LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 El secreto de Leonardo
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30: El secreto de Leonardo 30: El secreto de Leonardo 7 El secreto de Leonardo Al día siguiente, Flamel buscó a su genio.
Bajó a las galerías subterráneas para ir al laboratorio, pero allí sólo encontró a Francesco, que había velado la noche entera delante de los hornos.
—¿Le habéis visto?
—pidió entrando por la puerta.
El joven se giró brusco porque la pregunta lo había cogido por sorpresa.
—Pensé que erais vos… —soltó con desánimo—.
Disculpad, pero necesito un descanso: llevo demasiadas horas despierto.
—Voy a buscarlo.
Miró por todo el castillo y no había rastro del discípulo.
En su taller encontró un boceto de una mano.
La tinta fresca era una pista de que hacía poco que había estado allí.
Y también había esbozos de círculos, cuadrados y Hombres de Vitruvio desperdigados por las mesas: se había entretenido intentando resolver lo irresoluble.
Volvió a bajar a los sótanos.
Revisó a fondo cada rincón y se topó con una puerta cerrada.
Era la primera vez que reparaba en ella y sospechó que debía de ser un escondrijo.
Tocó repetido con un puño, llamándolo por su nombre.
Al cabo de un buen rato insistiendo, se entreabrió, pero no se distinguió a nadie tras ella.
Vacilante, Nicolás se asomó para ver qué ocultaba esa penumbrosa estancia, en la que aleteaba un pesado silencio turbador.
Leonardo tenía las manos repletas de sangre, incluso la barba y el pelo largo estaban teñidos de rojo: en una mano, un cuchillo afilado goteaba; por colofón, como una bandera del horror ceñida a la cintura, un delantal estampado con pedazos de órganos, tejidos y vísceras.
Detrás de él, sobre una mesa, un cadáver descuartizado con las entrañas por fuera.
Cubriendo todas las paredes, vitrinas repletas de recipientes llenos de secciones y partes del cuerpo, tanto de humanos como animales.
La escena era dantesca.
Flamel no daba crédito a lo que veía.
¿Acaso bajo ese portento se escondía un asesino despiadado?
Le flaquearon las piernas porque, aunque era inmortal, podía experimentar dolor; sintió pavor de ser su próxima víctima.
Da Vinci leyó el miedo en su semblante y se colocó delante de la puerta para bloquearle la salida.
Se atrevió a susurrarle en la oreja: —Ahora conocéis mi mayor secreto.
Venid —ordenó volviendo a la mesa de operaciones con paso animoso—.
Soy un amante del hombre en toda su dimensión.
Lo he pintado, esculpido y descrito por medio de cuantas artes conozco.
Incluso le he imaginado el futuro e inventado toda clase de maquinaria para que le sirva en el mañana.
»Pero si algo tengo claro es que es imposible amar u odiar algo sin conocerlo —dijo al tiempo que le extirpaba las vísceras al cadáver—.
Lejos de un interés morboso, he necesitado estudiarlo a fondo, su anatomía, verlo desde dentro para entender cómo son cada una de las partes de ese todo, y poder dibujarlas con exactitud y detalle.
Leonardo dirigió la mirada hacia unos bocetos para que su maestro les echara un vistazo.
El judío, sintiéndose a salvo, obedeció acercándose a la mesa.
Había multitud de dibujos de animales y partes del cuerpo: un cráneo diseccionado, el cerebro, el corazón, el ojo, la columna vertebral, nervios, músculos, huesos, vasos sanguíneos, articulaciones, extremidades, cuerpos de hombres y mujeres, incluso úteros en distintas fases del embarazo.
Era tal el realismo y la cantidad de detalles que parecía posible tomarlos con la mano y que se salieran del papel.
Entre ojeada y ojeada, Flamel miraba por el rabillo del ojo a su alumno con las manos en la masa: le apasionaba, era incapaz de estar delante de un cuerpo sin abrirlo, desmembrarlo y cortarlo.
Dibujaba y tomaba notas de las observaciones con su particular estilo espejo, y alternando las manos.
Tomó una sierra y cercenó una mano del muerto.
La diseccionó para explorar los músculos, huesos y nervios.
Entre corte y corte, anotaba sus conclusiones y dibujaba modelos idénticos.
Nicolás se percató de que se manejaba con el escalpelo con la misma habilidad que el pincel.
Intentó descifrar qué estaba escribiendo, incluso agarró el papel para verlo de cerca, pero le fue imposible: las palabras se sucedían al revés, en forma análoga a un código secreto.
—Sí, lo sé…, es peculiar —admitió el genio italiano—.
Es un tipo de escritura especular: solo puede leerse haciendo uso de un espejo.
—¿Vuestra obsesión por los espejos puede llegar tan lejos?
—Es más que una obsesión, es una forma de expresión.
Así como el hierro se oxida por falta de uso, también la inactividad destruye el intelecto.
Lo hago para obligarme a trabajar el cerebro, ser más ágil y creativo.
Según qué informaciones, incluso las protejo combinando esta forma de escritura con el uso de siglas y abreviaciones —confesó su método de ocultar conocimientos científicos que otros podrían robarle u opuestos a la Iglesia Católica Apostólica y Romana—.
Deberíais probarlo.
Nicolás observó el rostro del muerto y, como un relámpago, le pasó por la mente una pregunta inevitable: —¿Quién es?
—No lo sé —restó importancia, concentrado en seccionar la otra mano.
La sangre salía a borbotones, a lo que Flamel, no acostumbrado, se vio impelido a girar la vista—.
Tengo contactos que me proporcionan cuerpos de fallecidos no reclamados por la familia —confesó parte de la verdad, pues también se procuraba cadáveres de condenados a muerte, fuera en los hospitales o los cementerios, hasta el punto de sobornar a sepultadores para obtenerlos; tal era su insatisfacción con el estudio de meras esculturas antiguas o viejos tratados.
—Habéis venido aquí porque dibujabais una mano, ¿verdad?
—dejó caer, mirándolo con una simpática expresión de benevolencia.
—Eso es.
—Arrojó la mano recién cortada en una bandeja de metal y, en el vuelo, gotas de sangre salpicaron a los dos—.
Estaba pintando y sentí que se me escapan algunos detalles para hacerla perfecta.
Hay que mirarla por dentro para dibujarla con precisión; sus nervios, las venas, los huesos, las articulaciones… —Con el dedo ensangrentado, indicó una mano dibujada que contenía bien definidas todas esas partes.
Flamel tomó el boceto y comparó: —Yo diría que es más bella y viva la de su dibujo que esa mano muerta.
—La señaló con un ademán de repelús.
—El hombre comprende en sí mismo cuantos misterios alberga el universo.
Basta observarlo.
Mirad este cadáver.
Hace poco rezumaba vida.
Igual que los elementos cuando están fuera de su sitio natural desean volver a él, principalmente el fuego, el agua y la tierra; en breve este cuerpo será pasto para los gusanos, se descompondrá y volverá a su lugar de origen: la naturaleza.
Da Vinci tomó la mano y la pareó al lado de su dibujo: —¡Cuántas veces la pintura eterniza el simulacro de una divina belleza, cuyo original verdadero fue destruido en breve espacio por la muerte o el tiempo!
Y la obra del pintor ha vencido la creación de la naturaleza, su maestra.
»Entre las ciencias inimitables está en primer lugar la pintura.
Ella no se enseña a quien no tiene don natural, al contrario de las matemáticas, en las que el discípulo recibe tanto cuanto el maestro le muestra; ni se copia como las letras, en las que tanto vale la copia como el auténtico; ni se modela como en la escultura, en la que el objeto modelado equivale al original; y, en cuanto a la fecundidad de la obra, esta no produce infinitos hijos como ocurre con los libros impresos.
Solo ella conserva su nobleza, solo ella honra a su autor, y queda preciosa y única sin parir hijos iguales.
Sobre el rostro de Flamel se trazó una mueca de deleite por las bellas palabras que acababa de escuchar.
Se dispuso a examinar el cadáver.
Usó sus sentidos.
Reparó en el característico color gris violáceo de la carne.
Tocó una pierna, y la sintió rígida y fría.
Con el olfato percibió el desagradable olor de los primeros signos de la putrefacción.
Escuchó el silencio profundo que lo rodeaba y habitaba en la sala, ese frío yermo del fenecimiento, propio de las cámaras mortuorias.
Por contra, admiró la desbordante vitalidad que emanaba del genio, quien encarnaba al mayor «homo universalis» nacido en el Renacimiento, el arquetipo del «hombre de espíritu universal» que ni la destructora mano del tiempo que envuelve con pesada bruma de siglos disiparía.
Y reflexionó en voz alta: —Es como un juego.
La vida y la muerte, dos constantes movidas por un compartido deseo: la perfección.
—La parte tiende a reunirse con su todo para huir de su imperfección.
El alma desea permanecer unida al cuerpo porque, sin los instrumentos orgánicos del mismo, no puede obrar ni sentir.
Así la persona lucha por su supervivencia en ese lapso espacio de tiempo que llamamos vida; sin embargo, la esperanza y el apetito por repatriarse y volver al primitivo estado es como la luz para la mariposa.
»El hombre, con perpetuo deseo, aspira a una nueva primavera, a un nuevo estado, a próximos meses y a nuevos años; es por este anhelo —que es la quintaesencia de los espíritus elementales que se hallan encerrados, por el alma, en el cuerpo humano— que el individuo suspira sin cesar para volver a su mandatario.
Y es sabido que ese mismo deseo y esa quintaesencia son compañeros de la naturaleza, como el hombre es modelo del mundo.
—Y esa quintaesencia, amigo —se refirió al último, más íntegro y acendrado extracto de todas las cosas—, asimismo es necesario hallarla en el laboratorio.
—Flamel le tiró la indirecta.
Leonardo, con una mueca de confesión, se quitó el delantal: había captado que era hora de retomar su trabajo alquímico.
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