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Los Seis de Valerion - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Capítulo I En un Nuevo Mundo
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2: Capítulo I: En un Nuevo Mundo.

2: Capítulo I: En un Nuevo Mundo.

Kalair era el trofeo de Gar’Dal, pero un trofeo que él ya no podía reclamar.

El Rey Demonio había sido doblegado por la fuerza conjunta de Redhand, la implacable Li Wang y el Buitre Estepario.

Incluso Lilith había dejado su marca en la caída del soberano de las pesadillas.

Sin embargo, mantener a Kalair en Xera era una sentencia de muerte para el mundo: su mera presencia actuaría como un faro para la obsesión enfermiza de Gar’Dal.

En su mente fragmentada, ella era el único conducto hacia la Kalair original, aquella cuya alma se había disuelto en su propio ser sin que él lo supiera.

Fue Eogrash quien propuso el exilio protector, y Krasny Bel quien tejió el velo de sombras definitivo.

Un manto de oscuridad tan denso y antiguo que ni siquiera el millón de ojos de Noche Sangrienta podría penetrarlo.

El fragmento del demonio que habitaba en Li Wang, con una lealtad ambivalente, consintió el engaño y prometió desviar la mirada, guardando el secreto ante el resto de su esencia colectiva.

Valerion fue el destino elegido.

El mundo de Zeraki y de guerreros que desafiaban a dioses.

Un planeta cicatrizado por conflictos interminables, pero vibrante en una magia tan pura que permitía ocultar a una mujer que no pertenecía a esa realidad.

Así, Kalair fue enviada sola al vacío entre mundos.

Borgol, su fiel compañero, había sido extinguido por la locura de Gar’Dal, y tanto Zaharzim como Redhand ya no estarían para cubrirle las espaldas.

El despertar fue frío y húmedo.

Kalair emergió de las profundidades de una laguna, con el cabello pegado al rostro y los pulmones ardiendo, de la misma forma en que una vez llegó a Xera.

Nadó con desesperación hacia la orilla, sintiendo el peso de un cielo extraño sobre ella.

Al llegar a la costa, divisó a lo lejos una construcción de Roca y granito que le resultó familiar en su tosquedad, pero el aire que respiraba no tenía el rastro metálico de su hogar.

Caminó desnuda por el sendero boscoso, ocultándose entre la maleza y cubriéndose como pudo hasta alcanzar los muros de una abadía cercana.

El edificio desprendía un aura de paz y devoción; un refugio para los cansados.

Golpeó el pesado portón de madera con los nudillos entumecidos.

Tras una rejilla de hierro, un par de ojos la observaron con desconfianza.

Sin embargo, al ver a una mujer desarmada, mojada y vulnerable en medio de la noche, la piedad venció a la prudencia.

—Pasa, muchacha —dijo una voz masculina mientras los goznes chirriaban.

Kalair entró sin dudarlo, buscando el calor que la humedad de la noche le arrebataba.

El hombre se presentó como el Hermano g, un monje de facciones suaves que, con evidente incomodidad, le ofreció una túnica seca mientras trataba de mantener la vista en el suelo.

Como cualquier hombre de fe frente a lo inexplicable, Barador no tardó en preguntar quién era ella y cómo había llegado a los muros de Valmar en tal estado.

—Solo puedo decirte, hermano, que no soy de aquí.

No conozco nada, aparte de que este lugar se llama Valerion.

—¿Acaso perdiste la memoria, jovencita?

—Se podría decir que sí —respondió ella, aceptando un tazón de té humeante—.

Desperté en la laguna, justo ahí fuera.

—Un lugar peligroso para un paseo nocturno —comentó Barador, preocupado—.

Desde que el General Drazen partió hacia Maritimar, la Abadía de Valmar se ha visto asediada.

Entre las ratas Rata terraneas y los bandidos Banda Sangre, este valle ya no es el remanso que solía ser.

Kalair arqueó una ceja.

El nombre del general despertó su curiosidad.

—No sé nada de bandidos, pero ese general…

podrías empezar por él.

—¿Lord Drazen?

—Barador iluminó su rostro con admiración—.

Es un personaje ilustre, sin duda.

Es el esposo de Lady Leani Virismar, la princesa de Ultramar y Regente de Maritimar.

Un héroe para El Pacto.

Él fue quien derrotó a Verdar Fordar en los yermos del norte cuando el príncipe cayó en la locura y asesinó al gran Lord Valerius.

—No sé de quiénes hablas, Barador.

Realmente necesito empezar por lo básico.

El monje rió con timidez y se acercó a una estantería cargada de tomos antiguos.

Tras rebuscar unos momentos, seleccionó un par de libros y los dejó sobre la mesa de madera.

—¿Puedes leer esto?

—le preguntó, señalando el título de un ejemplar.

Kalair observó las letras.

Para sus ojos, acostumbrados a otros mundos, aquello era un galimatías.

—Solo veo símbolos extraños.

¿Es babilonio?

¿Cuneiforme?

¿Qué idioma es este?

—Es el idioma común.

Lo hablamos todos los humanos de Valerion —respondió el monje, sorprendido.

—Pues yo no sé leerlo.

—Entonces…

tendré que enseñarte —dijo Barador, sintiendo un extraño entusiasmo ante la idea de ser el tutor de la misteriosa mujer.

—Acepto el trato, pero mientras aprendo, dime qué dicen esos libros.

Barador, algo nervioso por la cercanía de Kalair, abrió el primer tomo con manos temblorosas.

—Este es un libro de historia básica y geografía de los Reinos del Este.

Este mundo es Valerion, y el continente donde estamos es el hogar de humanos, enanos, gnomos y elfos.

Cada raza tiene sus creencias y sus propias ciudades monumentales.

Kalair asintió, bebiendo su té y absorbiendo cada palabra.

Durante horas, escuchó el relato de guerras entre El Pacto y Los Exiliados, de dragones y de héroes caídos.

Sin embargo, un nombre la hizo enderezarse en el asiento, dejando el tazón sobre la mesa con un golpe seco.

—…y entonces el Jefe de Guerra de Los Exiliados, Throk’Gar, junto con el sanguinario Morg Wolfsonger y la fiera Señora de los Aullidos Salvajes, Zeraki Dark Dreams…

—¡A ella la conozco!

—exclamó Kalair.

El nombre de Zeraki la golpeó como un rayo.

Era la mujer que le había arrebatado a Redhand, pero que siempre había mantenido una extraña nobleza hacia ella.

Si Zeraki estaba en este mundo, significaba que había regresado a sus orígenes.

—¿Zeraki está aquí, en Valerion?

—Bueno, ella es actualmente una de las Señoras de la Guerra de Los Exiliados.

En teoría, es una enemiga de El Pacto, aunque se rumorea que mantiene una amistad estrecha con Lady Leani y el General Drazen.

¿Dices que conoces su nombre?

—Sí…

—Kalair midió sus palabras.

No sería prudente declararse amiga de una líder enemiga ante un monje de El Pacto, pero supo de inmediato que Zeraki y Drazen eran su conexión con el pasado—.

¿Sabes por qué lleva el nombre Dark Dreams?

—Es una buena pregunta.

No es un nombre orco —Barador se encaramó a una escalera para alcanzar un libro forrado en piel negra en lo más alto de la estantería—.

Veamos…

aquí está.

Según los registros, ese nombre pertenece a una “Casa Infame”.

Debe ser un título heredado de Draekar, el hogar original de los orcos antes de que fuera devastado por la Ejercito Negro.

Los Dark Dreams se asocian a uno de los tenientes más terribles de aquel ejército demoníaco: un tal Gar’Dal Dark Dreams.

Kalair apretó los dientes.

El estigma del Rey Demonio la perseguía incluso en un mundo nuevo, donde la historia lo había convertido en un mito de la Ejercito Negro.

—Por desgracia, ese nombre también me suena.

—Parece que fuiste una mujer muy culta o una estudiosa —comentó el monje, impresionado.

—Yo…

bueno, sí.

Pero lo que mejor he hecho en mi vida es disparar a demonios y cortar zombis por la mitad.

Barador se quedó boquiabierto, observando la determinación en los ojos de la mujer.

—Vaya…

tenemos a una guerrera entre nosotros.

Si puedes recordar eso, serás de mucha ayuda para el Alguacil.

Hay mucho trabajo que hacer aquí en Valmar para mantener a raya a los Banda Sangre.

Mientras tanto, yo cumpliré mi palabra y te enseñaré todo sobre este reino.

—Creo que nos entenderemos, Barador.

Seré una buena alumna, lo prometo.

El monje, relativamente joven y poco acostumbrado a la presencia de mujeres con la intensidad de Kalair, se ruborizó intensamente.

Zad notó el cambio de color en sus mejillas y le dirigió una leve mueca de desagrado, una mirada fría que cortó de raíz cualquier intención romántica del Hermano Barador antes de que pudiera florecer.

Ella era la Dama de las Sombras, y Valerion pronto sabría que no había llegado allí para ser una simple refugiada.

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