Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 56

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA
  4. Capítulo 56 - 56 Specularium
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

56: Specularium 56: Specularium 3 Specularium Al día siguiente, Kelley volvió.

La esposa del doctor le abrió la puerta y lo acompañó a otro anexo de la casa, donde se emplazaba la biblioteca.

John se despedía de un hombre que había venido a buscar unos libros.

Era habitual.

Esa titánica sala era un imán para nobles, intelectuales y aventureros que venían de todas partes de Europa a consultar las más de cuatro mil obras de todas ramas del conocimiento.

Aparte del astrólogo, médico y consejero personal de la reina, John era matemático, criptógrafo, político, filósofo, alquimista, ocultista, entre otros intereses como astronomía, geografía, óptica, teología, leyes, armonía musical, literatura…, lo que podría resumirse con que era un artista.

Como experto en cartografía y navegación, aparte de crear y mejorar instrumentos y técnicas para facilitar la exploración y la expansión británica por mar, con vistas a una futura posición del reino como potencia dominante, se encargaba de seleccionar y entrenar a los principales pilotos de la marina inglesa, muchos de los cuales se habían convertido luego en exploradores o descubridores.

Intrigado por tantos campos, incluida una profunda fascinación por lo oculto, y habiendo viajado por media Europa, había recolectado tantos manuscritos que se había visto forzado a crear anexos en su casa para integrar, bajo un mismo techo, esa bárbara universidad de conocimientos.

—¿Quién era, Dr.

Dee?

—pidió el sordo mientras el desconocido salía por la puerta, silbando contento porque llevaba varios libros bajo el brazo.

—William Pickering —contestó el Señor de Mortlake—; es embajador y buen amigo mío.

«Otro rico», pensó Edward.

Se frotaba las manos ante la clase de gente a la que tendría acceso a través de su nuevo maestro.

Echó una mirada panorámica a su alrededor y exclamó maravillado: —¡Menuda biblioteca!

—Abrió los brazos en señal de gran veneración.

—¿Os gusta?

—Sonrió complacido—.

Llevo años comprando obras —dijo paseando por las estanterías de varios metros de altura para exhibir su tesoro—, y realizando copias y traducciones.

Algunos originales los he hecho venir del Vaticano.

Se hizo con uno en concreto para enseñárselo.

—¡Y tengo unas cuantas del mismísimo Paracelso, el titán que ensombreció al propio Celso!

—exclamó con orgullo, ya que para él había sido el mejor médico de todos los tiempos, del que hablaba en pasado porque creía que estaba muerto.

Como Abraham el Judío o Flamel, una vez que concluían el Magisterio, los filósofos simulaban su muerte para ocultar su condición de alquimista e identidad, que revelaban únicamente cuando encontraban oportuno.

John le mostró un par de obras paracelsianas que había copiado de su puño y letra.

Sus pálidos dedos huesudos se deslizaban con delicadeza por las portadas, resaltando los títulos con la gracilidad con que se mece el viento, livianos como plumas.

Amaba la obra de Paracelso y había contribuido en la difusión de sus doctrinas en Inglaterra, enseñándolas a sus alumnos.

—¡¿Qué es eso?!

—Kelley paró en seco al ver un escarabajo gigante al fondo de la sala.

—Ah.

—Dibujó una mueca agradable—.

Es un autómata —presentó con honra su creación, riendo por el espanto que le había provocado.

Su reacción le recordó un incidente pasado.

Lo había construido para una obra de teatro, en la que levantó a un actor en una escena de la función.

El efecto logrado había sido tan sorprendente, nunca antes visto en los escenarios ingleses, que todo el mundo pensó en algo mágico o demoníaco; Dee estuvo a punto de ser acusado de brujería.

El hombre sin orejas se acercó a mirar el artilugio mecánico.

Impresionaba su tamaño desorbitado, pues era incluso más alto que él.

Como el público asustado de ese teatro, tampoco había visto antes cosa parecida; era de madera, con un recubrimiento de chapa metálica, sujeta a la estructura con remaches y clavos.

Tocó las alas de metal para ver si estaban fijas y comprobó que se podían mover, así como las antenas.

Reproducía al detalle al insecto.

Las seis robustas patas le proporcionaban movilidad y, arriba, un sillín y una gran manivela para activar el autómata.

—¡Menudo bicho!

—encareció, dando vueltas a su alrededor para examinarlo con lupa.

—Puede desplazarse.

—Acarició el lomo con cariño—.

Tengo más.

—Le enseñó una vitrina llena de pequeños juguetes, y activó el mecanismo de algunos para que los viera en movimiento.

Los animalitos de metal se deslizaron por las mesas, hacia delante y atrás, avanzando con rápidas y abruptas sacudidas de sus patas y cabeza, que los asemejaban a un robot.

El número entretuvo al cojo un buen rato, que contemplaba lelo y embelesado, como un chicuelo ante nuevos muñecos.

Dee y Kelley siguieron deambulando y llegaron a un rincón dedicado a mapas, globos terráqueos e instrumentos de navegación marítima.

A su lado, otro enclave de aparadores atestados de curiosidades de historia natural, artilugios ópticos, instrumentos astronómicos, desgastados amuletos, entre otras antiguallas…, un sinfín de objetos peculiares que a Kelley le llamaron la atención.

—Sois coleccionista.

—En verdad me gustaría abarcar el mundo en mi casa, pero mi esposa casi me echa cuando monté el observatorio astronómico.

Una sonrisa pícara invadió su faz al recordar las trifulcas que supuso convencerla.

Después de dos reformas para alojar el océano de libros y armar el laboratorio, la mujer no quería que el espacio restante del jardín acabase engullido por más anexos, así que con el observatorio le había levantado un tajante ultimátum.

—¡Cuántos espejos!

—exclamó Edward al voltear la vista hacia una inmensa cristalera que exhibía una generosa colección.

Los había de toda clase, tamaño y color: planos, curvos, convexos, de oro, plata, bronce, latón, cobre… John tomó uno y levantó el brazo, de modo que la luz del sol que entraba por un ventanal rebotó en la superficie, creando un juego de reflejos lucientes, de haces mezclados que se fundían en un mismo campo de brillos, fenómeno que lo inspiró a recitar unas palabras: —Después de la teología —dejó claro el respeto hacia Dios, pues era creyente hasta la médula—, las matemáticas son la disciplina más pura, más divina, amplia, profunda y sutil.

En su aplicación más sublime, elevan el alma por encima de los cielos mediante líneas invisibles; los rayos inmortales se encuentran con los reflejos de la luz inaprensible, alcanzando una dicha y perfección inefables —confesó desde lo profundo de su corazón.

Antes que nada, John Dee era un matemático.

Cuando no contaba con treinta años, daba conferencias en salones atiborrados de la Universidad de París.

Lo llevaba en el alma y era su mayúscula pasión, de entre las tantas ciencias que había explorado, que eran, como aquel que dice, todas las conocidas.

—Lo más parecido a esta pureza es la perspectiva, el estudio de las radiaciones directas, rotas y reflejadas, que afectan a todos los seres, acciones y pasiones mediante la emanación de rayos.

—Inclinó el espejo hacia Kelley para que la luz le diera en los ojos, con el fin de deslumbrarlo.

Edward cerró los párpados por reflejo y ladeó la cara sonriendo, en tanto Dee jugaba a atacarlo con una ofensiva de luces.

Cegado, salió de la trinchera de luz y se pegó al expositor para escudriñar el escaparate de espejos.

Tras parpadear con intensidad, la visión recobró su estado normal.

Lanzó una ojeada al conjunto, pero la atención se le fue a uno que se distinguía del resto.

—Este es negro.

—Frunció el ceño con curiosidad y apretó los labios.

—Me lo regaló el hombre que se acaba de ir.

—Lo cogió para acercárselo.

Pickering se lo había obsequiado porque hacía años que recibía clases de astronomía, matemáticas y retórica; a cambio, le había ido donando algunos de los muchos objetos que coleccionaba.

Eran reliquias que los marineros traían consigo de regreso en las expediciones por América y repartían como regalos o favores entre las figuras influyentes de la corte.

—Es de Méjico.

—¡¿De Méjico?!

—Edward valoró el largo trayecto que había recorrido hasta llegar a Inglaterra.

—Es especial.

—Se lo puso delante, y el brujo contempló su reflejo ofuscado en la superficie—.

¡El specularium!

—lo presentó con ardor, acariciando los bordes con tiento—.

Los aztecas lo usaban para obtener visiones místicas a través de un médium.

»Dentro de la cultura indígena, se asociaba a Tezcatlipoca —recitó el nombre en un tono que le hacía justicia, cargado de poder y misterio—, dios de la noche y la oscuridad, uno de los cuatro creadores del mundo.

Era una figura de enorme relevancia y dominio.

Míralo.

—Le indicó un grabado donde aparecía la deidad.

Edward se fijó en la franja negra que cubría sus ojos y en el espejo igualmente oscuro en su pecho, y balbuceó: —Tecaliopa… —Tezcatlipoca —corrigió Dee—.

Lleva el espejo del que brota humo plomizo en cuyos abismos ve las acciones, deseos y pensamientos de la humanidad.

Es el trabajo interno e introspección de nuestro ser, adentrarnos en el interior de la mente universal, de la que formamos parte.

—¿Qué material es?

—Se lo quitó de las manos para examinarlo.

—Es obsidiana, un vidrio que se encuentra de forma natural en los volcanes.

Kelley escudriñó la pieza de roca ígnea.

Su superficie pulimentada era de un negro azabache más fosco que el crepúsculo.

Su profundidad era abismal, lo mismo que un pozo sin fondo.

Volvió a fijarse en la imagen confusa de su cara en la luna y se dio cuenta de que veía a un desconocido, pues no sabía de dónde venía, quién era, ni hacia dónde lo llevaría su destino.

Observaba aquellos rasgos tan familiares, que percibía ahora como los más ajenos.

La experiencia lo había conducido a un estado de perplejidad mental que parecía no empeorar, cuando de pronto se intensificó por una nueva anomalía: su propio reflejo se esfumó, y comenzaron a desfilar rostros de otros hombres.

Volteó el espejo y en el dorso sucedía el mismo extraño fenómeno.

Uno tras otro, aparecían personajes.

El nigromante dilucidó el doble mensaje que quería darle el specularium: la visión engañosa de la realidad en la predominante oscuridad del mundo y su ilusoria identidad actual, múltiple como un poliedro de muchas caras, y plagada de zonas tenebrosas, debilidades y defectos.

Las imágenes se sucedían con creciente celeridad, hasta que cayó preso de un efecto similar al que consigue un hipnotizador cuando balancea su péndulo por delante de la faz.

Apartó la vista porque se sentía engullido a otra dimensión mientras Dee seguía con su discurso: —La obsidiana es la piedra de la verdad.

Conecta el subconsciente y saca a la luz verdades como puños.

Muchos tienen miedo de observar, porque te sumerge en las profundidades del pasado, presente y futuro, y en dimensiones que están más allá del tiempo.

—¿Habéis visto en él?

—No tengo visión.

Kelley no pudo refrenarse: una potencia lo capturaba y se vio impelido a mirar de nuevo.

La piedra psíquica llevaba una carga vibracional que ejercía una fuerza magnética sobre la mente del médium, tal como atraparía un imán de poder sobrenatural; creaba una conexión entre ambos y despertaba un estado de conciencia capaz de conectar a otras frecuencias.

Sin darse cuenta, se fue sumergiendo en una somnolencia, una especie de «secuestro velado» al que ciertas partes del cuerpo se sumieron también.

Los ojos vacíos, inmóviles debajo de los blandos arcos de los párpados, y las extremidades fofas y pesadas invitaban al resto a ceder a esa involuntaria laxitud de abandono en un cálido y replegado sopor.

Del espejo irradiaron fogonazos de luces humeantes y llamas luminosas que se arremolinaban en el aire, creando formas sensacionales.

Cubrieron al dúo bajo un vendaval de bucles que reventaban como fuegos artificiales desparramados por el cielo, un espectáculo a vivo color.

La luna había desaparecido: emanaba un raudal enardecido que se presentaba ante ellos como una invitación, una ventana para explorar esferas de otra realidad.

Se había abierto un portal.

Edward se forzó a retirar la vista y, tras un esfuerzo de concentración titánica, logró salir del trance.

Dee estaba pasmado.

No era posible que ese desconocido de aspecto pordiosero trajera tan buena fortuna a su vida.

Primero la alquimia, ahora lo que venía buscando hacía años y no había conseguido: establecer contacto con otra dimensión.

Como cristiano devoto, era un apasionado de la figura de los ángeles.

Los había estudiado desde joven y había puesto todo su empeño en encontrar algún vidente fiable que lo ayudara a establecer contacto con ellos; por esa razón, lo perseguían los estafadores, pues se había corrido la voz de sus intereses.

Entre los círculos ocultistas proliferaban los embaucadores, justo como el que tenía delante sin saberlo.

Alucinado por lo que acababa de presenciar, miraba a Kelley con la boca abierta, temblando tal si tuviese a un dios ante sí.

—Soy médium.

—Al nigromante no le quedaba otra que confesar después de aquello.

—¿Por qué no lo habíais dicho?

—No me hubierais tomado en serio —salió con una excusa que le dejaba en buen lugar.

John calló porque andaba en lo cierto.

Observó estupefacto la superficie pulida, que todavía humeaba restos de fuego y luz.

Pasó una mano para capturar los reductos, pero se desvanecieron entre los dedos como un sueño termina al despertar.

Edward cambió de tema.

Establecía contacto con los muertos cuando le venía en gana; había venido a aprender cuanto antes a engendrar la mítica Piedra de los Filósofos que lo haría rico.

—Bueno, ¿vais a enseñarme alquimia?

Dee no le dijo las ganas que tenía de que fuera su médium.

Pensó aparcar el tema para no hacerse pesado.

Ahora que había visto sus habilidades psíquicas, conseguiría que cayera en el anzuelo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo