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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Incubación
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51: Incubación 51: Incubación 12 Incubación El Arte es comparable al huevo, en el que se combinan cuatro cosas: la cáscara es la tierra; la clara, el agua; la telilla o membrana bajo la cáscara, el aire; y la yema, el fuego.

El quinto elemento es el pollito.

El embrión o corazón de la yema en el que se inicia la gestación, lo comparan los alquimistas con la aurora y con el Lapis.

Punto rojo del sol en el centro es el nombre que le dan.

TOMÁS DE AQUINO La siguiente semana, el tiempo necesario para empezar a hablar de levantarse, los amigos del doctor se pusieron al mando del trabajo.

Cada día revisaban la evolución de las vasijas.

Al ser transparentes, se apreciaba si seguían el curso correcto de maduración o si se habían corrompido y debían desecharse.

Desde la cama, embalsamado de ungüento y enrollado entre las sábanas como una momia, el «general» daba sus órdenes a toda alma que vagara por su laboratorio: opinaba, exigía, se enfadaba, padecía, maldecía al mundo, luego se redimía, tomaba trago tras otro, se pedorreaba, bostezaba y eructaba, leía la cábala, consultaba los astros, rogaba a Dios, soñaba con su homúnculo, bendecía la alquimia, se dormía, y se despertaba con nuevas ideas brillantes que sí o sí se habían de escuchar.

¡Menudo carácter!

Si ya era pesado en circunstancias normales, dolorido era un cascarrabias… Y los demás lo soportaban y le servían de brazos, guiados como unas marionetas.

Hasta atendían al sifilítico que comparecía a diario para su sesión de vapores mercuriales y demás pacientes que acudían, afectados por un rosario de enfermedades, a los que curaban siguiendo las directrices del doctor.

Lo llevaba en la sangre.

Aun lisiado, encontrándose en una condición que requería reposo absoluto, se negaba a permanecer ocioso; en tanto gozara de conciencia disponible, seguiría velando por los necesitados.

—¿Cómo se encuentra?

—Con la bandeja del desayuno de cada mañana en las manos, Perenelle llamó al general.

—¡Aún me duele!

—Se intentó incorporar para comer, con algún que otro quejido—.

Pero me ha despertado una estrella.

—Le guiñó un ojo—.

¡Hoy será un buen día!

Con la única que solo tenía buenas palabras era con Perenelle, con la que no mantenía ningún conflicto de intereses alquímicos, y lo mimaba con detalles y afecto.

Sin necesidad de mover más que las manos, Paracelso atacó la comida y pensó lo bien que iba tener un lecho en el laboratorio.

Lo había puesto allí para sus enfermos, visto que algunos se desmayaban o presentaban síntomas que requerían quedarse un tiempo bajo su techo.

—¡Mirad!

—La mujer cabeceó en dirección a la ventana, donde en una de las persianas colgaba una percha con vestimenta nueva—.

¿Os gusta?

—¡Son mis ropas!

—reconoció su indumentaria de doctor: un talar con botones, el manto rojo por encima y el gorro aterciopelado.

—¡Lo prometido es deuda!

—recitó Leonardo.

—Las hemos confeccionado entre todos —aclaró Flamel—.

Hemos trabajado la tela en el laboratorio y Perenelle la ha cosido.

—¡Ya os tocaba un cambio!

—dijo Da Vinci con humor.

Era verdad; su nuevo atuendo, sedoso y limpio, hacía justicia a la posición social de su profesión, y no aquellos mugrientos y viejos harapos hechos jirones que ningún otro médico se hubiera dignado a llevar.

Pese a la calidad de la tela, lo más valioso de esas prendas era su cualidad mágica.

Los alquimistas las habían tratado, dejándolas fuera para que se empapasen del rocío de la noche.

Las embadurnaron de elixir y las sometieron a varios tratamientos químicos para fijarlo en profundidad en el tejido, consiguiendo una ropa ignífuga.

Había más sorpresas.

Leonardo tomó un pequeño cofre lleno de piedras preciosas y se lo lanzó; al aterrizar sobre su regazo, se abrió y las gemas volaron en todas direcciones.

—Para que os hagáis talismanes —sugirió dedicándole un guiño de camaradería.

—¿Cuándo las habéis creado?

Paracelso rebuscó entre los pliegues de las sábanas para ver cuántas clases había: diamantes, rubíes, topacios…, incluso perlas.

Con las manos llenas, los reflejos de las joyas le alumbraban el rostro relumbrante de alegría.

Antes de responderle, Da Vinci se permitió deleitarse observando a su amigo.

—Anoche, mientras dormíais —contestó complacido por verlo tan satisfecho.

Desplazó la mirada hacia al fondo del laboratorio, donde se hallaba Nicolás, para inculparlo de la autoría de la sorpresa.

El maestro estaba delante de un atanor, enredado con las operaciones alquímicas del primer trabajo empezado por Paracelso.

Junto con Leonardo, cargaba con el peso de las labores alquímicas del doctor.

—¿Con qué las habéis creado?

—Paracelso se dirigió a su maestro.

—Con piedras de su huerto.

—Y los trozos de las ventanas que rompieron las tejas —dijo Leonardo.

—¿¡Piedras rudas y cristales rotos!?

—exclamó con incredulidad, a pesar de tener conocimiento de que era posible.

Pero era tal la belleza que costaba creerlo.

Las escudriñaba para comprobar el milagro por sí mismo.

Aquellas piedras preciosas eran pura magia, nada tenían que ver con retazos de vidrio y piedras toscas.

—En efecto —afirmó Leonardo—, y superan a las naturales en virtud, sustancia y color.

Vos mismo produciréis las vuestras cuando estéis en posesión de vuestro Lapis Philosophorum.

—¿No veis algo extraño?

—habló Flamel desde el fondo, presentando con las manos un horno gigante.

Paracelso se inclinó un poco y entornó la mirada para enfocar mejor.

—¡¡Un atanor nuevo!!

—Se irguió hacia delante por completo, con los ojos tan saltones que casi se le salían de los globos oculares, tal si quisieran alcanzar el regalo.

Se preguntó qué demonios hacía ese gigantesco horno en su laboratorio: él hacía vida allí y no había visto ni oído nada que explicara la inaudita aparición.

De la noche a la mañana, se había levantado un templo alquímico que llevaba semanas erigir.

Tal fue el impacto en la momia que, a pesar de que andar le costaba horrores, salió de su sarcófago para acercarse a contemplarlo.

Perenelle y Leonardo lo ayudaron, asiéndolo por ambos brazos.

—Esta noche no hemos dormido —aseguró Da Vinci, radiante de alegría, aunque con signos claros de no haber pegado ojo—: queríamos daros la sorpresa cuando os levantarais.

Está hecho a su medida, como debe ser.

—Gesticuló para enfatizar sus cualidades, cual comerciante vendiendo un producto—.

Os irá mejor para trabajar la Piedra.

Además, con dos atanores podría iniciar un nuevo proyecto.

Un mismo horno no podía compartir espacio con otro crisol porque cada empresa seguía su propio curso y necesitaba contar con la temperatura que exigía cada una.

Y era recomendable tener en marcha unos cuantos trabajos; así se aseguraban de que, si erraban o sucedía un accidente inesperado, dispondrían de otra oportunidad.

—¿Cómo habéis armado los ladrillos?

—preguntó a Leonardo.

—Agua, una parte de arcilla, otro tanto de estiércol de los caballos y dos partes de arena —resumió lo que para un hombre común llevaría días crear.

—Las paredes son gruesas: hemos colocado una doble fila de ladrillos —mencionó Flamel para destacar su capacidad para conservar el calor y resistir la violencia del fuego—.

Es un buen horno de fusión.

—¡Tiene una torre!

—se asombró Paracelso.

Nunca había visto cosa parecida.

—Se alimenta de carbón y el calor le llega por este tubo comunicante.

—El maestro señaló un conducto en la pared—.

Así fluye de manera lenta y uniforme, y provee de una temperatura constante durante días.

—Dentro está su crisol.

—Leonardo abrió una de las puertas—.

Lo hemos cuidado, tranquilo.

—Habían movido el «retoño» del viejo horno al nuevo.

—Gracias…, yo… Construir un atanor era tarea intrincada; solo diseñar llevaba muchos cálculos y horas de trabajo.

Y con la dificultad añadida de no hacer ruido para no despertar al general.

Ese en concreto era precioso: su forma rectangular, las paredes robustas, la gran cúpula superior y la ancha chimenea con salida al jardín conformaban el modelo más completo que el médico había tenido.

—Queremos que se ponga bien pronto —dijo con cariño Perenelle, tomándole la mano con delicadeza.

El hombre de hielo se ablandó, como escarcha se torna rocío a la primera luz del sol, al percibirse querido desde hacía ni se acordaba.

En su turbulenta vida había recogido más enemistades que personas había conocido.

Había olvidado lo satisfactorio que era saberse valorado entre calor humano.

Tras un suspiro y unas cuantas lágrimas reprimidas para hacerse el fuerte, pero lloradas y sentidas por dentro, se acercó a su escritorio.

Revisó su caótico revuelo de papeles, llenos de números y símbolos.

—Podemos empezar hoy, que es el primer día del ciclo lunar del mes de marzo.

He calculado el momento idóneo para el homúnculo y puedo decir que las conjunciones celestes auguran el éxito.

Nicolás tomó el tratado de alquimia y leyó la descripción para crear al espécimen: —Aquí dice que se necesita material biológico; pelo o esperma del creador.

—Creo que el esperma será más efectivo —comentó Paracelso.

—A lo mejor combinarlos lo es más —aportó Leonardo.

—Espero que no os enfademos, Señor.

—Perenelle se santiguó mirando al cielo.

Nunca opinaba sobre las excentricidades y desatinos que se sucedían en el laboratorio, pero aquello superaba toda demencia.

—Necesitamos un huevo de gallina negra —les advirtió Flamel.

—Mi vecino tiene —atajó el médico—.

Perenelle irá a pedirle uno.

Ella asintió.

—Y también dice que se precisa estiércol de yegua preñada —citó otro elemento de la receta.

—Mi yegua lo está.

—Sumó un punto más a la lista de razones para empezar ya.

—Mercurio, un recipiente de cristal en forma ovoide… —Flamel leyó los últimos componentes necesarios, acariciándose la tupida barba, para acabar con un largo resoplido, fruto de los nervios—.

En principio, lo tenemos todo.

Paracelso suspiró aliviado y victorioso tras tanto tiempo de guerra con el tema.

La mujer fue a casa del vecino a por el huevo, momento que el doctor aprovechó para llenar una probeta con una muestra de su semen.

Cuando Perenelle volvió, comenzaron la operación.

Limpiaron el huevo y le practicaron un pequeño agujero en la cáscara.

Reemplazaron una porción de clara del tamaño de una alubia por esperma y agregaron unos pelos del doctor.

Sellaron la abertura con pergamino virgen y cera negra.

Por otro lado, recogieron un saco de estiércol de la yegua preñada y lo disolvieron con una mezcla de mercurio y sal de rocío, purificando así la tierra.

Incubaron el huevo en ese excremento tratado, que serviría de útero materno al homúnculo; y lo dejaron a la sombra bajo uno de los porches, un sitio cálido y seco, perfecto hasta que alcanzara el nivel óptimo de putrefacción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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