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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Múltiples partos
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53: Múltiples partos 53: Múltiples partos 14 Múltiples partos La alquimia es la agricultura celeste.

Se añaden a la materia, como fermento, el oro (sol) y la plata (luna), para su propagación.

Si siembras estas dos cosas tan conocidas en nuestra tierra, verás esta llama viva dar sus frutos.

D.

STOLCIUS VON STOLCENBERG Los siguientes meses se aplicaron en el Arte Magna.

El equipo de alquimistas avanzó con los dos crisoles con los que Paracelso había iniciado su Magisterio.

En cuanto a la palingenesia, habían sido buenos hortelanos, y nuevas remesas de fénix habían nacido.

Tras nueve meses aconteció una oleada masiva de partos.

Había sido una buena cosecha.

A excepción de unos pocos, todos maduraron según lo esperado.

Los fénix vegetales se presentaban bajo una nueva forma polvorienta.

La irradiación lunar y solar recibida había transmutado la materia: se había doblado su tamaño, la película había desaparecido y la materia había tomado la esperada tonalidad gris azulada, signo del éxito.

Los fénix animales también habían adoptado esa misma apariencia cenizosa y habían llegado a su punto de eclosión.

Para esa última fase, los habían entrado en casa, esperando el gran momento; el crujir de las cáscaras quebrándose los habían alertado para presenciar el nacimiento de los fénix.

Los cuatro habían tenido el privilegio de verlo: decenas de huevos cascándose solos para agasajarlos con criaturas en forma cenicienta.

Solo quedaba deleitarse por las noches con el juego de sombras luminosas, algo que hacían con frecuencia.

Después de cenar, se atrincheraban en el laboratorio delante de los fuegos, dando vida a esas siluetas que los entretenían, en ocasiones hasta el amanecer.

El homúnculo era un misterio.

Habían hecho su parte, pero no conocían las señales para verificar si la empresa iba por buen camino o a lo mejor hacía tiempo que esa yegua llevaba un feto muerto en su interior.

Nadie había llegado tan lejos, al menos que se supiera.

Cada día se habían ocupado de inyectarle sangre y regarla con sus ruegos.

Era cuanto sabían.

Además, lo único que hacía meses que apreciaban en la vasija era una concentración de gases, y una materia espumosa que nadaba y no dejaba ver la criatura.

Para más inri, había cambiado de color con frecuencia.

Las veces que se había vuelto oscura se asustaron, pero en unos días retomó el color.

Era de noche y festejaban que los fénix habían nacido.

Tras una cena especial, los hornos encendidos convertían las cenizas en cuerpos astrales de bellas criaturas; en las vasijas circulaba un flujo pulverulento, lo mismo que la nieve artificial dentro una bola de cristal, que impide ver el paisaje que alberga en su interior hasta que los copos se van posando lentamente en el suelo.

El firmamento estaba despejado.

La luna se veía clara en la ventana, y algunos cometas dejaban su rastro luminoso de estelas gaseosas y polvo.

De fondo, Leonardo ambientaba tañendo el órgano de papel, con una música divina que daba un carácter aún más mágico al augusto escenario nocturno de los cielos.

La pareja se asomó a contemplar la excelencia, y los otros los siguieron.

—¡Es asombroso!, ¡todas esas luces!… —subrayó Perenelle, con los ojos brillantes de vivacidad, a conjunto con la pléyade de luceros y fenómenos celestes; se veían reflejados en sus retinas en diminutos puntos rutilantes.

—Nada hay en el hombre que no le sea dado por la luz de la naturaleza, y lo que está en la luz es obra del astro —meditó Paracelso, en su estilo poético.

—¡El mayor de los prodigios!

—Flamel se refirió a las estrellas—.

¡Un mapa de la creación desde sus inicios!

Una batería de cometas surcó el cielo, y Nicolás pensó cuán acertada era la descripción de los antiguos: estrellas con el cabello largo o espadas ardientes que atraviesan la bóveda celeste.

Paracelso aprovechó que Perenelle se hallaba embelesada con el paisaje cósmico para acercarse a ella por la espalda y colgarle un medallón.

Al sentir el peso de la cadena sobre su pecho, mostró con confusión: —¿Qué es?

—Un regalo —rio emanando desbordada confidencia.

—¡El Magneticum Magicum!

—lo reconoció Leonardo, tomándolo con la mano para apreciar mejor su talismán preferido.

—Para vos.

—Le pasó también uno por el cuello al genio italiano, guiñándole el ojo—.

Y para vos.

—Colgó otro en el de Nicolás—.

Los he creado con las piedras preciosas que me disteis.

»Es un poderosísimo imán que atrae el poder de las estrellas.

—Hizo un gesto con las manos de arriba hacia abajo para simular la recogida de la ponderosa energía del cielo—.

Os protegerá y os dará suerte en todo lo que os propongáis.

Un estruendo de relinchos que venía del establo avisó que había llegado el parto.

Dejaron las estrellas y salieron corriendo.

Allí estaba la yegua en un rincón, debatiéndose de dolor entre resoplidos y espumarajos.

Paracelso intentó acercarse para rescatar la vasija, que posiblemente habría salido con los líquidos oscuros expulsados con la rotura de las membranas, y que se veían derramados sobre la paja, donde yacía el animal.

No estaba.

Además, la parturienta dificultaba la búsqueda porque no se dejaba molestar.

Repartía coces a todo aquel que se atreviera a aproximarse.

El doctor desistió y se puso de rodillas a cierta distancia, como el resto, contemplando la belleza del nacimiento.

El cuello y los flancos de la yegua sudaban, las ubres estaban hinchadas y goteaban calostro.

Por su vulva suelta e inflamada asomaban las patitas del potro.

El equino empujaba, emitiendo fuertes gruñidos, pero las contracciones no eran suficientes.

Paracelso no pudo abstenerse de asistir al alumbramiento.

Agarró las patas delanteras y tiró de ellas para ayudar a la expulsión.

Primero la cabeza, luego hombros y las patas traseras; y se deslizó la cría envuelta en una bolsa blanquecina.

Las sacudidas del potrillo rompieron la membrana y pudo respirar.

Un suspiro unánime lleno de asombro saludó al retoño, y las miradas tiernas del grupo le daban la bienvenida al mundo.

El doctor le retiró las mucosidades de la nariz para facilitar la entrada de aire.

Tras unas primeras respiraciones jadeantes, el recién nacido se acurrucó junto a su madre, exhausta tras el parto.

—¿No es precioso?

—valoró Leonardo, extasiado.

En los cuatro rostros había una sonrisa instintiva e irreprimible de pura alegría, nacida de lo más profundo de sus almas.

—¡El milagro de la vida!

—se fascinó Perenelle.

Paracelso aprovechó el descanso de la parturienta para buscar la vasija entre la paja, pero los restos de sangre y fluidos del parto entre las briznas complicaban encontrarla.

—¡No está!

—berreó con voz quejosa.

Los demás se unieron a la búsqueda.

Las lámparas alumbraban la yerba seca, y la vasija era de un tamaño que la hacía fácilmente visible.

—¿Y si está bajo la yegua?

—elucubró Flamel, hurgando entre las briznas.

Tendrían que esperar.

El animal empezó a agitarse y volvieron las contracciones para el segundo parto.

Los minutos se dilataban para ellos, que en su espera medían la longitud exagerada de cada segundo en su lento transcurrir.

Cuando expulsó las membranas fetales, en una apurada maniobra conjunta movieron el pesado animal.

—Oh, ¡menos mal!

—suspiró el doctor, con la vasija entre las manos; a pesar de haber soportado el peso y los movimientos del parto, estaba intacta.

Pensándolo bien, era normal; el vidrio era del que habían creado.

Ni cien caballos encima podrían agrietarlo.

Había llegado el momento tan esperado, que para la yegua vendría a ser el primero de los partos de la noche, fruto de una gestación postiza e involuntaria, y de la que no tenía la menor consciencia.

El potrillo contaba con un mellizo que la madre había alumbrado al romper aguas.

Pero ese hermano no era de sangre; lo único que habían compartido era el útero, una parte del periodo de embarazo.

Paracelso retiró con premura el pergamino para destapar la vasija.

Al abrirla, salieron despedidos unos vapores a presión con un sonido chirriante, que reventaron en forma de columnas de burbujeantes humos.

En su interior, un hombrecillo de unos cincuenta centímetros era el resultado del inverosímil experimento; un nuevo hijo, aunque sin alma, estaba vivito y coleando entre ellos.

Su aspecto era idéntico al de un hombre adulto, aunque sin vellos ni imperfecciones como cicatrices o marcas de nacimiento.

Paracelso lo tomó entre las manos temblorosas por la intensa excitación.

Le costaba aceptar que su ilusión era un hecho.

Los cuatro miraban atónitos al espécimen, atajados ante semejante creación: aquello sobrepasaba los límites de la realidad.

El médico lo dejó en el suelo para ver qué hacía a continuación; pero permanecía inmóvil a sus pies, al resguardo de su progenitor.

—Se os parece mucho —reconoció ella, mirando del ser a Paracelso.

—¿De verdad?

—Se sonrojó.

—Sí, un gemelo en miniatura —aseguró Flamel, y el suizo esbozó una espléndida sonrisa que evidenciaba el orgullo ante el cumplido—; pero es transparente e insustancial.

El homúnculo era gaseoso, su cuerpo era un conglomerado de fluidos etéricos en movimiento; sin embargo, al contacto con otros seres y el medio físico, parecía contar con cierta solidez.

—Tiene una apariencia espectral —agregó Perenelle en tono enigmático.

—No está acabado —ilustró su creador—: es como los fénix.

Necesita unas cuantas semanas para desarrollarse y convertirse en un hombre tan real como cualquiera nacido de mujer.

Ahora solo tiene formados los cuerpos más sutiles.

La criatura homúncula comenzó a berrear unos sonidos ininteligibles que sonaban agudos y metálicos.

—Tranquilo… —le dijo Paracelso, y el menudo saltó a sus brazos, lo que lo sorprendió gratamente.

El hombre duro como piedra estaba hecho una manteca, en las nubes y enamorado de su creación sinigual.

Lo miró con ternura—.

Vamos a casa y entrarás en calor.

—¿Habéis comprendido lo que ha dicho?

—preguntó Perenelle al doctor, perpleja.

—Sí, ¿vosotros no?

Leonardo negó encogiéndose de hombros y Nicolás confirmó: —No he entendido nada.

—¡Ah!, ¡no me acordaba!

En el libro dice que solo puede comprenderlo su creador —aclaró Paracelso mientras lo entraban en el laboratorio.

—¿Ha dicho que tiene frío?

—supuso ella.

—Eso mismo.

Ya dentro, acercó al nuevo hijo al calor de la chimenea.

Con toda su buena intención, Flamel buscó una manta para abrigarlo.

Cuando fue a cubrirlo, el homúnculo expulsó por la boca una sustancia llameante, una especie de fango flamígero verdoso y morado, que le quemó buena parte de la mano.

Nicolás chilló de dolor.

—¿Qué diantres ha sido eso?

—se sobresaltó Leonardo, mirando cómo la piel del maestro se escaldaba y crepitaba un sonido burbujeante.

—¿Qué es esa cosa?

—se asustó Perenelle, fijándose en la materia candente que freía a su marido.

Voló a por un paño mojado para calmar la quemazón.

—¡No lo sé!

—se estremeció Paracelso, y fue a por el tratado de alquimia a averiguar la respuesta.

—¿Mejor?

—pidió a su esposo mientras le retiraba la sustancia extraña y le colocaba el paño húmedo sobre la herida.

—Sí, gracias, pero no sé por qué no puedo moverme —admitió, quieto como una estatua.

—Pensé que esta imagen del homúnculo sacando fuego por la boca era simbólica —dijo el doctor, mostrándola al maestro—.

Parece que, cuando se ven atacados, expulsan una materia ardiente que, además de quemar, inmoviliza a la víctima.

El efecto paralizante de ese veneno suele ser instantáneo, como os ha ocurrido a vos, pero también puede demorarse unos minutos en aparecer.

—Pasó con celeridad unas cuantas páginas, se paró en una y leyó un fragmento—.

Dice que necesitan un tiempo de adaptación a los desconocidos.

Cuando nacen, solo responden y reconocen a su creador.

Flamel estaba comprobando en sus propias carnes que el antiguo cabalista se hallaba en lo cierto.

Intentaba levantarse, pero su cuerpo había dejado de obedecer a su mente.

—¡¿Cuánto durará?!

—Nicolás se angustió.

—Desaparecerá… —Paracelso lo calmó leyendo unas líneas—.

Explica que pasado un tiempo se recobra la movilidad.

—Se habrá sentido atacado por vos, maestro —conjeturó Da Vinci.

Y había acertado.

El engendro había creído que Flamel lo agredía con la manta; por su naturaleza escurridiza y defensiva, había reaccionado.

Su temperamento, tomado de su madre equina, aunque noble y de buen carácter, era brioso, con mucho nervio y guerrero.

Paracelso fue a por una redoma limpia, introdujo con cuidado al menudo en su interior y explicó a sus compañeros: —No se calienta con mantas.

—Sonrió por el desconocimiento de su amigo—.

Necesita estar en un recipiente de vidrio, en contacto con una fuente de calor para acabar de desarrollarse.

—Se acarició el mentón y leyó un poco más, entusiasmado—.

También explica que al principio habrá que enseñarle a trabajar en el laboratorio con paciencia.

Es un niño que tiene que aprenderlo todo.

—¿Y de qué vive?

—se interesó ella.

—Seguirá tomando mi sangre para subsistir.

Unas gotas un par de veces al día bastan.

—¡Es horripilante!

—Un gesto de repulsión se apoderó de la faz de Perenelle.

—No es para tanto.

El médico pasó una mano por la cabecita del homúnculo, que sonrió.

—¡Se ha reído!

Leonardo acompañó a la criatura, esbozando una mueca de alegría.

Que no hablara como ellos llevaba a pensar que no poseía demasiada inteligencia, pero era una réplica en miniatura con todas las cualidades humanas, salvo por la ausencia de alma, elemento solo integrado por concepción natural.

Era una ley que Dios, en su inmensa sabiduría, había dejado infranqueable, incluso para la alquimia.

Ahora bien, dotados de un intelecto preternatural y un entendimiento de los matices de la materia y la naturaleza, eran perfectos para el trabajo en el laboratorio.

Paracelso llevó la redoma sobre las brasas de la chimenea.

Con el calor acumulado, una concentración de gases comenzó a fluir en su interior, y el homúnculo quedó envuelto y dejó de verse con nitidez.

Su imagen nublosa lo hacía parecer un sueño: una irrealidad surgida de la mente de un viejo alquimista que había dado con la receta para formar un hombre sin el soporte de un organismo femenino.

Aquel espécimen era una osadía, una transgresión de las leyes naturales hasta el extremo, una imprudencia, aunque a su vez irradiaba un aura rebosante de vibraciones positivas: de seguro, no podría enojar a Dios.

—¡Miradlo!

¡No me digáis que no tiene encanto!

—sugirió Paracelso, observando con honra al niño de sus ojos, a la vez que celebraba la gesta con buenos tragos de vino y láudano entre eructos de satisfacción—.

¡Imaginad que engendramos más hombrecillos como él!

»Ninguno de nosotros tenemos hijos.

Podrían ser nuestros ayudantes de laboratorio y, en cierto sentido, nuestra estirpe alquímica.

Además, en el libro dice que mueren cuando fallece el creador, así que vivirán para siempre con nosotros.

La pareja contempló un rato al pequeño y, aunque aquello distaba mucho de lo que nadie en su sano juicio hubiera deseado como hijo, era indudable el valor que los homúnculos tenían para llevar a un nivel más alto la Gran Obra de la alquimia.

—¡Está bien!

—suspiró ella, dando permiso a su marido para que hiciese lo que quisiera.

—Precisamente hoy es el primer día del ciclo lunar —insinuó el doctor con una expresión de picardía inocente y llena de benevolencia hacia sus amigos: era una manera sutil de preguntar quién iba a crear su primera descendencia.

—¡Eres irremediable!, ¿sabes?

—dijo su maestro con un cabeceo resignado que rezumaba profunda camaradería y agradecimiento, que se leían en sus ojos brillosos.

Paracelso se fundió con él en un abrazo, al que se sumó Leonardo.

Con ese gesto, se confirmó que aumentarían la prole.

Así, esa misma noche Flamel y Da Vinci sembraron los cimientos que devendrían en una nueva saga de pequeños alquimistas.

En unos años, contaban con un colectivo de un par de decenas de criaturas homúnculas, que pasaron a formar parte de sus secretos más preciados.

No eran iguales.

Cada remesa era una lotería.

Algunos salían con fallos, unos con más pelo, otros calvos, en su mayoría con bultos, crestillas o hendiduras en la piel, proporcionados o con deformidades, pero siempre eran bienvenidos y apreciados, más allá de su aspecto exterior.

La prole residía en el laboratorio y se desvivía por él.

Con dedicación, los enseñaron a ayudarlos en las tareas alquímicas y a velar el horno.

Se convirtieron en una pieza clave del entorno de trabajo y de la vida de los alquimistas, lo que supuso un aumento del rendimiento en la elaboración de Piedras y oro.

Como era de esperar, les cogieron gran cariño y jugaban con ellos, gastándoles bromas que los revoltosos pequeñajos les devolvían de las formas más inesperadas, trayendo un toque de alegría a la hasta entonces sombría guarida de los filósofos.

Habían tomado una buena decisión.

En vista del éxito, añadieron la receta para crear esos seres menudos y los fénix en los libros de alquimia destinados a futuros Elegidos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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