LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 59
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59: Ave 59: Ave 6 Ave Ahora os muestro que la luz y las tinieblas, el día y la noche, vienen sobre vosotros.
Libro de Enoc (Cap.
CiV – v.
8) Al día siguiente, volvían a estar delante del espejo, con el alfabeto y la bola de cristal de Uriel.
Pasaron horas y nada.
Los días siguientes continuaron sin rastro del arcángel.
Habían pasado unas semanas y empezaban a creer que el contacto había sido una especie de ilusión compartida; al fin y al cabo, ¿quiénes eran ellos para que uno de los Siete Sentados en el Trono de Dios se molestara en dirigirse a dos simples mortales?
Edward, que había tramado nuevos planes tras la aparición del arcángel, estaba concentrado en la superficie de obsidiana.
Lo había intentado con la bola de Uriel y con cuantas bolas poseía de antes, y no hubo suerte.
Lo tenía claro.
Quería dinero.
Si Uriel no aparecía, simularía un contacto para llevar a cabo la estrategia pensada.
Y era bueno fingiendo encuentros de entidades.
A pesar de que podía establecer comunicación con espectros, también era un excelente ventrílocuo, capacidad que había usado para inventarse el discurso entero o intercalar las partes que le convenían.
Con ello había ganado pequeños extras, engañando y manipulando a las gentes que lo contrataban como médium.
De pronto, la luz.
De la pequeña bola de cristal regalada por Uriel, salió una esfera brillante que fue directa a la cabeza de Kelley.
Quedó suspendida en el aire y se introdujo en su conciencia.
En la superficie del espejo de obsidiana apareció la imagen de un nuevo ángel, que se presentó con el nombre de Ave.
Del specularium, sacó una mano y le entregó un pergamino que incluía la transcripción del alfabeto angélico a letras inglesas para ayudarlos en la traducción.
Lo sucedieron siete tablillas que intercalaban letras, signos y números, y que en sucesivas entregas llegarían a sumar cuarenta y nueve.
Las tablillas eran un instrumento para recoger el discurso de Dios, que daría testimonio a la humanidad y expandiría la palabra de los ángeles para restaurar la Verdad; miles de folios, fruto de las conferencias y ejercicios místicos realizados a lo largo de los años, se recogerían en varios manuscritos: el Mysteriorum Libri Quinque, el Liber Loagaeth… Las intenciones de las profecías reveladas al dúo inglés fueron restablecer la unión definitiva del hombre en una sola fe, tal y como había sido en tiempos de Enoc; instaurar un nuevo comienzo a la humanidad, ofreciendo el lenguaje usado por Dios para dar nombre a todas las cosas, y un sistema de magia ritual que iniciaría el periodo de transformación hacia una nueva tierra, donde convivirían hombres y ángeles como fue antaño en el Edén.
Ya dotados de las herramientas necesarias, una acción en cadena se desató, la misma que a partir de entonces se produciría en cada contacto: Kelley le traducía al instante a Dee las indicaciones que la inteligencia angélica le recitaba en enoquiano; esto es, la ubicación de una sucesión de grafías —por ejemplo, de la tercera tablilla la casilla veintiuno de la columna tres, y así sucesivamente—.
Era la forma por parte del ángel para evitar mencionar directamente las letras, las cuales el doctor debía encontrar en las cartas que tenía delante y escribirlas; un trabajo en equipo a ritmo de vértigo para no perderse un solo carácter.
Toda vez la entidad celestial hubo concluido la instrucción, se afanaron en traducir ese batiburrillo al inglés.
Al intentarlo, se dieron cuenta de que el texto en angélico se leía de derecha a izquierda y que el idioma en sí presentaba su propia gramática y sintaxis, no comparable con otra lengua conocida.
Al ser criptógrafo, John aportó sus conocimientos; aun así, no eran suficientes para extraer la conversación entera: había cortes, se perdían partes que el sordo no había canalizado o que había pronunciado de manera errónea, en especial porque el ensordecedor canto enoquiano dificultaba la comunicación y entendimiento entre ambos magos.
Lo escribieron de atrás hacia adelante y obtuvieron el siguiente fragmento: «Os ha plugo a Dios para liberar esta doctrina de nuevo, para cumplir su promesa contigo para los libros de Enoc».
John reconoció la trascendencia del mensaje: las inteligencias celestiales tenían a bien ofrecerles la misma magia que el patriarca bíblico Enoc aprendió de los ángeles del cielo.
De seguido, Ave comunicó directrices para montar el equipamiento necesario para las sesiones.
Debían construir la mesa de trabajo, la llamada «Mesa Santa», con las medidas dictadas por las conciencias superiores y el modelo de una tabla sagrada que había de grabarse en la superficie.
Asimismo, les dio el Sello Sagrado de Dios —el Sigilum Dei Aemeth—, un diagrama mágico que confería poder sobre todas las criaturas.
En las letras y números del Sello, podían descifrarse los nombres de grupos de ángeles ocultos, los arcángeles y los siete nombres de Dios, desconocidos por estos e impronunciables o legibles por el hombre, y que debían ser descubiertos para ser invocados por los magos.
Ave remarcó que esos nombres comprendían los Siete Asientos del Único Eterno y sus Siete Poderes Ocultos, el lazo que liga a todas las criaturas a la vida o a la muerte, o cualquier otra cosa contenida en este mundo.
Lo grabaron en un gran disco de cera siguiendo las complejas instrucciones de Ave: cuarenta pares de letras y números cifraban en el anillo exterior el impronunciable y más grande nombre de Dios.
En el centro del disco, una estrella de cinco puntas.
Rodeando el pentagrama, un diseño de heptágonos y heptagramas con más nombres y símbolos mágicos.
Desde su anillo exterior hasta su centro, el Sello devenía un descenso del poder de Dios hacia el mundo.
El diagrama, que confería al mago la bendita visión de Dios —visionario beatífico—, debía ser colocado en el centro de la mesa, con la bola de cristal encima, y réplicas más pequeñas bajo las patas para aislar la mesa de influencias terrestres.
Después, les presentó una serie de complejos talismanes, las Siete Insignias de la Creación, con la orden prescrita de grabarlos en planchas de estaño purificado.
En las sesiones debían ordenarse en la mesa alrededor del Sello Sagrado.
Ave comunicó que estos amuletos eran instrumentos de conciliación del mago y los poderes de la magia planetaria y angélica, que les sería revelada de manera escalonada.
Les avanzó que cada uno se asociaba a un rey, a un planeta específico y a un día de la semana.
Tenían trabajo.
El misterioso Ave les había dejado una retahíla de encargos para montar el equipamiento requerido en sus sesiones de escrutinio.
Ya disponían de las bases para transcribir el discurso inteligible que Kelley recibía de los seres celestiales a su lengua terrenal, empezar a establecer relaciones de símbolos y sacar listados de ángeles.
Pero, por encima de todo, poseían unos indicios sobre la misión en la que se habían visto introducidos por casualidad y sin buscarlo.
La humanidad se hallaba en una encrucijada.
El caos político reinaba, en mayor o menor medida, en las coronas de Europa; conspiraciones, guerras, colonialismo, protestantes contra católicos…, y la fe había llegado a un punto crítico: la magia, las artes oscuras, el espiritismo y las ciencias esotéricas iban ganando terreno en el corazón del hombre, que se agarraba a nuevas creencias ante la inexorable decadencia de la cada vez más perversa y sanguinaria Iglesia católica.
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