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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 LOS DOS INGLESES
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54: LOS DOS INGLESES 1 Edward Kelley 54: LOS DOS INGLESES 1 Edward Kelley LOS DOS INGLESES 1 Edward Kelley 1581, Glastonbury, Reino de Inglaterra Sin rumbo fijo, Edward Kelley escapaba de Lancaster, donde días atrás lo habían detenido y culpado de múltiples estafas.

Aprovechando su profesión de notario, llevaba años falsificando documentos.

Se había pasado la vida saltando de ciudad en ciudad, a la caza de clientes a los que robar.

No tenía aún treinta años y ya cargaba a sus espaldas con un expediente delictivo considerable.

En el juicio lo condenaron a ser expatriado del país, y el verdugo le rebanó ambas orejas; una advertencia al mundo de lo que le ocurre a quien se cree más listo que la ley.

Sin dinero ni patria, acudió a otra de sus ilícitas fuentes de ingresos.

Llegó a las tantas al cementerio y, guiado por la voz de un espíritu, halló la tumba del obispo.

Rompió la lápida y abrió el sepulcro, con los únicos testigos de la oscuridad de la noche y el espectro que lo había acompañado.

Saqueó desalado el féretro en busca de objetos de valor.

Vestido con sotana y la cruz pectoral colgada del cuello, el cadáver estaba duro y gélido como un bloque de hielo.

Sobre el pecho, un manuscrito y dos bolas de cristal.

Arrancó la cruz de madera e inspeccionó los dedos en busca de anillos, pero estaban desnudos.

Se decepcionó, una vez más.

Kelley acostumbraba a profanar ataúdes cargados de piezas valiosas, principalmente en tumbas de nobles y ricos, que decidían ser enterrados con posesiones.

Pero las pertenencias de los obispos y cardenales con las que se había encontrado siempre se reducían a lo mismo: un colgante de madera y, en algunos casos, objetos de carácter esotérico o relacionados con la alquimia; ni rastro de los anillos y cadenas que habían disfrutado en vida.

Alumbró las bolas y vio que contenían unos polvos extraños.

Introdujo el dedo y comprobó que se trataba de un sustancia roja y pesada; el corazón le dio un vuelco de júbilo.

Lo supo enseguida.

Había estudiado algo de alquimia y conocía la apariencia de la Piedra filosofal: eran polvos de proyección.

No podía creerlo: ¡había encontrado la gallina de los huevos de oro!

Hojeó el libreto de pasada y descubrió símbolos alquímicos que confirmaron su intuición.

No había terminado.

El féretro albergaba un segundo botín.

Como nigromante, la visita al cementerio le serviría para abastecerse de carne humana para sus rituales oscuros.

Sacó una daga enfundada en el cinturón para rajar la parte superior de la sotana con un presuroso y enérgico movimiento de la mano.

Con el mismo filo, decantó la tela desgarrada y se encontró con una sorpresa: un pecho de mujer.

¡No era un obispo!

De arriba abajo, pasó la luz de su lámpara, y reveló un rostro joven y femenino.

Con la mirada encendida y gesto pervertido, le acarició los senos y se cercioró de que era una hembra palpando sus genitales.

Ante semejante hallazgo, le nacieron serias dudas acerca de si las anteriores víctimas tampoco formaban parte del clero.

Eso explicaría que no llevaran pertenencias de valor.

Estaba en lo cierto.

La Iglesia no enterraba a sus miembros, en su lugar se deshacía de cuerpos de herejes a los que había condenado a muerte, y aprovechaba los ataúdes para desprenderse de efectos requisados a brujos, magos y alquimistas.

De esa forma, sepultaba cualquier rastro de las ciencias heréticas.

Edward pensó que aquello era un sinsentido y se devanó los sesos en busca de una explicación.

Le vinieron a la mente dos hipótesis, a cuál más descabellada: o los altos cargos no morían, o si realmente fallecían alguien hacía desaparecer los fiambres; así le sobrevino la inevitable pregunta: ¿dónde demonios escondían sus restos?

Siguió con la operación.

Abrió en canal a la joven, como a un cerdo: la afilada hoja cercenó desde la base del cuello hasta el abdomen.

El duro acero luchaba para abrirse paso entre la carne a puñaladas, que sonaban como los desgarros viscosos de la piel de una presa resquebrajándose al ser desollada.

Con la cabeza metida en sus entrañas, a manotazos y bocados, le extirpó las vísceras y tripas, de las que se escapaba un vaho espeso y mórbido que hedía a cloaca; pero el brujo lo disfrutaba tomando inhalaciones profundas, con una mueca de macabra satisfacción.

Tras un ataque de furiosas dentelladas, cara y cuerpo quedaron embadurnados de sangre; su apariencia era la de un asesino en serie cuando acaba de cometer una matanza en masa.

Devoró como una mala bestia algunos trozos de órganos y guardó el resto en una vasija.

Aplastó el cráneo con un canto de la lápida y se hizo con unos cuantos fragmentos.

Tenía suficiente para sus operaciones nigromantes.

Concluyó el ritual rellenando el espacio vacío de la caja torácica con piel, huesos, gena y aceites, al tiempo que cantaba himnos que sonaban demoníacos y trazaba con una antorcha un círculo de fuego alrededor del cadáver.

En un lenguaje incomprensible, invocó a la entidad que lo había acompañado: necesitaba información.

Ansiaba saber quién podría ayudarlo a desentrañar el contenido del manuscrito para hacerse rico.

Ese era el objetivo de la necromancia: el ritual iba acompañado del premio de ser aconsejado para algún asunto mundano.

No obstante, en esta ocasión, la respuesta por parte del espíritu fue una furia desmedida: una ráfaga de resoplidos helados como escarcha y roncos graznidos que azoraban como una bandada de cuervos hambrientos le golpeó el cuerpo de forma tan intensa que se encogió en posición fetal.

Inconforme, el nigromante insistió con una llamada aún más terrífica, que resonó sobre las tumbas y hasta estremeció la tierra y el cielo; apareció de las entrañas de la niebla nocturna un rabión de entidades infernales que gemían alaridos tenebrosos, una sarta de llantos escalofriantes que horrorizaban y ensordecían los oídos: había abierto un portal.

El enjambre lo acorraló, y le intentaba arrebatar el libro y las bolas, instigándolo con amenazas y ataques físicos.

Kelley cogió su botín como pudo e intentó levantarse entre una lluvia de empujones, rascuños y escupitajos de una sustancia ácida y corrosiva que más bien parecía hiel salida de los mismos intestinos del diablo, imposibles de esquivar.

Consiguió erguirse y, si bien cojeaba desde hacía años, corrió cual relámpago cruza por el cénit y apenas se deja ver, entre gritos de pavor, perseguido por un séquito de aterradores espíritus enfurecidos por haber sido molestados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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