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Los Jinetes De Los Cielos: EL Origen - Capítulo 12

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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 El silencio que siguió después de presenciar semejante escena fue ensordecedor, ninguno de los testigos de ese momento histórico pudo mover un solo músculo de su cuerpo.

Tal vez todos tenían el mismo pensamiento infantil que yo poseía en el que sentía que sí no me movía podía procrastinar el problema de manera indefinida.

O simplemente ellos todavía estaban en estado de shock, aun tratando de similar la escena que acababa de ocurrir.

Lo más probable era la última opción porque ese ambiente opresivo fue roto, por fin, por el vigilante, quién por cierto se encontraba muy alterado.

—¡¿CÓMO PUDISTE HACER ESO?!

¡MI VIDA ESTÁ ARRUINADA!

—gritó con furia a la profesora Damothre.

Ella siendo consciente de su error, comenzó a sollozar con fuerza sin tener fuerzas suficientes para reprender al vigilante su actitud irrespetuosa.

Su cuerpo temblaba tan intensamente que, por un instante, temí que se desmayara, lo que solo agravaría aún más la delicada situación.

—Cálmate, Ivar.

Este no es el momento de recriminaciones; debemos buscar soluciones —intervine, intentando apaciguar los ánimos ya caldeados, aunque por dentro, sentí cómo el pánico y el estrés me inundaban con fuerza, amenazando con arrasar con mi la poca compostura que pude reunir.

En secreto, tuve que pellizcarme con fuerza la palma de mi mano para poder mantener la calma y de paso comprobar con el dolor, que esto no era un de esos sueños absurdos que mi mente masoquista creaba, de una vez en cuando, solo para martirizarme.

Pero para mi desgracia, esta era la realidad y ahora estaba atrapada en ella.

—¡¿QUIERES QUE ME CALME?!

¡¿SABES LAS IMPLICACIONES DE LO QUE PASA?!

—rugió en mi dirección.

Por poco y su saliva asquerosa caía sobre mí en medio de sus inadecuados, lo que perturbaba aún más mi estado de ánimo.

Pero, reprimiendo mi temperamento, seguí manteniendo la compostura, al menos por el bien de mis tres estudiantes que miraban mucho a la de un cordero cuando era llevado al matadero.

—Sí, sé perfectamente las implicaciones.

Pero lo más importante ahora es mantener la calma; asustando a los niños y agravando la crisis de nuestra compañera —le advertí, señalando a los tres chicos, paralizados, que nos miraban con horror, ya la profesora Damothre, cuyo estado mental se deterioraba con cada minuto que pasaba.

Él solo miro a su alrededor unos segundos para luego responderme con un dejo de cinismo: —Claro, como tu familia es tan poderosa, no necesitas preocuparte por las consecuencias de todo esto.

Yo solo entrecerré los ojos ante su patético sarcasmo, este tipo había pasado un límite al mencionar mi familia y me estaba colmando la poca paciencia que me quedaba.

Suficiente estrés tenía con saber que Nuros estaba fuera de la barrera, haciendo quién sabe qué desastres ahora que estaba sin supervisión, eso si es que sobrevivía el tiempo suficiente para causarlos.

Como para tener que estabilizar, además, los estados de ánimo de mis dos compañeros, quienes se suponían, debían ayudarme a controlar a los tres adolescentes y aportar ideas para encontrar una solución a este problema espinoso.

Era muy molesto sentir que el peso del mundo recaía solo sobre mis hombros, cuando se suponía que tenía a dos profesionales conmigo.

El resentimiento que sentía por la falta de confiabilidad de mis compañeros, hizo que se impregnara en mi voz, mucho veneno cuando amenacé al hombre frente a mí: —Sabes, Ivar, ¿cuál sería un horrible escenario?

Que, además de recibir las consecuencias de este terrible incidente, logres la ignominiosa hazaña de ofender a dos de los tres soberanos.

Al escuchar mi amenaza, se puso pálido y dio varios pasos atrás, como si la distancia física pudiera protegerlo de mi amenaza.

Yo solo me limité a ignorarlo y me concentré en consolar a la profesora Damothre, con el fin de estabilizar su estado de ánimo lo suficiente como para que me ayude a pensar en una solución para todo esto.

Quién sabe, tal vez su maestro le haya dado una poderosa poción que pueda ayudarnos.

Era una lástima que no existiera pociones para el arrepentimiento, o que pudieran devolver el tiempo.

Por lo menos para evitar que mi colega tirera esa maldita poción.

Cuando noté que ese resentimiento irracional trataba de brotar en mi corazón y se dirigía hacia ella por sus acciones recientes, me obligué a tragármelo y apartarlo de mi ser.

Pues de nada me servía buscar culpables ahora, además, si buscábamos culpables sobre lo ocurrido, yo también cargaba con una parte de la responsabilidad por lo sucedido.

Así que de nada me servía resentirme con alguien que solo quería ayudarme.

Por lo que la abracé con suavidad mientras recurría a todas las palabras reconfortantes que conoció para calmarla.

Afortunadamente, pareció funcionar en algo mi sopa de pollo, porque poco a poco su respiración se fue acompañando y sus temblores disminuyeron.

Sin embargo, no podía evitar que mi mente empezara a divagar sobre la magnitud de esta situación.

¿Cómo podríamos traer a Nuros de vuelta antes de que se metiera en más problemas?

Temía con fuerza que la respuesta a esa pregunta sea mucho más difícil de resolver que encontrar la respuesta a los problemas existenciales que tanto aquejaban a los filósofos.

Así que poco después de haber logrado calmar a la profesora Damothre y comprobar que estaba lo suficientemente estable.

Le pedí que me ayudara a encontrar una solución para traer de regreso a Nuros.

Mientras que el vigilante, bajo nuestra atenta mirada, comenzaba a interrogar al trío de aventureros sobre los detalles de sus acciones con el fin de obtener alguna información valiosa.

Sin embargo, incluso reuniendo todos nuestros recursos y experiencias, no fuimos capaces de diseñar un plan realista para lograrlo.

Además de que los chicos estaban siendo tercos y no colaboraban mucho con el interrogatorio.

Fue durante ese estancamiento, cuando la profesora Ayla, viendo que nos quedábamos sin ideas, dijo con voz tímida: —La única forma de traer al estudiante Daemeryon es a través del Consejo.

Solo ellos tienen la autoridad suficiente como para modificar la barrera y traerlo de regreso.

Ivar solo se burló de su comentario y respondió: —Es imposible que el Consejo decida abrir la barrera por alguien tan poco importante como Nuros.

Tendrás que arreglárselas solo en el exterior, solo esperemos no traiga más problemas a Luxedum, porque de ese mocoso, se puede esperar cualquier cosa.

—¡Daemeryon no es un idiota!

S-solo es un poco travieso —protestó con vehemencia mi compañera, tratando de defender a su estudiante—.

Además, no sabemos cómo podría reaccionar el Consejo; Esta es la primera vez, en los cien mil años de Luxedum, que alguno de nosotros cruza la barrera.

¿Quién sabe?

Tal vez, cuando escuchen que todo fue un accidente, nos ayuden a traerlo de vuelta.

—¡Exacto!

¡Por eso estoy acabado!

—Se quejó Ivar con exasperación—.

¡Soy el primer vigilante que incumple su deber en cien mil años!

¡Y yodo por culpa de un adolescente imprudente y una profesora descuidada!

En ese momento, tuve suficiente de su discusión que no llegaba a ninguna parte.

Estaba a punto de intervenir para recordarle a Ivar que cuidara su lenguaje y dejara de culpar a otros, pues eso no ayudaría en nada a encontrar una solución, cuando, de pronto, una idea descabellada se me cruzó por la cabeza a raíz de sus palabras.

Aunque no me gustaba para nada su comportamiento reciente, no podía negar que él tenía la razón en algo: el consejo, lleno de unos montones de viejos tradicionalistas y cautelosos, jamás se moverían por alguien cuyo estatus no tenía peso en la sociedad draconiana, ya que su miedo por cambiar el estatus quo, reinaba en sus corazones.

Además, a eso se le sumaba que la familia de Nuros no tenía conexiones poderosas que los ayudaran a mediar con el consejo sobre la situación del muchacho.

Pero si alguien más se encontrara fuera de la barrera y esa persona tuviera un trasfondo familiar poderoso que tuviera mucha influencia en el consejo, había una gran posibilidad de que este pudiera ceder ante la presión ejercida y abrir la barrera el tiempo suficiente como para traer de vuelta a sus miembros perdidos… Esa idea absurda iba cobrando cada vez más solidez, a medida que lo pensaba con más cuidado.

Así que después de una lucha interna que comenzó a gestarse en mi interior sobre el egoísmo y el deber, mientras mis compañeros seguían discutiendo en vano.

Tomé una decisión importante.

Sabía que esta elección imprudente podría perjudicar a mi familia, sumiéndola en dolor y angustia; pero también tenía claro que, si no hacía algo para traer de regreso a ese mocoso, mi conciencia me atormentaría sin descanso y jamás volvería a recuperar la poca paz mental que tanto me había construido el costado.

Tenía que actuar o vivir en el arrepentimiento.

Y yo elegí lo primero… Por lo que miré a mis compañeros que seguían discutiendo, inconscientes de lo que estaba a punto de hacer y los llamé con una voz quebrada para transmitirle mi último testamento por quien sabe cuánto tiempo.

Ellos, tal vez notando la anormalidad de mi voz, dejaron la discusión que tenían y dirigieron su mirada hacia mi dirección, tratando de discernir qué era lo que me pasaba.

Mientras que los chicos que eran silenciosos testigos de su intercambió me observaron con cautela, quizás temiendo el castigo que pudiera darles.

Afortunadamente para ellos, yo no sería la responsable de velar por sus deudas.

—Profesora Damothre, infórmele a mi familia mis disculpas por haber tomado una decisión tan egoísta —fue lo último que dije antes de impulsarme hacia adelante.

No les di tiempo a reaccionar ni a cuestionar el significado de mis palabras; solo atravesé con rapidez la barrera, en medio de los gritos desesperados de mis compañeros y estudiantes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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