LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Reflejos
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31: Reflejos 31: Reflejos 8 Reflejos «Todo nuestro conocimiento tiene origen en la percepción».
LEONARDO DA VINCI De camino al laboratorio, Da Vinci lo llevó por sorpresa a otra cámara bajo tierra.
Acababa de revelarle un secreto y sentía que era el momento de abrirse un poco más a su compañero.
La luz de sus lámparas perpetuas alumbraba en rojo las paredes de las galerías subterráneas, y la humedad impregnada en el aire salía en forma de vaho por las bocas, que parecían locomotoras.
Leonardo se detuvo y abrió una puerta.
—Pase.
El judío alquimista entró en la sala, y se vio «atacado» por decenas de réplicas de sí mismo que lo miraban con miedo: por todos los flancos, asomaba una concurrencia de Flameles, que, aparecidos en cada superficie acristalada, imitaban sus movimientos erráticos producidos por el pánico.
Las manos le empezaron a temblar y la lámpara se le cayó al suelo.
—Tranquilo.
Solo son espejos.
—Leonardo llegó al centro de la cámara y apareció también en todas direcciones.
Se colocó a su espalda y le susurró al oído con voz enigmática—: Este lugar es un desafío a la conciencia, un feroz estímulo a la imaginación.
Construí esta habitación octogonal con paredes cubiertas de espejos como un experimento.
La primera vez que estuve delante de ellos vi que cada uno se refleja en el otro, dado que en ellos una imagen alcanza a la otra, rebota, regresa y así hasta el infinito.
»Solo ante el laberinto de mi propia semejanza sentí crecer mis poderes creativos como si se multiplicaran dentro y fuera.
Trataba de discernir cuál era el más real de todos esos individuos que me miraban.
Junto con mi imagen, los interrogantes empezaron a brotar: ¿cuántas vidas vivimos en el Infinito?, ¿acaso significarán en el tiempo?… Da Vinci fue alejándose del maestro y, cuando llegaba a la puerta, susurró: —Este es mi santuario.
Acudo a él en busca de inspiración.
Nicolás se había dejado llevar y había entrado en un estado hipnótico ante la experiencia extraordinaria y las efusivas palabras del genio.
De pronto entendía más a su discípulo.
Su percepción del mundo era puramente visual.
Su mundo giraba en torno a ese tema y visto en exclusiva a través de ese prisma.
—Ahora comprendo su obsesión por los espejos —confesó, magnetizado por sus propios reflejos, que intentaba cazar con ojos apabullados; daba vueltas sobre sí mismo, abierto a la experiencia que en un principio le había causado temor.
—Ellos encierran diversos significados —dijo recostado en el marco de la puerta, fuera del alcance de los espejos para que Nicolás se viera replicado en múltiples copias—; como pintor, son una herramienta indispensable para reproducir modelos y manipular la luz, incluso dejar mensajes secretos; como racionalista, un símbolo de la inteligencia humana y un instrumento para el autoconocimiento.
»Me fascina el estudio de la óptica.
Toda imagen tiene un reverso, luz-oscuridad.
—Alzó la lámpara y la escondió tras la espalda para representar las dos palabras contrarias—.
Toda certeza conduce a un nuevo interrogante.
»Los espejos encierran un conocimiento, te recuerdan que el inmensurable universo puede entenderse como un macrocosmos que se refleja en cada pequeño detalle del microcosmos humano; somos creados a partir del reflejo que nos ha impregnado, ¿y qué es un reflejo?: una fugaz ilusión.
—Sopló a la lámpara perpetua para representar la cualidad ilusoria del fenómeno.
La llama roja bailó con el aire, pero al ser perenne no se apagó.
Leonardo se alejó de la sala para dar espacio a Nicolás.
Lo dejó con sus incontables reflejos, meditando sobre la naturaleza engañosa de la realidad y el carácter efímero de toda forma de vida.
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