LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 Buen presagio
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45: Buen presagio 45: Buen presagio 6 Buen presagio Amaneció tormentoso, como si el cielo fuera a desplomarse sobre Einsiedeln.
Los truenos en coro reventaban en un macabro crescendo y los relámpagos iluminaban para que se contemplase mejor el diluvio.
El viento, enfurecido, castigaba la tierra, azotaba los árboles partiendo sus ramas y robaba las tejas de las casas para arrojarlas al suelo.
Los retazos impactando contra la pared del cuarto despertaron a Flamel.
Se giró para mirar a su esposa, que dormía plácida a su lado; ante tal lindeza, recordó cuán afortunado era por haber encontrado el amor.
Se quedó embelesado con ella: su rostro dulce, sus detalles —que, cambiantes con el paso del tiempo, controlaba al milímetro y registraba la más ligera variación—, y acarició esa cabellera rojiza, en la que solía perderse por las noches al recostarse sobre ella, y que le nublaba el juicio.
Como otras veces, dejó una cajita a un costado de la almohada: un collar de piedras preciosas para sorprenderla cuando despertase.
Al ser alquimista, usaba esa ventaja para alegrar a su pareja con regalos.
Perenelle tenía un joyero con una colección de alhajas que cualquier mujer hubiera envidiado.
Se levantó bostezando y despacio.
A tenor de su sólito ritual matutino, tomó unos sorbos del elixir a base de polvos rojos que lo mantenían con vida.
Sin mucho ánimo y un tanto temeroso, ojeó por la ventana.
Diluviaba con tal furia que receló de si Dios se había enojado con el mundo por sus pecados hasta el punto de darle un escarmiento ejemplar o devastarlo por completo.
Rezó una plegaria, pero su mente estaba en otra parte.
Entre el ruido de los truenos, el resplandor intermitente y vivo de los rayos, y que rumiaba sobre Paracelso, no podía concentrarse.
Desistió y se permitió enforcarse en él: era la primera vez que había tenido un discípulo con saberes tan avanzados en el Arte Real.
En su mayoría, sus conocimientos se limitaban a saber que existía esa ciencia extraña que auguraba milagros, en alguna excepción ni había oído el término, unos cuantos habían pisado el laboratorio, y unos menos la practicaban y tenían maestro.
De hecho, aún no le había enseñado nada; desde que habían llegado, Paracelso había llevado la batuta.
Su adaptación de la alquimia a la medicina y biología no tenía precedentes, así que bien podía instruir hasta a un maestro como él.
La lluvia intensa sacudiendo los cristales terminó sacándolo de sus rumiaciones.
El golpeteo insistente evocaba a un puño tocando a la puerta, una llamada de atención, una matraca latosa que hacía imposible mantenerse centrado.
Miró por la ventana y abajo descubrió un estropicio: un desaguisado de tejas a trozos sobre el sembrado de vasijas.
Se dispuso a avisar a Paracelso.
A pesar de estar preocupado por los fénix, de camino a su alcoba, sonreía al rememorar el espectáculo que había armado el doctor la noche anterior.
Animado por tener compañía, había bebido tanto que tuvieron que llevarlo a hombros para acostarse.
Había hablado por los codos.
En medio de la cena, había desenvainado su espada —una reliquia de su pasado como cirujano militar— y, con teatralización les había contado durante horas historias de soldados, los periplos que había vivido en las batallas y sus mayores méritos de curación como médico de guerra.
Entre heroicidad y heroicidad, había intercalado un concierto de sonoridades que aunaba eructos y pedos, de acústica equiparable a una traca en la culminación de unas fiestas; consiguió que se partiesen de risa como nunca antes en su larga vida.
Entró con sigilo en la habitación, indeciso porque no se acordaba de si era esa; la casa era tan grande que se perdía por ella.
Lo encontró durmiendo la mona de la noche anterior.
Aunque era más preciso decir que dormía la mona de la primera vez que se había emborrachado porque desde ese día solo había experimentado embriaguez o, más bien, había alternado entre diferentes estados alterados de conciencia, de ebrio a drogado, y la mayor parte del tiempo ambas a la vez; lo que era seguro es que nunca más había vuelto a estar lúcido.
Nicolás se acercó silencioso y con tiento le palmeó el hombro para despertarlo: —Paracelso —susurró.
De golpe se abrieron los ojos resacosos del doctor, quien, en su estilo estrambótico, se levantó como hacía cada mañana: con una voltereta por el aire; de la cama aterrizó al suelo.
Flamel se sorprendió, pero pensó que se trataba de un signo más de rebeldía.
A contracorriente, en oposición a la norma; si podía hacerse de otro modo para llevar la contraria, encontraba la manera.
Pero llegar a ese extremo, incluso de manera inconsciente, era enfermizo.
Se colocó de un plumazo las ropas acartonadas por la mugre —una acumulación de grasa seca y fermentada que hedía a cloaca— y tomó buenos sorbos de láudano.
Ya estaba listo para enfrentar lo que le echasen.
Ni peinarse ni lavarse, todas esas minucias eran perder el tiempo para él.
Justo en ese momento, una teja voló contra la ventana y destrozó los cristales.
—¡Mierda!
¡¿Qué carajo ha sido eso?!
—despotricó Paracelso.
—¡Su jardín!
Ambos corrieron a poner a resguardo los huevos y vasijas de ese huerto sembrado de fantasmas.
Descendieron los peldaños de dos en dos para acortar la bajada, que el doctor acompañó con una andanada de tacos e improperios, a cuál más grosero; en un abrir y cerrar de ojos salían del laboratorio al jardín.
Fuera se toparon con un buen descalabro: muchos se habían roto y su materia esparcida por la tierra la había teñido de estrías de diversas tonalidades coloridas.
Recogieron los que pudieron salvar y los dejaron bajo los porches.
Entraron en el laboratorio para cambiarse las ropas y secarse frente al fuego.
Aunque Paracelso, todavía empapado, preparó ansioso su desayuno preferido y necesario para sentirse vivo: trajo una bandeja con un par de copas y una jarra de vino, que el galo apenas probó.
Desnudo, Flamel subió a la habitación a buscar ropas.
Al poco volvió vestido y caminando a saltitos, tieso de frío.
Se encontró a su amigo, abatido en el sillón.
—Siento que hayáis perdido los fénix… —lo consoló con pesadumbre.
Le lanzó una túnica sobre el regazo.
—Me ha pasado alguna vez —repuso con resignación—.
¡Maldita sea!
—Se acabó la copa de un gran trago, en un intento de diluir la crispación.
—Os enseñaré a crear un vidrio que es duro como la piedra —sugirió, aporreando con los nudillos la bandeja de metal.
Se sentó a su lado y aprovechó para animarlo a iniciarse en la Obra—: Creo que es el momento de empezar vuestro Magisterio.
Paracelso también se cambió y tendió las prendas mojadas frente al fuego.
Sin apresurarse a contestar, fijó su atención en Nicolás con una mirada desconfiada.
—Bueno, soy doctor, no creo… —rechazó la oferta.
Pensaba que pretendía engatusarlo con la producción de oro y riqueza, y no tenía tiempo para eso.
Solo quería curar.
—Recordad que os he encontrado por la gracia de Dios.
No vengo por mi cuenta, vengo en su nombre.
El espagirista bajó la mirada al admitir que no tenía escapatoria.
Ni él, con su beligerante carácter de mil demonios, osaba rehuir ese plan.
—¿Qué es el Magisterio?
—Paracelso se sentó de nuevo.
—El camino que habréis de recorrer para acercaros a Dios y completar su Obra Magna.
Nosotros somos pequeños eslabones de una Voluntad Mayor.
De laboratorio, creo poco puedo enseñaros —reconoció sus dotes—.
Podéis empezar hoy mismo.
—Esperanzado, dio una palmada al reposabrazos del sillón.
Leonardo, recién levantado y somnoliento, apareció acompañado de un relámpago que resplandeció por la ventana.
Al pasar por delante, la luz se había reflejado en su cuerpo, iluminándolo de pies a cabeza.
Paracelso relacionó al genio y al fenómeno, y, en su habitual desbordada imaginación, lo asoció con un buen presagio.
El relámpago, símbolo de la suprema potencia creadora, auguraba éxito en su nuevo camino iniciático.
—¡Leonardo!
—Se abrazó a él—.
¡Gracias!
—¿Qué ha pasado?
—Da Vinci se extrañó entre bostezos y desperezamientos.
—¡Me habéis dado suerte!
—celebró, propinándole tan vigorosas y sonoras palmadas que sacudieron al pobre pintor.
Deshaciéndose en carcajadas, sin controlar la fuerza, lo zarandeó como un muñeco y le besó la frente, apasionado.
Tomó buenos tragos de vino para brindar, alzando la copa en ademán de chocar con otra imaginaria y eructando de contento.
Vivía con los ojos puestos en el cielo, y le fascinaba más lo que ocurría allí que en su simple vida de mortal en la tierra.
Una ráfaga de truenos y luces eléctricas de rayos festejaron la buena estrella del doctor; bebiendo como un cosaco, columbraba tras la ventana dibujarse y diluirse entre las nubes esas raíces brillantes al compás del fragor de los tronidos, convencido de que el firmamento se alegraba por él y lo celebraba regalándole esa función luminiscente de pasmoso efecto audiovisual.
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