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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 48

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48: Un inicio 48: Un inicio 9 Un inicio Se pusieron manos a la Obra.

Pasaron días encerrados en el laboratorio, entre explicaciones y el estudio del Libro de las Figuras Jeroglíficas.

Esbozaron cálculos astrológicos y trabajaron con la materia primera para poder arrancar el Magisterio.

Entre descanso y descanso, transformaron arcillas en ese vidrio tan resistente que solo podía conseguirse añadiendo el ingrediente mayúsculo: finas limaduras de las Piedras de Flamel y Da Vinci.

A partir de semejante maravilla, dieron forma a decenas de vasijas y algún que otro crisol: los necesitaban para los nuevos fénix y como huevo filosófico del doctor.

También limpiaron huevos de gallina y los dejaron en una cesta para acoger los futuros fénix animales.

Solo habían salido fuera para conseguir una considerable gama de plantas y animales que encontraron muertos y serían la materia a trabajar para los fénix.

El trío acababa de llegar de su batida por el campo.

El laboratorio estaba hecho una balumba de vasijas, ollas, cazos, retortas ventrudas que babeaban bocanadas lechosas…; estaban sucios por los restos de las operaciones ensayadas con la materia primera del crisol.

Empezaba a parecerse a una verdadera ratonera de alquimista.

Hicieron espacio en las mesas retirando instrumental.

Se descolgaron los zurrones que llevaban a las espaldas y vaciaron la colecta encontrada en el bosque.

Contemplaron la extensa y variada colección de botes, y les entraron ganas de ponerse manos a la obra.

Paracelso abrió uno que contenía un conejo, lo metió en una fuente del vidrio irrompible y lo llevó a calcinar al atanor.

Al abrir la puertecita, las intensas llamas asomaron con furia, tal si famélicas quisiesen alcanzar al animal para tragárselo antes de ser introducido.

—¡Para!

—Se oyó un estruendo de tazas de porcelana impactando contra el piso.

Perenelle acababa de bajar del comedor con café recién hecho, que ahora estaba en el suelo por el susto.

Los hombres explotaron en una fuerte risotada.

—Tranquila, querida, están muertos —salió su esposo a reconfortarla.

La mujer lo miró con un nudo en el estómago y el corazón en un puño: había pensado que iban a meter un conejo vivo en el horno.

Flamel se sentó con ella y la abrazó para calmarla.

Era sensible y no hubiera podido ver una crueldad de ese estilo y quedarse de brazos cruzados.

—Nuestra delicada Perenelle —dedicó el doctor con una mirada tierna, al tiempo que rostía el animal.

Leonardo destapó el resto de botes y se dispuso a quemar las flores.

—¡No!

—lo detuvo Paracelso—.

Las plantas se trituran.

Solo los animales se calcinan.

Con su esposa más relajada, Nicolás volvió con sus compañeros y se unió al trabajo.

Mientras el suizo pasaba por el fuego a los ratones, polluelos, aves, gusanos, insectos y serpientes, entre muchos otros, ellos machacaron en morteros la no menos cuantiosa variedad de plantas, hierbas aromáticas y flores.

A medida que iban trabajando, cada resto vegetal y animal se introducía en una redoma de vidrio y se le pegaba un pequeño papel con su nombre.

Era la única manera de no hacerse un lío con tantos recipientes.

—No sé qué es esto —comentó Flamel para anotar el nombre de la planta.

—Es un crisantemo —identificó Paracelso.

Tomó una de las flores y se la dio a Perenelle—.

Para la estrella —le dedicó con una cálida sonrisa.

—Gracias, doctor.

—Se reconfortó con la fragancia y la belleza de la flor pedunculada color morado.

Al acabar, avizoraron el escaparate de vasijas.

Nadie hubiera dicho que aquellos vestigios de cuerpos orgánicos dentro de los botellones, vegetales triturados y animales bajo la forma de cenizas, llegarían a bailar al fuego y que las llamas revivirían las almas de sus antiguos huéspedes, ahora reducidos a la nada.

Flamel consultó al maestro de ceremonias: —¿Ahora qué, doctor?

—Hay que añadir la parte más potente.

Aquello sonaba a un ácido o un óxido que volaría el laboratorio en una explosión, pero el espagirista se limitó a arrodillarse ante las mesas y se dispuso a rezar.

Era vital bendecir los trabajos.

La oración era un canal importantísimo en la alquimia, por no decir el mayor.

Generaba un campo de energía que, a pesar de compartir las características del espíritu —invisible, inasible, indiscernible y etéreo—, operaba en la materia de formas sutiles e incomprensibles que superaban cualquier potencia humana.

Los demás, incluida Perenelle desde su sillón, regaron con abundante plegaria el trabajo.

Horas.

Anochecía cuando se levantaron del suelo.

Habían esperado a la llegada de la luna y el rocío.

Salieron al huerto y expusieron las redomas a la intemperie para que las radiaciones cósmicas impregnaran los futuros fénix de poder celestial.

También extendieron lienzos para recoger el maná caído del cielo.

Solo quedaba esperar a que la noche hiciese el resto del trabajo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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