LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Un sueño
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37: Un sueño 37: Un sueño 14 Un sueño Esa noche celebraron por todo lo alto la llegada de la recién nacida transmutando plomo en oro.
Había que probar las virtudes de la panacea.
Y la velada se remató con una gran cena, con carne incluso para los no vegetarianos.
Hubo hasta vino y tabaco.
Leonardo, ya inmortal, se sentía un dios.
De contento, no dejó de contar chistes que había inventado y contado centenares de veces.
Los demás le rieron las gracias, ya fueran mejores o peores.
Era su día.
El artista, que era incapaz de permanecer quieto, les dispensó un concierto.
Estaba tan emocionado que apenas probó la comida.
Escogió sus joyas preferidas, la viola organista y el órgano de agua, que siempre tañía cuando tenía ocasión porque eran sus musas, razón por la cual las tenía repetidas en varias salas del castillo.
Copa a copa, melodía tras melodía, y mano a mano con sus dos compañeros, que se sumaron a la orquesta, se animó el ambiente y pronto acabaron borrachos.
La noche parecía inmejorable, aunque les aguardaban más sorpresas, un último presente.
Los astros debían de estar alineados, o la misma Piedra y su poderío los había coronado de gracia.
Fueron a dormir tarde, pero en la madrugada Nicolás saltó de la cama al encuentro de Francesco, quien también se había despertado y lo estaba buscando.
Se toparon en el rellano de una escalera.
Al verse, se fundieron en un abrazo confidente.
El alquimista había soñado con él: era un Elegido.
A pesar de la emoción, convinieron esperar a dar la noticia a Leonardo al día siguiente.
Se levantaron al mediodía y todavía se hubieran quedado entre las sábanas, pero un nuevo sueño de Flamel logró que botara de la cama de un salto.
El matrimonio decidió despertar a todos para reunirlos en el dormitorio del florentino como punto de encuentro.
Pasaron por las habitaciones, recogieron a Mathurine y a Francesco, y en grupo se dirigieron hacia allí.
A medida que se acercaban a la alcoba, el sonido de una flauta les dijo que Da Vinci se había levantado.
Cual ratas guiadas por el flautista de Hamelin, la melodía los llevó hasta su taller de trabajo.
Cuando entraron, encontraron al genio con un instrumento en las manos que no formaba parte de su extenso repertorio.
Leonardo estaba tan absorto que no advirtió la presencia de sus amigos en el cuarto, interpretando con pasión una música que superaba a cualquiera escuchada de los otros instrumentos construidos por el artista; su sonido velado y dulce, aterciopelado, y más brilloso y diminuto, encandilaba los oídos y parecía provenir del cielo.
De pie, con una mano tocaba un teclado y con la otra movía un fuelle en un rítmico vaivén.
Había pasado la noche anterior en vela, construyendo esa genial invención.
Haber concluido el Magisterio y hallarse en posesión de la Piedra Filosofal se había manifestado en él de una forma arrolladora, inspirándole múltiples proyectos e ideas.
Impresionado, Nicolás se acercó para observar de cerca el extraño artificio.
Leonardo, al notar su presencia, paró de tocar.
Los demás se arrimaron también a escudriñar el nuevo «juguete» davinciano.
—Es un órgano de papel —bautizó a su creación, con una holgada sonrisa.
A medio camino entre un órgano de tubos y un acordeón, el instrumento constaba de un innovador fuelle de doble acción: con un recorrido de ida y vuelta —mientras uno se vaciaba al tocar, el otro, por el mismo movimiento, se llenaba—, lo que garantizaba una proporción continua de aire y una mejora notable de la calidad del sonido en comparación con los órganos de mano conocidos hasta entonces.
Tenía adosadas dos partes más: un teclado en posición vertical, manuable y ergonómico, y una sucesión de tubos de papel inclinados que aportaban ligereza, y lo dotaban de una especial y cálida sonoridad musical.
—El laboratorio a la música —insinuó Flamel, guiñándole un ojo.
Su maestro había captado al vuelo que se había inspirado en los fuelles usados en los hornos para orquestar lo que, aun cuando ninguno de los presentes sabía ni llegaría a conocer, se adelantaba más de tres siglos al futuro acordeón.
Y no sería el único, nuevas máquinas e instrumentos sucederían al primer fuelle prototipo.
Para rendirle los honores, Leonardo le cedió el invento a su maestro, que aceptó gustoso tocarlo.
Nicolás se lo colgó del cuello, pegado al pecho, y comenzó a improvisar.
—Su fuelle de doble acción consigue que fluya el aire sin interrupciones a través de los tubos —alardeó Leonardo.
—¡Es divino!
—exclamó Mathurine, embriagada por la música celestial.
—Lleva el toque de inspiración divina —especificó Nicolás.
Si lo había inspirado la Piedra Filosofal, de seguro cargaba con alguna de sus cualidades proyectadas por su magia.
—¿¡Lo habéis construido esta noche!?
—dedujo perplejo Francesco.
—Sí, y no solo eso.
—Cabeceó hacia un enorme caballete que había al fondo de la sala.
Todos miraron en la dirección que había apuntado el genio, pero solo vieron la extensa tela blanca que lo cubría, confundiéndolo con un fantasma envuelto en una sábana.
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