LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 58
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58: Uriel 58: Uriel 5 Uriel La esencia de los ángeles es el fuego; se sostienen en el fuego; su aliento de fuego consume los hombres; y ningún hombre puede soportar el sonido de sus voces.
LUDWIG BLAU Y KAUFMANN KOHLER Al día siguiente, Edward Kelley volvió como un perro fiel, pero algo había cambiado: contaba con una estrategia.
Mientras esperaba aprender la interminable Ciencia Hermética, sería el médium de Dee.
Así dispondría de un sueldo.
—¡Buen caballero Edward!
—lo saludó John al verlo entrar en el laboratorio—.
Precisamente estaba buscando unos libros que de seguro van a interesaros.
Explican magia natural, astrología, alquimia… Le hizo entrega de los tres libros de la obra Occulta Philosophia, de Cornelius Agrippa.
Los consideraba esenciales porque de joven habían trocado el rumbo de su vida; se inclinó al estudio de las ciencias ocultas desde el momento en que llegaron a sus manos.
Edward simuló estar agradecido hojeando algunas páginas para mostrar interés, en tanto Dee recogía un hatajo de predicciones astrológicas esparcidas por la mesa.
—¿Qué son?
—Kelley clavó la vista de lince en los documentos.
—Son para la reina Isabel —dijo mientras introducía los escritos y mapas en un sobre—.
Los astros nos muestran aspectos sobre el futuro del reino.
—¿Qué predecís?
—Cualquier evento.
Muchos reinos se sostienen gracias al trabajo de astrólogos.
Mis conocimientos han contribuido al fortalecimiento político, económico y la expansión del Imperio británico —alardeó Dee, aunque también había ayudado como espía de la soberana.
Sus viajes por varias cortes europeas y su estrecha relación con gobernantes interesados en el hermetismo le valían para prestar valiosos servicios en calidad de agente secreto.
Antes de sellarlo con cera caliente, John firmó el último papel que iría en el sobre, en vez de con su nombre, con un dibujo que parecían unos lentes.
—¿¡Firmáis con una imagen!?
—se extrañó Kelley.
—No es eso.
—Se rio—.
Es un código secreto como espía.
Cada personaje de la red de espionaje es identificado por Francis Walsingham por unas claves numéricas.
Las mías son el 007.
Acercó el papel para que reconociera los números.
Kelley los distinguió, pero estaban escritos de un modo que siguió viendo unos lentes.
—El siete es el número cabalístico y bíblico por excelencia —explicó Dee—, la perfección, tanto que Dios bendijo el séptimo día y lo reservó como sagrado, en exclusiva dedicado a Él.
Los dos ceros son mis ojos, lo que viene a representar que soy los ojos de la reina.
Edward se sorprendió al descubrir que su maestro era, como diríamos en nuestros tiempos, algo así como el James Bond de la época de los Tudor.
—La carta es para Walsingham… —dijo el sordo, con tono intrigante.
—El hombre que estaba aquí ayer —confirmó Dee—.
Es el jefe del servicio de inteligencia.
Acude a casa con regularidad para consultar mi colección única de libros sobre criptografía.
Y desciframos mensajes que cruza con sus agentes distribuidos por toda Europa.
Aunque también recibe buena parte del correo que va destinado a la reina.
Es demasiado peligroso escribir directamente a Su Majestad.
Kelley se alegró.
Su maestro le había cogido confianza al revelarle asuntos de estado tan delicados.
Además, que fuera espía confirmaba la cantidad de contactos interesantes a los que podría acceder a través de él.
—¿Sabéis?
He estado pensando —dijo, inocente—.
Os he traído una bola de cristal.
—La extrajo de la saca que le colgaba del hombro—.
Con ella contacto con entidades.
John sonrió encantado y tomó la bola entre las manos.
—¿Queréis hacer una sesión para mí?
—Se ilusionó.
—¡Por supuesto!
El hombre sin orejas se relamía de satisfacción porque todo era perfecto con el maestro.
Se sentía en racha después de haber pasado por la mala experiencia de Worcester.
—Si no os molesta, preferiría que usarais mi espejo.
—Se moría por volver a verlo activo.
A Edward no le agradaba la idea, pero accedió.
El doctor voló a por su joya más preciada.
Al regresar, la dejó sobre la mesa, emocionado.
Aunque primero, a petición suya, rezaron largo rato; en realidad, solo Dee, el médium aparentó que lo seguía mientras miraba el techo y dejaba vagar sus pensamientos.
Cuando terminó el rosario de oraciones, John dio el visto bueno para empezar.
Edward suspiró y se concentró en la luna; raudo, se sumergió en las profundidades abismales del specularium de obsidiana.
Contempló la oscuridad interminable y, por el contacto establecido con su mente, el espejo se activó, cual genio sale de una lámpara al ser llamado.
La roca se enturbió: unas corrientes de energía densa se agitaron embravecidas y salpicaron oleadas de luces humeantes que brillaban en diversas tonalidades.
Chisporroteando, se arremolinaron hasta formar un orbe denso que avanzó hacia ellos y quedó suspendido sobre la cabeza de Kelley para empoderarlo; accedió a otra dimensión.
Perdió la noción del tiempo y de sí mismo, en un estado alterado.
Sus ojos giraban enloquecidos, descontrolándose en bruscas sacudidas, hasta que en la cresta del trance se aquietaron y se quedaron en blanco, invadidos por una nebulosa somnolienta que resaltaba su ausencia; el nigromante ya no estaba allí.
Un brioso caudal de luminosidad salió disparado del vidrio y se transfiguró en la excelsa forma de un ángel.
A la vez, una seguidilla de truenos espantosos provocó que el laboratorio retemblara como si fuera a demolerse: varias estanterías atestadas de frascos se volcaron.
Dee se levantó sobrecogido, reculó y se tapó los ojos con el brazo: emanaba una luz pura de reflejos diamantinos tan intensos que cegaban la vista; en su despliegue, se tragaron las sombras y penumbras de hasta los más impenetrables recovecos del laboratorio.
El ángel fue tomando forma hasta adoptar un semblante majestuoso e irradiante de poder.
Sus vestidos rojos y dorados hacían conjunto con el fuego de un sol que sobresalía de su cabeza.
El batir de sus alas expedía una lluvia de virutas encendidas que empapó a los hombres y la sala de un baño áureo.
Y en una mano portaba un libro, por lo que Dee lo reconoció enseguida: era el arcángel Uriel.
—¡Yo soy la presencia de Dios!
—se presentó la divinidad con un torrente de voz expulsado entre arrasadoras ventiscas que volaron los papeles que había sobre la mesa, despeinaron sus cabezas y consiguieron que se tambalearan hacia atrás, hasta cubrirlos de una capa de escarcha.
Aunque hasta un sordo habría oído el potente canto, no entendieron ni una palabra.
Hablaba en un lenguaje celestial, en el idioma adánico, no comprensible por los hombres comunes.
La voz, una frecuencia psíquica captada solo por una conciencia de vibración similar, y cuyo parámetro acústico creaba un tremendo impacto en la atmósfera y presentes, sonaba a una tonada de aves que deleitaba e inducía a un estado de trance.
—¡Dios es mi luz y yo soy la salvación!
¡A vosotros os es dado el fuego de la verdad!
—reveló haciendo entrega de una bola de cristal a John, cuyas manos temblorosas recogieron el regalo—.
Esta es la palabra de Dios entregada al hombre, hablada por los ángeles y Adán en el jardín del Edén.
Para tener las manos libres, Uriel arrojó hacia el techo el libro, el cual desafió la gravedad: quedó suspendido, a la espera.
Alzó un dedo hacia lo alto y, con el fuego que emanaba, trazó en el aire veintiún caracteres extraños.
Con la otra mano esbozó un gesto cesáreo y lanzó las letras sobre un pergamino para quedar grabadas en el acto.
Dirigió el rostro hacia arriba y, con una mirada, el libro obedeció y regresó hacia él.
Tal como había aparecido, el ángel se esfumó por el espejo tras un remolino de luces y vientos blancos.
Al desaparecer, Kelley volvió en sí.
Para manifestarse en el plano terrenal, el ángel había usado su conciencia a la manera de un imán psíquico de poderosa atracción, alterándola para que sirviera de ancla a nuestra dimensión.
John estaba petrificado.
Sin vacilar, el médium recogió el documento del suelo.
Las letras aún ardían chispeantes, imprimiéndose en el papel, y pequeños haces de luz se desprendían y se mecían en un vuelo descendente hasta morir sobre las baldosas de piedra.
Kelley leyó las dos palabras que encabezaban el documento: «Alfabeto enoquiano».
Se enzarzaron en un debate que duró horas, tejiendo especulaciones de por qué el arcángel Uriel se les habría presentado y qué misión les había encomendado.
Dee conocía el atributo principal del arcángel: despertar la conciencia de los seres humanos con el fuego de la verdad.
Repasaron los libros de angelología que atesoraba en la biblioteca, buscando más pistas.
Encontraron su papel de observador divino: el libro o pergamino que porta consigo es la cuenta de los sentimientos, pensamientos y actos de los seres humanos durante su recorrido en la tierra.
Su vestimenta roja y dorada son colores relacionados con el fuego y sus cualidades de transformación, destrucción del mal e iluminación espiritual.
Es el llamado «ángel del trueno y el temblor», aquel que intercede ante el Señor por el mundo y que está por encima de los muertos, motivo por el cual posee la llave que abrirá el Infierno al final de los tiempos.
En cuanto al alfabeto enoquiano, John conocía al patriarca bíblico Enoc, el séptimo después de Adán.
Había leído algunas partes de El libro de Enoc, un texto apócrifo que formaba parte del canon de la Iglesia ortodoxa etíope, pero no aceptado como canónico por las demás Iglesias cristianas.
En él aparecían parábolas mesiánicas, visiones apocalípticas e historias de los ángeles caídos, castigados por desobedecer la orden de no interferir en la vida de los humanos.
El enoquiano que les había presentado Uriel —el mismo con el que se había comunicado con ellos— era la lengua hablada por los ángeles y los humanos antes de la Torre de Babel; el auténtico esperanto o idioma universal, nada más y nada menos que la que Dios usó para crear el universo, la primera buscada desde tiempos inmemoriales por el hombre, un lenguaje de inherente poder mágico cuyas palabras cuentan con una vibración específica que no solo atrae a las entidades, sino que magnetiza aquellas energías afines a las evocadas con el simple hecho de pronunciar el vocablo.
Pero ¿cómo podían traducir ese alfabeto de letras desconocidas?
¿Y para qué les había dado la bola de cristal?
Tendrían que esperar a un nuevo contacto.
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