LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 40
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40: Paracelso 40: Paracelso EL MAGO SUIZO «Es médico quien sabe de lo invisible, de lo que no tiene nombre ni materia, y sin embargo, tiene su acción.
Esto prometo: ejercer mi medicina y no apartarme de ella mientras Dios me consienta ejercerla, y refutar todas las falsas medicinas y doctrinas.
Después, amar a los enfermos, a cada uno de ellos más que si de mi propio cuerpo se tratara.
No cerrar los ojos, y orientarme por ellos, ni dar medicamentos sin comprenderlo ni aceptar dinero sin ganarlo».
THEOPHRASTUS PARACELSUS 1 Paracelso 1540, Einsiedeln, Suiza Tras su largo derrotero deambulando por Francia, aterrizaron en Einsiedeln y, nada más llegar, accedieron a la abadía de la ciudad.
A medida que el carruaje se acercaba, atisbaron decenas de peregrinos que salían del templo, como una cáfila ordenada de hormigas acompañada de las gentes del pueblo, a punto de emprender la peregrinación hacia Santiago de Compostela.
El galo rememoró su propio periplo por España, la misión y a su amigo Canches; pensó cuán orgulloso se sentiría el maese al ver que había cumplido su promesa y lo lejos que había llevado la alquimia.
Al entrar en la abadía, aprovechó para encender, como hacía cada vez que tenía ocasión, tres cirios a la memoria de su maestro y sus padres, y rogó por la salvación de sus almas.
Preguntaron al abad sobre el paradero del Iniciado que buscaban y, con gusto, él les proporcionó las indicaciones para que encontraran su hogar.
De camino, Flamel percibió señales de su próximo discípulo.
La información le venía a oleadas; a veces clara, en forma de imágenes, intuiciones repentinas, sensaciones y fuertes corazonadas; otras, se reducía a pensamientos dispersos que afloraban como estrellas fugaces, difíciles de procesar.
En sus precogniciones, tanto oníricas como en estado de vigilia, en las que incluso contactaba con entidades sobrenaturales, anticipaba los rasgos importantes del nuevo Elegido.
Al igual que con Leonardo, de Paracelso se olía un espécimen raro.
Le llegaba que estaba instruido en medicina, pero para Nicolás más que médico era un virtuoso, un alma libre de espíritu indomable con una marcada inclinación hacia el altruismo y la acción asistencial; polifacético, de carácter exuberante, fogoso, grandilocuente, un genio paranoide, dado a abusos, normalmente bebido, colérico y conflictivo, de modales y lenguaje poco refinados; rasgos que no casaban con otras partes de su corazón, íntegro, compasivo, sensible al extremo con el dolor y la enfermedad, dispuesto siempre a ayudar.
Cuando llegaron a la casa, se toparon en la puerta con el médico, que hablaba con dos pacientes.
Eran mineros: su aspecto desaliñado, los rostros sucios de lodo y polvo de minerales, junto con los picos en los hombros, los delataban.
Le sacaban dos palmos al doctor, bajo y grueso.
Compartían el aspecto frágil y descuidado.
—Recordad, solo un par de gotas al día —les prescribió al tiempo que les daba un pequeño frasco.
Ambos asintieron y se marcharon.
Flamel observó el semblante amable del doctor: era un niño; a pesar de su cincuentena e ir vestido con ropas elegantes, aunque sucias y tan viejas que se le caían en jirones, y de un gorro rojo aterciopelado que le distinguía su posición social, las sonrojadas y prominentes mejillas, y el cabello ondulado sobre el hombro, lo mostraban inocente y con un aire angelical.
A primera vista, se percibía en él una pureza que inducía a confiar.
—¿Paracelso?
—le preguntó Nicolás.
—Así me llaman —contestó, gracioso.
Su verdadero nombre era Teofrasto, pero se había asignado ese apodo, por el que todos lo conocían.
Significaba «más allá de Celso», un médico romano del siglo i al que admiraba por su brillantez; pero pensaba que como doctor estaba por encima incluso de él.
Aunque pudiera parecer arrogante, era verdad.
—¿Ustedes…?
—Los miró haciendo un diagnóstico rápido a los desconocidos.
—Nicolás Flamel, mi esposa Perenelle y Leonardo.
—Un placer, pasad —invitó a entrar a quienes creía buscaban una consulta médica.
Accedieron a un amplio salón, donde había empezado a recibir pacientes.
Hacía poco que había vuelto a casa.
Su pasado era atípico para un doctor de los de su talla, que acostumbraban a tener una vida asentada.
Antes de una década de extenso peregrinaje, había trabajado en Basilea ocupando la plaza de médico municipal y enseñó en la universidad.
Pero se había visto obligado a marcharse: un avanzado, un inadaptado, un radical contra el orden establecido que le había costado críticas, pugnas y desprestigio a lo largo de su vida.
Siempre a contracorriente.
Se había enfrentado sin disimulo al galenismo imperante de la medicina oficial.
Una batalla entre dos bandos inconciliables, médicos tradicionales versus Paracelso: ellos se basaban en los cuatro elementos y sus cuatro humores; él los consideró secundarios y concedió la máxima importancia a los principios alquimistas, la Tría Prima del azufre, mercurio y sal.
Ellos se decantaban por el uso sensato de plantas y rechazaban los químicos; él revolucionó la farmacia apostando por la metaloterapia por vía oral y el empleo de la tecnología alquímica para obtener medicamentos, e incluso se arriesgó a ofrecer una versión química del organismo.
Ellos se alejaban de la cirugía y la farmacia, enclaustrados en cátedras con sus discursos teóricos; él se acercaba a los enfermos y al laboratorio, y se manchaba las manos con los bisturís y morteros.
Ellos valoraban las obras de Galeno y Avicena; él las detestaba hasta el punto de osar quemarlas en público.
Paracelso fue una provocación, una explosión, un incendio, un «hombre en llamas».
El resultado: lo expulsaron de la ciudad, fruto de una campaña de desprestigio impulsada por el colectivo de médicos de tendencias conservadoras.
Tras el desencanto hacia el entorno académico, tal y como había hecho en el pasado en busca de conocimiento, se arrojó a una larga aventura por el continente para ejercer su profesión en libertad, lejos de una consulta entre cuatro paredes, experiencia que lo había curtido a la vez que agotado.
La sala estaba llena de estanterías atestadas de frascos y botes; más bien parecía una botica, amén de colecciones de animales y plantas disecados expuestos en vitrinas.
Y libros.
Por todos lados, libros y más libros, hasta hacinados por el suelo formando altas pilas polvorientas, muchos escritos por él y otros venidos de todos los rincones del mundo, lo que sin duda hacía pensar que el médico contaba con una extraordinaria formación.
Los visitantes quedaron abstraídos observando el generoso mostrador de cadáveres y restos vegetales.
Paracelso tomó asiento tras el escritorio de visitas.
Les hizo un gesto con la mano para invitarlos a sentarse.
—¿Cuál es el enfermo?
El matrimonio se acomodó en dos sillones mientras Leonardo permanecía absorto estudiando los fármacos.
—No hay ningún enfermo, gracias a Dios —clarificó Flamel—.
Venimos para otra clase de consulta.
Usted es un médico de renombre y, por lo que he oído, entiende la medicina desde una perspectiva revolucionaria e innovadora.
—Bueno… —El ego del suizo se hinchó, y sus ruborizados pómulos se encendieron aún más; el judío supo que había dado en el clavo—.
Digamos que tengo una visión poco ortodoxa de la medicina para los tiempos que corren.
Creo que el remedio de las enfermedades se halla en la naturaleza: los minerales y las plantas.
He curado algunas usando metales.
»También pienso que hay una estrecha relación entre el estado anímico del paciente y el desarrollo de ciertas dolencias.
El ser humano es un microcosmos inmerso en el macrocosmos, y solo mirando a las estrellas se puede descubrir gran parte de afecciones y curas para el cuerpo y el alma.
—¡Qué interesante!
—exclamó Perenelle, embelesada con la sabiduría que salía de la boca del doctor.
—No lo es para todos —atajó Paracelso.
Se inclinó hacia delante, miró a los lados y continuó en voz floja, como si revelara un secreto—: Muchos creen que estoy loco.
Los cuatro se rieron con el comentario.
—Pero acude a su consulta gente de todo el país —replicó ella.
—Muchas veces soy la última esperanza para enfermos que llevan años visitando doctores que no han podido curarlos.
—¿Como esos dos mineros?
—se metió Leonardo en la conversación.
—No, en ese gremio hace tiempo que cuento con un reconocimiento absoluto.
Antes pensaban que su estado físico degeneraba porque los espíritus de las montañas los habían condenado.
¡Menuda estupidez!
—Se rio—.
No se daban cuenta de que la inhalación de polvo y gases en las minas eran las causantes de una venenosa intoxicación.
—¿Y cómo los cura?
—se interesó Perenelle.
—Con más veneno —reveló, y los visitantes se miraron pasmados—.
Todo es veneno y nada es veneno; solo la dosis diferencia un remedio de un veneno; y, aunque parezca paradójico, pequeñas dosis de la sustancia que te ha enfermado pueden restablecer la salud en breve tiempo.
Los tres se sintieron sobrecogidos ante una disertación magistral de saberes médicos de tan alto nivel, y su desconocimiento en la materia hizo que se asombrasen todavía más.
—Astrología, física, botánica, medicina, biología… —alabó Nicolás—; es usted un hombre bien formado.
—Bueno —restó valor, y se llevó la mano a un costado de la boca para simular que iba a desembaular otro secreto—.
Todo lo que sé me lo han enseñado las brujas.
El comentario volvió a robar unas cuantas risas a los visitantes.
—Me pregunto si además sabe de alquimia.
—Nicolás sacó una copia del Libro de las Figuras Jeroglíficas y lo dejó sobre la mesa.
—Coincidirá conmigo en que solo hablar de eso es un peligro en estos días.
—El doctor se protegió, y se tensó el ambiente en la sala.
Y no era de extrañar.
Cualquier hombre de la época estaba harto de ver encarcelamientos de supuestos alquimistas, casi siempre por habladurías, falsas acusaciones o escasos indicios; y todos sabían el trágico destino que les aguardaba una vez en las garras de la Iglesia.
—Depende de con quién, amigo —soltó Flamel, sonriente—.
Mire la portada del libro.
Paracelso tomó el manual y reconoció la obra de su sueño, un sueño que se le había repetido a menudo los últimos años y no había comprendido, dado que la figura de un ángel augurándole un prometedor futuro en la senda alquímica no tenía demasiado sentido.
Al no ser especialmente católico, aunque sí acérrimo creyente en un dios concebido a su manera, tampoco le había dado mayor relevancia.
Pero ahora cobraba importancia.
Aquello no era posible, y su lógica mente de científico, por mucho que lo intentó, no encontraba fundamento.
Tras una gran inhalación, miró a Nicolás y preguntó estupefacto: —¿Usted es el hombre que me habló en sueños?
—Tenemos mucho de que hablar —terminó el alquimista en un tono de gran complicidad.
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