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Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 12

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12: Capitulo 11 12: Capitulo 11 Caminando hacia mi auto, agotado mental y físicamente, aún luchaba con la imagen de Lucien.

El shock de cómo había entrado definitivamente en mi vida me paralizaba: la imagen de un pequeño Lucien sonriente contrastaba dolorosamente con la figura delgada, pálida, de profundas ojeras y una expresión que reflejaba tristeza y pena contenida.

Sentía todavía la agonía y el dolor en mi pecho, sumido en una sensación de impotencia terrible al saber que podía intentar curar su cuerpo, pero no evitar que sufriera.

Al llegar al estacionamiento, entré al auto y tomé un respiro profundo.

Sentí cómo mi cuerpo soltaba la tensión acumulada, pero al instante respondió con un temblor que no podía controlar.​ —Mi cuerpo tiembla… no puedo derrumbarme ahora.

Me siento débil, tengo que descansar para volver —murmuré para mí mismo.

Me froto la cara para despertar un poco.

Arranco el coche y salgo.

Me froté la cara para despertar un poco; arranqué el coche y salí.

El silencio dentro del vehículo se convirtió en el espacio necesario para que mis pensamientos fluyeran libremente, pero la tristeza era tan pesada que parecía presionar contra el piso.

Encendí la radio para cortar ese vacío.

Al llegar a casa, mis pasos eran pesados, como si estuvieran pegados al suelo y tuviera que tirar de ellos para avanzar; la imagen de Lucien se mezclaba en mi mente con la preocupación profunda por su estado y con la promesa que había hecho.

Abrí la puerta y, antes siquiera de hablar, sentí las miradas de mis padres, que con solo verme comprendieron el desgaste que cargaba.

Mi rostro, demacrado y ojeroso, la postura encorvada de mi cuerpo hablaba de una batalla que ellos no necesitaban conocer en detalle para comprender.

La preocupación se reflejaba en sus ojos, tan intensos y llenos de cariño.

Al llegar a la casa …

—¿Qué te ha pasado, hijo?

—Mi madre habló con la voz entrecortada por la impresión.

—Entra rápido, hijo.

Debes comer algo, no te quedes allí —intervino mi padre, firme y preocupado—.

Voy a preparar tu habitación para que descanses.

Querida, por favor, haz algo de comer mientras él se ducha —añadió, tomando el control de la situación.

—Gracias, padre, iré —respondí.

Agradecí el gesto de que no comenzaran a interrogarme.

Más allá del simple acto de cuidar mi cuerpo, sus gestos y palabras traían una tranquilidad silenciosa, la primera desde hacía días.

Al salir de la ducha, vi la cara de mi madre llena de preguntas que fueron atadas por mi padre.

—No te preocupes, madre, fueron unos días duros con un paciente crítico.

No podía darme el lujo de descansar y terminé así —expliqué, intentando restarle dramatismo.​ Ella tomó aire profundo, dejando salir la tensión de verme en ese estado.

—Está bien, por favor, no me asustes así, llámame antes para estar preparada para apagar el fuego.

Te prepararé cosas ricas antes de que llegues para que recuperes fuerzas —dijo, volviendo a ese tono cálido y práctico que siempre la caracterizaba.

—muchas gracias —susurré.

—Toma, come, solo pude hacer esto tan rápido como pude.

Espero que te sientas mejor después de descansar —añadió, dejando el plato frente a mí.

Mientras miraba el plato sencillo pero nutritivo que mi madre había colocado delante de mí, sentía que un nudo me bloqueaba la garganta.

Intenté comer, pero el peso emocional me impedía hacerlo.

Ellos movían con delicadeza la habitación, organizándola meticulosamente.

Cada detalle era una promesa de refugio; un pequeño santuario donde dejar atrás temporalmente el torbellino que me consumía.

Finalmente, al recostarme en la cama, el agotamiento me venció.

Las lágrimas comenzaron a rodar sin control sobre mis mejillas, era como si todo el miedo, la soledad y la presión que había reprimido durante tanto tiempo encontraran su escape.

Un llanto silencioso que pica por dentro y no puedes rascar.

Todo pensamiento me llevaba a pensar en qué había pasado con Lucien todo este tiempo y por qué terminó así.

Hasta que el sueño se apoderó de mí, tan necesario y merecido, me envolvió por completo.

*** Escucho a mi padre a lo lejos —Lisy, querida, déjalo dormir un poco más, apenas se levante, él comerá —decía con calma.

—Pero lleva mucho tiempo durmiendo y si algo está mal con él?

Al despertar, la luz del día se filtraba suavemente por la ventana de la habitación.

Mi cuerpo aún cargaba el cansancio, pero el sueño había sido reparador, algo que hacía días no sentía.

—Wow, qué tarde… ¿tanto dormí?

—me revolví en la cama, como lo hacía siempre—.

No quiero levantarme.

¿Qué pensarían si ven a un adulto comportarse de esta manera?…

Sin duda mis hermanas usarían esto para extorsionarme —pensé, con una sonrisa amarga.

Me refresqué bajo la ducha, tomé un momento para bajar porque veía venir en son de cascada las preguntas de mi madre.

Bajé a la cocina, donde el aroma a café recién hecho me invitaba a sentarme.

Mi madre había hecho unos bocadillos sencillos para que pueda comer también, se nota que los había preparado con cuidado.

Mientras comía con tranquilidad, mis oídos captaron una conversación telefónica que se desarrollaba en la sala contigua.

Mi madre hablaba; por el tono, parecía tratarse de una vieja amiga.

Al verme desde la sala, notó que ya estaba desayunando y se acercó a mí con un gesto de pregunta.

—¿Está bueno?

—preguntó, aún con el teléfono en la mano.

Le contesto susurrando para no molestar en su llamada: —¡¡Está muy bueno!!

—Un momento, Emilie, está justo aquí mi hijo… Hijo, ¿recuerdas el nombre de tu tesis?

Le estoy contando cómo hiciste tu tesis con el nombre que ella me dio.

¿Recuerdas?

—dijo mi madre al teléfono y luego hacia mí.

—Muy poco, pero dile que muchas gracias, me ayudó mucho.

—¿Lo pudiste escuchar, Emilie?… Sí, está bien, solo anda cansado, le tocó un turno muy duro —añadió mi madre.

Se sentó junto a mí y, mientras conversaba, comía también bocadillos; parecía querer hacerme compañía.​ Con el sonido del teléfono tan cerca, podía escuchar claramente lo que le decían.​ —¿Emilie, sigues trabajando de enfermera?

—preguntó mi madre.

—Sí, claro, pero ahora me siento muy preocupada —respondió ella—.

Hace como tres días, el hijo de la persona que cuido fue llevado al hospital de urgencia y quedó en coma.

El vecino vio la puerta abierta y, al mirar, vio al hijo tirado en el piso, llamó a urgencias y lo siguió hasta el hospital.

La situación es grave; el equipo médico está haciendo todo lo posible —relató Emilie.

—¡Oh, pobre!, eso es terrible.

¿Qué pasará con el padre, solo en la casa?

—respondió mi madre, conmovida.​ Mis movimientos se detuvieron; mi mano quedó a medio camino hacia mi boca.

Mi corazón empezó a acelerarse.

Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar en mi mente.​ Conteniendo mis nervios, dije en voz baja: —Madre, por favor, pregúntale cómo se llama el hijo de ese hombre —pedí.

No podía ser tanta la coincidencia —¿El hijo?

—preguntó mi madre, buscando confirmar.

Afirmo con mi cabeza, esperando un rayo de luz ilumine más mis pensamientos, pero tambien con miedo a la conexión que ello implicaba —Mi hijo pregunta cómo se llama el joven que quedó hospitalizado.

—Él se llama Lucien… —respondió Emilie al teléfono.

No puede ser…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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