LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 El endemoniado
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46: El endemoniado 46: El endemoniado 7 El endemoniado La experiencia gloriosa del médico se vio truncada por una algarabía aterradora que venía de la planta de arriba.
Perenelle bajaba corriendo las escaleras como el que escapa del diablo.
La perseguía un endemoniado que gritaba unos rugidos espantosos entre un vocerío de palabras ininteligibles.
Perenelle buscó refugio en los brazos de su esposo, y el intruso, cual si un rayo lo hubiese alcanzado con su carga eléctrica, se desplomó en el suelo del laboratorio.
Se abalanzaron para ayudarlo, pero era imposible acercarse.
Había vuelto en sí: pegaba patadas al aire y manotazos con los brazos a diestro y siniestro, intercalados de movimientos musculares espasmódicos, involuntarios, repetitivos y rítmicos; su cuerpo era abatido por fuertes sacudidas que lo debatían en un arranque de desatadas convulsiones; se revolcaba por el suelo, rechinaba los dientes y escupía espuma por la boca.
Acompasados, los truenos y relámpagos seguían la cadencia de los espasmos del endemoniado; la tormenta eléctrica que arreciaba afuera era combustible para ellos: las ráfagas de rayos asomaban a las ventanas y las agitaciones del poseído aumentaban en fiereza.
Un fuego corría por su cuerpo y parecía que, o bien se estaba electrocutando, o bien se iba a incendiar; hasta que se puso rígido, tenso como un arco, con el pecho ondulante tal si fuera a quebrarse en dos.
El temporal amainó y su cerebro, como si se hubiera desconectado, perdió el conocimiento de forma abrupta.
La rigidez se ablandó y se orinó encima.
Paracelso le introdujo un pañuelo en la boca y una almohada bajo la cabeza, y el resto inmovilizó las extremidades.
Se reactivó con violencia la tormenta y con ella se despertó la bestia dormida que había poseído a esa alma.
Fue presa de un episodio de risa incontrolable, que intercalaba parones con ausencias y otros de rabia furiosa, con los ojos inyectados en sangre y la boca torcida en un rictus de ira, y se contorsionaba entre temblores y posturas imposibles.
Sus bramidos maldecían el mundo, y luego suplicaban ayuda con plegarias acompañadas de lágrimas y llantos, en una suerte de batalla entre el bien y el mal.
El brusco cambio de un estado emocional a otro convertía la escena en un episodio aterrador.
Tras unas cuantas crisis, en las que los cuatro acabaron extenuados en su intento de controlar a la fiera, cesó la lluvia y también la posesión.
Aparecía por primera vez el hombre que vivía en ese cuerpo; estaba desorientado, no se acordaba ni de que hubiera ido allí.
El parpadeo y el chasquido que se abría paso entre sus labios eran los últimos resquicios del ataque sufrido.
—¿Se acuerda de su nombre?
—Los ojos de Paracelso investigaban el estado del paciente.
—Soy… Cristian —masculló con voz entrecortada, mirando aturdido por todos los costados.
Perenelle le ofreció un pañuelo para que se retirase las babas de la boca, y preguntó al doctor: —¿Qué le ha pasado?
—Un ataque epiléptico —aseguró.
Tal cual el cielo lo hubiese escuchado y quisiera confirmar su implicación, estalló un estrépito de ensordecedores truenos—.
¿No veis el día?
Los epilépticos son sensibles al tiempo.
—Se levantó a comprobar su calendario lunar—.
Estamos en plenilunio.
Lo imaginaba.
Se basó en su conocimiento de que los enfermos que sufrían el llamado «mal lunar» tenían mayor posibilidad de fuertes crisis, incluso muerte, durante esa fase.
Eso se debía a la relación entre el satélite y el cerebro.
Las fuerzas lunares ejercen su acción cósmica en la constitución del cerebro, que está influenciado por esos ciclos.
—¿No está poseído?
—dudó Flamel.
—Esa es la excusa fácil de los médicos que no tienen ni idea y de la Iglesia —rebatió al tiempo que iba a una vitrina a por un frasco.
—¿Voy a morirme?
—preguntó el epiléptico con un tono tembloroso que mostraba tensión.
—¡Claro!
¡Cuando Dios decida!
—se chanceó el doctor.
—¿Qué me pasa?
—Su voz adquirió un timbre plañidero.
—La epilepsia es una enfermedad del sistema nervioso asociada al relámpago.
La actividad cerebral se altera ante estas descargas excesivas —se refirió al problema de comunicación de carácter temporal entre las células nerviosas que generan esas crisis, originadas por una desorganización de las señales eléctricas cerebrales—.
El desajuste entre el azufre, el mercurio y la sal es la causa de los relámpagos en el cielo; un fuego de truenos y rayos que en el organismo se manifiesta en bruscos ataques epilépticos.
Tome.
—Le ofreció la medicina a Cristian.
—¿Qué es?
—Frunció la boca en una mueca de asco al probarla.
—Un preparado de muérdago.
Lo recomiendo: ayuda a disociar la conjunción epiléptica de Venus y la luna.
—¡Es repugnante!
—Escupió en un reflejo involuntario.
—Bueno, tengo otro remedio aún mejor.
—Bosquejó una mueca guasona—.
Puedo ofrecerle sangre o trozos de cráneo de un decapitado.
—¿¡Está de broma!?
—Lo semejante cura lo semejante.
El cráneo es donde está el mal del epiléptico… —sugirió sonriendo, aunque no era mofa.
Paracelso, y muchos otros, recetaban remedios basados en ese principio de semejanza entre el medicamento y las partes del cuerpo.
La pulmonaria, cuyas hojas son esponjosas como los pulmones, era eficaz contra la pulmonía; la granada y los piñones para los dientes; los limones, parecidos al corazón, para afecciones cardíacas; o el hierro para la anemia.
Y la epilepsia contaba con soluciones estrafalarias como tomar sangre o huesos del cráneo de un decapitado.
Pero por desagradable que fuera, había un remedio peor a manos de la Iglesia: la hoguera.
Mal diagnosticadas por la Santa Inquisición, cantidad de enfermedades habían sido tomadas por posesión demoníaca.
—Creo que se conformará con el muérdago.
—Rio con aire pícaro.
Ante la falta de alternativas, Cristian asintió con la cabeza y murmuró indeciso: —El muérdago estará bien —se resignó, tomando un sorbo de mala gana.
—También voy a darle este preparado de adormidera, otra planta de naturaleza lunar.
—Fue a por él a otro mueble.
La medicina parecía un simple jarabe, pero era un preparado espagírico que llevaba semanas de trabajo: cantidad de procesos, estudios astrológicos y cábala, y materias de naturaleza diversa (plata, vitriolos, plantas…), no con mejor sabor que la de muérdago.
Después cogió un medallón de entre la colección que colgaba en el altar y se lo entregó.
—Este talismán de plata y ópalo, llévelo siempre consigo.
—Disculpe, pero no creo demasiado en esas cosas… —No es creer.
La plata, entre los metales, y el ópalo, entre las piedras preciosas, están subordinados a la luna.
Son indicados para el tratamiento de las afecciones del sistema nervioso.
Cristian se sintió en la obligación y se lo colgó al cuello.
Dejó unas monedas sobre una mesa, lo que creyó valía la consulta, pues nadie le había pedido dinero, y se marchó.
El espagirista se dirigió al escritorio a comprobar lo que decían los astros, haciendo sus habituales cábalas.
Los demás se acercaron a husmear.
—¿Se va a curar?
—preguntó Flamel a sus espaldas.
Paracelso acabó una serie de cálculos, respiró profundo y sentenció: —Nunca más volveremos a ver a este hombre.
—¿Por qué dice…?
—No tomará lo que le he dado —cortó a Da Vinci, con la mirada inquieta enfocada en el techo, como si estuviera conectando con el cielo—.
Y es su destino; está escrito en los astros.
—Sacudió la cabeza en un signo de admiración por ellos—.
Y nadie puede ni debe intentar escapar a su sino.
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