destreza.
Tenía empezados tres proyectos de futuros Lapis en hornos diferentes, que velaban noche y día entre él, Nicolás y Francesco.
Así era el camino de un Elegido, fatigoso, cuesta arriba, difícil y cargado de incertidumbre, aunque en este caso no era novedoso: su propia vida de artista ya le había brindado caminos espinosos.
Esa noche Flamel estaba dando forma a una herramienta para el laboratorio y Leonardo observaba un atanor; abrió la mirilla, echó un vistazo al crisol y objetó enarcando una ceja: —Nicolás, esto no está tomando el color que cabría.
—¿No sois vos el que decís que la sabiduría es hija de la experiencia?
—atajó sonriente, golpeando el hierro a martillazos—.
Hay que practicar más, querido artista.
Y no olvidéis el poder de la oración.
Allí reside el éxito de la alquimia.
El Iniciado acató la sugerencia.
Fue al enorme baúl de Flamel, que relumbró al abrirlo, y cogió una de las Piedras.
Para orar, le inspiraba tener en las manos ese pedrusco cristalino que despedía brillantes reflejos.
Se esperanzaba soñando con que algún día su crisol alumbraría una igual.
Se arrodilló delante de una de las tantas pinturas que adornaban las paredes del laboratorio subterráneo.
Siempre que rezaba, acudía en concreto a la imagen de Cristo: el Salvator Mundi.
Había llenado el sótano de instrumentos musicales, que tocaba en sus descansos para reavivar el alma, y de réplicas de dibujos y lienzos, algunos repetidos docenas de veces, en los que se apoyaba para hallar inspiración con sus plegarias.
La pintura y la música, en orden de importancia, eran unas constantes en la vida del maestro.
Flamel se permitió un descanso para observar a su amigo.
Estaba en meditación, con los ojos cerrados, relumbrado por el Lapis y rodeado de silencio.
Era casi palpable, de él emanaba una paz que no era de este mundo, una profunda comunión con la Esencia que exudaba en forma de serenidad por cada poro de su piel.
El maestro alquimista sonrió y, orgulloso, se regocijó de ver la transformación que había provocado en su pupilo.
En ese tiempo se habían sucedido cambios significativos en su alma.
De estar gobernado por una mente fatigosa, había pasado a adoptar una visión de la vida más sosegada, más abierta y confiada, añadiendo una dimensión de fe y apertura a la magia y al misterio que nunca habría ni tan solo imaginado.
Aunque no del todo escéptico, Leonardo siempre había sido ante todo un pensador sistémico, un pionero del humanismo científico que aunaba curiosidad sin límite y virtuosismo artístico en un intento por fusionar arte y ciencia, humanidades y tecnología.
Un visionario, un adelantado a su tiempo que dibujó incansable el futuro en miles de escritos y bocetos.
Perfeccionista hasta lo enfermizo.
Y, con la llegada de la alquimia, se había suavizado: su alma se había ablandado, así el hielo se funde lento en agua templada.
Nicolás se acercó a él y dedicó su atención a observar la obra que Leonardo había repetido varias veces tanto en dibujo como en lienzo, pero no había dado por terminada.
Sopesó el carácter inconstante del pintor, y se atrevió a criticar: —¿Por qué repetís el mismo trabajo tantas veces?
Tenéis muchos empezados, pero pocos concluidos.
—Una obra de arte nunca se termina, solo se abandona —se excusó al tiempo que colocaba un gran espejo frente al lienzo.
Trazó unas líneas sobre la superficie del vidrio para copiar la figura reflejada de Jesús y comparó ambas imágenes.
Flamel estaba cansado de ver que pintaba sobre los espejos y no entendía por qué razón el artista perdía el tiempo dibujando la misma figura dos veces, pudiendo pintar directamente sobre el lienzo.
—No comprendo vuestra manera de trabajar.
—El espejo es un maestro.
En él se proyectan los objetos de un modo semejante a como se dan en la pintura.
La figura en el espejo supera siempre la real.
Su superficie, clara, cristalina… —Pasó las yemas de los dedos por encima con delicadeza—.
La mente del pintor debe ser como su luna, que adopta el color del cuerpo que refleja y está llena de las imágenes de los objetos que tiene delante.
»Además, tiene buen juicio.
En ella puedes mirar tu obra con frecuencia y apreciar tus errores con mayor precisión.
De manera análoga a la luna, que nos brinda la luz prestada del sol, nos regala otro punto de vista, en un reflejo.
—Tras guiñarle un ojo, rozó el cristal con un ademán resuelto que quería expresar su poder.
Flamel sonrió comprensivo ante el marcado perfeccionismo de su amigo, y lo probó: —¿Os habéis preguntado cómo llegasteis a pintar tan bien?
—Me he apoyado en la geometría sagrada.
El arte, al igual que la naturaleza, desde lo pequeño a lo grande, puede estructurarse conforme a las mismas leyes matemáticas y geométricas.
Las he leído en la naturaleza y las he trasladado a la pintura.
»Y eso dota a mis obras de una carga simbólica que no solo se aprecia por el medio consciente, sino que también reproducen una reacción inconsciente en el espectador, que proviene de estas estructuras sagradas, estos patrones mediante los cuales el universo se replica a sí mismo hasta la saciedad.
»El inconsciente del espectador capta esos destellos o pinceladas del mapa genésico del propio universo —gesticuló para representar el proceso inasible con movimientos demasiado rápidos y seguidos para ser registrados— y se deleita en la esencia divina que ocultan mis obras.
—Y ahora ya sabréis de dónde procede toda vuestra genialidad e inspiración, ¿verdad?
—provocó bosquejando una sonrisa cómplice.
—Como siempre digo, nada nos engaña tanto como nuestro propio juicio.
Es curioso que, después de una vida dedicada a rastrear las pistas de Dios, ya de viejo, cuando menos lo esperaba, he dado con su verdadero rostro —recapacitó arrugando el ceño mientras hundía la mano entre la barba para frotarse el mentón—.
Lo estuve buscando fuera, en sus manifestaciones físicas, haciendo uso del intelecto.
Lo más paradójico de todo es que estaba más cerca de mí que yo mismo: era mi propia esencia.
Flamel se complació en escuchar la profundidad que emanaba de esa reflexión y presintió que ese avance en conciencia se reflejaría en las redomas del laboratorio.
En busca de las improntas de Dios, el escribano se fijó en la imagen frontal de Cristo, que resaltaba sobre un fondo en penumbra: la mano derecha alzada levantaba dos dedos en señal de bendición y, en la izquierda, una esfera de cristal.
Miró a los lados y se dio cuenta de que el primer detalle estaba también en muchas otras de sus pinturas.
—¿Por qué tantos de sus cuadros contienen personajes con el dedo índice apuntando hacia arriba?
—Me he dado el permiso de esconder mensajes ocultos en ellos para los que puedan ver —explicó arrojado, aunque ese tono se aminoró—.
Voy a confesarle que siento que he ofendido a Dios y a la humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía tener, pero he dejado una obra repleta de códigos secretos que al menos divertirán a quienes los descubran.
—¿Qué clase de códigos?
—El dedo índice erguido es un símbolo del primero entre iguales, el príncipe, el mayor.
Pero también indica una dirección que ha sido velada por la Iglesia desde antaño.
Nunca he compartido el dogma de que alma y espíritu son lo mismo.
Sé perfectamente, y ahora más, que el ser humano comprende la tríada cuerpo, alma y espíritu.
»Existe una dimensión sutil que nuestra conciencia puede experimentar accediendo así a nuestra propia divinidad por tanto tiempo negada.
Esa es la mayor contribución de mi legado, recordar a todo hombre su Conciencia Crística y su semilla de Iniciado.
»Sin embargo, en el Salvator Mundi no está solo el dedo índice alzado; si veis se cruza con el corazón.
—Imitó el gesto que aparecía en el cuadro, y Flamel cabeceó dando a entender que lo había captado—.
Con ello quise expresar la dúplice naturaleza de Cristo, humana y divina.
—Bajó un dedo y luego el otro, marcando las dos últimas palabras—.
Asimismo, la identidad del Maestro también está reflejada en el orbe que sostiene en su mano.
La esfera de roca cristalina representa al universo y los cielos.
¿Veis las estrellas dentro?
—Señaló los brillantes puntos diminutos—.
Simbolizan la totalidad del cosmos y el poderío de Jesús como su Salvador.
»Pero si os fijáis bien hay un error de óptica dejado adrede.
La bola carece de los detalles reales propios de la refracción y distorsión de la luz esperados cuando esta pasa a través de una esfera de cristal.
El reflejo del orbe debería devolver una imagen distorsionada de la parte de la túnica y la mano que lo sostiene; pero lo pinté como si fuera una burbuja hueca de vidrio transparente que no refracta o distorsiona la luz que pasa por ella —confesó con una mueca traviesa.
En tanto Da Vinci levantaba el lienzo por encima de su cabeza, su boca fue una cascada de palabras: —¡Desafié a propósito las leyes de la física con la intención de mostrar la supremacía de Jesús sobre las leyes que rigen el mundo como cualidad milagrosa que confirma su estatus de Rey y Salvador de la humanidad con la Segunda Venida de Cristo!
—clamó con toda la unción de los antiguos profetas.
Nicolás estaba embelesado con los enigmas desvelados en la pintura, confirmando con la mirada lo que le había dicho Leonardo.
El cuadro era una caja de sorpresas, igual que su pintor.
Miró el rostro borroso del predicador galileo y se interesó por ese detalle: —¿Por qué difuminasteis su cara?
—Pasó las yemas de los dedos por ella con cuidado por el respeto que sentía hacia ese sobrehumano personaje.
—He usado muchas veces la técnica del sfumato.
En esta ocasión lo hice con el propósito de crear una dificultad en el espectador para reconocer los rasgos faciales, y provocar en él una pregunta obligada: ¿quién fue en realidad este hombre?
—Enarcó las cejas con gesto interrogante—.
Esa es una pregunta que siempre me he hecho.
»No creo que sepamos quién fue ni la magnitud de sus actos.
Y menos por lo que nos ha llegado de la Iglesia —reveló con el corazón en la mano lo que pensaba sobre la identidad de Cristo, alejada de la idea romántica e idealizada del Nazareno, más próxima a la figura de un gran maestro espiritual—.
No soy un hombre de fe ciega, por eso he querido dejar mensajes que hagan cuestionarse, como yo mismo hago, los dogmas impuestos sin el respaldo de pruebas.
Y va más allá: estoy enviando un mensaje claro a los hombres para que desconfíen de esta institución.
—Levantó el dedo índice en señal de advertencia.
—Esos mensajes podrían ser peligrosos, amigo.
—¡Ah!, ¿sí?
—espetó con una sonrisa burlona—; no creo que muchos vayan a observar tan profundo.
Si así fuera, será porque mi obra habrá impactado lo suficiente como para que alguien se tome las molestias de indagar a fondo en ella.
Así que bienvenido sea, ¡que me lleven a la hoguera!
Nicolás rio largo ante aquellas palabras.
Da Vinci solía gastar bromas y hacía declaraciones graciosas e inesperadas, y siempre las concluía con una mueca risueña y la misma sentencia: «Si es posible, se debe hacer reír hasta a los muertos».
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