Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 11
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11: Capitulo 10 11: Capitulo 10 Con cuidado y decisión, ordené que Lucien fuera conectado a los monitores.
Observé atentamente cada dato que el equipo registraba, con signos preocupantes: presión arterial baja, niveles alterados de glucosa y signos evidentes de deshidratación profunda.
Mis ojos escudriñaban cada pantalla, leyendo cada cifra como si fuera un mensaje urgente.
Sabía que esas estadísticas eran mucho más que números; eran la línea delgada entre la vida y la muerte.
En ese instante, el silencio del hospital se mezclaba con mi propio latido acelerado, y la batalla de Lucien se volvía también la mía.
—Necesitamos iniciar con urgencia sueroterapia con balance electrolítico —ordené con voz firme—.
Soliciten un análisis completo de sangre y verifiquen la función renal y hepática; no podemos pasar por alto ni un solo detalle.
—¿Se ha presentado algún familiar?
—No doctor, solo se encuentra en la sala de espera el vecino que lo encontró en el domicilio.
—¿Tenemos algún historial médico aquí del paciente?
—Nada que se haya encontrado en nuestro sistema.
— Busca historial en otros hospitales, pregunta si tiene registro del paciente.
—Sí doctor, me pondré en ello y avisaré si hay noticias.
—Bien, prepara todo lo demás, y ve a ver si los exámenes le faltan mucho para que estén listos.
Mientras el equipo ejecutaba mis órdenes con precisión, no apartaba la mirada ni un instante de Lucien.
Mis manos se movían con la experiencia adquirida, pero mi mente permanecía en alerta máxima, escuchando cada pitido, sintiendo la fragilidad de ese cuerpo inerte frente a mí.
En momentos, me inclinaba a hablarle en voz baja, como si mis palabras pudieran atravesar la barrera del coma y llegar hasta su conciencia.
—Lucien, necesito que luches.
Cada segundo aquí es una batalla.
Las horas pasaban en una sucesión ininterrumpida de actividad.
Coordinaba con los laboratorios para acelerar los análisis, comunicaba resultados y ajustaba tratamientos con rapidez.
La sala se movía a un ritmo frenético, pero para mí todo giraba en torno a ese cuerpo que no respondía, a ese joven que dependía completamente de mis cuidados.
Sabía que no era solo una lucha contra la enfermedad, sino una batalla para proteger a alguien que ya había marcado mis decisiones.
En un instante de pausa, me permití un respiro y observé el rostro de Lucien, tan pálido y frágil.
Jamás imaginé tener un encuentro así y de esta forma tan dolorosa Se había convertido en una batalla silenciosa entre la vida y el tiempo la que corría dentro de aquella noche.
Jamás imaginé tener un encuentro así y de esta forma tan dolorosa.
Me retiré con cuidado de la habitación de Lucien y me encerré en la sala de descanso, sentarme en el sofá de esa pequeña habitación privada.
Solo entonces permití que mi mente se liberara del torbellino de órdenes médicas, resultados urgentes y responsabilidades inmediatas.
En ese punto donde todo converge, donde cada hilo de mi vida se entreteje en este instante presente, me encontré cuestionando lo que muchos llaman destino o, quizás, simples coincidencias.
—No lo sé —murmuré para mí mismo, aceptando la incertidumbre que siempre ha acompañado.
Entonces, mi mente volvió a ese momento perdido en el tiempo, el recuerdo de Lucien cuando era un niño: esos ojos dorados que me miraron con inocencia, cuando le entregué ese dulce en el supermercado.
Esa imagen, aunque lejana, había sido un sostén invisible.
Nunca nos habíamos conocido realmente, pero sentí desde siempre que había una conexión intangible entre nosotros.
Reviví aquellas fugaces apariciones—el joven de ojos dorados en el restaurante, luego el repartidor de pizza con cabello rojizo, aquella sonrisa que parecía perseguirme en cada esquina, pero que nunca lograba alcanzar.
Aquel ser que un día me robó un instante de ternura y misterio ahora yacía frente a mí, vulnerable y silencioso.
Mientras la noche avanzaba, el peso de la responsabilidad crecía, pero a la vez una calma extraña y determinante me envolvía.
Sabía que el miedo y la incertidumbre no desaparecerían pronto, pero comprendí que mi deber y mi fuerza residían en permanecer aquí, presente y atento para ese joven que, sin saberlo, formaba parte fundamental de mí.
Él se convirtió en mi responsabilidad, en una promesa no dicha y en la inspiración silenciosa que me movía.
Salí de esa sala sin dar respuestas a todas las preguntas que me venían encima.
Pero con la claridad que no podía perder tiempo en lamentos, debía cuidar con todo lo que tenía, la vida que fue puesta en mis manos.
Ya llevo dos noches sin cerrar los ojos y mis pausas de comida eran rápidas.
Sentía que, si me alejaba de Lucien, se marcharía de nuevo.
Me entraba una angustia y ansiedad por no estar a su lado.
La fatiga me pesaba como una manta húmeda que no puedo quitarme.
Las horas se han traducido en una larga sucesión de gestos automáticos: revisar monitores, ajustar líquidos, vigilar signos vitales, sostener esa mano pálida que reclama toda mi atención y que espera que yo esté ahí.
Mi cuerpo reclama descanso, pero mi mente nunca cesa.
Cada silencio, cada mínima señal, es una alarma que no puedo ignorar, una batalla silenciosa que me compromete más allá de la medicina.
Pero estoy decidido.
Esta noche y todas las que sigan.
En la sala de descanso, mis superiores, la jefa de guarda y el director coordinador, finalmente me encontraron.
La luz fría del hospital parece borrosa y demasiado intensa.
Cuando me miran con preocupación mezclada con un severo reproche…
—Theron —me dice la jefa de guardia, con la voz firme pero cuidadosa—, llevas dos días sin descansar.
¿Crees que esto es sostenible?
Intento responder, pero apenas puedo sostener la mirada.
—Lucien está estable —continúa—.
Has hecho un trabajo ejemplar, pero necesitamos que cuides también de ti.
Cuidar de un paciente no es dejarte literalmente sin fuerzas.
Cualquier cambio en su estado, serás el primero en saberlo, lo prometo.
Siento un nudo en la garganta, mezcla de culpa y alivio.
—Ve a casa ahora.
Descansa, duerme.
Mañana habrá otro equipo para continuar con la vigilancia.
Sus palabras, tan firmes, me obligaron a soltar la mano de Lucien por primera vez en horas.
Con pasos lentos y pesados, salí de la sala de descanso y me dirigí nuevamente a la habitación donde él estaba.
Al entrar, sentí una mezcla de ternura y peso en el pecho.
Me acerqué con cautela a su cama, me incliné suavemente y tomé su mano pálida, esa mano que parecía reclamar toda mi atención.
En voz baja, casi en un susurro para no alterar aquel silencio frágil, le hablé con sinceridad y firmeza.
—Lucien, voy a descansar un momento, solo por unas horas, pero prometo que volveré pronto.
No te dejaré solo.
Observé con atención su rostro, buscando cualquier gesto, un movimiento de sus ojos o alguna señal que me asegurara de que, de alguna forma, comprendía mis palabras.
Al sentir una tenue conexión, me incorporé lentamente.
Respiré profundo para contener las emociones que me presionaban el pecho y di un paso hacia la puerta.
Antes de salir, me detuve un instante y volví a mirarlo.
—Vamos a ganar esta batalla, juntos —le susurré con convicción.
Cerré la puerta detrás de mí con cuidado, sabiendo que aquella despedida era solo un breve descanso —una pausa necesaria para renovar fuerzas— para regresar a su lado.
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