LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 La estrella de seis puntas
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33: La estrella de seis puntas 33: La estrella de seis puntas 10 La estrella de seis puntas Lo negro de la putrefacción (nigredo) se purifica con el azogue, espíritu viviente extraído del mercurio.
La putrefacción abre el camino a la unión (conjunctio) y a la fecundación.
Es la clave de la transmutación.
La estrella indica que la materia se repliega en sí misma, portando en su seno el germen de los siete metales.
J.C BARCHUSEN Encontraron al pobre Francesco sentado delante de los hornos, entre nubes de vapores, con la cabeza entre las piernas y roncando.
Da Vinci le pasó una mano por la sien y el joven se sobresaltó: —¡Lo siento, maestro!
¡Sé que no debo quitar la vista ni un segundo!
—Se irguió de un salto y tomó el fuelle mientras bombardeaba, al mismo ritmo de los soplos, excusas que le redimiesen del pecado de haberse quedado dormido.
—Id a descansar, hijo —cortó de forma súbita, mirándolo con compasión: había hecho un turno más que largo, y porque quería; al fin y al cabo, no era alquimista.
Lo hacía para ayudar y porque le atraía ese mundo de misterio.
—Gracias, maestro.
—Exhaló un suspiro de alivio.
Al marcharse medio dormido, tropezó con cacerolas, vasijas y toda clase de aparatos que habían usado la noche anterior, y ahora se sucedían como una carrera de obstáculos.
El laboratorio era una jauría, un auténtico fárrago de utensilios desperdigados que cubrían cada rincón, pero, debido al volumen de trabajo, a menudo los alquimistas no se tomaban la molestia de ordenarlos.
Los dos se rieron por dentro para no ser groseros y tomaron el relevo al joven.
Se cercioraron de que los fuegos estuvieran en su temperatura correcta.
La intensidad del calor en cada fase de la Obra era diferente, y un minúsculo error podría echar a perder meses de esfuerzo.
El trabajo era esclavo.
El alquimista debía trabajar incansable por fuera para desarrollar una cualidad interna imprescindible para que se cuajara la Bendita Hija: paciencia.
Cabía desarrollar muchas otras: introspección, meditación, redención, calma, perseverancia, paz mental…, pero, por encima de todo, paciencia.
Jamás de una conciencia agitada y un corazón ansioso nacería la Piedra Filosofal; para fraguarse necesitaba de la solidez de un alma en paz consigo misma, así como un estanque tranquilo refleja con fidelidad las estrellas.
Esa era su clave.
Leonardo ojeó a través de las mirillas de los atanores, por millonésima vez desde el principio de su gestación, los huevos filosofales.
Si todo iba bien, pasarían a lo largo del proceso por tres colores principales: negro, blanco y rojo rubí, en ese orden; cada uno respectivo a las tres fases primordiales de la Obra.
Dos de sus trabajos seguían en estado inicial, oscuros como la noche, aún sin purificar.
El tercero había superado el negro y estaba radiantemente blanco, esperando una sucesión variable de colores que, con más que esfuerzo y bienandanza, culminarían en el esperado escarlata.
Al cabo de un rato de insuflar aire a los hornos, Leonardo se tomó un descanso.
Como de costumbre, se entretuvo en resolver sus dos viejos problemas —más bien una enfermiza obsesión—: con cálculos y esbozando hombres «perfectos» que solo existían en su iluminada mente, y sacando círculos y cuadrados con la regla y el compás.
Tenía el laboratorio estampado de dibujos por doquier.
Debido a la humedad, muchos terminaban diluidos o se deshacían.
Pero en breve las paredes volvían a estar llenas de arte fresco, que no paraba de brotar de aquellas manos inusitadamente portentosas.
Su maestro aprovechó para revisar también los huevos.
Examinó una a una las «estrellas polares» —como las llamaba— porque eran su centro y guía inequívoca de cómo andaban por el camino del Magisterio.
Se revisaban de continuo y, aunque hiciera escasos segundos que las acabaran de ver, simplemente por disfrute.
Al cabo de un rato, la actividad creativa del italiano se truncó por un quejido: —¡Este ya puede ser purgado!
—Nicolás culpó con la mirada a su pupilo por no estar atento, mientras sacaba el crisol del atanor.
—No he sentido que hubiera que hacer nada —se excusó.
La alquimia disponía de caminos a seguir ilustrados en los libros, pero el Iniciado sentía la mayoría de acciones en forma de presentimientos e intuiciones repentinas.
El laboratorio y la Gracia desarrollaban un sexto sentido, único e intransferible, pero requería de una atención plena y constante.
—¡Muchas veces no estás aquí!
Leonardo bajó la cabeza por el peso de la culpa: tenía razón.
Su mente no paraba de hilar.
Debía tener algo entre manos para sentirse vivo.
Saltaba desbocado de actividad a actividad, sin poder centrarse, y solía acabar enredado con varias al mismo tiempo, sin terminar ninguna.
Su cerebro entretejía contantes ligazones entre sus temas de interés.
Y la Ciencia Arcana no había sido una excepción: relacionaba la alquimia con la enorme biblioteca de datos de todas ramas del conocimiento que almacenaba en la cabeza.
Lo había hecho con todo en su vida.
No concebía el conocimiento separado, aplicaba la ciencia al arte y viceversa; de hecho, siempre había sentido que todo procedía de una única Verdad.
—¿Qué es?
—se interesó por la sustancia que el maestro había cogido de una estantería.
—Antimonio.
—Se lo dio para que obrara por sí mismo.
Era una de las sustancias más trabajadas por los Señores del Fuego, esencial para el laboratorio.
Da Vinci agarró el bote de cristal y cerró los ojos para pescar en su interior alguna intuición.
Su estado de conciencia se elevó, los canales perceptivos internos se agudizaron, y conectó con planos sutiles y energías que lo guiaban en su obrar.
Con artería, movido por una fuerza mayor que actuaba a través de las manos, tomó el crisol y agregó dos partes de antimonio sobre una de hierro, y los mezcló con un poco de salitre para activar la fusión.
Lo hizo pasar por el atanor repetidas veces para que el antimonio se abriera, se purificase y se fijase.
En cada calcinación, de la materia brotaba un humo de apariencia y olor desagradable, y su volumen se iba reduciendo.
Da Vinci se preocupó al sopesar la posibilidad de que el calor fulminara su trabajo.
Unas cuantas pasadas más por el fuego y perdió también el color, virando del gris al blanco y a transparente.
Apenas se percibía nada.
El pintor se asustó: sospechó si habría cometido algún error y la materia se habría esfumado.
Aquello no iba bien.
Dudó en preguntar a su maestro porque era él quien estaba al mando y era su responsabilidad sacar el trabajo adelante.
No podía volver a calcinarse porque sería el fin del experimento.
O a lo mejor sí de un modo diferente.
Como de costumbre ante un problema, observó el reflejo de su rostro en un espejo para despejar interrogantes.
Necesitaba otro punto de vista, un ligero cambio en su operar.
Al concentrarse, tuvo el presentimiento de que había errado en la fuente de calor.
Y, brusco como bólido, recorrió por su consciencia un vívido destello: la imagen del astro rey, padre y fuente de la luz, alumbró su mente para darle la respuesta.
Salieron al jardín en su busca.
El día de verano obsequiaba un buen sol, y los alquimistas aprovecharon su potencia para operar.
Da Vinci dejó el crisol en el suelo y sobre él colocó un espejo cóncavo para concentrar los rayos.
Ese fuego mágico y celeste era el necesario para una calcinación filosófica —muy diferente a la conseguida por el fuego vulgar—, capaz de transmutar y multiplicar el antimonio.
El espejo también tenía su parte en el proceso.
Tampoco era común.
Creado por los alquimistas con su vidrio resistente, ese «espejo ardiente» era una especie de lupa que concentraba los rayos solares en su centro y los amplificaba hasta el punto, según algunos, de quemar pueblos enteros.
Aquel chorro de luz fue acrecentándose hasta formar una potente columna luminosa que cegaba, como si la propia estrella se hubiese focalizado en la tierra en un gran rayo de fuego que amenazaba con freír a los dos hombres, que se vieron obligados a voltear la cabeza hacia un costado para no quemarse los ojos.
En los trabajos del laboratorio, el alquimista podía llevar a cabo cualquier acto sin peligro a dañarse.
La acción de la Piedra sobre el filósofo, solo por el hecho de estar trabajando con ella, actuaba de escudo protector contra cualquier mal: quemaduras, cortes, inhalaciones tóxicas… Y prevenía de sentir dolor.
Era un favor expreso para el peón en la Gran Obra, el único momento en que el Lapis ofrecía tal ventaja.
En su infinita sabiduría, el Misericordioso había dispuesto ese socorro para que sus obreros no abandonaran el Magisterio por temor a padecer penalidades, tal y como brindaban las experiencias diarias en el laboratorio.
Pero a pesar de que estaban guarecidos, el calor era tan intenso que sus ropas no resistieron y terminaron achicharrándose, al igual que la zona verde de su alrededor.
Flamel removió con unas varillas de hierro imantadas porque Leonardo tenía cabeza y manos ocupadas moviendo el espejo en busca de los mejores ángulos para captar los rayos.
Las escorias empezaron a brotar.
Para purgarlas, comenzaron por un lavado con salitre de rocío.
Purificar la materia supuso horas de baños solares, y la acción de tandas y tandas de nitros y ácidos.
Una vez limpia la materia, apartaron la lupa y dejaron enfriar el crisol.
Presto obró el milagro: los efectos de la incineración se manifestaron mutando el mineral.
Primero se cuajó una niebla densa de nubes que atrapó a ambos en un remolino de humos y gases.
Bajo esa tormenta, de la materia transparente nacieron vetas de colores que se sucedían sin control: parecían fuegos artificiales cuando estallan en el cielo en una fiesta de tonalidades barajadas, proyectando un espectáculo lumínico precioso.
Raudo, el antimonio comenzó a dilatarse y contraerse sin cesar, una singularidad desatada en un movimiento pulsátil cual corazón late en su rítmico bombeo; al alcanzar su punto más álgido, cristalizó en agujas que surgían de un centro y formaron la imagen de una estrella de seis puntas que relucía con un querubín brillo metálico, irradiante de una paz seráfica que desafiaba toda comprensión humana: era la signatura del propio puño de Dios.
Desnudos, los hombres se miraron fascinados e intercambiaron una sonrisa cómplice.
Se estrecharon las manos para celebrar el triunfo.
—¡Aquí lo tenemos!, ¡el Sello de Salomón!
—exclamó con satisfacción Flamel, santiguándose y dando gracias al Señor—.
Esta es la matriz mercurial, la simiente celeste que madurará y engendrará la Piedra.
Da Vinci rescató del fondo del crisol la materia metálica, marcada con aquella singular estampa.
Arrodillados, se deleitaron observando el sello de lo divino en ese régulo estrellado.
Y respiraron tranquilos: era la última confirmación de que el trabajo iba por buen camino.
El reflejo del hexagrama en la materia era un mensaje, por la gracia divina, de que la quintaesencia había aparecido en el huevo y todas las fases anteriores habían concluido con éxito.
La figura era uno de los símbolos secretos que representaba a la alquimia desde antaño.
Por eso, era visible en los rosetones, fachadas, portadas, arcos, bóvedas y ventanales de la mayoría de iglesias y catedrales del mundo; el antiguo y poderoso Sello de Salomón, la Estrella de David.
Para el resto de mortales judíos, esa estrella era la relación de Dios y los hombres —representada en las puntas que remiten hacia el cielo y la tierra—, la unión entre ambos: evocación y fortalecimiento del Pacto sellado entre Dios y Abraham, así como símbolo de orientación para peregrinos, viajeros, nómadas o desplazados —para los alquimistas lucero en su viaje en el camino del Magisterio— y su esperanza de llegar a buen destino.
Para los Señores del Fuego iba más allá.
Al igual que la Estrella de Belén guía y anuncia el nacimiento del Salvador a los Reyes Magos, su aparición en la materia trabajada auguraba la propicia gestación y futura nascencia de la Piedra Filosofal.
Leonardo se hallaba embriagado de júbilo.
Acababa de ser testigo de la generosidad y nobleza de su Amada Arte con sus Iniciados, que orientaba silenciosa en el camino, en tanto se complacía en agasajarlos con espectaculares señales de su presencia y poder.
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