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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 61

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61: Una carta 61: Una carta 8 Una carta Einsiedeln Habían pasado más de cuarenta años desde su llegada a Suiza, pero aquello no suponía ningún problema para el matrimonio Flamel, Leonardo y Paracelso: podía pasar todo el tiempo del mundo que, mientras tuvieran Piedras, seguirían viviendo con pequeñas dosis de polvo a diario.

En esos años, habían acumulado una buena reserva de gemas, al igual que cantidades ingentes de oro.

Poco después de engendrar el primer homúnculo, Paracelso había acabado el Magisterio y, con los años, se había convertido en un maestro consumado.

El médico, como todo Iniciado que había recorrido el camino del Magisterio, había sufrido una transformación radical a través de la alquimia.

Cada caso era distinto y se debía al poder de la Piedra Filosofal, que obraba a medida en cada uno de sus peones.

En el suyo, había introducido una nueva dimensión en su vida.

De ser un solitario malhumorado, había pasado a acoger al matrimonio y a Leonardo, y los había amado de corazón; despertó las habilidades de socialización y una apertura a la amistad que habían permanecido dormidas a lo largo de su existencia.

A su vez, el Lapis Philosophorum había actuado a través de él, mejorando los campos de la botánica y la biología con la creación y sucesivo perfeccionamiento de fénix y homúnculos.

Durante ese tiempo, los tres habían permanecido en Suiza, de la que habían salido únicamente cuando tuvieron sueños de Elegidos que no eran del país.

Y Paracelso estaba encantado.

No había hombre a quien quisiera tener más cerca que a su admirado maestro.

Y encima bajo su mismo techo.

Poco a poco, habían introducido a más y más hombres en el mundo de la alquimia, que a su vez atrapaban a otros; se entretejió una red de adeptos que, aunque soterrada e invisible, mantenía viva y en constante crecimiento a la Amada Ciencia.

Su vida discurría afanosa y rutinaria, hasta que una mañana llegó una misteriosa carta.

—Amor mío, es para ti —dijo Perenelle entregándosela tras bajar con premura por las escaleras.

Al ver que no iba destinada a él, Da Vinci se extrañó.

Se carteaba con Francesco, que le contaba buenas nuevas sobre su vida de alquimista en Francia.

Se había convertido en un prolífico maestro y había reclutado a muchos discípulos.

Pero a Flamel nadie le escribía.

—¿Quién sabe que estoy aquí?

—El escribano desconfió, dado que había sido precavido al esconder su paradero desde su huida en Francia.

Además, cuantos lo conocieron habían fallecido y a él también lo daban por muerto.

No tenía ningún sentido.

Abrió la carta casi destrozándola y, a medida que leía, su rostro fue mutando de preocupación a júbilo.

—¿Qué dice, maestro?

—se abalanzó Leonardo.

—¡No os lo vais a creer!

¡La reina Isabel I de Inglaterra me ha escrito!

—¿Qué quiere?

—se exaltó Perenelle, pues aquello eran palabras mayores.

Todos se aglomeraron en torno a Nicolás para fisgonear el contenido de la carta.

—Me invita a que trabaje en su corte como alquimista.

¿Cómo habrá sabido de mi existencia?

—se preguntó en voz alta, y dejó los ojos en un punto fijo para cavilar.

—Hiciste donaciones a Carlos VI en su momento —le recordó su esposa—.

A lo mejor entre monarcas se sabe de tu existencia como alquimista.

—Además, debe de ser seguidora de la Ciencia Hermética —infirió Paracelso—.

Y ya sabéis que en este mundo vuestro nombre y reputación son conocidos.

Lo que es un misterio es cómo ha sabido que estáis aquí y que no sois una leyenda.

La historia de Flamel en el universo alquímico se había extendido y perdurado en el tiempo.

Se rumoreaba sobre la figura de un galo que había conseguido la Piedra Filosofal y viajaba con su esposa por Europa a la caza de adeptos.

—No hay nada que el dinero de un monarca no pueda pagar —reflexionó Nicolás, presuponiendo que Isabel se habría informado de su paradero mediante contactos o espías—.

Contar con el favor de la reina podría beneficiarnos.

Además, en Inglaterra todavía no hemos expandido nuestro Arte.

¿Qué queréis hacer?

—¿Y si es una trampa para que vayas y te entreguen a la Inquisición?

—receló Perenelle—.

A lo mejor tras ella están los sacerdotes que andan buscándote.

Quizás han pactado con la reina para encontrarte… —Se angustió solo de pensarlo.

Hubo un espacioso silencio.

En las mentes de los cuatro se formaron todo tipo de conjeturas que los mantuvieron en tensión.

Flamel miraba indeciso la carta, y luego a sus amigos y mujer, como si en alguno de ellos pudiera leerse la respuesta de lo que era conveniente.

El escribano era hombre sensato, gustoso de seguridad, pero la invitación era una tentación difícil de resistir.

Ante el dilema, conforme solía hacer en situaciones en que debía tomar una decisión,cerró los ojos.

Sumido en el sosiego de la oscuridad, oró.

—No es un problema —concluyó Nicolás, seguro de su instinto—.

Y, si fuera el caso, somos inmortales.

No pueden matarnos.

—Pero podrían encarcelarnos —sopesó Leonardo.

—Habrá que dar un voto de confianza a la reina.

—Flamel miró con ojos de cordero degollado a su esposa.

Perenelle se derritió y, tras vacilar unos segundos, se animó: —¡Vayamos a Inglaterra!

—dijo con fachada exterior gallarda, pero con dudas en su interior.

—¡Dejemos con la boca abierta a los ingleses!

—soltó con tono sobrado Paracelso.

Ese mismo día prepararon el equipaje.

Se llevaron varios baúles rebosantes de Piedras Filosofales y demás tesoros, y a su prole de homúnculos, escondidos entre su equipaje.

Se embarcaron en la nueva aventura que los llevaría a una alianza con la monarca… O quizás a las mazmorras o a la hoguera.

Ninguno lo sabía, pero los veleidosos hilos del destino se habían entretejido de manera caprichosa en el tapiz que conformaba el marco idóneo para la expansión de la Gran Obra.

Con todos los frentes abiertos, una urdimbre de caminos cruzados que conducía a un umbral de inflexión, justo donde se abría un horizonte auspicioso para el despliegue de los infinitos rumbos que les eran posibles.

Y eso incluía hasta el revés de ser apartados y que fuesen otros los que tomaran el relevo.

De lo que no cabía duda era que cuanto había ocurrido hasta el momento no se trataba de azar.

Flamel, Da Vinci, Paracelso, los dos ingleses… no eran sino actores dentro de una trama hilvanada en los intrincados renglones de la mente de Dios, que se había afanado en bordar en sus corazones los anhelos necesarios para arrastrarlos a esa coyuntura.

Pero ¿por dónde llevarían esos derroteros que con frecuencia ni siquiera el Magnánimo conoce hasta el mismo instante en que son transitados?

Todavía faltaban demasiadas piezas para poder siquiera sospechar de lo que estaba por venir.

Ahora bien, esto ya sería otra historia, una que la Piedra que tenía en mi poder se complacería en revelar.

Ella era una verdadera máquina del tiempo.

Me esperaban tantas rondas de episodios inspirados en guiones de corte milagroso que, cuando miro atrás, solo puedo decir que cuanto se me había enseñado se reducía a un mero preludio, unos pocos pasos que me preparaban para un largo viaje a través de siglos embozados por la mácula de añejas glorias y el olvido, tan aventurado como impredecible, solo limitado por los vagos confines que comportan el mundo de la alquimia y de la magia, y del que ningún hombre haya dado testimonio jamás.

¿Me acompañas?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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