LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 La majestad del purpúreo hijo del Sol
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36: La majestad del purpúreo hijo del Sol 36: La majestad del purpúreo hijo del Sol 13 La majestad del purpúreo hijo del Sol Hay este león verde que cierra y abre los siete sellos indisolubles de los siete espíritus metálicos, y que atormenta a los cuerpos hasta que se les ha perfeccionado, por medio de la larga y firme paciencia del artista.
EL COSMOPOLITA Los próximos meses se aplicaron más en el laboratorio.
La Obra lo exigía.
A medida que avanzaban, se complicaban las operaciones y se requería un progresivo aumento de la intensidad del calor de los atanores.
Llevaban cerca de un año metidos de lleno en el Magisterio.
Por cuatro grados de fuego pasaba la materia: un fuego bajo inicial, comparable a la fiebre; un segundo que solía describirse como el calor del sol sobre el tejado del mediodía, seguido de otro más intenso, semejante a las brasas, hasta llegar a un último de máxima temperatura, el de las llamas vivas, que podía alcanzar los mil grados.
A partir de cálculos, obtuvieron la fase lunar adecuada para iniciar las siguientes operaciones alquímicas.
Al igual que los Reyes Magos tras el rastro de una estrella, los Señores del Fuego se dejaban guiar por el mapa celeste.
No se hacía ningún movimiento sin antes consultar al firmamento.
Los aspectos planetarios y las fases lunares influían en los trabajos: universo y alquimistas iban coordinados como un reloj.
En esta fase, algunos instrumentos de Leonardo como el astrolabio resultaron de asaz utilidad para muchos de sus cálculos, tanto para determinar las posiciones de las estrellas y los astros como observar su movimiento.
En cuanto a la evolución del huevo filosófico, poco a poco, fueron apareciendo nuevos colores: verde, azul y naranja.
Con cada tonalidad se confirmaba un cambio en el adepto y que se había forjado una cualidad en su interior.
Por orden de aparición desde el comienzo del Magisterio de Da Vinci: el negro, la negación en sí del color mismo, la antítesis del blanco, había supuesto su propia muerte, había mortificado su ego.
El blanco era la luz.
De las tinieblas, las sombras oscuras de su inconsciente, había emergido una nueva consciencia.
Su alma había sido transmutada y purificada.
El blanco, espejo que refleja el universo, le había retornado la inocencia perdida, devolviéndole la claridad y transparencia.
El amarillo irradiaba un viraje en su temperamento, más abierto, jovial, espiritual y con tendencia a la dulce estimulación.
El verde había portado una redención: el tumulto de su mente se apaciguó, el pasado se había enterrado y recobró la esperanza.
El azul apareció como la paz, el equilibrio y la armonía.
Da Vinci experimentó la sumisión, la devoción, la entrega y la plena dedicación al Arte.
Por contra, el naranja en el crisol le salpicó como un fuego, un regocijo en su espíritu exaltado por el desarrollo intenso de su sentido de la intuición.
Solo quedaba el rojo, la Piedra en el crisol y el fin de la recolecta de virtudes para Leonardo.
Ya era de mañana y estaban a punto de marcharse.
Habían pasado toda la noche faenando y en el laboratorio apenas se podía respirar.
Los gases despedidos de las retortas hacían asfixiante el lugar, tanto que las salidas de humo no daban abasto.
Las neblinas tóxicas que ascendían por los conductos extractores, que habían perforado con salida al exterior, daban un aura espectral a los jardines que rodeaban el castillo, sobre todo, de noche, cuando el mar de niebla flotaba en medio de la oscuridad.
Cualquiera que hubiera paseado por ellos, sin conocer la actividad que sucedía en los sótanos del castillo, se hubiera espantado al ser sorprendido por repentinos escapes de humaredas que salían despedidos a toda presión, y que los convertían en una suerte de paisaje volcánico plagado de géiseres.
—¿Maestro?
—Francesco, que acaba de llegar para relevarlos unas horas, preguntó avanzando entre la espesura misteriosa.
Ni los veía.
—¡Gracias a Dios!
—exclamó Leonardo—.
¡Estoy que me ahogo!
—Tosió con energía, sin dejar de insuflar aire al atanor.
Estaban en la fase de máxima intensidad y eso suponía avivar el fuego las veinticuatro horas.
El horno había convertido el laboratorio en el Infierno: la «bomba» rugía como los tormentosos calderos de la Gehena y expulsaba a todos con su furia abrasadora.
El calor insoportable impedía estar cerca de él por mucho tiempo, tenían que turnarse.
Y los había dejado irreconocibles: Flamel y Da Vinci habían alimentado el atanor y se habían puesto de hulla hasta las cejas.
Francesco le quitó el fuelle de las manos y tomó el control.
Nicolás se sentó para beber un trago, y Leonardo aprovechó para entrar en confinamiento interno y rezó para recibir inspiración.
Las sibilancias del soplillo aspirando y exhalando aire, como un tictac a concierto con los ruegos, sumieron al genio en un trance, un sopor hipnótico que lo indujo de un estado de letargo a otro más profundo, cataléptico, hasta derribarlo de un plumazo.
De forma abrupta, entró en estado de colapso.
Su cuerpo, tocado por el poder de la plegaria, fue sacudido por espasmos que lo levantaban algunos centímetros del suelo, cada vez más alto; llegado a un punto, desafió las leyes de la física: una fuerza lo arrancó del suelo unos metros y lo hizo levitar.
Da Vinci permaneció suspendido en posición horizontal y, en ese éxtasis, su mente fue asaltada por una tormenta de intensas visiones que le daban directrices para obrar.
Sus compañeros no se escandalizaron al verlo a la altura del techo, porque en las últimas semanas le había ocurrido cada vez con mayor frecuencia.
Flotaba sobre las nubes de vapores como ángeles sobre los nimbos de los cielos.
Cuando sus pies tocaron el suelo, sin decir nada, tomó un espejo y el crisol del atanor; se escapó corriendo hacia el jardín: había sido iluminado por un nuevo paso decisivo en la Obra.
Sus compañeros salieron tras él.
Los rayos de la mañana eran abrasadores.
Los iban a necesitar.
Da Vinci abrió el crisol para operar con la materia.
Todavía estaba verde, como el León Verde en su símbolo alquímico, igual que una semilla vegetal no germinada que debe madurar.
Le agregó una pequeña cantidad de oro vulgar, el rey de los metales.
Fijado por la acción del sol, la masa amarilleó a un ámbar claro.
Con la ayuda del espejo ardiente, la sometió a varias calcinaciones.
En la primera exposición al sol, en la masa aurífica aparecieron trazas nítidas de azufre rojo como comienzo de la maduración.
En las siguientes solarizaciones, los bombardeos de millones de rayos a través del vidrio la tostaron, pasando de una apariencia morena al enrojecimiento, signo de la transformación del mercurio a una versión azufrada, un mercurio exaltado y mejorado.
Era el paso del León Verde al León Rojo recogido en los grabados herméticos de los tantos libros alquímicos.
In promptu, fue encendiéndose hasta tomar la consistencia de una masa blanda vidriosa que emanaba una luz grana tan deslumbrante que cegó a los tres.
La Obra al Rojo había llegado a su fin.
Tembloroso e indeciso, Leonardo miró a su maestro, quien, sin necesidad de emitir palabra alguna de su boca, en la que se adivinaba una sonrisa de profundo sentimiento, le comunicó que no se trataba de un sueño.
Tantas veces había imaginado ese momento que ahora que lo estaba viviendo parecía incierto.
El genio, con lágrimas en los ojos, recogió su Piedra Filosofal.
La materia ardía, pero las manos del artista, resguardadas por la protección de la Sabia, no sufrieron ni la menor quemadura.
Francesco acercó un barreño de agua para sumergirla.
Como un bautismo de un recién venido al mundo, la Piedra recibió un baño, que permitió que terminara de solidificarse.
Ya en forma de cuerpo cristalino, Da Vinci la pescó del agua y la alzó a la vista de todos.
Miríadas de reflejos tornasolados asomaron en todas direcciones, tiñendo el jardín de enrojecidos tonos: una surtida paleta de matices en pinceladas púrpuras, leonadas y rubís.
En ese momento lo supo.
De cuántas cosas había visto, creado e imaginado, incontables e impensables en relación a cualquier hombre común, no había otra que emanara semejante Poder: aunque invisible, irradiaba de ella como los rayos de la mayor de las estrellas habidas en la esfera de los cielos y traspasaba sus cuerpos hasta alcanzar su corazón; y su luz, bendita, era el Amor directo de Dios.
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