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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 47

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47: Entrega 47: Entrega 8 Entrega Puntual y como cada día, el sifilítico volvió para su sesión de vapores de mercurio.

Era curioso el destino.

Cristian gozaba de fuerza, juventud y padecía una enfermedad menor que la de Bernard, que se salvaría según los astros.

Al terminar con la vaporosa y caldeada sesión de mercurio, el enfermo se marchó, y los tres hombres se sentaron a descansar delante de la chimenea del laboratorio.

Perenelle apareció, como acostumbraba a hacer, con una bandeja colmada de una cafetera, tazas humeantes y pasteles.

—Sois afortunado —insinuó el doctor a Nicolás, y olió deleitoso ese intenso aroma a café recién hecho—; una buena esposa es un tesoro.

Agraciado es aquel que lo lleva en su ventura.

—Tomó un sorbo caliente y alzó la taza hacia él para celebrarlo.

—¡Dios me ha bendecido en tantas cosas!

—admitió, mirándola con ternura—; pero, de todas, ella es lo mejor.

Perenelle bajó la mirada y arqueó los labios en una sonrisa enternecida.

—Yo he nacido con el don de curar, el italiano para el arte —alabó Paracelso, dedicando un guiño a Leonardo—, y vos para amar y enseñar.

La lluvia apareció brusca.

Había escampado hacía un rato, pero los nubarrones negros que asomaban amenazantes en el cielo ofuscaron la luz de un sol indeciso.

—¡Oh!

—se quejó Leonardo, y se arrimó a una de las ventanas—.

¿No creéis que es extraño?

Este tiempo… A este paso, llegará un punto en que día y noche se sucederán en la completa oscuridad.

Nicolás también se acercó y dijo con la atención prendida en el firmamento: —Cada vez empeora más.

Cuando vivíamos en Francia había tempestades, pero no con tanta frecuencia.

¿Te acuerdas?

—preguntó a su mujer.

Perenelle asintió.

—¿Qué ha pasado con los fénix?

—pidió Da Vinci al distinguir entre la penumbra los trozos de vasijas desperdigados por el huerto.

—La tormenta —justificó el doctor con mirada triste.

Leonardo sacó un espejo de su zurrón y demostró su increíble resistencia tirándolo al suelo.

—¿Veis?

—¡No se rompe!

—se sorprendió Paracelso.

Incrédulo, lo arrojó también varias veces, incluso le dio martillazos.

Nada, ni la menor fisura.

—Ya os dije que, si os adentráis en el Magisterio, esta y muchas otras proezas os esperan —provocó Flamel con voz cautivadora.

—¡Es… es magnífico!

—titubeó con el espejo en la mano, mirándolo sin dar crédito.

—Nuestras vasijas también son irrompibles —remató el genio italiano—.

¡Haremos para los fénix!

Nicolás tomó una rosa seca de uno de los grimorios y la devolvió a la vida con el elixir, que, al igual que el médico con el láudano, siempre llevaba encima.

—¡Es como mis fénix!

—comparó, maravillado.

Los suyos necesitaban un año para formarse, y la rosa que acababa de resucitar Nicolás apenas había tardado unos minutos, además de ser real.

El doctor estaba acorralado.

Una tras otra, le restregaban ante los ojos el largo rosario de ventajas que suponía estar en posesión de la Piedra.

—Estas jamás se apagarán.

—Flamel mostró otro «caramelo» trayendo algunas de sus lámparas ardientes.

Echó un cubo de agua sobre ellas y su fuego siguió intacto.

Paracelso verificó su fortaleza en varios experimentos: vapores, gases, con hielo, incluso enterrándolas; pero era imposible apagarlas.

Podían dejarlas en el fondo del mar que arderían por la eternidad.

—¡Nunca se extingue su llama!

—Se dio por vencido, sentándose y aprovechando el descanso para retirarse los grandes goterones que anegaban sus párpados, entre resoplidos de incredulidad.

—Su fuego es una extensión de la magnificencia de la alquimia, el arte más noble que el hombre conocerá —remató Leonardo, con una ancha sonrisa rebosante de orgullo por su ciencia—.

Ella es vida eterna.

Todo aquello con lo que entra en contacto queda transformado.

—Nací hace un par de siglos, y sigo con vida —aseguró Flamel, levantando ambas cejas para enfatizar el milagro—.

Tomamos cada día el elixir.

Leonardo trajo el gran baúl del maestro y enseñó los tantos tesoros que albergaba: Piedras Filosofales, diamantes, perlas, alhajas, frascos de elixir… Paracelso escogió algunas joyas y las alzó al aire para deleitarse con la vista, jadeando fuerte porque le costaba respirar.

Con los ojos harto obnubilados, lo veía todo a través de un cedazo empañado de sueño e ilusión.

Después de haber presenciado tantas maravillas, estaba desbordado.

Flamel le asió la mano y, a modo de trato, lo invitó a unirse a ellos: —¿Queréis vivir para siempre?

La promesa de inmortalidad sonó como música celestial a sus oídos.

—¡Estoy listo!

—confesó, embriagado por los humos de la gloria, notando cómo el corazón le bombeaba ríos de adrenalina por las venas; y asimismo sintiendo ajenas aquellas palabras salidas de su boca, pues era su alma y no su mente la que había tomado la decisión.

Su espíritu se había entregado a la Obra.

En todo hombre sucedía ese momento de renuncia interna en que Alquimia e Iniciado forjaban una alianza que rebasaba el entendimiento limitado de la mente terrenal.

Era un giro en el destino, un canje de perspectiva que no obedecía a la voluntad propia y obligaba a un abandono de sí mismo en pro de abrazar un propósito más elevado.

Desde ese instante, sus pasos serían guiados a un nuevo camino, uno en esencia solitario y único, y a la vez acompañado por otros que ya lo habían transitado; y, como para todo Elegido, uno del que nunca iba a regresar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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