LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 La siembra
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50: La siembra 50: La siembra 11 La siembra Paracelso trajo unas carretas del huerto.
Sobre un lecho de paja y con sumo cuidado, las llenaron de fénix.
Con un par de viajes los tenían todos fuera.
Los habían llevado a los porches, donde debían quedarse en la primera fase de maduración.
—Ahora hay que incubarlos —propuso Paracelso.
Escarbó con las manos para hacer un pequeño hoyo.
Introdujo una vasija y la rodeó con estiércol, formando un montículo que protegería el trabajo.
Sus compañeros, cual campesinos sembrando en el huerto, se arremangaron e hicieron lo mismo.
Al estar callados, los sonidos de la noche resaltaron con sus diversos acentos: el canto de los grillos y cigarras que se respondía a los lejos con lechuzas, algún que otro gato maullando chillón, el gallo anunciando próximo el día, el susurro del viento levantando las hojas, el murmullo del agua de un riachuelo distante o el crujir de las piedras, una serenata que al fin truncó el doctor.
—Quiero avanzar un paso más —confesó con una mueca traviesa—.
Estoy experimentando con la palingenesia para llevarla más lejos.
—¿A qué se refiere?
—pidió Nicolás tras tapar un huevo con una buena cantidad de estiércol; era gracioso: difuminado entre la penumbra del alba y con su cima elevada en pico más bien se confundía con un mojón.
—He conseguido aplicar la alquimia al campo de la botánica y la biología, resucitando vida vegetal y animal.
El siguiente paso… —hizo una pausa indecisa, consciente de que lo que iba a decir era bien mayúsculo— sería crear vida humana.
Paró de nuevo para captar la reacción de su maestro, mirándolo por el rabillo del ojo.
Al ver que no decía nada, se atrevió a seguir: —En un viejo tratado de cábala y alquimia se explica que hay un modo de engendrar un homúnculo, un pequeño hombre.
Las indicaciones son difusas, pero creo que se puede lograr.
—¡Habláis neciamente!
¡Eso es imposible!
—Estoy seguro de que, con la Piedra Filosofal, con su poder ilimitado… —¡Sería transgredir las leyes cósmicas!
—cortó de cuajo Da Vinci—.
La Piedra Filosofal es para mantener la vida que ya existe o recuperar la que se perdió, no para crearla.
—Tomó dos vasijas más de la carretilla.
El sol amenazaba con aparecer, conque se apresuró a enterrarlas.
—Amigos míos, sé que puede parecer extravagante, pero intuyo que puede traernos gran júbilo y ventajas alcanzar semejante milagro —defendió el doctor—.
Es más, si la creación de este ser está recogida en un tratado de alquimia, es garantía de que es noble y sagrada como el mismo arte.
En el libro nos dice que el homúnculo es un buen guardián del laboratorio y un ayudante en las operaciones alquímicas.
»¡Imaginad si contáramos con un pequeño rebaño!
¡La cantidad de trabajos que nos harían!
—Los ojos se le llenaron de ilusión mientras soñaba despierto—.
¡Solo le veo bendiciones!
—Cabeceó enérgico—.
Como únicamente duermen unos pocos minutos, no tendríamos que turnarnos para velar el atanor por las noches, y nos echarían una mano en las fases más complicadas de la Obra… —¡¿Hace cuánto lo intentáis?!
—replicó Flamel, plantado sobre sus piernas en actitud defensiva; ladeó la cabeza para dejarle claro que no tenía razón.
Paracelso bajó la suya porque hacía años que lo perseguía—.
Y no ha dado resultado.
¿No creéis es un indicio de que tal obra no es del agrado de Dios?
—Le lanzó una mirada de reproche, cual padre se enfurece con un hijo rebelde.
Descargado el enojo, Flamel siguió sembrando fénix.
Y todavía le dijo: —Además, supuestamente, ese libro pertenece a un antiguo médico que intentó usar sus conocimientos de alquimia para engendrar vida, pero no sabemos si llegó a probarlo o lograrlo.
—Creo que hay algo que se me escapa.
Estoy seguro de que con vuestra ayuda puedo conseguirlo.
—Paracelso los observó con ojos vidriosos, aunque no provocó ninguna lástima en sus compañeros, que seguían a lo suyo porque se les echaba el tiempo encima.
No se rindió.
A pesar de su fallida maniobra de chantaje emocional, persistió expresando su visión de la alquimia para llevarlos a su terreno: —La naturaleza no da nada perfecto, es el hombre quien tiene que consumarlo.
En sí misma está en bruto y sin terminar, y Dios espera que nosotros la evolucionemos a un nivel superior.
¡Y eso se llama alquimia!
—ponderó con pasión—.
El alquimista es el panadero que cuece el pan, el bodeguero que elabora el vino, el tejedor que teje el paño.
—¡Sería querer pasar por encima de Dios!
—condenó el maestro—.
Conocéis nuestra noble misión.
No debemos desviarnos de nuestro camino con empresas que nos alejen de nuestro verdadero cometido.
Paracelso contrarrestó con toda clase de argumentos hasta que terminaron el último montón.
Flamel, que hacía tiempo que ni lo escuchaba, levantó la lámpara lo más alto que pudo, hacia la luna: no quedaba ni un hueco, la superficie de los porches estaba atestada de cordones de estiércol, cadenas de cerros apretados y cimas apuntando al cielo.
—¡Uno más y no sé dónde lo habríamos puesto!
Leonardo se rio y caviló: —¿Qué pasará ahora?
—Cada día hay que revisarlos —clarificó Paracelso—.
Dentro de un mes, más o menos, estarán listos para la siguiente fase de maduración.
—Es como la Piedra Filosofal, siempre pendientes del trabajo —equiparó Nicolás.
—Como os decía, el libro dice que se puede engendrar con tejido o fluidos corporales… —hizo alusión al material genético que debía aportar el creador.
Flamel y Leonardo pasaron de escucharlo y entraron en casa.
Pero él los seguía taladrando con su tema.
Perenelle avisó que el desayuno estaba listo y fueron al comedor.
Mientras comían, el doctor aprovechó para atacar con mayor fiereza.
Entre bocado y bocado, les leía las páginas de su antiguo grimorio.
Las teorías de ese tratado eran obra de un antiguo médico y cabalista hebreo que, basado en la figura del gólem de la mitología judía, había intentado crear uno a través de una fusión de Qabbālāh y alquimia.
Según los entendidos, ese ser animado creado a partir de materia inerte tenía más del mito de Adán y Eva que otra cosa; todo aquel que se había envalentonado con la hazaña se había topado con un muro infranqueable.
Al principio, obtuvo la atención de Perenelle por educación, pero a mitad del desayuno ninguno lo escuchaba.
Hablaban entre ellos sobre un monólogo de fondo recitado por el suizo con un acento teatral y una trama surrealista.
Al terminar, intentaron descansar frente a la chimenea del laboratorio.
Entre el estómago lleno, el calor del fuego, que se habían pasado la noche en blanco y el sermón de Paracelso, plúmbeo cual repiqueteo cansino de campanas, les llegó la morriña.
Incluso el doctor, exhausto, acabó cediendo al sueño.
Unos bramidos de espantoso dolor los despertó.
—¡¡Me quemo!!
—chillaba Paracelso, dando brincos por el intenso sufrimiento.
Sus ropas ardían.
Las llamas crecían voraces de los pies a la cintura y, mientras los demás se hacían con cubos de agua, se habían propagado hasta la frente.
El fuego lo cubría por entero.
Vaciaron cubo tras cubo sobre él, pero el agua no servía.
Lo apagaba unos momentos y, así sucede en la combustión espontánea, sin razón aparente volvía a arder.
Los dos hombres terminaron por llevarlo al huerto para sumergirlo en el bebedero de los caballos.
Tampoco funcionaba.
El fuego se ahogaba primero, pero enseguida se reavivaba.
Flamel no tardó en comprender que se había quemado con una de las lámparas perpetuas.
Preso del pánico, pues nunca antes se había encontrado ante esa situación, miró los ojos aterrados de Paracelso, que le pedían socorro para salir de aquel infierno, entre una salva de gritos que estremecía el mismo aire.
Por fortuna, recordó las sabias palabras del doctor la primera vez que lo vio: «Todo es veneno y nada es veneno; solo la dosis diferencia un remedio de un veneno; y, aunque parezca paradójico, pequeñas dosis de la sustancia que te ha enfermado pueden restablecer la salud en breve tiempo».
Se dejó guiar por el consejo: roció el abrevadero con escasas limaduras de su Piedra Filosofal y, poco a poco, el antídoto hizo efecto; el agua recuperó su habitual capacidad de aplacar las llamas, que fueron menguando hasta extinguirse por completo.
Ya a salvo, lo cargaron y lo llevaron adentro.
En el laboratorio, lo tumbaron en la cama.
Perenelle voló a por paños y unas pinzas para retirarle los pequeños trozos de ropa que se habían pegado a la piel.
El cuerpo desnudo se veía como una gran extensión de carne húmeda e hinchada, plagada de ampollas de color entre rosa vivo y rojo cereza, y algunas zonas carbonizadas; en su conjunto no se podía distinguir la fisonomía y aspecto habitual del doctor; se había convertido en un único tejido trazado por profundas quemaduras.
—Eso está mejor —lo animó ella al tiempo que cubría las heridas con vendas—; ya quedan pocos —mintió para alentarlo.
A cada pedazo de tela retirada, le seguía un gemido del suizo.
—¡Vaya descuido, amigo!
—valoró Leonardo mientras recogía los retazos de vidrio que yacían en el suelo y daban fiel testimonio de lo que había sucedido.
El aceite de la lámpara se había dispersado, delineando un sendero de fuego rojizo, imposible de apagar.
Una vez las partículas habían entrado en contacto con el aceite de la lámpara, sus llamas arderían por la eternidad, por lo que Da Vinci tuvo que regar con el antídoto el reguero encendido para aplacar su fuego criminal.
—Tome.
—Nicolás le ofreció el Elixir de Vida Eterna—.
Le curará.
Paracelso pegó unos sorbos, pero pidió su láudano para combatir el mordaz dolor; se bebió cuanto quedaba en el frasco y una botella de vino, ya de entrada para empezar a calmar la agonía.
Flamel se acercó al único atanor que había —los demás eran pequeños hornos—.
Llevó una olla al fuego y vertió el elixir en cera de abeja para elaborar un ungüento.
Lo embadurnó de pies a cabeza.
La curación estaba asegurada, y en menos tiempo del requerido habitualmente para esas ampollas.
—Tráigame el libro.
—Paracelso pidió a Perenelle, señalando el viejo manual de magia y cábala sobre su escritorio.
Los otros dos se miraron y se pusieron a reír por no echarse a llorar.
—¡¿Ni quemado vais a parar de intentarlo?!
—espetó Nicolás, sin dar crédito de la terquedad del doctor.
La mujer se lo trajo y lo dejó abierto a su lado.
—Este homúnculo…, lo he intentado muchas veces… —sollozó, indicando con un dedo chamuscado el dibujo del espécimen ilustrado en el grimorio—.
Si muero quisiera que lo terminaseis por mí.
Sintieron compasión.
No iba a desistir.
A lo mejor no era del todo desacertado.
Empezaron a dudar.
¿Y si el homúnculo podía, al igual que la quimera de los fénix o la Piedra, nacer en este mundo?
¿Y si serviría de ayuda en el laboratorio?
O, más aún, ¿y si entraba en los planes de Dios?
Hubo un luengo silencio, aprovechado por todos para formular conjeturas y montarse excusas en sus cabezas para complacer a su amigo.
—¡Está bien!
—se aflojó el maestro en un suspiro—.
Déjeme ver.
—Tomó el libro para hojearlo más tarde.
—Habremos de confeccionarle vestuario nuevo —sugirió Leonardo.
—Serán prendas de las nuestras —atajó Nicolás—.
Con la Piedra Filosofal las conseguimos de un tejido incombustible.
—Sacudió la obra para dar rienda suelta a la ilusión que sentía por regalarle esas ropas; Paracelso lo percibió como un gesto que revelaba el valor de esa clase de telas.
—Con ellas puestas, jamás volverá a quemarse —alentó el pintor, con una sonrisa tranquilizadora.
—Lo leeremos.
—Flamel miró oscilante el manual, pues no las tenía todas consigo—.
Ahora, descanse —sugirió, pasándole la mano por la frente y cerrándole ambos ojos con la yema de los dedos.
Lo dejaron solo.
La turca de láudano, la embriaguez del alcohol y el elixir sumieron mente y cuerpo en el descanso profundo necesario para restaurarse del trauma.
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