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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 55

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55: Dr.

John Dee 55: Dr.

John Dee 2 Dr.

John Dee «Quien no entienda debe aprender, o estar en silencio».

IOANNIS DEE, LONDINENSIS Mortlake, Londres Edward Kelley llegó a su destino, esta vez guiado por una fuente mundana, un posadero que le había hablado del hombre más culto y distinguido de Londres: el doctor John Dee.

Lo comprobó al entrar al barrio de Mortlake.

Preguntó por él al primero que vio por la calle, que le supo decir cómo encontrar su casa.

Londres —en especial los círculos letrados— y buena parte del resto de Europa conocían al afamado matemático.

Acató la indicación de seguir el curso del río Támesis.

En el camino desperdició la belleza del paisaje repasando las verdades que iba a ocultar.

Toda su vida era una farsa.

Kelley era un charlatán incapaz de entablar una conversación sin orquestar una retahíla de bulos; la clase de persona que se las apaña para no trabajar; un estafador, un artífice de las mentiras que infringe ciertas normas para escabullirse de una vida pesada; un chapucero con mil tretas ocultas bajo la manga para enredar con un arte que confunde; en una palabra: un vividor.

Tras un paseo largo por su cojera, encontró la mansión.

Rodeada de una amplia zona verde, contaba con varios anexos.

«Es un príncipe», pensó.

No iba del todo desencaminado: era hijo de un influyente caballero de la corte inglesa.

Atravesó los bellos jardines y tocó a la puerta.

Nadie respondió.

Decidió entrar por su cuenta, y las voces lejanas de hombres riendo lo guiaron hasta un enorme salón.

A unos metros de ellos, se quedó plantado con las manos entrelazadas en la espalda y aguardó a que se apercibieran de su presencia.

Las risas cesaron en forma escalonada, a medida que lo iban descubriendo, hasta que las tres consciencias de la sala se focalizaron en él.

Clavados en esa súbita aparición, sus ojos se hallaban perplejos, sobre todo, por su aspecto.

Estaba hecho un Cristo.

Desaliñado, cubierto por ropas andrajosas, con una cicatriz que le cruzaba medio rostro —recuerdo de uno de los muchos altercados de tabernas que tanto frecuentaba— y magullado por las recientes lesiones de la profanación en el cementerio; no encajaba entre esos caballeros, ilustres, refinados y con dinero suficiente para llevar buenos trajes.

—¿Quién sois?

—preguntó el Dr.

John Dee, también conocido por el sobrenombre del Señor de Mortlake, su ciudad natal.

—Edward Kelley —medio mintió por primera vez a Dee.

Se llamaba Edward Talbot, pero, como lo habían expatriado, se había cambiado el nombre, por cuanto no entraba en sus planes marcharse del país.

—¿Y bien?… —Le lanzó una mirada con un gesto mudo de interrogación y alzó una ceja, esperando que le dijera qué diablos hacía en su casa.

—Yo… Me han dicho que sois un hombre culto que dispone de la biblioteca más grande de Inglaterra.

Quiero aprender.

Los tres hombres se echaron a reír como si hubiera contado un chiste.

—¿De dónde sois?

—preguntó curioso Francis Walsingham, el secretario de estado o, lo que es lo mismo, perro guardián de la reina Isabel, entre otros muchos desempeños.

—De… Glastonbury —volvió a mentir; era de Worcester.

—Sentaos —invitó Dee al misterioso visitante—; estaréis cansado.

Quítese el abrigo y el sombrero —se ofreció a colgarle las ropas para su comodidad.

Pero Kelley solo le dio el abrigo.

No podía quitarse el bonete negro porque ocultaba la amputación de ambas orejas, su marca como criminal.

—¿Qué queréis aprender?

—preguntó el capitán Raleigh sin mirarlo a los ojos porque ordenaba los manuscritos que había usado en la clase.

Había globos terráqueos, cartas de navegación y mapas esparcidos por la mesa.

Edward, que tenía un instinto mordaz, entrevió que este era otro tipo de hombre.

El primero era un diplomático; a este, por sus rasgos rudos, la tez morena y el pendiente de una gran perla en la oreja, lo encasilló como un pirata.

Y por allí iban los tiros: era un explorador y corsario que se había embarcado en expediciones inglesas en la colonización del Nuevo Mundo.

—Tengo muchos intereses —dijo Edward, tomando asiento.

Reposó las manos sobre los brazos del sillón tapizado y sintió al tacto la suave textura del terciopelo, que le puso la piel de gallina.

Todo cuanto había en ese salón era ostentoso, desde las alfombras importadas de lejanos países y la tapicería de seda, al cortinaje propio de un palacio de reyes, espléndidos muebles y sillones de maderas costosas con almohadones de plumas; le confirmó la elevada posición social del doctor.

—No creo que los saciéis aquí —bromeó Walsingham.

El trío volvió a estallar en carcajadas.

Por experiencia, era consciente de que, con Dee, en vez de apaciguar sus ansias de saber, le nacerían nuevas inquietudes.

—Caballeros… —El maestro se levantó y les estrechó las manos.

La clase había terminado y estaba ese desconocido del que quería deshacerse.

—John —dijeron los alumnos para despedirse.

Una vez solos, Kelley estudió su presa a fondo.

Le bastaron pocos segundos para hacerse un retrato de Dee, que tampoco casaba con los dos pupilos: sobre una bella complexión sanguínea, alto, delgado y luenga barba blanca en punta, encarnaba la viva imagen de un mago artista; vestido talar, con gorgueras en cuello y muñecas, y anchas mangas colgando; solo le faltaban las dos bolas de cristal.

Edward se contentó con su diagnóstico, aunque aún no sabía lo corto que se había quedado.

—¿¡Para qué habéis venido!?

—atacó el doctor, desvelando una nueva cara al nigromante.

Sus ojos dejaban entrever un poso de desconfianza.

Solo entrar, había percibido la razón de su visita: otro que venía a ofrecerse de médium.

El cojo se quedó sin movimientos, tal si se encontrara en la situación de «rey ahogado» en una partida de ajedrez, un callejón sin salida para el jugador que le corresponde turno por cuanto no puede realizar ningún movimiento legal.

La mirada juiciosa de John le hizo pensar que, de algún modo, había leído los embustes que albergaba en la recámara, listos para ser disparados conforme se presentara la ocasión.

En realidad, no tenía que ver con él.

John estaba cansado de que lo hostigaran supuestos médiums para prestarle sus servicios, que solo habían servido para robarle tiempo y dinero.

Contaba con un largo historial de ayudantes que había terminado despidiendo junto a la esperanza de cumplir su más preciado sueño: conocer a los ángeles.

—He venido a aprender alquimia.

—Kelley decidió ir al grano con alguna verdad.

Era su última baza.

—Alquimia —espetó con voz quejumbrosa y un punto irónico, parpadeando con incredulidad.

—Sí —sostuvo al tiempo que sacaba de su raída bolsa de cuero el manuscrito y las bolas de cristal—.

Llegó a mis manos y no puedo descifrarlo.

Dee pasó del manuscrito y fue directo a las bolas que contenían la materia roja.

Las dejó sobre la mesa y se acomodó en el asiento para estudiarlas.

Se ayudó de unos lentes para ver mejor.

Tal si estuviese a punto de catar una copa de vino, abrió y agitó una de las bolas; el balanceo de la sustancia carmín por el cristal consiguió que se desprendiesen todos sus aromas; su nariz judaica, parecida al pico del pájaro de presa, se deleitó con una profunda y satisfactoria inhalación, seguida de una prolongada y sonora exhalación de placer.

Con nuevas tandas de movimientos circulares, repitió el ritual unas cuantas veces, casi convencido de saber qué tenía entre los dedos.

—¿Es polvo de proyección?

—¿Perdón?

—Sin orejas, Kelley tenía problemas de audición y muchas veces hacía ver que había entendido cuando él, ni media palabra.

Lo poco que oía lo consiguió haciendo un pacto con uno de los espectros, con el que mantenía contacto habitual, a cambio de periódicos rituales asquerosos.

—¿Es polvo de proyección?

—¡Estoy seguro!

—mintió: no tenía ni pajolera idea.

Solo lo suponía por su color y porque había encontrado las bolas junto al manual alquímico.

—Hay muy poco —valoró tocando con la yema de los dedos el polvecino rojo.

La avidez por salir de dudas lo impulsó a levantarse de la silla de un salto y marcharse del salón.

Cuando cruzaba la puerta, de espaldas, invitó a Edward con un grito y un ademán con el brazo alzado, apremiándolo para que lo siguiera: —¡Venga conmigo!

Lo llevó a un edificio anexo de la casa, donde se ubicaba el laboratorio.

Allí fundió una libra de plomo, y, con los polvos mágicos, lo convirtió en oro.

El Señor de Mortlake no necesitaba mayor prueba.

Se había ganado su confianza e iba a enseñarle cuanto sabía de alquimia, y de cuantas artes y ciencias quisiera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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