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Los sucios asuntos de un vampiro y su madrastra cachonda - Capítulo 34

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34: Problemas a la vista (2) 34: Problemas a la vista (2) Por desgracia para nosotros, parece que la calma de esta tranquila tarde está a punto de llegar a su fin.

Uno de esos cabrones sentados en las mesas del bar ha decidido, al parecer, ir más allá de los habituales comentarios inapropiados que le ha estado lanzando a Kimberly desde que nos sentamos.

—Oye, tú, muñequita rubia.

Eres realmente guapa, ¿sabes?

—empieza un hombre de mediana edad; feo, bajo, regordete y… joder, hasta apesta como una alcantarilla.

Se tambalea junto a nuestra mesita, con pinta de que podría desplomarse en cualquier segundo—.

¿Sabes?

Vi una foto tuya expuesta en el escaparate de una boutique de la Quinta Avenida, y que sepas que anoche mismo me la meneé pensando en ella.

Así que… debes de ser modelo, ¿verdad?

Verás, mis amigos y yo nos preguntábamos qué hace una modelo como tú con un pringado como ese.

¿Por qué no dejas a este niñato y te vienes conmigo?

Te enseñaré cómo un hombre de verdad trata a una mujer; créeme, cuando me hayas probado, no querrás ninguna otra polla en el mundo que no sea la mía —añade, esbozando una sonrisa exageradamente siniestra, probablemente para intentar parecer duro o asustarme.

Por su forma de hablar y por el hedor de su aliento, está claro que va borracho como una cuba… exactamente el tipo de presa que solía buscar durante mis cacerías nocturnas en las afueras de Nueva York.

Ver a gente así pululando por ahí y acosando a los demás sin el menor pudor casi me hace arrepentirme de haber abandonado esa vieja costumbre de limpiar callejones oscuros.

Soy el superhéroe que esta ciudad necesita, pero que no merece.

Por desgracia, todavía es de día y, lo que es más importante, no estamos solos.

De lo contrario, no habría dudado ni un segundo en estamparle la cara, gorda y asquerosa, contra el asfalto.

Hay que ver los cojones que tiene este saco de mierda, menospreciándome y dándoselas de hombre de verdad.

Apostaría mi alma a que con quince años yo ya tenía diez veces más experiencia que él con las mujeres, y que ni en cien vidas podría igualar la que tengo ahora.

Qué gordo perdedor más patético…
Kimberly, demostrando una vez más lo aguda e inteligente que es, hace lo único sensato que alguien como ella puede hacer en una situación así: fingir que no existe.

Ni siquiera le dirige una mirada, aunque su incomodidad y su preocupación son dolorosamente evidentes.

Yo me limito a negar con la cabeza y a sonreír, secundando su decisión de actuar como si no pasara nada, con la esperanza de que el gordo cabrón se canse de que lo ignoren y vuelva a su mesa.

Aun así, me pican las manos y me cuesta un infierno mantenerlas hundidas en los bolsillos.

Pero, como era de esperar, no es el tipo de tío que se rinde solo porque lo ignores.

—¿Me oyes o no, zorra estirada?

¡¿O tengo que destaponarte los oídos metiéndote la polla en ellos?!

¡Te estoy hablando a ti, mírame cuando te hablo!

—farfulla el hombre en voz alta.

Ante ese grito, otro energúmeno se levanta bruscamente de la misma mesa en la que el gordo estaba sentado momentos antes y avanza pesadamente hacia nosotros con pasos torpes e inseguros.

Este es un bruto de más de dos metros de altura: un hombre negro de unos cincuenta años, con la complexión de un boxeador retirado.

Una vez más, Kimberly se obliga a ignorarlos.

Le da un sorbo al chocolate caliente de la taza que sujeta con manos temblorosas, probablemente tanto por el miedo como por la rabia.

Quizá la próxima vez se lo piense dos veces antes de invitarme a tomar algo a un sitio que apestaba a mierda a kilómetros.

—¿Te están dando problemas estos dos mocosos, Frank?

—pregunta el hombre mientras se acerca a su lado, cerniéndose sobre nosotros.

—No te preocupes, Jamal.

¡Esta putita estaba a punto de dejar a este pringado y largarse conmigo!

—replica Frank, visiblemente irritado.

Y justo después, alarga la mano hacia Kimberly, intentando agarrarla por los hombros y prácticamente echándole todo su peso encima.

Pero hace falta mucho más que un gordo idiota, torpe y borracho para pillarme con la guardia baja.

Gracias a mis reflejos sobrenaturales de vampiro, me muevo primero, asestándole un puñetazo seco bajo la barbilla antes de que pueda siquiera rozarla.

Frank cae de espaldas, con la mandíbula y los dientes destrozados y la sangre manando de su boca.

Ni siquiera puede gritar, y se agarra la mandíbula destrozada con agonía; debo de habérsela roto también.

Intenté contenerme todo lo que pude.

Si le hubiera golpeado con toda mi fuerza, su cabeza se habría desprendido de su cuerpo y habría salido volando varias manzanas.

Y, sin embargo… maldita sea, no pretendía dejarlo así.

¿Cuándo me he vuelto tan fuerte?

Quizá todas esas sesiones de entrenamiento con John Hardley no solo aumentaron mi control sobre la energía Sanguis, sino también mi fuerza física.

Jamal, sin embargo, no se queda ahí mirando sin más.

Aprieta el puño derecho y lo levanta, dispuesto a descargarlo sobre mí, pero…

—¡Jamal, atrévete y te mando de cabeza para adentro otra vez!

Por suerte —la de Jamal, obviamente—, la oportuna llegada de una patrulla de policía le hace recapacitar.

Se aleja de la mesa, con las manos en alto, retrocediendo mientras dos agentes se acercan a él.

Por instinto, justo antes de que los policías lleguen hasta nosotros, me levanto y agarro la mano de Kimberly.

—La próxima vez quizá sea mejor que elija yo el sitio, ¿vale?

—le digo, arrastrándola a la carrera para alejarla de esa guarida de matones.

Ella apenas asiente, dejándose llevar y corriendo tan rápido como puede.

Pobrecilla, está claro que sigue en shock por lo que acaba de pasar.

Aunque, por supuesto, ella no tiene forma de saber que en ningún momento estuvimos realmente en peligro y que, en todo caso, fueron esos dos gilipollas los que se salvaron gracias a la policía.

Tras unos minutos de caminar a paso ligero, buscando deliberadamente las calles más concurridas, y con su mano todavía firmemente aferrada a la mía, Kimberly por fin empieza a calmarse.

Nos sentamos en un banco para pensar qué hacer a continuación.

Pero, por desgracia, no parece que esto haya terminado todavía.

Kimberly no ha podido darse cuenta, desde luego, pero esos dos energúmenos todavía nos están siguiendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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