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Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 13

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13: Capitulo 12 13: Capitulo 12 Un escalofrío erizó mi piel.

Fue como si una descarga me atravesara, despertando recuerdos enterrados y revelaciones que, por fin, cobraban sentido.

Recordé aquella conversación antigua que me impulsó a elegir el tema de mi tesis, cuando aún desconocía el peso que tendría en mi vida.​ Cada encuentro, cada recuerdo lejano, cada avistamiento fugaz me había llevado a este momento.

La conexión con Lucien no era una coincidencia, sino una unión intangible.​ Tomé una breve pausa para asimilar lo que acababa de descubrir; la conexión que hasta entonces creía casual ahora se presentaba como una realidad ineludible.

—Madre, por favor, necesito la dirección de donde trabaja —dije con determinación—.

Quiero saber más Mi madre vio mi rostro y no dijo nada; se limitó a solicitar a su amiga la dirección y a dármela.

Sabía que ese silencio más tarde caería como una avalancha de preguntas sobre mí, pero no podía pensar en nada más.

Tenía la necesidad de entrar en ese mundo que parecía silenciosamente entrelazado con el mío; el vínculo entre Lucien y su familia iba más allá de la enfermedad física.

Preparé todo rápidamente, tomé la dirección y salí con determinación hacia la casa de Lucien, comencé a sentir una cercanía creciente a una historia que fue escrita a lo largo de años.

Solo al bajarme del auto, desde afuera, pude notar el abandono de aquel del hogar.

Me dirigía lentamente, con respeto, consciente de que el dolor de esa familia estaba marcado por la ausencia y la enfermedad.

Al tocar la puerta, abrió Emilie, la amiga de mi madre con la que acababa de conversar, y me invitó a pasar.

Había un aire pesado en la casa; la atmósfera estaba cargada de una mezcla de dolor contenido y resignación silenciosa que parecía impregnar cada rincón.

Con una sonrisa comprensiva, buscando aliviar la tensión reflejada en mi rostro, preguntó…

—¿Le ofrezco un té?.​ —Gracias, Emilie, pero… lo primero que necesito es conocer al padre de Lucien —respondí con honestidad, sintiendo que ese encuentro era esencial.

Emilie asintió sin preguntar más, reconociendo la urgencia y el respeto en el gesto.

Con pasos suaves, me guió por el pasillo hasta la habitación donde un hombre postrado aguardaba.

Vi a un hombre grande; su cuerpo contaba una vida diferente a la que su rostro reflejaba ahora.

Había en él una presencia que imponía respeto incluso en medio de la fragilidad.

Su cuerpo mostraba las huellas de una vida activa y distinta, marcada por la fuerza y el vigor, aunque su rostro revelaba otro destino.

Era alto y fornido, o alguna vez lo había sido; la musculatura que en el pasado debía acompañar cada movimiento había menguado poco a poco por los largos años de encierro y el avance implacable de la enfermedad.

Sus brazos, antes robustos, ahora descansaban inmóviles sobre la manta, y sus manos, grandes pero huesudas, parecían reclamar algún recuerdo de tiempos mejores.

En sus ojos vi una mezcla de orgullo y vulnerabilidad, la mirada de alguien que había enfrentado desafíos y batallas, pero que al final había quedado a merced de su propio cuerpo.

La palidez de la piel contrastaba con la sombra oscura de una barba crecida, testigo silencioso del abandono de las rutinas cotidianas.

Respiré hondo y comencé una conversación profesional junto a Emilie Hayate; sabía que era importante entender bien la situación y demostrar respeto por el cuidado que ya recibía.​ —¿Qué medicamentos le están suministrando actualmente?

—pregunté, tomando notas mentales.​ —Antiinflamatorios, algunos analgésicos para el dolor y suplementos vitamínicos —respondió Emilie con voz calmada—.

También recibe medicamentos para controlar la presión arterial, aunque últimamente ha estado un poco inestable.​ —¿Cuándo fue su última cita médica?

—continué, intentando comprender el seguimiento clínico.​ —Hace más de un mes.

Fue evaluado en la clínica general del territorio, pero las mejoras han sido mínimas.

La enfermedad ha avanzado silenciosamente —explicó Emilie.​ —¿Cómo es su rutina diaria de comidas?

—indagué.​ —Muy limitada —dijo la enfermera—.

Apenas puede tragar sin ayuda.

Su apetito es escaso y nos esforzamos por mantener una dieta balanceada que lo nutra lo suficiente, aunque pesa menos de lo adecuado —aclaró.​ Asentí en silencio; cada respuesta confirmaba el cuadro de fragilidad y desgaste.

No era solo un cuerpo postrado; era una historia de resistencia que había atravesado el tiempo.​ —¿Y en cuanto a su estado mental?

—pregunté mirándola con interés—.

¿Cómo está su nivel de lucidez durante el día?.​ Emilie hizo una pausa y luego respondió con tono serio: —Su lucidez varía mucho.

Hay momentos en los que parece estar más consciente, responde a preguntas simples y reconoce rostros, especialmente el de su hijo.

Pero esas ventanas de claridad se cierran con facilidad.

A veces está desorientado, confundido y pierde el hilo de la conversación.

Es como si su mente luchara por mantenerse presente, pero se agota rápidamente —explicó.​ —¿Ha mostrado depresión o ansiedad?

—insistí con atención—.

Es común en pacientes en estas condiciones prolongadas.​ —Sí —confirmó Emilie—.

Hay días en los que se le nota abatido, especialmente cuando las visitas son escasas o cuando siente el peso de la pérdida.

Toma poco interés en lo que ocurre a su alrededor y se le ve más retraído.

La tristeza se le pinta en el rostro —dijo con pesar.​ —¿Hay episodios de agitación o agresividad?

—pregunté.​ —Pocos, pero ocurren y son específicos —reconoció la enfermera—.

Cuando viene algún familiar a preguntar por él.

Así que me limito a rechazar esas visitas y no mencionárselo, ya que se torna muy fuera de sí.

Prefiero su paz a que se tire abajo todo el esfuerzo de recuperación —añadió.​ Absorbí cada palabra, entendiendo que el cuidado médico iba mucho más allá de los medicamentos.

El estado mental de un paciente así requería paciencia infinita y un acompañamiento constante.​ —¿Y la comunicación con su hijo?

—quise saber—.

¿Cómo reaccionan ambos frente a esa realidad?.​ Emilie exhaló con lentitud antes de hablar…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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