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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 Una aparición inesperada
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42: Una aparición inesperada 42: Una aparición inesperada 3 Una aparición inesperada Cuando los tres subían, Paracelso bajaba con lo que podría decirse que aparentaba un fantasma, siendo benévolos.

Lo llevaba colgado del cuello y los pies apenas rozaban el suelo.

El esqueleto, lo único que quedaba del enfermo, suplicaba ayuda por las escaleras, entre lágrimas de desesperación.

Abajo, los pies tocaron tierra y Paracelso acompañó al cadáver, ofreciéndose de bastón: se agachó ligeramente y dejó que el poco peso del fantasma se apoyara sobre su hombro; y de esta suerte, casi a rastras, lo condujo hasta el fondo del laboratorio.

El tramo corto se hizo largo: toda una operación, entre la parálisis de algunos miembros, los pasos erráticos por las dificultades para coordinar los movimientos y porque estaba medio ciego.

—¡Dios Santo!

—reaccionó Perenelle, llevándose las manos a la boca; Paracelso había desnudado al enfermo, sacando a la luz la virulenta enfermedad que llevaba marcada en cada milímetro de su piel.

—¿¡Qué le ocurre!?

—se horrorizó Leonardo.

—Es sífilis —aclaró el doctor, aunque bien podría haber dicho otros nombres como «mal francés», «mal napolitano», «enfermedad cristiana» o «enfermedad española», ya que era conocida por todos entre un extenso repertorio que le habían acuñado otras regiones del mundo alcanzadas por su batida asesina.

Esa dolencia, junto a sus hermanas, la lepra y la peste, era el diablo.

No solo por su mal en sí, para más inri, su causa estaba asociada al pecado.

Junto a otras pandemias, se había propagado con rapidez y su azote se había cebado con una gran parte de la población.

La gente estaba aterrorizada, se abstenía de relaciones sexuales y se redimía en las iglesias en busca de perdón a sus ofensas y protección frente al mal.

Ahora bien, el grupo no estaba espantado por eso: la piel de ese hombre había desaparecido —«ella» se la había devorado—, y en su lugar había llagas, pústulas, ronchones y úlceras sangrantes.

Los bultos, parecidos en tamaño y aspecto a una bellota por la inflamación, emitían un hedor fétido y repulsivo.

Perenelle se tapó la nariz con un pañuelo mientras imaginaba la agonía de ese hombre, y no se le ocurrió mejor comparación a la de estar acostado sobre fuego.

Paracelso introdujo esos huesos raquíticos, pues hasta ellos parecían más finos de lo común, en una cabina.

La había construido para tratar la sífilis.

De madera y forma oval, recordaba al tonel donde se cría el vino; la parte superior estaba descubierta.

En su base introdujo un compuesto rojo violáceo a partir de cinabrio —sulfuro de mercurio—, y pequeñas dosis de otros minerales y metales.

Para quemarlo, encendió una estufa de gran envergadura que había bajo la cabina.

Por último, cubrió la cabeza del enfermo con una tela para sellarla.

Más que doctor parecía un cocinero delante de los fogones preparando un caldo.

Con la acción del calor, se formó una niebla espesa de vapores que el sifilítico se veía forzado a inhalar.

—¿No se quemará?

—se preocupó Flamel, que miraba la estufa con recelo y veía aquello como una olla gigante que cocinaría al desdichado.

—Tranquilo, sé manejar los fuegos.

—Paracelso rio, seguro de sí mismo.

Los vapores, que tomaban tonalidades diversas, se escapaban de la cabina por los extremos de la tela debido a la presión; daba la sensación de que era un truco de magia colorido que en un punto haría desaparecer al fantasma.

—¿Qué respira?

—preguntó Da Vinci, inquieto.

—Inhala vapores de mercurio —dijo en un tono que sonaba comprensivo, pero en su rostro se notaba cansado de la desconfianza de otros.

—¿Mercurio?

—¡Ese es mi secreto!

Destapó la olla, de la que brotó una intensa niebla de vapores mercuriales con un especial sabor metálico.

La cabeza del enfermo asomó, en un mar de sudores y saliva, una suerte de babas viscosas e infectas que escupía entre estrepitosos estornudos.

Nicolás pensó que o exhalaba el mal o su alma porque se estaba cociendo.

El médico volvió a tapar y reguló la estufa para aumentar la intensidad del fuego.

De tanto en tanto, alzaba la tela para cerciorarse del estado del paciente, quien aprovechaba para tomar bocanadas de aire fresco.

Los invitados temían que acabara evaporándose.

Visto de fuera, la terapia con mercurio era comparable a la Spagyria con plantas que les había enseñado: un cuerpo expuesto a una fuente de calor, que lo divide en sus componentes básicos.

Por tanto, bien podría pensarse que el proceso terminaría extrayéndole el alma.

Cuando dio por terminado el tormento, Paracelso abrió la cabina; el paciente seguía con vida, no se había volatilizado.

Lo rescató de la olla, lo cubrió con unas toallas y lo tumbó sobre un camastro.

Para rematar la terapia, ungió su cuerpo con una pomada con extracto de mercurio y lo envolvió con una sábana.

—Me muero —alcanzó a decir el sifilítico con un afónico timbre de voz, rendido.

—Tranquilo, todo irá bien —lo calmó con amor, un componente que, a su juicio, curaba más que sus recetas, y pocos médicos se ofrecían a dar.

Sacó un frasco del bolsillo y lo abrió; un perfume embriagador de azafrán, clavo y canela se fraguó en el ambiente.

Era láudano, una solución de opio en alcohol, una receta creada por el propio Paracelso, a la que había bautizado con el nombre alquímico de la «piedra de la inmortalidad».

Era la panacea para toda dolencia imaginable, lo que vendría a ser la aspirina de su tiempo.

En su aplicación de la alquimia a la medicina, había creado una fórmula que portaba polvos de oro y perlas sin estrenar molidas, ingredientes extra que solo él incluía y que, de acuerdo a su criterio, conseguían un láudano curalotodo —incluso el alma—, superior al que cualquier otro médico pudiera elaborar.

Como analgésico, mitigó el dolor, y sus efectos narcóticos sumieron al enfermo en un profundo sueño.

El doctor aprovechó para pegar unos sorbos, y unos cuantos más de una botija de vino; sin pudor, eructó de manera sonora ante los presentes.

Los efectos placenteros de bienestar de la droga le habían creado una fuerte adicción que, sumada al alcohol, arrastraba desde hacía años.

Cargado de espíritu, se refugió en su oratorio: se arrodilló al pie del altar, cerró los ojos, se adentró en sí mismo; dando la espalda a todos, se olvidó del mundo.

—¿Qué hace?

—susurró Perenelle a su marido.

—Shhh, es parte de la curación.

—Nicolás se llevó un dedo a los labios para hacerla callar: no quería que despertara al enfermo.

Según Paracelso, todo padecimiento podía tener varias causas, pero un único remedio: la voluntad divina.

Con cada nuevo paciente, pedía permiso al Mayor para interceder.

Era un hombre sensitivo, dotado de capacidades extraordinarias: precognición, clarividencia, presagios… Predecía hechos que no podían explicarse por la vía racional y solo de ver a una persona sabía si se curaría o no.

El vínculo médico-paciente no se limitaba a la simple prescripción de recetas.

Ya el Señor enterado de sus intenciones, se fue hacia el escritorio.

Entre el desorden, pescó unos cuantos papeles en blanco.

En uno dibujó un diagrama de anillos concéntricos con los signos zodiacales; en los otros, realizó extraños cálculos y cábalas.

—¿Se va a curar?

—se preocupó Perenelle.

—Ha llegado tarde.

—El espagirista levantó las cejas, expresando duda—.

Sus síntomas indican que la enfermedad está avanzada, pero no es imposible.

¡Seguro que ha acudido a otros tratamientos inútiles y eso nos ha robado tiempo!

Paracelso estaba cansado de ver casos similares, conocía el peregrinaje que recorría la mayoría de enfermos.

Primero acudían a la medicina, que los trataba con medios tradicionales, que iban de simples infusiones de guayabo a purgantes, sangrías o más raros, como sirope de serpiente.

La ineficacia llevaba a saltar de médico en médico y a probar un rosario de tratamientos que le robaban el dinero a la misma velocidad que la enfermedad se propagaba por el cuerpo.

Arruinados, solo les quedaba la fe.

Venía el arrepentimiento.

Convencidos de haber sido alcanzados por el castigo divino por sus pecados de lujuria, recurrían a la iglesia en busca de perdón; invocaban a los santos, rezaban sin descanso y se encomendaban a Dios sin ningún resultado.

Si aún seguían vivos o con fuerzas para un último intento, probaban la novedosa terapia con mercurio.

—¿Por qué hacéis su carta astral?

—se interesó Flamel.

—Un doctor, antes de extender su receta, debe mirar el firmamento.

No se puede comprender al hombre sino por él, pues somos hijos del cielo.

La carta natal del paciente le revelaba quién era en profundidad: sus inclinaciones, vínculos, conflictos emocionales y el posible tratamiento.

No podía curar sin establecer su relación con los astros.

Desde su propia cosmovisión panvitalista y global, entendía la enfermedad de un modo particular.

A cada dolencia, correspondía un vegetal y mineral.

En el caso de la sífilis, el mercurio.

Su causa era una acción exterior, de origen astral, que en el cuerpo se manifestaba como un desequilibrio químico que el médico restablecía con la alquimia y astrología.

Pero iba incluso más lejos: los antagonismos entre astros y constelaciones afectaban a las enfermedades humanas, por lo que, a la hora de curar, el doctor debía tener en cuenta esas tensiones celestes que se reflejaban en los cuerpos terrestres.

Y Dios, ¿dónde quedaba en todo eso?

El universo entero vivo es una farmacia inmensa, de la que Él es el boticario.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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