Los sucios asuntos de un vampiro y su madrastra cachonda - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Dominando a mi lujuriosa profesora de matemáticas 2
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31: Dominando a mi lujuriosa profesora de matemáticas (2) 31: Dominando a mi lujuriosa profesora de matemáticas (2) —J-Jace, yo… yo soy tu profesora y tú eres mi alumno… todo esto está… está mal.
N-No podemos… no podemos… —jadea la profesora Amelia Archer, mordiéndose el labio.
Esa frase probablemente no es más que un reflejo condicionado; un guion que se ve obligada a recitar por su papel de profesora, mientras que su cuerpo dice claramente lo contrario.
O sea, la profesora Amelia Archer es una mujer hermosa aún en la flor de su madurez —ni siquiera llega a los cuarenta—, así que es difícil creer que sea el primer alumno con el que ha hecho este tipo de cosas…
Admito que tengo mucha curiosidad por averiguarlo, pero para sonsacarle una información tan delicada, primero tengo que ponerla en el estado de ánimo adecuado para hablar.
La agarro del moño y empujo su cabeza hacia abajo, entre mis piernas; en un instante está inclinada hacia delante, con sus labios envolviendo mi polla y sus uñas clavándose en mi piel.
Le aparto un mechón de pelo rubio de la cara, luego apoyo la mano en su nuca y la empujo de nuevo hacia abajo, con la fuerza suficiente para que se le escape una tos ahogada cuando mi polla le llega al fondo de la garganta.
Y, aun así, ni la más mínima queja; ni un respingo o una pizca de disgusto.
La profesora Archer es famosa por ser la maestra más inflexible y estricta de la Preparatoria Ordrienne; he oído a muchos compañeros quejarse de lo dura y exigente que es…, pero conmigo es todo lo contrario.
Tal vez, después de toda una vida teniendo que parecer siempre rígida y autoritaria, desarrolló una necesidad irrefrenable de ser dominada, de que alguien dijera e hiciera lo que nadie en la preparatoria se atrevería a hacer jamás.
Y yo soy exactamente esa persona.
Siempre soy brutalmente duro con ella cuando follamos; no exagero si digo que la trato peor que a una esclava, peor que a un animal, y estoy seguro de que por eso sigue volviendo a mí cada vez que el estrés empieza a hacerle mella.
Me pongo en pie de un salto, con la polla erecta ante la mirada hambrienta de Amelia.
Ella también se levanta, pero la empujo de nuevo a la silla.
—No te he dado permiso para levantarte, zorra —la regaño.
Sí.
Eso es exactamente lo que quiere.
Hago un pequeño gesto con la mano, como si estuviera adiestrada, e inmediatamente se pone de rodillas delante de mí, con la lengua ya fuera, como un perro que espera a que su amo le dé de comer.
Doy un paso hacia ella, con la polla a solo unos centímetros de su boca, y se queda completamente quieta, con los ojos muy abiertos y la mirada fija en mi miembro.
Y aunque se muere de ganas por comerme la polla, lo mejor es que no moverá ni un solo músculo hasta que yo le dé permiso.
Doy otro paso al frente y se la meto en la boca; solo entonces empieza a lamer con un hambre desesperada, como si fuera la primera polla que probara en su vida.
—Yo… Yo soy tu puta, ¿verdad, Jace?
—jadea, con las palabras ahogadas por mi polla.
La pregunta llega en el momento perfecto; por fin tengo la oportunidad de despejar esa duda que me reconcome.
—Sí, Amelia.
Eres mi puta.
Pero… ¿eres solo mía… o también de alguien más?
—replico, con un tono cortante y acusador.
—S-Soy solo tuya, te lo juro… Nadie más me ha tocado desde que empezaste a hacer esto.
Ni siquiera dejo que ese cornudo de mi marido me ponga ya un dedo encima…
—No te creo.
La levanto del pelo y la doblo con fuerza sobre el escritorio, con el culo mirando hacia mí.
Le agarro las caderas con tanta fuerza que mis uñas le desgarran la piel, mientras mi erección se desliza con impaciencia hasta el fondo de su coño, sorprendentemente estrecho para su edad y experiencia.
—Dices que eres solo mía, pero sé que has estado con otros hombres; con un montón de hombres.
Lo haces porque no eres más que una zorra inmunda, insaciable de pollas, ¿verdad?
¡Sé que me has traicionado, y no puedo dejar que te salgas con la tuya!
—gruño, embistiéndola con fuerza.
Sinceramente, me importa una mierda con quién se acuesta esta mujer.
Por mí, podría haberse follado a medio Nueva York; la profesora Archer es probablemente la mujer del mundo por la que siento menos celos.
Pero sé lo mucho que le gusta que le digan estas cosas, y satisfacer sus fetiches no me cuesta nada.
Y pensar que por decirle cosas mucho menos graves a Naomi, ella me borró por completo de su vida.
Ah… las mujeres son un verdadero misterio.
—N-No, créeme… Yo… solo ansío tu polla, te lo juro… Aaaah… solo la tuya puede hacerme sentir la zorra que soy… Nunca te mentiría, mi amo…
¡ZAS!
Una sonora nalgada de mi mano abierta impacta en su culo, y mi marca florece, roja, sobre su piel, mientras su grito mezcla dolor y placer; los ojos brillantes, casi llorosos, los dientes apretados con fuerza.
—Zorra mentirosa.
No eres más que una puta a la que le pone que se la follen sus alumnos.
¡Admítelo!
—insisto, tirándole del pelo.
—N-Nadie, mi amo… Solo tú has conseguido sacar esta faceta de mí… Aaaah… llevo tres años pensando solo en ti, y ningún hombre podría reemplazarte jamás… Aaaah…
No voy a negar que es excitante oírla hablar así, pero por fin ha llegado el momento de la verdadera razón por la que nunca rechazo una clase particular con la profesora Archer.
Saco una cuchilla de afeitar del bolsillo y la acerco a su culo.
—A-Aaaaaa…
Otro gemido de dolor se le escapa mientras tallo la letra J —la inicial de mi nombre— en su nalga derecha.
Para una mujer como ella, que encuentra placer en estar completamente bajo mi control, llevar mi inicial en el cuerpo es la marca de sumisión definitiva; la prueba de que me pertenece solo a mí.
Y cuando, hace un año, se lo sugerí —cuidando de mantener intacto mi papel de dominante—, se sintió más que honrada de que la marcara.
La sangre fresca brota de su piel, y mi lengua limpia con avidez hasta la última gota.
Una forma ingeniosa de combinar lo útil con lo agradable.
Sí, Amelia Archer es, sin duda, la mejor profesora de matemáticas del mundo.
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