Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 43

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA
  4. Capítulo 43 - 43 El huerto de fénix
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

43: El huerto de fénix 43: El huerto de fénix 4 El huerto de fénix A la mañana siguiente, se levantaron temprano y volaron a ver al fantasma.

Paracelso destapó la manta y se lo encontró dormido.

—¿Cómo os encontráis, hermano?

—reiteró un par de veces, tocándole el hombro.

Las insistentes palabras del suizo despertaron al sifilítico, que abrió los ojos como platos al tomar conciencia de que seguía en casa del médico.

—Mejor —suspiró con una expresión más humana en su irreconocible rostro.

Las pápulas desfiguraban su fisonomía, cosa que dificultaba formarse una idea de cómo era en realidad.

Podrían haberles cambiado el enfermo por otro y no se habrían percatado.

Paracelso le tocó la frente y confirmó que la fiebre había bajado.

Perenelle trajo un juego de sábanas limpias, y le retiraron las mojadas de sudor y restos de pomada infecta.

El doctor aplicó una nueva tanda de ungüento mercurial, y las heridas comenzaron a sangrar.

El pobre se retorcía de dolor, conque se le administró otra dosis de jarabe analgésico.

—¿Cómo se llama?

—preguntó Paracelso.

—No puedo pagarle —cortó antes de que se involucrara más, sin atreverse a mirarlo a los ojos, y le devolvió el frasco de láudano, avergonzado.

—¿Cómo se llama?

—Se hizo el sordo.

Era un buen samaritano y solía atender sin cobrar, por el gusto de servir al prójimo.

—Bernard.

—Bernard, tiene que venir cada día a curarse.

Si todo va bien, en un mes puede estar sano.

Le colgó en el cuello una medalla con un talismán que combinaba metales e influencias planetarias.

El Magneticum Magicum, el mejor de los muchos que elaboraba porque portaba siete metales: oro, plata, cobre, hierro, estaño, plomo y mercurio.

Además, llevaba inscritos signos alquímicos y cabalísticos que potenciaban su poder de combatir la enfermedad.

No era de extrañar que el doctor, pese a su elevado caché, anduviera siempre con problemas económicos.

—Dios se lo pague, Paracelso.

—Lloró de emoción por el favor.

El médico le dio un tarro con pomada, un frasco de láudano y otro con un brebaje que había elaborado para él a partir del estudio de su carta natal.

—¿De dónde viene la sífilis?

—pidió Flamel, mirando cómo aquel cuerpecito desvalido subía los peldaños de la escalera a duras penas.

Estaba tan débil que tenía que pararse en cada uno para reponer fuerzas.

—No es un castigo divino por la lujuria de relaciones íntimas de carácter ilícito, pero se contagia por vía sexual.

¡Es el mal de Venus!

—reveló otro de los nombres asignados a la sífilis.

—¿Por qué hay tantas epidemias?

—indagó Da Vinci.

—Tiene que ver con el cielo, pero no del modo en que imaginan los creyentes.

Todo empieza en el firmamento, y se refleja en nuestro mundo y en la vida que alberga… Dos eclipses, y la conjunción de Saturno y Marte han contaminado el clima.

Las lluvias torrenciales de nuestros tiempos han provocado terribles inundaciones.

La tierra se ha contaminado con el agua estancada, que a su vez ha causado la putrefacción del cuerpo humano.

—Un efecto en cadena —concluyó Nicolás.

—Exacto.

Cuando estudias la conjunción de las estrellas, comprendes que es lógico que se hayan presentado.

En la salud, este agente externo de origen astral produce un desequilibrio del mercurio, azufre y sal, que es restaurado por la acción de los vapores de mercurio.

El matrimonio, que había estado atento, se quedó pensativo.

Era verdad.

El tiempo había empeorado; las tormentas asolaban las tierras y dejaban a los campesinos en la hambruna y la miseria.

Aun así, aquello no explicaba la raíz de un cambio tan drástico en la climatología del planeta y que la duración de los días se estuviese acortando con el paso del tiempo.

Leonardo se había desconectado de la charla, distraído por las misteriosas vasijas.

Mientras Paracelso explicaba sus evidencias sobre meteorología, se había entretenido deambulando por los hornos.

Le intrigaba saber qué demonios había en esa insólita colección de vasijas.

Estaban vacías y en el fondo solo se apreciaba un polvecino cenizoso gris azulado.

El italiano dedujo que, o bien había destruido su contenido, o bien lo había escondido en otro lugar para no tener que revelarles el misterio, así que abordó al doctor: —¿Dónde están las plantas y los animales que había?

—preguntó al tiempo que alzaba una.

Las vasijas estaban selladas de forma hermética, lo que generó la segunda pregunta de cómo se las habría ingeniado para sacarlos.

—Sí, díganos —insistió Flamel.

Paracelso fue dando vueltas alrededor de los hornos, con parsimonia para hacerse de rogar, y tomó unos buenos sorbos de láudano; cuando lo encontró oportuno, dijo tras un eructo retumbante y prolongado: —Es palingenesia.—Los tres se miraron como si hubiesen escuchado chino, para luego clavarle los ojos al unísono, esperando una explicación—.

Es el eterno retorno, la resurrección.

Es parecida a la Spagyria, pero va más allá.

»Observando la naturaleza, madre de vida y mi mayor maestra, encontré que, al igual que en la alquimia los metales son revividos por reducción de sus cales fijas —escorias—, el fenómeno de la regeneración es un proceso natural.

El lagarto, por ejemplo —tomó un ejemplar disecado de una estantería—, pierde su cola para escapar.

Mientras su atacante se distrae, empieza a crecerle otra.

O el gusano de seda.

Tras corromperse, se convierte en una bella mariposa.

Cogió una muestra de mariposa disecada y un huevo de un nido.

—O incluso en la incubación de los huevos de una gallina: la putrefacción provocada por un calor húmedo transforma una sustancia mucilaginosa en una hermosa ave.

—Lo hizo rotar por encima de una mesa hasta llegar a un ejemplar de gallina disecada que posaba como ornamento—.

Del mismo modo, la semilla de la materia muerta puede revivirse.

—Entonces, ¿lo que vimos en las vasijas eran sus cuerpos astrales?

—caviló Nicolás en voz alta, con un tono cargado de misterio.

—Así es.

De las cenizas de sus restos se reorganiza su cuerpo astral, más sutil, intermedio entre el terrestre y el espiritual, que nunca se destruyó y puede aparecer sin el soporte del cuerpo.

—Un verdadero fénix.

—Eso es.

Primero abordé el fénix vegetal, luego experimenté con el animal.

¡Venid!

Llevó al grupo a fuera.

El laboratorio, construido en la planta más baja de la casa, tenía acceso directo a un patio privado con un gran terreno.

Se toparon con un huerto, comparable por la peste a un corral de cerdos, sembrado de huevos y vasijas de vidrio, dando lugar a una sementera la mar de peculiar.

Aunque parecía tierra, eran excrementos de caballo: la zona de huerto estaba cubierta por un grueso lecho de varios palmos de estiércol, que era lo que necesitaban esos proyectos.

En el interior de las vasijas, se veían sustancias espumosas de distintos colores y matices, que poseían vida propia porque danzaban con gracilidad de lado a lado y reventaban en pompas tornasoladas.

Por los laterales, bajo porches al resguardo de la intemperie, montículos de estiércol.

Paracelso los avisó de que caminasen con cuidado porque también contenían trabajos suyos enterrados.

Apenas se podía andar dos pasos sin tropezar con ellos.

Los sorteaban poniendo los cinco sentidos, cuidándose bien de no aplastarlos.

El olor era nauseabundo.

Al fondo, las cabezas de dos caballos que sobresalían de las puertas de una cuadra aparecían como primeras responsables.

Lo único que encajaba en ese patio era la zona del jardín, con bellos rosales rojos que el suizo había sembrado para tener siempre a mano su flor preferida.

—¡Por Dios!

—No habían avanzado unos metros que Flamel reaccionó tapándose las fosas nasales—.

¿Qué clase de estercolero es este?

—¿¡Estercolero!?

—se defendió Paracelso—.

¡Son mis criaturas!

Excavó con las manos la tierra de excrementos, oscura, húmeda y mezclada con paja, y rescató un recipiente.

Con las yemas de los dedos retiró la capa de polvo negro que se había adherido en la superficie.

Limpia, se observaba en su interior una materia cenagosa de tonos azulados y verdosos.

—Esta será un fénix vegetal —anunció porque los restos vegetales que contenía estaban en una vasija (los de los animales se hallaban en huevos), y miró el dibujo que había pintado en ella—.

Es un lirio.

Hizo lo mismo con otro montículo y desenterró un huevo de gallina.

Se lo dio a Perenelle con un guiño.

—Señora Flamel, un fénix animal.

—Oh, ¡gracias, doctor!

—exclamó, mirándolo maravillada, como si lo que tuviese en sus manos fuera una caja sorpresa.

—¿Incubáis vuestros trabajos?

—dedujo Da Vinci.

—Eso mismo.

El estiércol es un buen vientre —se refirió a su calor estable y adecuado para su gestación—.

Este fénix es de un cangrejo —dijo mirando el símbolo que lucía el huevo; con tantos especímenes sembrados, se había visto obligado a marcar los trabajos—; pero se puede hacer con todo tipo de fauna: peces, aves, insectos, incluso mamíferos.

El espagirista recuperó el huevo de las manos de Perenelle y se dispuso a enterrarlo de nuevo en su vientre de estiércol.

—¿Cuánto tiempo necesitan?

—preguntó Da Vinci.

—Depende de cada remesa, pero ronda el año.

Estos fénix vegetales de debajo de los porches están resguardados.

Se hallan en fase de desarrollo inicial.

Los que reciben el sol de pleno —señaló con un dedo en medio del sembrado— se encuentran en fases más avanzadas.

Lo mismo sucede con los huevos, que solo se exponen a la luz pasado el mes.

—¿Los fénix animales se incuban en un huevo por alguna razón en especial?

—quiso saber Nicolás.

—Con los años, he visto que maduran mejor y más rápido en ellos.

Además, necesitan de su clara y yema para formarse.

Terminó de cubrir el huevo con un buen cúmulo de excrementos, y lo aplastó con las manos para que quedase compacto.

Al acabar, con aquellas manos sucias, se sacó un trozo de pan de un bolsillo y se lo zampó, acompañado de un buen trago de vino y un final eructo de satisfacción.

Era un glotón que pegaba bocados a todas horas, y nunca se lavaba las manos, ni siquiera tras habérselas ensuciado de mierda.

El suizo era un gorrino sin remedio ni miramientos, pues ni se molestaba en ocultar sus guarrerías.

Perenelle miró hacia abajo por vergüenza ajena y asco, en tanto los otros dos ni hicieron caso.

—No me ha dicho aún qué ha pasado con los que tenía en el laboratorio —le hizo memoria el italiano.

En realidad, se lo había explicado a grandes trechos antes, pero no lo había entendido.

Paracelso se dio cuenta de que hasta que no los vieran por sí mismos, no sabrían de qué se trataban los fénix.

Sonrió amplio y regresó a la casa, y ellos lo siguieron como polluelos a una gallina.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo