LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Abraham el Judío
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3: Abraham el Judío 3: Abraham el Judío 3 Abraham el Judío Te juro por mi alma que si desvelas esto serás condenado.
Todo viene de Dios y todo debe regresar a Él; así pues, conservarás para Él solo un secreto que solamente le pertenece a Él.
Si, por algunas palabras ligeras, dieras a conocer lo que ha exigido tantos años de cuidados, serías condenado sin remisión en el Juicio Final por esta ofensa a la Majestad Divina.RAIMUNDO LULIO Habían transcurrido unos días y ningún suceso en su rutinaria vida había dado señales de que aquel sueño hubiera sido otra cosa que eso, un sueño nada más.
Nicolás estaba en el trabajo traduciendo un tratado de filosofía, otro pedido de entre los que tenía esparcidos sobre la mesa.
De golpe, se quedó a oscuras.
A tientas, descolgó el candil de la pared, llenó el depósito con aceite y sal gorda para avivar la combustión, prendió la mecha y, con la generosa llama que brotó por la piquera, se alumbró.
Alzó la vista para mirar por la ventana.
A través de los gruesos lentes que usaba para leer, constató que había atardecido y era hora de cerrar.
Solía ocurrirle con frecuencia.
Podía pasar una jornada entera sin apenas quitar ojo del trabajo y a menudo la caída de la luz lo avisaba de que era hora de partir.
Ponía orden en sus papeles cuando un judío alto y enigmático apareció por la puerta.
—Señor —dijo el librero, extrañado por la inesperada visita.
Conocía bien a su clientela, y ese anciano no formaba parte del reducido círculo que se dejaba caer por el local.
Sin embargo, había algo en el aura de ese hombre que le resultaba familiar.
—Buenas tardes, soy Abraham —dijo acercándose con paso decidido a Nicolás, como dardo hacia el blanco de la diana, sin mostrar ningún interés por la farragosa cantidad de género que invadía por doquier.
No era la reacción habitual.
Quien entraba por primera vez dejaba vagar su vista por el frondoso bosque de sapiencia y quedaba capturado por buen rato.
Al llegar al escritorio de Flamel, le enseñó la obra que llevaba bajo el brazo, que, por su abrumadora luminiscencia, más que un libro parecía un sol: relucía un amplio espectro de destellos que iban de tonos cobrizos y cetrinos a dorados, más potentes que una descarga de rayos, y que actuaban sobre la atención como una fuerza atractiva irresistible e insoslayable.
Los ojos de Nicolás no daban crédito a lo que veían: el libro dorado que el ángel le había mostrado en el sueño.
—Mi visita se debe a que querría vender este libro —explicó Abraham con naturalidad, como si fuera de lo más común estar en posesión de un objeto que solo se podría tildar de imposible.
—Creo que llegaremos a un acuerdo, monsieur —subrayó, asintiendo aturdido.
Tomó el volumen con una fascinación que ni siquiera intentó disimular.
Contempló aquel opúsculo, extasiado tal si tuviera delante suyo al mismísimo ángel del sueño y hubiera caído postrado ante él.
Al contacto con las manos, notó la cálida luz bendita, que le rozaba la piel en una caricia tan placentera que a un punto se desdobló en su contrario: dolor que le provocó la sensación de escalofrío recorrerle el espinazo, como una violenta corriente eléctrica que descendía desde la nuca hacia la columna vertebral para terminar fundiéndose con el cuerpo; lo convenció de su naturaleza mágica y divina.
El anciano se quedó en silencio, permitiendo unos momentos de gloria a Nicolás, y añadió con una media sonrisa compasiva: —Son diez florines —resonó como un golpazo hiriente para los oídos; aunque aquello era un precio disparatado, no alteró a Flamel.
—Me parece bien.
Sacó las monedas de una caja de madera donde guardaba la recaudación y se las dio.
Raudo, agarró de nuevo el libro con gran ardor, como si el mundo entero se hubiera desvanecido en torno a sí.
Las pupilas hipnotizadas por incandescentes brasas se ensanchaban y parecían derretirse de placer.
Abraham lo miraba con intensidad, dando vueltas a su alrededor con paso sigiloso para efectuar un examen exhaustivo del librero; en su semblante se le notaba estar más emocionado que Flamel, así que suspiró con fuerza antes de volver a abrir la boca.
—¿No os ha parecido caro?
—Bueno, la obra está en buen estado… Las tapas son de fino cobre, parece.
Pasó las yemas de los dedos sobre ellas y leyó el título, grabado en brillantes letras de oro, con un aura de misterio: —El Libro Dorado… —Pero son diez florines, Nicolás.
El escribano lo miró con extrañeza: no entendía por qué Abraham le había propuesto venderle un libro y ahora se esforzaba en echar para atrás la transacción.
Desenganchó el cierre metálico que unía los bordes de las cubiertas y comenzó a hojearlo.Había abierto el manual, no con la intención de verificar su valor, sino para saciar las ansias de devorar su contenido, que para él valía mucho más de lo que acababa de pagar.
En la primera página distinguió el nombre completo del anciano: Abraham el Judío.
—Las hojas no son de pergamino —se sorprendió porque era a lo que estaba acostumbrado.
Si de algo sabía en este mundo era de libros, y aquel original no tenía otro hermano con el que se le pudiera emparejar.
—Son hojas de corteza de tiernos arbustos.
—Debe de ser muy antiguo.
—Así es.
Esbozó una sonrisa retozona, que revelaba que se divertía tanteando a Flamel, y replicó para sonsacarle el porqué de la poco razonable decisión: —Lo habéis comprado antes de siquiera abrirlo.
—El Judío ladeó la cabeza para demostrarle que andaba errado.
—No es un libro corriente.
—¿Cómo lo sabéis?
Ni habéis leído el contenido.
—Abraham se lo cogió de las manos y le enseñó las primeras páginas—.
Como veis, es un manual corto, que prácticamente se compone de grabados y láminas, con muchos signos y poco texto.
Además, está escrito en varias lenguas: latín, hebreo y griego.
¿Las conocéis?
Flamel se sintió acorralado y sin ningún as en la manga para rebatir a aquel hombre misterioso sin parecer un idiota ante sus ojos.
Aun así, no podía revelarle sus verdaderos motivos.
—Conozco el latín y el hebreo; con el griego, encontraré ayuda para la traducción —soltó tras vacilar unos segundos.
Ante la negativa de desembuchar la verdad, Abraham se atrevió a hacer un comentario: —Si habéis tenido un sueño, podéis compartirlo conmigo, Nicolás.
Soy de fiar.
—Sonrió después de levantar las cejas con una picardía inocente.
Al oír aquellas palabras, a Nicolás se le erizó la piel.
No podía creer lo que escuchaba.
¿Cómo tenía conocimiento de eso aquel desconocido?
Era imposible; a no ser que… Le pasaron por la mente variedad de conjeturas, a cuál más descabellada.
—¿Cómo habéis…?
—¡Miradme!
El Judío emanaba una profunda sabiduría.
A través de sus retinas, Flamel leyó una dilatada experiencia que nunca antes había atisbado en ningún mortal; en ellas, cargaba el conocimiento acumulado que solo innumerables vidas pueden otorgar.
Se estremeció.
—¿Quién sois?
—titubeó, tembloroso.
—Soy muchos y soy nadie.
—Le pasó la mano por el hombro para relajar al escribano.
El rostro de Nicolás se contrajo en una mueca de incredulidad: había quedado pasmado ante esa declaración.
Con un palmo de boca abierta, observó con mayor detalle sus facciones y rasgos semitas que desde el primer momento le habían resultado familiares: tez aceitunada, nariz prominente y barba poblada; confirmó que aquel insondable visitante se trataba del ángel de su sueño.
—¿Vos…?
—¡Yo soy!
—Las dos palabras retumbaron en la sala con potencia, un cargo de autoridad y un tono que se antojaba celestial; no sonaban terrenales, y provocaron que a Flamel se le pusieran los vellos como escarpias, incluso reculó por instinto.
El abrupto y acentuado cambio en la voz y expresión corroboraba más que las palabras: ese anciano, o bien era divino, o cuanto menos había sido poseído por una entidad de carácter sobrenatural, pues ningún ser de carne y hueso presenta esa clase de dicción.
Como si nada fuera de lo común hubiese sucedido, el Judío recobró su tono habitual: —No soy un ángel, soy otra clase de mensajero.
El libro que tenéis en vuestras manos es un tratado del arte más noble y venerable que jamás haya conocido el hombre: la alquimia.
Lo que voy a compartiros sobre mí bajo ningún concepto debe ser revelado; debéis prometérmelo.
—Os doy mi palabra —garantizó entre balbuceos; se hallaba tan atorado que incluso si le hubiese instado a confesarle el mayor de sus secretos, ese que todos poseemos y se va con uno a la tumba, lo hubiese complacido.
—Sé que sois una persona honorable; de no ser así, no hubiera soñado con vos… —Ya me habíais visto en sueños… —Sí, primero aparecisteis en ellos, y por eso supe que debía buscaros.
Fue la señal de que sois un Elegido.
El escribano se había perdido con semejantes revelaciones.
Por su desorientada mirada, el carismático anciano intuyó que debía explicarle sus orígenes para que pudiera comprender la situación.
Lo que iba a confiarle era tan trascendental —a la vez que iba más allá de lo que incluso en las visiones más estrambóticas de un loco se podría vislumbrar— que Abraham prescindió de palabras.
Impuso las manos sobre la cabeza de Flamel y se conectó psíquicamente con su mente: le confesó que era un alquimista antiguo que llevaba vivo desde hacía unos cuantos siglos.
Más de trescientos años atrás, en uno de sus viajes a Egipto, había conocido a Abramelin el Mago, quien llevaba vivo desde antes de Cristo.
Ese prodigioso brujo hacía la intemerata que había desarrollado el más potente sistema de magia cabalística conocido en el planeta; estaba basado en rituales y el uso de talismanes compuestos de cuadrados mágicos capaces de conectarlo con el Ángel de la Guarda —el yo superior—, así como dominar la influencia negativa de los demonios —el yo inferior—, a los que todo hombre se halla sometido.
Este logro lo había colmado de poderes como la clarividencia, la adivinación, conjuros para alejar el mal,levitar, leer las mentes, curaciones prodigiosas e incluso teletransportarse, la capacidad de la invisibilidad, un control sobre los espíritus de la naturaleza y el infierno o el arte de resucitar muertos… Hasta la quimera de realizar la Piedra Filosofal para transmutar metales innobles en oro y conseguir la vida eterna.
Se había convertido en el mayor mago y alquimista que había pisado la faz de la tierra hasta el momento.
Desde entonces, había consagrado su inagotable existencia a recorrer el mundo captando a unos pocos Elegidos —los que la propia Piedra le revelaba mediante sueños como dignos—, así como a enseñarles la ciencia para lograr la panacea.
Uno de ellos había sido Abraham.
Abramelin se lo había encontrado en el desierto, a las afueras de la ciudad de Arachi, y lo había tomado como discípulo; juntos habían realizado la Gran Obra de la alquimia.
Al igual que su maestro, desde el instante mismo en que obtuvo su primera Piedra Filosofal, se volvió inmortal y produjo oro a voluntad, amasando una fortuna que le permitió dedicarse de pleno a reclutar nuevos adeptos.
De Egipto había regresado a Europa para expandir la alquimia mientras Abramelin había seguido viajando por otros continentes con el mismo fin.
Ambos habían esparcido la semilla de la Ciencia Sacra por el planeta a lo largo de los siglos.
En consecuencia, Abraham el Judío había vivido en tantos lugares y bajo tantas identidades que había perdido la cuenta.
De hecho, debido a esa faceta alquímica desconocida al mundo, la pista de tanto uno como otro mago se perdería entre la opaca bruma del tiempo, y se les encuadraría en épocas históricas que no les correspondían.
Al terminar, Flamel se hallaba rebasado.
Aunque había oído hablar de la mítica Piedra Filosofal antes, siempre había creído que se trataba de patrañas de unos cuantos viles estafadores.
Lo que acababa de escuchar sobrepasaba los límites de lo soportable, más para un hombre ordinario como Nicolás, nada familiarizado con disciplinas esotéricas; con todo, la voz de la intuición le decía que ese enigmático hombre con poderes psíquicos no le mentía.
—No sé si mi mente puede asumir lo que me acabáis de revelar.
—Entiendo vuestro desconcierto inicial —compartió Abraham con una mirada tierna y una sonrisa compasiva—.
Es lo más habitual, aunque, en ocasiones, la reacción ha sido violenta y desenfrenada.
Hay verdades difíciles de aceptar.
El ángel leyó sus pensamientos: «¿Cómo es posible que una gema sea una suerte de brújula que guía al alquimista en la búsqueda de candidatos?
¿Y cómo puede dotar de capacidades extrasensoriales?».
En respuesta, el Judío le dedicó una sonrisa y le comunicó de forma telepática: «Es por la gracia del Altísimo».
—La alquimia te elige a ti, entonces.
—Nicolás contestó con la boca, el único agente físico de que dispone un mortal.
—Así es, no cualquiera es apto para tan alto cometido.
—¿Cómo se consigue semejante panacea?
—El libro es un tratado que os guiará los pasos.
—Con el puño cerrado, dio un golpe seco sobre la tapa cobriza.
—¿Hay más hombres que lo hayan conseguido?
—Muy pocos.
—Apretó los labios—.
Por eso Abramelin y yo hemos dedicado nuestras vidas a dar a conocer el Arte, para que la gloria de Dios sea compartida con nuestros hermanos en la tierra.
—¿Por qué es tan difícil lograrlo?
—La alquimia no es solo un proceso físico.
El nivel de conciencia del adepto es crucial para que pueda consumarse la Gran Obra —concluyó el Judío.
Antes de marcharse, le guiñó un ojo y le devolvió las monedas.
Cuando estaba saliendo, se giró y agregó: —Os deseo suerte en vuestro nuevo cometido.
Si algún día alcanzáis la proeza, convertíos en un instrumento para derramar sobre el prójimo lo que habéis recibido del Señor.
—Abraham partió tan misterioso como había llegado.
Al cerrarse la puerta de la tienda, Flamel se desplomó en la silla, derribado por la turbulenta conmoción a la que acababa de verse sometido.
Dudoso de si la visita era fruto de un estado de ensoñación o un episodio transitorio de locura, jugó con los florines con una mano y con la otra pasó las páginas del libro, las únicas pruebas de que había sucedido de verdad.
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