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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 35

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35: Citrino 35: Citrino 12 Citrino Digamos, para empezar, que el término piedra filosofal significa, según la lengua sagrada, piedra que lleva el signo del sol.

FULCANELLI Al cabo de unas semanas, Leonardo tenía el cuadro acabado, o de eso alardeaba ante Flamel en el laboratorio.

Lo tenía expuesto en la pared, como una estrella para alumbrar a todos.

En verdad, los ojos se iban a él: lo había pasado a lienzo y la pintura, todavía húmeda, resaltaba el brillo de los colores.

La escena de los Reyes Magos, que de entrada no insinuaba otra cosa que el nacimiento de Jesús, lucía esplendorosa y cargada de simbolismo hermético.

—¿Qué os parece?

—Da Vinci consultó a su discípulo al verlo entrar por la puerta.

—Señor, ¡es magnífico!

—celebró, acercándose.

Francesco era un pintor excelente.

Tenía vista de lince para el arte y era un buen consejero para el maestro: dos ojos externos fiables y sinceros que le dirían la verdad, al igual que sus espejos.

—Os lo bajo si queréis apreciarlo mejor.

—Hizo ademán de subirse a un taburete.

—Leonardo, el rey está aquí —cortó el joven con seriedad.

—¿¡El rey!?

—Desvió la mirada hacia un lado, pero le sobrevino el vago recuerdo de que tenía pendiente un encargo para él desde hacía ni se acordaba.

La expresión de su rostro cambió de júbilo a disgusto, y resopló con hastío, admitiendo que existía tal figura, por lejana que estuviera de su vida diaria—.

Ah, sí, el rey… Se había sumido tanto en la alquimia y sus asuntos que se había olvidado del monarca y del trabajo.

Eran buenos amigos, pero en el tema de los encargos nunca se ponían de acuerdo.

El soberano admiraba su arte y presionaba por más obras; él, inconstante por naturaleza, no las terminaba, ya fuera por falta de tiempo o porque su perfeccionismo le impedía dar el visto bueno a un trabajo que solo podría valorarse de excelente.

Un tira y afloja entre buenos colegas que, siendo sinceros, no tenía solución.

El artista era un alma libre que no funcionaba bajo presión o reglas, ni por la realeza.

Con una sonrisa y un emotivo saludo, fue al salón de visitas para recibir al monarca, al que despidió con unos toquecitos en la espalda, un sentido apretón de manos y unas finales promesas biensonantes que ambos sabían que no iba a cumplir.

Volvió al laboratorio, ligero: se había quitado un peso de encima.

Y podía disfrutar de su cuadro.

—¡A trabajar!

—ordenó Flamel desde el fondo.

Leonardo acató de mala gana la orden y se acercó al maestro.

—¿Qué queréis?

—¡Mira tus hornos!

—Acompañó con un dedo acusador.

Da Vinci abrió las mirillas y comprobó los huevos.

—¡¿Qué?!

—profirió un grito que aunaba espanto y sorpresa.

Había ocurrido.

Uno de sus tres trabajos se había malogrado: meses de esfuerzo perdidos.

—¡No estáis pendiente!

—masculló apretando los dientes y poniéndose rojo de cólera, más encendido que el carmín.

Leonardo se llevó una mano al pecho.

—Yo… —¡No lo suficiente!

El genio sacó el crisol con los restos calcinados de materia descompuesta y, con un gesto de asco, los arrojó en un balde de madera.

Se había convertido en una especie de gelatina oscura que apestaba: olía como el aliento del mismísimo diablo.

Su maestro le dedicó una mirada de enfado y, sin necesidad de palabras, Leonardo captó al vuelo que debía deshacerse de aquello.

Eran inseparables camaradas, pero en cuestión de alquimia el judío no tenía ninguno.

Flamel era responsable y, consciente de la gracia suprema que había caído sobre sus hombros, no fallaría en su empresa, conque no se contenía en mostrarse con su discípulo lo duro y exigente que requería la Obra.

Leonardo salió a enterrarlo al jardín, pero de camino le sobrevino una cuestión más apremiante.

Como acostumbraba a reaccionar ante un fracaso, hizo una retirada para reflexionar y urdir un plan; en sus fiascos pasados había obrado de forma similar.

El más cómico, a la vez que increíble, en Milán, donde lo contrataron para organizar la boda de los Sforza.

En un arrebato de excentricidad, decidió que la tarta no estaría sobre la mesa, sino que el enlace entero se celebraría dentro de un gigantesco pastel de sesenta metros de longitud, armado a partir de ladrillos de polenta, nueces y pasas; incluso mesas y asientos se construirían de azúcares y bizcochos.

Tras un día de largo trabajo en el patio del palacio, entrada la noche, el escenario estaba listo para el gran acontecimiento.

Por la mañana, cuando el genio apareció, descubrió que ya se había celebrado el banquete, pero con otros comensales que no estaban en la lista oficial de invitados: legiones de ratas, gusanos y pájaros se habían comido la tentadora creación del chef florentino.

La tarta había hecho delicias a toda alimaña del bosque.

El resultado: el fin de su carrera en Milán.

¿Y qué hizo Leonardo?

Huir.

Se retiró y estableció un plan para recuperar su reputación burlada por no haber dado de comer a trescientas personas.

Lejos de hundirse, se dispuso a investigar para buscar una solución; a los pocos días, convocó de nuevo a la ciudad, enseñó triunfante su obra maestra La última cena y les dijo: «¿Cómo no voy a poder dar de comer a trescientas personas si he dado de comer al Hijo de Dios?».

Al ver que se enredaba tanto en volver, Nicolás fue en su busca.

Se dirigió al parque, pasó por encima del puente giratorio y lo encontró al otro lado, sentado en una roca, a orillas del estanque; era el rincón preferido del pintor.

Podría haber estado horas dando vueltas por ese extenso paraje paisajístico al que costaba encontrarle fin; cuevas, fuentes, miradores y cataratas, un estanque bordeado de pinos centenarios, bojes, cipreses de Italia y rosaledas, una enorme fuente de inspiración para el artista.

Y allí se hallaba, a la sombra de un árbol; retocaba un cuadro y terminaba unos dibujos, mirándose desde distintos ángulos en un espejo.

Nicolás se enervó y vociferó: —¡¿Qué estáis haciendo?!

—Su rostro se trastocó en una mueca crispada y endurecida de enfado.

No hubo respuesta.

Leonardo estaba absorto en su propia imagen.

La paciencia del escribano se agotó cuando lo vio sonreír varias veces frente a su propia imagen reflejada.

Aquello era el colmo; no solo pasaba de él, sus actos sugerían que se estaba mofando.

Su exasperación reventó y terminó por retirarle el espejo de las manos.

El italiano pareció volver a la realidad y preguntó con voz inocente: —¿Qué hay?

—¡Creo que tenéis algo más urgente que pintar ese ridículo cuadro!

—vociferó, y tomó un par de bocetos—.

¡Insignificantes libélulas!

—Los soltó con desdén, resoplando como búfalo encabritado.

—No es un pequeño cuadro —Leonardo defendió a su inseparable Mona Lisa—, ni tampoco son insignificantes insectos.

No sabéis de qué habláis.

—¡Lo que sí sé es que sois un inconstante y no se puede confiar en vos!

—Antes de hablar, debéis conocer, maestro.

Precisamente porque he sufrido un fiasco en el laboratorio he venido a encontrar inspiración aquí.

Esta pintura es mi numen.

—La levantó orgulloso, con una expresión alelada propia de un hombre que no toca de pies a tierra—.

La mayoría de mis invenciones se deben al estro nacido en mí cuando observo sus detalles.

De forma semejante a lo que le ocurría con el Salvator Mundi, podía estar horas contemplando la imagen, a la que retocaba incansable, sin tener coraje de terminar porque era la obra por la que más apego sentía, razón por la cual jamás llegó a entregar ese encargo, del que se enamoró de manera tan profunda que no pudo separarse de él.

Agarró una lira que colgaba de una rama —dejada allí para tenerla a mano en sus frecuentes visitas al estanque— y tocó una hermosa melodía más tentadora que el canto de ninfas marinas.

Una bandada de libélulas apareció y revoloteó a su alrededor, como si la naturaleza hubiera acudido a su llamada, y asistiese al genio para iluminarle la mente y reconfortar su corazón; una colaboración conjunta hombre-natura que dejó boquiabierto a Flamel.

El artista extendió la mano, y una de las livianas criaturas se le posó en el dedo.

—Son mis amigas.

Ellas me han enseñado mucho.

Su vuelo, mágico y único, me ha revelado conocimientos para mi arte.

—Leonardo se había valido de la contemplación de la anatomía y movimientos de aves e insectos para la construcción de sus extraordinarias máquinas voladoras.

Unas libélulas rodearon a Flamel, exhibiendo un grácil vuelo.

—¿Veis el movimiento de sus alas?

—preguntó Da Vinci para saber si contaba con una vista tan buena como él.

—No distingo nada —confesó, como le habría ocurrido a cualquier hombre común.

Ni siquiera fue capaz de apreciar las alas.

—Yo sí.

Sacudió el dedo para que la libélula que se había posado en él prendiera el vuelo.

Nuevas se acercaron y aterrizaron sobre los hombros y cabeza.

Da Vinci observó al insecto que se había posado en el dedo y revoloteaba justo delante de su cara.

Dotado de una extraordinaria capacidad visual, una vista rápida y precisa capaz de percibir lo imperceptible —solo posible de captar con las cámaras de hoy en día—, pudo ver los movimientos del animal.

Gracias a esa habilidad excepcional, presente en pocos mortales, había estudiado con exactitud, secuencia a secuencia, las características del vuelo de esos insectos y las plasmó en sus esbozos en papel.

Concentrado, compartió con el maestro lo que estaba viendo con su «ojo rápido»: —La libélula vuela con cuatro alas y, cuando las dos del frente están elevadas, las traseras bajan.

Las alas de la cola no están sincronizadas con las delanteras durante un brevísimo lapso de tiempo.

Flamel intentaba atisbar lo que le decía su pupilo, entrecerrando los ojos y buscando desesperado las alas, pero lo único que visualizaba era un pequeño ser suspendido en el aire, como un punto brillante y difuso carente de los detalles que se le mencionaban.

—¡No sé cómo podéis ver!

—También en mi Mona Lisa he intentado reproducir el momento en que empieza la sonrisa.

Al igual que con el vuelo de los insectos, el pintor había capturado el preciso instante en que empezaba a sonreír ante el espejo para reproducirlo en el cuadro.

Había sido posible gracias a su inusitada capacidad de congelar en la mente acciones que se desarrollan a gran velocidad, como el vuelo de las libélulas o expresiones faciales.

Era como si viese fotograma a fotograma de forma individual.

Nicolás apreció el retrato —que tenía buena parte de autorretrato— y comprobó lo que le había explicado en la enigmática mueca de la Mona Lisa, que presentaba una expresión inconclusa.

—Es verdad —dijo mirando la boca en el cuadro, pues era difícil reconocerlo plenamente, y menos por alguien poco instruido en pintura.

Además, el italiano había aplicado la técnica del sfumato para engañar al cerebro: dependiendo de la perspectiva desde la que se observaba, la protagonista parecía estar sonriente o seria; lo que se hallaba en su cara era más bien una sonrisa inalcanzable.

—De todas las expresiones que he pintado, esta es la mejor conseguida y la que más se asemeja a la original.

—Sonrió varias veces despacio para que Nicolás pudiera ver el comienzo del gesto y comprobara en la obra la similitud entre ambas sonrisas, la real y la pintada.

Le ofreció el espejo para que se contemplase.

El judío atisbó su reflejo en la superficie y sonrió con lentitud para capturar la instantánea en que empezaba la mueca; pero a duras penas pilló ese flash porque pasaba deprisa a una sonrisa completa.

Flamel valoró el prodigioso logro que había alcanzado el genio en ese trabajo, como también comprendió por qué la Mona Lisa era su cuadro fetiche: era una versión femenina de sí mismo que reproducía rasgos personales con tal precisión que lo convertían, en cierto modo, en el autorretrato más logrado a manos del artista y, por ende, valorado sobre cualquier otro.

Se permitió unos minutos para escudriñar en detalle la pintura, a la que nunca antes había prestado demasiada atención.

Deslizó la mirada por los ojos de la dama, que tenían ese lustre que se puede ver en los reales; a su alrededor, descubrió esos rosáceos lívidos y los pelos que no se pueden realizar sin una gran sutileza.

La nariz, con todas esas aperturas rosadas y tiernas, parecía de verdad.

La boca, con la extensión de su hendidura unida por el rojo de los labios y lo encarnado en el rostro, no parecía color sino carne real.

Se paró en la curvatura de la garganta.

Concentró su atención en ella, cuando de pronto vio latir el pulso; se estremeció hasta el punto de dar un brinco hacia atrás, atemorizado.

Aunque volvió a acercarse y se frotó los párpados, como si dudara de sus propios ojos.

Tomó consciencia de qué tenía frente a sí.

Lejos de un pequeño cuadro de escaso valor, como había juzgado en un principio, era la obra de mayor calidad que mano habría pintado sobre la faz de la tierra, por su verismo, su proximidad a la realidad y su carácter mimético; una joya artística de alto impacto para todo aquel que quisiera verificar en qué medida puede el arte imitar a la naturaleza en un solo rostro.

Y que además, aun cuando ninguno de los dos podía siquiera imaginar, reunía la sonrisa que pasaría a ser conocida como la más famosa de la historia; una lección de vida para el alquimista, que acababa de experimentar la importancia de observar antes de emitir un juicio.

Aparecieron nuevas bandadas de libélulas, regalando la vista de una escena mágica con su danza acrobática de iridiscentes colores que centelleaban, hermosas luces en el aire, y coordinadas en movimientos veloces en todas direcciones: giros sorprendentes, saltos por encima de las flores, subidas y bajadas de infarto en vertical, parones bruscos para quedar flotando en la nada e incluso cambios imprevistos de trayectoria; volaron hacia atrás como el colibrí, un prodigio de tecnología animal que las convertía en las pequeñas reinas y bailarinas del cielo.

En bandada marcharon revoloteando sobre las aguas del estanque, tapizadas de nenúfares y barquitas amarradas, así como patos y cisnes surcando con gracilidad; un verdadero festín para los ojos y el espíritu, similar al de un espectáculo de ballet clásico sobre el escenario.

Flamel se percató del olor nauseabundo que expedía el huevo malogrado de Leonardo, peste que había ignorado porque las explicaciones del artista le habían capturado por completo la atención.

Los restos yacían en el suelo al lado de una pala, un montículo de tierra y un hoyo que Leonardo no había terminado de excavar.

Eso le recordó la pérdida del huevo y se sinceró con su discípulo.

—Estoy preocupado.

—Suspiró con desaliento—.

En el tiempo que lleváis, otros ya han engendrado su primera piedra.

Y solos.

—Maestro… —No supo con qué excusa salir y optó por callar.

Tragó saliva y se levantó para volver al laboratorio, con Flamel siguiendo sus pasos.

Tras entrar, hizo un repaso veloz a los hornos.

Cuando abrió el último, dio un brinco nervioso y profirió un grito de sorpresa.

Nicolás cerró los ojos con fuerza y, por instinto, se llevó las manos a la cabeza con gran tribulación, tanto que se le cayó la kipá.

No podía ser.

Otro fracaso era demasiado en un día.

Contaban con tres proyectos.

Si perdían dos, solo les quedaría una última oportunidad, y eso era arriesgado en lo concerniente a la alquimia.

Ambos estaban petrificados.

—Leonardo… —Nicolás se quejó en voz baja, sin osar acercarse a comprobar el estado del huevo.

—¡Maestro!

¡Mire!

¡El dorado!

—Saltó de alegría para festejar la gesta.

Flamel se abalanzó al atanor.

Sacó impaciente el crisol, que contenía el trabajo; lucía un tono citrino, como un sol reverberante de desierto.

La materia, tal si estuviera viva, se balanceaba de extremo a extremo por el vaso en una danza de burbujas que reventaban como el champagne, celebrando un brindis por el paso logrado en la Obra.

Era un avance.

De momento, el huevo había pasado por la putrefacción de la primera fase —opus nigrum— y por la intensa purificación de la segunda —opus album—, derivando a un confuso tono grisáceo.

Y el amarillento había asomado como un amanecer tras una noche aciaga.

Si iba bien, devendrían nuevos colores hasta alcanzar la cúspide hermética: el opus rubrum, galardonando a Da Vinci con su primera Piedra Filosofal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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