LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Spagyria
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41: Spagyria 41: Spagyria 2 Spagyria Desde ese día se quedaron a vivir con Paracelso.
El profundo impacto que tuvo en la vida del médico conocer a la pareja, el pintor y sus secretos fue tan fuerte que no pudo separase de ellos.
Lo primero que enseñó a los nuevos invitados fue el laboratorio.
Lo había construido para elaborar remedios y fármacos.
Superaba cualquiera visto antes por Flamel.
Ese universo hecho a medida era un reflejo de la cantidad de intereses del doctor.
Allí se reunía el saber que había recolectado en sus viajes.
Su espíritu aventurero y sus ansias por aprender por la vía de la experiencia directa, sin intermediarios de libros y maestros, lo habían convertido en un vagabundo errante durante años, recorriendo monasterios y abadías de la práctica totalidad del mundo conocido; desde España, por el oeste, hasta el Extremo Oriente, en busca de antiguos manuscritos de milenarios saberes de Medicina, Astrología, Cábala y Alquimia.
Paracelso era un trotamundos, un hombre hecho a sí mismo; veía la vida más capaz de enseñarle que las cátedras de las universidades, no en vano sostenía que comadronas, curanderos, nigromantes, barberos, carniceros, pastores y campesinos disponían de mayor sabiduría que los doctores eruditos, y que recogió en sus libros y aplicó en su práctica médica.
Seguía las sabias pautas de la naturaleza y creaba medicamentos a partir de componentes naturales, lo que se veía más como una herejía que como un remedio.
En cuanto a la magia, para él, era sinónimo de sabiduría, el empleo consciente de las energías espirituales para la obtención de fenómenos visibles, reales o ilusorios; en definitiva, el uso de la voluntad, el amor e imaginación, la fuerza más poderosa del espíritu humano empleada para el bien.
Con tales planteamientos, no era extraño que lo hubiera rechazado la sociedad, tan reacia a la apertura hacia nuevos enfoques; si bien sus logros médicos eran tan incuestionables que contaba con un sector que lo admiraba, así que nunca le había faltado trabajo.
Ni la venenosa envidia de su gremio ni las habladurías ni las acusaciones de mala praxis habían conseguido hundir su reputación, plagada de curaciones milagrosas que ningún otro médico había realizado.
El laboratorio era un escaparate, su puesta en escena del extenso bagaje de conocimiento y competencias que el mundo y su ingenio habían forjado.
Los incontables frascos y tarros de farmacia en las vitrinas; de tinturas, elixires, fermentos, esencias, extractos, remedios minerales, pomadas y bálsamos; y los botes de hierbas, flores, semillas, frutas, raíces y hojas; además de sustancias y drogas para todo tipo de afecciones —ácidos, óxidos, sales y vitriolos, algunos humeando—, enseñaban generosos a quienes entraran su marcada inclinación por los fármacos.
Además de las balanzas de platillos e instrumentos de todas las formas imaginables en maletines abiertos y por las mesas, que por sus puntas salientes y sierras más que de médico parecían de carpintero.
Por otro lado, escampados por doquier, manuales desgastados con manchas de moho, y gruesos y pesados grimorios de tapas de madera o metal provistos de candados en los bordes, de diversas ramas del conocimiento arcano, con viejas rosas secas entre sus páginas que servían de puntos de libro.
También las había frescas dentro de jarrones en suntuosos ramos rojos, color del fuego y la sangre, el preferido del doctor por su carácter apasionado.
Sus pétalos aterciopelados impregnaban el ambiente de fragancia amorosa, que, según Paracelso, bendecía los trabajos.
Tenerlas cerca le daba reciedumbre y energía, tan necesarias en el día a día del laboratorio, donde el entusiasmo del alquimista era barrido con frecuencia por los obstáculos, que él veía en las espinas de su tallo.
La flor entera era un símbolo en sí misma, un recordatorio: la dualidad de la vida, el triunfo sobre las dificultades.
Y los mapas celestes, alfabetos y símbolos de cábala y alquimia grabados en las paredes delataban su devoción por la astrología y las ciencias ocultas.
Y, por si quedara alguna duda, adornando un altar, una colección de piedras preciosas, medallas, sortijas y demás talismanes protectores, con inscripciones astrológicas y nombres angélicos, confirmaban su interés por lo esotérico.
Al ver su guarida, Flamel comprendió por qué no había intuido antes que ese hombre era alquimista.
Había percibido vagamente su vocación médica y su inclinación por lo oculto, y el laboratorio corroboró su intuición inicial en torno al Elegido: era un artista en quien confluía tan vasto universo de especialidades que hacía difícil encasillarlo en un ámbito concreto, por lo que la palabra más apropiada para definirlo sería decir que era un mago.
—Señor, ¿pero qué demonios es eso?
—exclamó Leonardo, bordeando las hileras de pequeños hornos que ocupaban buena parte del espacio.
Sobre ellos hervía, en decenas de vasijas de vidrio, un surtido catálogo de plantas, flores y animales: pájaros, polluelos, salamandras, serpientes… Paracelso sonrió como si lo hubieran halagado.
Levantó el mentón hacia arriba y fardó asaz enaltecido: —¡Resurrección!
—Señaló el ouróboro en una de las vasijas; todas llevaban la serpiente pintada.
Los invitados daban vueltas estudiando las criaturas.
Flamel fue el primero en advertir que había en ellas algo inusual.
Como alquimista era capaz de ver el alma de personas, animales y plantas, por lo que rápido percibió el carácter fantasmagórico de esos seres.
—¿Jugáis a ser Dios?
—provocó, picarón.
—¡Ni por asomo!
Pero conozco su modus operandi, cómo se manifiesta en el plano físico, e intervengo en su obra con algunos trucos.
—Sois alquimista —insinuó el judío, con la mirada prendida en los preciosos ouróboros, símbolo representativo de la alquimia.
—¡Ya perdí mucha energía detrás de sus falsas promesas!
—gruñó, desencantado.
Tiempo atrás, había perseguido con afán lograr la Piedra Filosofal, formándose como excelente alquimista y tratando de alcanzar el alkahest, el disolvente universal de todos los metales.
Pero sus esfuerzos habían sido en vano.
—Al final me di cuenta de que cuanto podía ofrecerme era de mayor valor que la quimera del oro y el Elixir de Larga Vida.
Fusionada a la medicina y astrología, recogí la milenaria medicina alquímica, a la que denominé Spagyria: la alumbradora que enseña a separar lo verdadero de lo falso —encomió su arte de curación predilecto, del que era máximo exponente en Europa—.
A partir de ella, he dado remedio a muchas dolencias.
El doctor le había sacado su propio provecho al aplicarla al mundo vegetal y mineral, avanzando un complejo sistema de técnicas para la preparación de tinturas y esencias que resultaban un tratamiento alquímico.
—Spagyria… —Da Vinci entonó despacio el vocablo, con ritmo y musicalidad.
—Spaô y ageirô —Paracelso comentó los dos términos griegos que le daban nombre—; extraer y reunir.
Lo mismo que hacéis vosotros con los metales para obtener la Piedra Filosofal: solve et coagula, es decir, disolver y coagular, destruir para construir algo más perfecto.
»Separáis el metal en sus tres substratos (mercurio, azufre y sal) para reunificarlos en una nueva materia que, purificada de sus partes groseras, os brinda el Lapis Philosophorum —dijo en tono burlesco, dando a entender que no profesaba tales milagrerías.
Se dispuso a hacer una demostración del procedimiento espagírico-alquímico: se acercó a uno de los aparatos destilatorios, que estaba utilizando para uno de sus trabajos espagíricos, y lo usó para ilustrar: —La planta, como todo en este mundo, está imbuida de vida.
En la destilación, con los vapores que se forman, extraigo sus aceites esenciales.
Es el sulfur, el azufre, el ánima de esas partes volátiles.
Por el tren de destilación llovieron los aceites purificados y se derramaron en un matraz.
—¿El reino vegetal posee alma?
—preguntó Perenelle, contrariada.
—Cuerpo, alma y espíritu, como vos misma —confirmó, levantando el recipiente para observar el resultado, que aprobó con una mueca y un escueto asentimiento de cabeza.
Resguardó esa alma en un frasco, en el que dibujó el símbolo del azufre, y alabó a la planta con unas bellas palabras poéticas: —¡Y en una sola de ellas hay más virtud y pujanza que en todos los gruesos libros que se leen en las universidades, a los que no se ha concedido larga vida!
Unió en otro frasco los restos de la planta y los líquidos remanentes de la destilación.
—Pasado un tiempo, cuando haya fermentado, lo destilaremos y obtendremos, por un lado, el extracto de alcohol (el mercurio), el portador de la esencia de la vida; y por otro, calcinando lo que quede del cuerpo de la planta, la sal, que nos aportará los componentes minerales.
»Los tres principios básicos por separado, despojados de sus impurezas, con sus propiedades exaltadas, estarán listos para reunificarse.
Y nos brindarán una buena medicina cargada de espíritu, potenciada por las energías planetarias, que restaurará el desequilibrio químico de un cuerpo alterado por la enfermedad.
—Alzó el pulgar para expresar éxito.
—¿Cuánto tiempo tardáis en obtener la tintura?
—insistió Flamel.
—Depende de cada planta.
Hay que realizar cálculos astrológicos.
—Gesticuló ondeando la mano—.
Para un buen espagirista, desde el momento de su recolección y para cada parte del proceso, se tienen en cuenta las influencias planetarias.
Cada ser está bajo la regencia predominante de un planeta.
»Si queremos concentrar las improntas celestiales dentro de distintas esencias y elixires, hay que apoyarse en la lectura de mapas del cielo, que nos revelan cuándo comenzar el trabajo y los momentos más favorables para efectuar los sucesivos pasos.
»Las repetidas destilaciones se llevan a cabo en sincronía con los astros, asegurando que los aspectos planetarios sean auspiciosos para nuestra empresa.
Y la tintura obtenida se expone a la influencia del sol y la luna para que adquiera una alta fuerza energética.
Aquello era alquimia, el mismo proceso, pero aplicado a otra materia.
Paracelso se basaba en la misma concepción global de la realidad: la parte contiene el todo y el todo contiene la parte; los seres que somos y aquellos que nos rodean incluyen la creación entera; tanto así que, aquel que sabe mirar puede encontrar la sabiduría del universo entero reflejada en el pétalo de una flor.
Incluso para ellos, que habían visto proezas mucho más sorprendentes, aquello les llamó la atención.
Aun así, no explicaba la cantidad de figuras espectrales que había en su laboratorio.
—¿Y cómo habéis hecho todos esos?
—insistió Leonardo, señalando los hornos.
Se oyeron ruidos: al principio inaudibles, lejanos, que poco a poco desembocaron en gritos más cercanos.
Venían de arriba, así que un intruso, quién sabe, a lo mejor otra criatura imposible, andaba en la casa.
El espagirista corrió escaleras arriba y los dejó sin respuesta, y con su colección de seres aún sin catalogar.
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