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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 La cámara oscura
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32: La cámara oscura 32: La cámara oscura 9 La cámara oscura Después de estar en la cámara que brindaba tan suma inspiración, Leonardo invitó a su amigo a otro lugar especial.

Subieron a la planta baja del castillo para ir al taller de óptica.

En la línea davinciana, aquello era una jauría de toda clase de maquinaria y objetos.

Había grabados de ojos en las paredes, máquinas para pulir lentes, espejos, mecanismos y artilugios.

Colgado en una pared, resaltaba un lienzo con un grabado especial.

No era pintura.

La imagen sencilla de un árbol no llamaba la atención; era la técnica.

La impresión color amarillo pardo relucía en un tenue resto chamuscado.

—¿Cómo habéis hecho eso?

—pidió Nicolás, pasando los dedos por encima para descartar que tuviera relieve.

—Es un secreto —confesó, relamiéndose los labios.

—¡Todo en vos es un misterio!

—vociferó con una mueca graciosa y un parpadeo veloz de ojos.

Leonardo sonrió, complacido por el elogio.

—Es una técnica de grabado que pocos conocen.

¡Venid!

Lo acompañó a una habitación contigua que no tenía ventanas y estaba a oscuras.

El pintor destapó un orificio que había en la pared, y la luz del día se coló por él.

Como por arte del diablo, sobre la superficie de un enorme lienzo enmarcado que había en el centro de la sala apareció la imagen invertida de un árbol.

—¡Santo Dios!

—clamó Nicolás, que pensó que era un truco sacado de la manga del mago Da Vinci.

Desafiando toda lógica, en la tela blanca se había plasmado una instantánea a color de gran definición.

El genio se echó a reír y soltó: —Aclararíamos muchos misterios de nuestro mundo si supiéramos más acerca de la luz.

El ojo es más rápido que la mente.

Mira —lo animó a observar tras el orificio—.

Te presento al oculus artificialis, como lo llamo.

Es un ojo artificial.

Flamel se arrimó a la abertura y observó a través del lente.

Fuera, en el huerto, se hallaba el árbol que acababa de ver reflejado en la tela.

Se apartó y se giró para cerciorarse.

En el lienzo se proyectaba una réplica exacta, de calidad fotográfica, del árbol que estaba en el exterior, pero a la inversa.

—¡¿Cómo…?!

—alcanzó a decir: una reacción normal viniendo de un hombre nacido en una época en que la fotografía aún no existía.

—Es más fácil de lo que parece a simple vista.

—Una sonrisa traviesa arqueó sus labios, que se animaron a revelarle el truco en detalle—: Se necesitan conocimientos de química.

Esto es una cámara oscura.

En mis estudios en el campo de la óptica, he descubierto esta técnica para grabar imágenes.

»Solo precisas de una estancia sellada y una tela empapada en sulfato de plata para hacerla sensible a la luz —la presentó, pasando la mano por su marco de madera—.

Luego necesitas el oculus artificialis: practicas un agujero en la pared y colocas un lente, que proyectará la imagen perfecta e invertida del objeto que haya en el exterior de la habitación.

»Los compuestos de plata reaccionan a los rayos —del espectro ultravioleta— y hacen que el lino comience a cambiar de color.

Por una reacción química, la imagen queda grabada sobre la tela como si se hubiese quemado.

El proceso puede durar algunos días, pero con paciencia se obtiene el resultado perseguido.

—¿Habéis realizado otros?

—preguntó, pensando en el lienzo del árbol que acababa de ver en el taller de óptica, que encajaba con esa descripción.

—Oh, sí, muchos grabados… ¡algunos impensables!

—Gesticuló para recalcar la gravedad.

—¿A qué os referís?

—Ayer os dije que he ofendido a Dios y a la humanidad.

Nunca fui creyente y menos en la religión católica.

Pero mi falta de fe tiene fundamento.

En el pasado me vi obligado a cometer actos que querría olvidar.

En Italia estuve rodeado de familias de poder para las que trabajé.

Los Medici, los Sforza, los Saboya… Una expresión de desazón afloró en su rostro, frunció el ceño y cerró los ojos antes de seguir rememorando esas gentes.

Incluso se sentó abatido en un rincón, cabeceando.

—Ellos me crearon y me destrozaron.

Esas familias estaban unidas por intereses comunes con el rango eclesiástico: dinero, poder… He visto mucha corrupción en las altas esferas.

Tratos, juegos sucios e intercambio de favores.

Es otro mundo.

Miro atrás y parece un sueño.

Volteó los ojos embriagados por un cóctel de sentimientos: cólera, repulsión, resentimiento; pero detrás de todos, en el fondo, se palpaba miedo.

Flamel empatizó con el lastre que aquel hombre había llevado a cuestas desde entonces y le pasó una mano por el hombro en señal de calma.

—Y se me hizo un encargo —resopló Leonardo, quitándose un peso de encima al soltarlo.

Era un secreto que no había contado y lo había estado torturando desde hacía tiempo, de esos enquistados que dejan una huella tan profunda que acompañan hasta el día de la muerte.

—Nada más ni nada menos que falsificar el Santo Sudario, con esta técnica que os acabo de revelar.

Y no fue un encargo, ¡fue una orden!

—¿De qué estáis hablando?

—Nicolás se empezó a preocupar.

—Después de lo que he visto, no puedo tener fe en la Iglesia.

¡Es imposible!

La propia Iglesia me hizo partícipe del mayor fraude de la historia.

Pero me vengué… —dijo lento, con voz envenenada—: en el sudario dejé mi firma.

La única obra que jamás verá reconocida mi autoría tiene mi rostro.

—¿Su rostro?

—Utilicé un cuerpo de los que usaba para las disecciones.

Lo crucifiqué y le infligí las heridas que se correspondían con el relato bíblico del martirio de Jesús.

Con mi sobrado conocimiento en anatomía, no fue difícil.

Lo colgué fuera de una cámara oscura e hice tres exposiciones.

—Acompañó cada parte del proceso con un gesto de la mano—.

Una de la parte frontal, otra dorsal y superpuse la imagen de mi cabeza para encajarla en el resto del cuerpo.

»Para rematar, apliqué sangre humana para imitar las heridas de la tortura de Jesús.

El resultado: el montaje del testimonio gráfico del mayor de los milagros, la resurrección; o más bien la falsificación más bárbara de todos los tiempos.

»Al menos sellé mi venganza.

En adelante, los mortales me adorarán sin saberlo como el Hijo del Hombre.

¿No lo veis gracioso?

—dijo con una sonrisa forzada que expresaba dolor—.

Supongo que ahora comprenderéis mi falta de fe —reprobó con voz ácida, y se mordió los labios de despecho.

Flamel, devoto católico, se quebró.

Como una reacción química que separa un cuerpo en diversas sustancias, se había desencadenado un efecto análogo en su interior.

Sus creencias más profundas se tambalearon a la luz de la verdad.

No solo por descubrir la falsedad de la reliquia más representativa de la cristiandad, sino que la propia institución estaba detrás de tal sacrilegio.

En él había dos: por un lado, el escéptico, la siembra de serias dudas y recelos en torno a la Iglesia; por otro, el creyente, la convicción inamovible de la existencia de Dios.

La alquimia era su mayor prueba.

Las grandezas y evidencias de la mano del Señor en su despliegue eran incuestionables, incluso para el más infiel de los impíos que hubiera sido testigo de sus milagros y proezas.

Se batió una pugna en su interior, pero ganó la franja de la fe, aunque solo en Dios; la confianza depositada en el clero acababa de morir allí mismo.

—¿No creéis en Jesús?

—No soy como vos.

Soy científico.

Se levantó como escapando de su conciencia religiosa.

Sus experiencias le habían demolido cualquier apertura hacia un sentimiento católico; aun así, quedaba en él un rincón de fe para el Nazareno, al que veneraba y había pintado con gran amor y respeto.

Fue hacia uno de los cuadros en el que aparecía el Hijo del Hombre, se quedó observando y puso la mano en su cara; unas lágrimas atravesaron los pómulos del genio italiano y cayeron silenciosas al suelo como gotas de lluvia.

—Siempre he sentido veneración por él.

Fue un gran maestro, pero creo que diferente de cómo nos lo han vendido, como todo cuanto viene de esta institución.

Y me entristece pensar que jamás sabré la verdad.

»De más joven, soñé que descubría quién fue.

Lo tenía en frente y le besaba los pies —dijo con la misma ilusión que tuvo antaño, sonriendo de manera deleitosa; hasta una parte de su corazón ansiaba creer en lo imposible; pero su parte racional y las memorias lo devolvieron a la realidad, y se le trastocó el semblante en una expresión endurecida—, pero nunca ocurrirá —concluyó con voz desalentada y seca, quebrada como una fina capa de escarcha partiéndose en pequeños cristales bajo las pisadas, casi inaudible y contenida.

Albergaba una decepción que costaba sacar a la superficie por el dolor.

Flamel observó sus ojos vidriosos, sintió lástima y le regaló una auspiciosa esperanza: —No hay nada oculto que no haya de salir a la luz.

Algún día, Dios nos recompensará por la Obra que llevamos a cabo.

La vida aún puede sorprenderte.

En eso, jamás pierdas la fe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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