LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Los Reyes Magos
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34: Los Reyes Magos 34: Los Reyes Magos 11 Los Reyes Magos Durante la comida, Da Vinci había pensado en la figura radiada.
La estrella daba vueltas y vueltas en su cabeza con la misma inercia que el satélite gira alrededor de un planeta, conectándose con cuantos conceptos vagaban como astros por la órbita de su mente y que guardaban con ella alguna relación, como la estrella de Belén y otros conocimientos bíblicos; le suscitaba una imperiosa necesidad de plasmar lo que le había enseñado el crisol.
Perenelle y Mathurine habían preparado un delicioso banquete que todos devoraron y él apenas probó.
Tras unos pocos bocados, fruto de un arranque de inspiración fresca y genial, se fue al taller sin decir nada.
Tomó maletín, lienzo y papeles, y bajó directo al laboratorio.
Se arrodilló delante del Salvator Mundi.
Oró para sí.
Como de costumbre, se acercó a uno de los instrumentos musicales.
El borboteo de una fuente sonó hipnótico cuando los dedos se deslizaron por las teclas del órgano de agua.
Era uno de sus preferidos debido a su amor por ese elemento, al que idolatraba y había estudiado en todos sus usos y facetas; brindaba una armonía de consonancias de voces producidas por los caños del agua al caer en las vasijas; recreaban el sonido relajante de cascadas brotando de un manantial, renovador.
Flamel apareció y, al ver los instrumentos de pintura a su lado, se olió que iba a pintar un nuevo cuadro.
—¿Cuál boceto vais a repetir?
—bromeó Nicolás.
—¡A que os pinto a vos!
—devolvió la broma al tiempo que tomaba la pluma y lo apuntaba con ella como si fuera un arma; lo único que consiguió fue que el maestro se echara a reír.
Leonardo sabía que no quería que lo pintara y siempre lo incordiaba con retratarlo.
Incluso lo amenazaba con hacerlo en los momentos en que se quedaba amodorrado en el laboratorio.
Y lo había respetado, no había realizado ni un simple esbozo de su amigo.
—¡Atreveos!
—retó en tono picaresco, acercándose a él en una simulada actitud desafiante.
—Acabo de tener una inspiración; ¡una muy muy buena!
—cambió de tema mientras tomaba asiento.
Y se dispuso a plasmar la idea por medio de su arte predilecto.
Delineó primero un bosquejo en papel.
Como era habitual en él, a la punta de plata.
También los realizaba en tinta con pluma de ganso y demás técnicas, pero esa la usaba con frecuencia.
Con su singular destreza, tomó por el mango el stilum —una varilla de punta metálica— y empezó a trazar su dibujo.
Flamel admiraba a su pupilo, más de lo que incluso era consciente.
Se quedaba embobado siguiendo los movimientos del instrumento, que se ejecutaban con gracilidad en la superficie del pergamino, por el que se imprimían líneas y figuras elegantes, en un trazo sedoso, brillante y de efectos esfumados, con la maestría ejemplar de las manos de un monstruo de la pintura sin rival.
En breve se distinguían cuatro personajes.
Eran los Reyes Magos a los pies del Salvador recién nacido.
—El belén —entrevió Flamel.
—Es un recordatorio a los hombres.
—Da Vinci quería plasmar en una imagen, como muchos filósofos, una alegoría de la alquimia—.
Los tres Reyes representan el camino del Iniciado por las tres principales fases de la Obra.
Sus colores, negro, blanco y rojo —tomó pincel—, simbolizan la Obra Hermética que alcanza la Piedra Filosofal, representada por Jesús, el niño filosófico nacido en el pesebre y en el laboratorio en el atanor.
»Baltasar, de raza negra, entrega mirra.
—Comenzó a dibujar los presentes en las manos de los Magos—.
Su regalo es la primera fase de la Obra, la muerte simbólica y el sufrimiento, la transmutación para el Iniciado que se adentra en el Arte.
»Gaspar ofrece incienso, elemento del aire que representa la esencia divina de Jesús, la Piedra Filosofal.
El conocimiento y la oración son el alimento de los Elegidos en la segunda fase.
Melchor es el portador del oro, el oro de los filósofos.
—Gesticuló alzando las manos para resaltar su valor—.
Es el fuego y la culminación de la Obra, la inmortalidad que solo es alcanzada por unos cuantos.
Al terminar de explicar las relaciones, remató el boceto dibujando un triángulo en el cielo.
—¿Qué es?
—preguntó confundido Nicolás.
—Representa los dos elementos espirituales, aire y fuego; es el Espíritu Santo, el pulso de la evolución.
—Dibujó otro triángulo en el primero con el vértice invertido, formando así una estrella—.
Este otro es el mundo material; los elementos tierra y agua.
Ambos triángulos juntos forman la estrella de seis puntas, que representa la fusión de los opuestos, espíritu y materia, la conjunción del azufre y el mercurio, la armonía, la conciliación entre contrarios en unidad indisoluble.
—La Estrella Alquímica, la Estrella de los Magos, el símbolo de nuestra Amada Ciencia.
—Con la intersección de los dos se crea el hexágono central —lo repasó para resaltarlo—, que es equilibrio perfecto, el corazón del hombre como material de envase del alma espiritual, luz coagulada y quintaesencia.
Flamel relacionó los elementos y resumió la metáfora encerrada en el cuadro: —A los tres magos, las tres fases, las guía una estrella, vale decir, nuestro Arte Sagrado, que contempla al Adepto como su corazón, la figura central en su interior.
—Nuestro Lapis Philosophorum —completó Da Vinci, sonriendo con satisfacción porque lo tenían claro.
Pero una duda apareció en su mente, ensombreciendo el contento.
Que bajo simbología religiosa se pudieran ocultar mensajes alquímicos tenía su ventaja, pero también el inconveniente de que pocos o nadie entrevería esos misterios.
—¿Creéis que alguien irá más allá cuando vea esta obra?
—pidió a Nicolás.
Como todo artista, a veces se preocupaba, tanto por el futuro como por la interpretación de su legado, y con razón, puesto que parte de su obra se perdería y jamás sería conocida, y la otra levantaría abundante controversia.
—Tenlo por cierto.
Pero dejad de pensar en lo que vendrá, ¡siempre estáis en el futuro!
—advirtió Flamel, gesticulando con ademanes jocosos.
—Ahora que a lo mejor seré inmortal, me viene bien pensar en el mañana, ¿no creéis?
—bromeó Leonardo, pero el judío no le rio la gracia.
Caviloso, se limitó a sentarse en una banqueta cercana, recogido sobre sí mismo.
Y tal y como solía hacer para relajarse, se descalzó e introdujo los pies en un barreño de agua.
Al ver la ausencia de respuesta por parte del maestro, Leonardo permaneció en silencio y lo acompañó.La ocurrencia había hecho meditar a Flamel en la naturaleza del tiempo.
El escribano tenía vena de filósofo, así a menudo comentarios o vivencias lo dejaban meditabundo en cuestiones elevadas de difícil o nula respuesta.
Estuvo rumiando con la mirada perdida en la nada y la mandíbula apoyada en la palma de la mano, y compartió con su amigo una conclusión: —Aunque un hombre viva mil años, solo dispone y dispondrá del momento presente, y aun así se escapa fugaz ante tus ojos sin poderlo capturar.
Leonardo introdujo la mano en el recipiente que tenían a sus pies y contestó: —El agua que tocas en la superficie de un río —la del barreño ondeó por el juego del vaivén de los dedos, que se deslizaban creando oleaje; y la imagen reflejada de ambos se dispersó en la superficie revuelta— es la última de la que pasó y la primera de la que viene: así el instante presente.
»El tiempo… —Dejó la mirada suspendida en un punto vago en el vacío y exhaló un sonoro suspiro arrancado desde el fondo del alma, lamentándose de haber llegado a viejo tan deprisa—.
Nada confunde más al hombre que su transcurso imperceptible, que se desliza sin ser notado y engaña a los mortales.
—¡Me asombráis!
—reconoció con admiración las dotes del italiano.
Siempre que podía, dejaba caer algunas de sus citas o bellas enseñanzas, que encandilaban a Nicolás, amante de la palabra—.
¡Tenéis el corazón de un poeta!
¡Deberíais escribir más!
—No, amigo.
—Acompañó la negación con una oscilación del dedo índice y moviendo la cabeza de lado a lado.
Leonardo albergaba un pedazo de poeta en el corazón, pero su alma, su mente y sus manos eran de pintor—.
No me conocéis.
»¿Qué poeta, con sus palabras, reproducirá ante ti la exacta efigie de tu ideal con tanta verdad como el pintor?
¿Quién te mostrará el paisaje de los ríos, bosques, valles y campiñas, donde pasaron tus días más felices, si no es el pintor?
La pintura es poesía muda: la poesía pintura ciega.
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