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Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 16

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16: CAPITULO 15 16: CAPITULO 15 Me levanté con el cuerpo menos pesado, renovado por un sueño reparador.

Mi madre había preparado un desayuno nutritivo —jugo fresco, huevos y pan tostado— que comí con agradecimiento.

Al no recibir llamadas del hospital, supe que aún no había cambios en el estado de Lucien.

Esa mañana me permitió ordenar mis pensamientos.​ Aunque mi cabeza estaba más despejada, Emilie y mi padre habían abierto más preguntas que respuestas.

Necesitaba información; no podía esperar a que mi padre decidiera contarme todo lo que sabía.​ Mientras desayunaba, llamé a Narelle, mi hermana mayor.​ —Hola, Narelle.

—¿Quién habla?

Porque mi hermano real casi nunca llama.

¿Es una broma?

¿Hay alguna cámara oculta?

¿Desde dónde están grabando?

—respondió, exagerando.​ —Es tu hermano real en edición limitada.

Solo se activa en modo “reunión familiar importante” —dije.

—Pues aprovecha ese modo, porque te pienso usar de escudo en todas las conversaciones incómodas —replicó.

—Trato: yo te cubro de los chismes y tú me cubres de los discursos de papá.

—Hecho.

¿Cuándo nos reunimos?

—Decídanlo con Devra; una vez que tengan el día, llámenme.

Nuestros padres tienen una conversación larga pendiente —expliqué.​ —Mmm…

ya veo.

Está bien.

Tú traes el postre.

¡Beep-beep!

La llamada se cortó.​ —Cortó… Ah, aún no lo supera —murmuró, entre risas Narelle.

— No dejaré que me vuelva a molestar con esas bromas… pero tendré que llevar postre, si no seguirá con los mismos juegos de siempre…—me dije frustrado por los recuerdos de una malvada travesura de mi hermana.

—Madre… ya me voy, gracias por el desayuno —avisé.​ —De nada, hijo.

¿Hablabas con tu hermana Devra?

—No, con Narelle.

—Oh, la llamaré más tarde.

Que tengas buen día, hijo.

Adiós —respondió.​ Me dirigí hacia el hospital una hora antes de mi horario normal para poder estar ese tiempo junto a Lucien.

Quería ver los resultados de los exámenes; no quería que se me escapara nada relevante.

Al llegar, fui directo a su habitación.​ Al verlo, mi cuerpo se movió solo; me acerqué y tomé su mano con suavidad.

Comencé a contarle que había conocido a su padre y lo valioso que era para muchas personas.

Mientras le hablaba, vi una lágrima escondida en el rabillo de su ojo: su corazón reconocía mis palabras; discerní que podía escucharme, aunque su cuerpo cansado no pudiera soportar ya la carga que llevaba desde hacía tanto tiempo.​ Susurré: —Lucien, lucharé junto a ti.

No dejaré que te rindas.

Te lo demostraré, te lo prometo —dije con firmeza.​ Mientras hablaba, percibí un gesto de incomodidad en Lucien, un movimiento apenas perceptible en la expresión de su rostro, que no habría notado si no lo estuviera observando con tanta atención.

En ese detalle confirmé que, aunque débil, Lucien estaba ahí, consciente de mi presencia y de mi promesa.​ Así comenzaba mi rutina todos los días: al llegar, me quedaba con él unas horas y luego seguía con mis rondas de pacientes.

Me despedía con la promesa de que, al terminar mis deberes, volvería.​ Ya habían pasado dos semanas entre exámenes y ajustes constantes en su tratamiento.​ —Lucien… —suspiré—, ¿por qué no quieres volver?… —murmuré, frustrado.​ BRR… BRR… BRR.

Mi teléfono sonó; salí al pasillo para contestar.​ —Hola, Emilie.

—Hola, doctor, espero que esté bien —saludó.

—Estoy bien, muchas gracias —respondí.

—Lo llamo para saber si puedo visitar a Lucien mañana en la mañana.

—Claro, no hay inconveniente, avisaré a la enfermera para que quede su registro de visita —dije.​ —Muchas gracias.

¿Y podrán ir otros vecinos a visitarlo?

Solo dos más; ellos han estado cerca de Lucien.

—Si me confirmas que son de confianza, no habrá problemas.

Tienen que venir por separado y debes enviarme los datos de esas personas para que queden en el registro de visitas —aclaré.​ —Muchas gracias, doctor, le enviaré los datos cuando los tenga listos y el día en que irán a visitar a Lucien.

—Muy bien, estaré pendiente.

Que estés bien.

—Gracias, doctor, nos vemos —cerró la llamada.​ …Aprovecharé para llamar a Ren, pensé.​ Recordé el día en que decidí contarle realmente a Ren por qué sus ex lo habían dejado y lo que había hecho yo.

Se le llenaron los ojos de agua.

Fue en un almuerzo de comida y cervezas…​ —Ren, debo mencionarte algo que he hecho sin tu consentimiento… —comencé.​ —¿Qué?…

—me miró, frunciendo el ceño.

—Pero quiero que sepas, antes de contarlo, que lo hice para protegerte.

—Te escucho… —su expresión cambió; apoyó el mentón sobre el dorso de su mano, dispuesto a oír.​ —Tus antiguas exnovias… La primera: escuché su conversación vulgar sobre su propósito al salir contigo.

Su motivación solo era usarte como tarjeta bancaria.

Esas fueron sus palabras exactas, así que no pude quedarme quieto —confesé.​ —No puede ser… —murmuró.

—Al ver que tú la querías, no pude decírtelo en ese momento, así que me acerqué a ella y le advertí que se alejara de ti.

—¿Y las demás?…

—Otra tenía la costumbre de tener solo “novios juguetes”.

Lo supe porque hablé con algunas personas que lo confirmaron.

—¿Cuántas veces lo hiciste?

—Solo con las primeras dos… —Entonces, ¿las otras…?

—No, no influí en nada más… —aclaré.

—No sé cómo sentirme… enojado, avergonzado o el idiota más grande… —dijo, llevándose la mano al rostro.​ —Lo siento, yo no quise que… —No es tu culpa… gracias por cuidarme.

No es enojo contra ti, solo que no sé cómo mirarte porque realmente era inmaduro y me salvaste de caer al fondo… —la conversación siguió hasta tarde.​ Obviamente sería noche de bebidas para Ren.

Esa noche, borracho hasta la médula, decidió que sería detective.

Pensé que eran cosas de borracho, pero aun así recordaba todo lo que le dije y terminó eligiendo una carrera que, por lo visto, estaba hecha para él.​ Marqué su número.

—Hola, Ren.

—Oh, por Dios, ¿por fin te acuerdas de que tienes un amigo?

—se quejó teatralmente.​ —Ah… ya recordé por qué no te llamaba, voy a colgar… —ironizé.

—No, no, no… ¿por qué haces eso?

¿No ves lo feliz que me hace que me llames…?

—Está bien.

¿Cómo has estado?

—cedí.

—Emocionado porque me preguntaste cómo estoy… —Voy a colgar.

—Está bien, está bien… jajaja.

¿A qué se debe el privilegio de escucharte?

—rió.​ —¿Podemos encontrarnos mañana al almuerzo?

Necesito ayuda.

—Sí, por supuesto, pero tú pagas… —respondió de inmediato.

—Está bien… —este almuerzo me costará más que un detective, pensé—.

Te enviaré la dirección y el horario.

—¡Siiii…!

Tengo una cita con Theron… —canturreó.

…click —ese hombre no soporta una broma.

Pero tengo almuerzo gratis.

Jejejej *** Al cortar la llamada, se acercó Hana: —Doctor, llegaron los últimos exámenes del paciente del accidente de ayer —informó.​ —Muy bien, Hana, vamos a verlo —respondí.​ Así transcurría mi día, de paciente en paciente, hasta que terminaba la jornada y volvía a la habitación de Lucien.

La fatiga me pesaba, pero mi mente no dejaba de buscar respuestas.​ Al llegar la noche, la desesperación comenzaba a aflorar al ver ese cuerpo frágil.

Cerré los ojos un instante; el cansancio despertaba en mí, pero mi promesa seguía en pie:​ «Lucharé junto a ti… lo prometo».​ Apreté suavemente la mano de Lucien, sintiendo la tibieza que poco a poco se mantenía, símbolo de la batalla de ambos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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