Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 7

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA
  4. Capítulo 7 - 7 Lo oculto sale a la luz
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

7: Lo oculto sale a la luz 7: Lo oculto sale a la luz 7 Lo oculto sale a la luz Mirad, os he revelado lo que estaba escondido: la Obra está con vosotros y en vosotros; y porque se halla siempre en vosotros, siempre la tendréis presente, estéis donde estéis, en la tierra o en el mar… HERMES TRISMEGISTO Flamel preguntó al obispo Guillaume: —¿Vos también lo sois?

—No, pero cuento con hermanos de la Iglesia que sí, y me han enseñado cuanto sé.

¡Y bien sabe Dios cuán agradecido estoy!

—Se giró hacia el crucifijo y se santiguó para corresponder al Salvador.

—¿Han logrado la Piedra?

—No, pero no descarto algún día ver mi sueño cumplido.

—Levantó la vista centelleante hacia un punto indefinido, fundiéndose de gozo al soñar despierto.

—Debo descifrar un libro que contiene imágenes que escapan a mi entendimiento.

Incluye fragmentos en griego, que desconozco por completo.

—Mi humilde servidor, Dios nos dio los ojos para ver… —sermoneó el obispo a Nicolás al tiempo que alargaba la mano para asirlo con firmeza por el hombro; comenzó a andar hacia la puerta, llevándoselo con él.

Los tres salieron fuera y se quedaron delante del pórtico central de la catedral, el Portal del Juicio Final.

La atención se iba a las más variadas imágenes cristianas, talladas con esmero y perfección sobre la piedra: Cristo Hombre, el redentor, con nimbo crucífero, sentado majestuosamente en su trono de gloria, mostrando las llagas de las manos, junto a su corte celestial —ángeles, patriarcas, los doctores de la Iglesia, vírgenes y mártires—, contempla las escenas del Juicio Final, donde las almas de los justos son conducidas por el arcángel san Miguel al paraíso; y las de los condenados, atados con cadenas, arrojadas a manos de los demonios a los tormentos del Infierno.

Pero Guillaume las pasó de largo y se centró en el pilar central.

Señaló un bajorrelieve ubicado en el pedestal del parteluz.

Acto seguido, Flamel exclamó, maravillado: —¡Aparece en mi libro!

—Una mujer sentada en un trono con una escalera apoyada en el pecho: la figura era tan majestuosa que difícilmente se podría olvidar.

Al igual que otras ilustraciones del Libro Dorado, lucía tallada en la piedra del templo—.

¿Cómo no me he dado cuenta al entrar?

—Como dijo nuestro Salvador: «A vosotros os he dado a conocer los misterios del Reino de Dios, mas a los otros en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan».

Anselmo y Nicolás comprendieron la correspondencia de sus palabras con el hermetismo que giraba en torno a la alquimia, nunca transmitida de manera clara y abierta.

—Esta mujer es la Dama Alquimia, nuestro Arte.

—Guillaume empezó a arrojar luz sobre el significado oculto—.

Observad los dos libros que sostiene en la mano: uno abierto, el exoterismo o conocimiento profano; otro cerrado, el esoterismo, el conocimiento oculto de las cosas.

»Su cabeza toca las nubes del cielo.

Sentada en un trono, lleva un cetro en la mano izquierda, emblema de su soberanía y poder.

Ante el pecho, una escalera con nueve peldaños.

—Trepó con los dedos por los escalones—.

La escalera filosófica o scala philosophorum, que conduce al Iniciado al conocimiento de la Ciencia Pura, un jeroglífico de la paciencia necesaria en el curso de las nueve operaciones que el alquimista debe completar en su labor hermética.

A priori, desde un punto de vista teológico, el medallón podría entenderse como el ascenso de las almas al mundo celestial, pero ahora se le había desvelado su otro significado alquímico.

Todo cobraba un nuevo sentido con la explicación del santo padre.

—Los nueve peldaños del Magisterio de la Gran Obra, que se suceden a través de tres fases principales —esclareció Anselmo, rebosante de orgullo.

En cuestión de pasos no había consenso.

Los filósofos transitaban caminos diferentes; la mayoría lo acortaba a siete y otros superaban los nueve, así que cada uno recorría un distinto número de estadios en su arduo intento de alcanzar lo inalcanzable.

—Exacto.

—El obispo confirmó sus palabras con un lento cabeceo.

Guillaume les mostró, a derecha e izquierda del pórtico, dos ringleras superpuestas de más figuras y medallones con temas herméticos —como el anterior, a la altura de los ojos—, una retahíla de preciosos relieves en la piedra de ambos laterales.

Dio una vuelta por el portal, pasando la mano por ellos para presentar aquella joya escultórica con un ademán solemne de pura devoción; lo complementó con un paso ceremonial resuelto, cabeza alta en señal de dignidad y marcha elegante; solo verlo seducía a seguirle.

Flamel reconoció unos cuantos y quedó extasiado, incapaz de rehuir la atracción de tan bellos jeroglíficos, transportado por aquellos mapas lapidarios hacia un mundo de enigmas que aquel hombre santo se ofrecía a desvelar.

Como si se le hubiera retirado un fino velo, la catedral aparecía como un libro abierto sobrecargado de conocimiento oculto, un manual alquímico, un portal de lo profano a lo sagrado; y, por su descomunal altura, más bien un puente entre la tierra y el cielo.

—¿Por qué hay tantos relieves alquímicos?

—preguntó Flamel.

—Desde hace unos siglos, la Iglesia es una ferviente seguidora de esta ciencia arcana —confesó Anselmo un secreto que, con el paso del tiempo, había llegado a ser público, hasta el punto de que la propia Iglesia había reconocido y aceptado la ciencia de manera formal—.

Por eso, ha plasmado esta sabiduría en sus edificios, en honor a la amada alquimia.

El obispo comenzó escogiendo dos pequeños bajorrelieves, embutidos cada uno en una ojiva, que para él eran relevantes.

—Este guerrero personifica al alquimista —dijo para ilustrar uno que lucía a la derecha del pórtico—; protegido con su armadura, escudo y lanza en mano, defiende el resultado de la Obra —enfatizó en tono envalentonado, imitando al combatiente con gestos de bravura; a Flamel le infundieron valor como neófito adentrado en la senda alquímica—.

Tal es el espíritu del adepto de nuestro Arte Sagrado.

A su espalda, se encuentra el atanor, el horno donde se cuece la materia.

—El alquimista debe salvaguardar los saberes a toda alma impía para que estén en manos de hombres dotados de virtud —subrayó Anselmo con un dedo levantado en ademán sermonario.

Guillaume señaló en el flanco izquierdo otro que consideraba debía conocer todo Iniciado.

—Aquí volvemos a tener a nuestro filósofo —presentó un retrato más del personaje principal del Opus Magnum.

Nicolás se sintió identificado, como si estuviese viéndose tallado en el muro, justo lo que perseguía el sacerdote al mostrárselo, en un intento de insuflar ánimos al recién llegado al universo hermético.

—Está descubriendo la fuente misteriosa, cuya agua viva corre bajo sus pies y brota de un hueco roble.

Es el arquetipo del adepto que ha recorrido un largo tiempo por caminos dudosos y vías falsas, pero al fin ha dado con el mercurio filosófico, cuya cualidad volátil, es decir, el espíritu, está indicado por este pájaro posado en las ramas.

»El roble, de cuya madera se construyen los toneles en que ha de fermentar el vino, representa a esta materia de los alquimistas que también debe dar su fermento, madurar y pasar las sucesivas fases de purificación.

—El agua es la fuente oculta —intervino Anselmo, sacando a relucir también sus conocimientos—, el agente secreto, el disolvente capaz de penetrar todos los metales.

—¿Cuál es esa agua oculta?

—quiso saber Flamel.

—Una que no moja las manos, solo desvelada a los adeptos Iniciados.

—¿Veis el cuervo dentro del disco?

—Guillaume se refirió a otra figura, justo la primera de la hilera superior.

Había elegido una que hablaba del comienzo de la Obra porque daba pie a tratar aspectos útiles en cuanto al trabajo en el laboratorio—.

Alude al color negro, alegoría de la fase de putrefacción, la primera apariencia de la materia en el huevo filosófico de nuestro Magisterio.

La materia debe corromperse y mortificarse para dar frutos.

—Quien vea el color negro en su crisol verá su trabajo coronado por el éxito —remató el médico.

—En este segundo distinguimos a otra dama que sostiene un disco con una serpiente enroscada en una vara.

El escribano escuchaba atento para no perderse un ápice de la valiosa información.

Con los ojos abiertos como liebre, cualquier sonido y movimiento periférico habían desaparecido de su campo de visión, que estaba enfocado en la mujer.

—La serpiente es el mercurio que todavía no ha sido trabajado, tal y como se encuentra en la mina, pero que contiene todo su potencial latente.

—La clase magistral del obispo siguió—.

La vara es el azufre, el segundo elemento esencial de nuestra Obra.

El gesto de la serpiente enroscándose en el palo alude a la absorción del azufre, que da como resultado un mercurio diferente.

—El de los filósofos —matizó Anselmo.

—¿Hay más de uno?

—preguntó Flamel.

—Y más de un azufre y más de una sal —hizo alusión a los otros dos elementos principales en alquimia—; todo componente que pasa por las manos del filósofo muta a un estado de perfección sobre el que se halla en la naturaleza.

—Este nos habla de la calcinación.

—Guillaume comentó la siguiente figura—.

La mujer con cabellos ondulantes como llamas sostiene un disco con una salamandra que arde en el fuego.

¡Aquí rozamos el más alto secreto de la alquimia!

—Alzó la cabeza a la vez que las cejas para acompañar sus palabras—.

Nuestro fuego requiere de un agente secreto que se parece más al agua que a la llama.

Este aguardiente es la chispa vital comunicada por el Creador a la materia inerte, el espíritu encerrado en todas las cosas.

—El rayo ígneo, la vida, la simiente primera de los seres vivos; está relacionada con las virtudes y el estado de conciencia del alquimista —completó Anselmo.

—Es como este otro de aquí —continuó el padre—: el cordero que vemos es el fuego secreto que hay que extraer del vientre del carnero, igualmente representado por Aries.

—Y en este aparece la banderola con tres picos; cada uno de ellos se corresponde a los tres colores básicos de la Obra: negro, blanco y rojo.

—Las tres principales fases que hemos comentado antes: la Nigredo, la Albedo y la Rubedo, con sus respectivos animales; el cuervo, la paloma y el león.

El color negro es la noche y el blanco es la luz, pero el día sucede a la noche.

En la Obra la luz gana sobre las tinieblas cuando la materia se ha desprendido de toda impureza; la Albedo después de la Nigredo.

—A nivel espiritual, el adepto abandona las tinieblas para seguir la luz.

—Anselmo extendió una mano hacia el cielo—.

Renovado, pasa del estado profano al de Iniciado.

—En cuanto al rojo, es el símbolo del fuego y la exaltación.

—El obispo hizo un gesto acentuado para expresar la ignición del pináculo hermético—.

El predominio del espíritu sobre la materia, la Piedra Filosofal que todo lo cura y se alza victoriosa sobre la muerte.

—Además, estos tres colores también son atributos de la Santísima Trinidad.

Nicolás verificó que la Virgen siempre aparece vestida de azul, que equivale al negro; la vestidura de Dios es blanca; y la de Jesús, roja.

El obispo apostrofó con voz enardecida: —Por eso Jesús dijo: «He venido a traer el fuego».

Él fue el mayor Iniciado espiritual de todos los tiempos; trascendió sus defectos psicológicos mediante el fuego de la sabiduría, obteniendo la purificación de su alma para mostrarnos el camino de la salvación.

A Flamel le invadió una sensación de desconcierto.

Jamás hubiera relacionado al Salvador con la alquimia.

Las fronteras entre ciencia, magia y religión se desmoronaron; y todos sus esquemas se tambalearon ante la demoledora luz de la verdad.

—Entonces la alquimia tiene un fuerte componente espiritual —conjeturó Nicolás.

Como la mayoría de hombres comunes, el escribano abrigaba el prejuicio de que esa disciplina se reducía a una actividad mecánica de laboratorio.

—Sin la menor duda: es un trabajo de perfección interior, expresado fuera en las vasijas.

De la hilera superior, habían comentado los más significativos, por lo que estudiaron una parte de la inferior.

Observaron el extenso elenco de medallones grabados en la piedra, también ennegrecidos y corroídos por las inclemencias del tiempo, pero hermosos y cargados de simbolismo hermético.

Flamel reconoció algunos recogidos en su Libro Dorado.

A unos cuantos animales, Guillaume solo los mencionó de pasada: el grifo mitológico, la zorra-gallo, el toro, el león…, términos que ya había explicado.

Se centró en unos pocos que aportaban nueva información.

—¡Veamos algunos de aquí!

—sugirió con entusiasmo.

Cada palabra que salía de su boca sabía a júbilo y, en su manera de enseñar, relucía el afecto que sentía por la alquimia—.

Esta mujer sostiene una piedra en la mano.

Supongo que ya sabrá qué es.

—Dedicó una sonrisa a Nicolás, que le devolvió una de complicidad—.De esta fila de abajo, los más importantes son estos.

—Señaló uno en que aparecía un caballero que se agarraba a las crines de un caballo furioso.

—¡Nuestro calvario!

—recalcó Anselmo, acariciando con reverencia la crin del animal.

—Representa la operación alquímica de cohobación —continuó el obispo—, es decir, la destilación repetida de la sustancia.

En cada cohobación que se realice, el caballo derribará al jinete con todas sus fuerzas, pero el hombre volverá a agarrarse al caballo, hasta que, cansado y sumiso, el animal consentirá llevar la carga; lo que significa que el mercurio se desprenderá de las partes groseras.

Es una alegoría a la lenta y fastidiosa fijación de lo volátil (mercurio) por lo fijo (azufre) en el laboratorio.

Se acercó a otro medallón y comparó: —Es la misma metáfora de estos dos niños peleando.

—El espejo que sostiene este hombre es el inicio de la Obra, la materia primera —comentó Anselmo otra figura—; el árbol de la vida es el final, y el cuerno que está tocando es la abundancia que deviene de la Obra.

Guillaume se arrimó al bajorrelieve que quedaba justo al lado de ese último.

Abrió las manos con las palmas hacia arriba a modo de balanza, como si llevara un peso en cada una, y explicó: —Esta báscula nos enseña que existe una proporción de los tres principios: mercurio, azufre y sal.

Es indispensable conocerla para que la materia no se malogre y pueda madurar.

Movió las manos alternadamente arriba y abajo.

—¿Cómo puede saberse?

—preguntó Flamel.

—¡En eso llevamos indagando desde antaño!

—Anselmo sonrió—.

La práctica abnegada es la puerta que os conducirá a la plena sabiduría.

—En estos otros dos medallones también vemos al mercurio —terminó Guillaume—; este anciano, cansado y postrado, ya ha concluido su paso por la estación del verano y ha recibido la acción del fuego; le llega la hora del invierno y de la muerte, una que le proporcionará una nueva juventud.

—O incluso esta otra.

—Anselmo apuntó a uno en que aparecía una reina sentada en un trono; le daba un puntapié a un paje que le ofrecía sus servicios—.

De nuevo, una alegoría a la transmutación del mercurio.

—Como veis, hay símbolos que se repiten bajo la forma de diferentes figuras.

—¿Y cuál es el tratamiento exacto que se ha de dar al mercurio?

—preguntó Flamel, resoplando; a medida que se le iban descifrando los relieves, en vez de respuestas a sus preguntas, se le generaban más incógnitas.

—Eso lo descubriréis con la práctica y dirigiendo los ojos hacia las estrellas.

—El obispo levantó la mirada al cielo—.

La alquimia goza de un fuerte componente intuitivo; solo la constancia en el laboratorio os dará la respuesta a todas las preguntas.

Guillaume miró con compasión al escribano.

Se vio a sí mismo años atrás, recién entrado en un terreno pedregoso, un universo insondable jalonado de sombras y dudas, que al mismo tiempo prometía los más valiosos tesoros que un hombre pueda desear.

Flamel suspiró con resignación, contento por el privilegio de haber podido acceder a esa elevada sapiencia que le había sido presentada con auténtico fervor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo