LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 49
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- Capítulo 49 - 49 El código paracelsiano
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49: El código paracelsiano 49: El código paracelsiano 10 El código paracelsiano Aún era de madrugada.
Leonardo se había parado a descansar; estaba hecho polvo porque no habían pegado ojo.
Necesitaba relajarse un rato y pintaba con un espejo: el reflejo del Magneticum Magicum de Paracelso era el modelo que copiaba al papel.
Le llamaba la atención la medalla.
La combinación de tantos metales y sus inscripciones: el grabado del árbol de la vida y las diez sephirot —emanaciones y atributos de Dios—, compendio de la doctrina y filosofía cabalística en un solo diagrama; y el ouróboro —base del pensamiento hermético de unidad cósmica—.
Convertían el talismán en una joya poderosa y atractiva, lo que, para la vista insaciable de Da Vinci, era puro manjar.
Tenía que probar todas sus perspectivas, reflejos de luz, en distintas gradaciones de penumbra…, y dibujarla cuantas veces hiciera falta hasta agotar las posibilidades.
Al no haber salido el sol, le llegaba la luz de la lámpara perpetua, así la pintaba con las tonalidades rojizas que recibía de las llamas bermejas de la particular lámpara alquímica.
Por su parte, Flamel y Paracelso preparaban los futuros fénix entre un caos de redomas, a la vez que controlaban el primer experimento de Piedra Filosofal que el doctor tenía empezado en su crisol.
Las habían traído del huerto junto con las sábanas empapadas de rocío, a las que estrujaban en barreños.
—¡Contempla la ambrosía descendida del cielo!
—Flamel se emocionó, con una expresión de conquista en el rostro, cual cazador llega a casa con una buena presa.
Miraban extasiados cómo caía el agua de rocío en el barreño; una lluvia adamantina de orbes de la creación vertida sobre los filósofos por la generosidad de la Providencia, que arrobaba los sentidos y los elevaba a flor de piel.
—¡El mosto de los dioses!
—rezó Paracelso en un tono solaz y derretido.
Uno en cada extremo de la sábana retorcía en dirección opuesta, estrujando al máximo para evitar que se perdiera una sola gota.
Al caer la última, indicó—: Ahora hay que destilar.
Pasaron el rocío por el fuego y, con su acción, obtuvieron buenas tandas de agua acristalada.
Las retortas humeantes invadieron el laboratorio de niebla difusa.
Rescataron las heces resultantes de la destilación y las que quedaban en el fondo de los barreños.
Y las llevaron al atanor a calcinar; obtuvieron una sal de aspecto brillante y que olía bien.
Rociaron las vasijas entre rezos mientras pasaban las cuentas a los rosarios, que siempre tenían a mano.
Cascadas de agua límpida y sal diamantina se derramaban sobre los fénix en un acto de luz para preñar la materia de poder.
—¡Oh!
—Se derretía Flamel, de redoma en redoma como un mago echando polvos mágicos en una poción; unas lágrimas de arrobo cayeron por sus mejillas—.
¡Cuánta belleza viene de Dios!
Cuando miró a Paracelso, descubrió que el «hombre de piedra» se había ablandado y lloraba más que él.
Aquella escena derretiría a los impíos, profanos y hasta al mayor de los infames.
Pero, cuando reparó en que lo había visto, el doctor se puso de nuevo la coraza, y con una voz áspera y forzada soltó: —Antes de incubarlos, se tienen que cambiar de recipiente, marcar y sellar.
—Paracelso tragó saliva y se retiró los surcos de humedad que brotaban de sus ojos.
Solo quedaba traspasar los fénix de las redomas a nuevas vasijas limpias en el caso de los vegetales y a huevos en el caso de los animales, y las podrían llevar al jardín.
Al ver que se andaban con pinceles en las manos, Leonardo se sumó a ayudarlos.
—¡No sé cómo os las arregláis!
—dijo el artista, alumbrando mesas y suelo con la luz de una lámpara.
Aquello era un berenjenal de experimentos por doquier, aunque estaba controlado.
Para marcar los trabajos antes de ser enterrados, ya que las inclemencias estropeaban los papeles, les grabarían a pintura el símbolo secreto que les correspondía.
El doctor había ingeniado un sistema encriptado que llevaba usando hacía la intemerata.
Los llevó a una pared del laboratorio, donde aparecía grabada una tabla de signos alquímicos y sus correspondencias en palabras, una especie de diccionario visual de términos herméticos.
Paracelso había usado esos símbolos alquímicos para representar en clave secreta a sus futuros fénix, de modo que había pintado una planta o animal al lado de cada uno de ellos.
El médico lo había hecho por si alguno de ellos cayese en manos ajenas.
Como esos signos nada tenían que ver con seres vivos —eran conceptos del Arte Real—, se confundiría y no sabría qué era lo que había encontrado.
Incluso si se tratara de un alquimista.
Así eran los adeptos, recelosos de sus artes hasta el extremo; con astucia, se valían de todo tipo de códigos y argucias para proteger sus recetas, además de a sí mismos.
La tabla era gigante: ocupaba la pared entera.
Da Vinci miraba con interés, pues él también era muy dado a las claves secretas, cómo Paracelso deslizaba el pincel por la superficie de una vasija.
—Este es un lirio —explicó el doctor al tiempo que acababa el dibujo de la luna, símbolo de la plata.
Vertió la materia triturada del lirio dentro de la nueva vasija recién pintada.
Y la selló herméticamente con vidrio machado y bórax.
Tenían el primer fénix acabado.
Al ver lo fácil que era, Leonardo se animó a elaborar un fénix animal.
Como cada uno tenía pegado el papelito con el nombre, solo hacía falta buscar la imagen del animal o la planta en la tabla, y dibujar el signo alquímico que había a su lado.
Tomó un recipiente que llevaba la etiqueta escrita con el nombre de «araña» y un huevo de la cesta.
Buscó al arácnido en la tabla y vio que le correspondía el símbolo del oro (sol).
Con el pincel, trazó en el huevo el dibujo de un círculo con un punto en su interior, y aprobó el resultado con una mueca de satisfacción.
Luego, ayudado de un punzón, le practicó un orificio y derramó una pequeña cantidad de clara.
En una acción meticulosa para evitar que se derramase un solo gramo, introdujo las cenizas de la redoma por el agujero.
Al terminar, lo selló, lo alzó al aire y festejó su primer experimento: —¡Que la araña de la Iglesia jamás nos atrape en sus redes!
Los otros respondieron al unísono con un ferviente amén.
—¡Que nuestros hermanos sean rescatados de los pozos y condenas!
—imploró Paracelso.
—¡Que el Mayor nos colme de su gracia y bendiga nuestros fénix!
—suplicó Flamel.
Rezaron una vez más sobre el escaparate de trabajos.
Entre los tres, en breve, los tuvieron todos marcados.
El resultado era vistoso: una exposición de huevos y vasijas estampada con una prolija variedad de símbolos —astrológicos, signos zodiacales o planetas de la antigüedad— representados por varias formas geométricas: extraños círculos, cuadrados y triángulos con detalles como flechas y cruces.
Solo quedaba enterrarlos.
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