Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 17
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17: CAPITULO 16 17: CAPITULO 16 Al día siguiente… —Hola, doctor.
—Hola, Emilie.
Te llevaré a la habitación de Lucien —respondí. —Gracias, doctor.
—¿Y el señor Kael?
¿Cómo se encuentra?
—pregunté mientras caminábamos por el pasillo. —Oh, él se encuentra mucho mejor desde que cambiaron sus medicamentos.
Está más calmado y he podido notar que está recobrando su estabilidad.
Está comiendo cada día un poquito más.
Espero que pronto recupere sus fuerzas —explicó con alivio. —Me alegro.
Por favor, mantenme al tanto de cualquier inconveniente.
Si necesitas algo, no dudes en llamarme —dije. —Lo haré, no se preocupe —respondió. —Ya casi llegamos.
Tienes una hora de visita solamente.
Lucien está estable; todos sus exámenes se han mantenido sin cambios, pero su cuerpo aún está débil —le expliqué. —Comprendo.
Él siempre fue exigente consigo mismo; se esforzaba muchísimo por sus estudios y por su padre —comentó. —¿Estudios?
—pregunté, sorprendido.
—Sí, él estaba estudiando Medicina también.
Debido al fallecimiento de su madre, quiso estudiar Medicina —dijo Emilie. —Me sorprende… debió ser muy duro para él —murmuré. Quedé pensando unos minutos: “No sabía esto.
A mí me fue difícil estudiar, pero contaba con la ayuda de mi familia.
Para él, con todo lo que hacía… ahora comprendo un poco más su colapso”. —Sí, lo fue —continuó Emilie—.
Sé que tenía un amigo con el que eran muy cercanos.
Creo que se estaban conociendo… bueno, usted puede comprender… pero no lo he visto en todo este tiempo y tampoco ha llamado preguntando por Lucien.
Debe haber pasado algo entre ellos —añadió. —Tendré presente esa información.
Si pasó algo entre esa persona y Lucien, puede que haya sido la chispa de su colapso —dije, analizando en voz alta. —No lo había considerado así… mmm… si algún día llama, indagaré con cuidado —aseguró. —Por favor, avísame también de ello.
Es mejor tener todo el panorama de las causas del estado de Lucien —pedí. —Se lo informaré también —asintió. —Llegamos.
No hace falta que me busques cuando te vayas; solo envíame un mensaje y estaré pendiente de las otras personas que vendrán —indiqué. —Nuevamente, muchas gracias por cuidar de Lucien, doctor D’Arthen —dijo con sinceridad. —Es mi deber.
Cuídate, estamos en contacto —respondí.
—Adiós, doctor —se despidió. Emilie, al entrar a la habitación y notar el delicado estado de Lucien, no pudo sostener las lágrimas.
Se sentó junto a él; vio su delgadez y, al tomar su mano, notó que estaba un poco fría. —Dios mío… —su tristeza se hizo más pesada y su corazón comenzó a decaer—.
Debí ayudarte mejor.
Siento que fracasé en apoyarte y cuidarte como debía.
Aunque no lo creas, eres como un hijo más para mí.
Nunca te lo dije y lo di por sentado.
Lo siento tanto… —su voz se quebró. Después de un breve lapso, pensó para sí: “Mis lágrimas no ayudan… debo animarlo a volver”.
Se secó las mejillas con el dorso de la mano, obligándose a recomponerse. Tras una pausa para ordenar las emociones que la inundaban, continuó: —Quiero contarte tantas cosas… Tu padre está mejor que antes.
Si lo vieras ahora, estarías contento de cómo va recuperándose.
Gracias al doctor D’Arthen ha mejorado; dio nuevas instrucciones y recetó nuevos medicamentos que lo han ayudado mucho en su mejora… —le contó con ternura. Emilie le hablaba a Lucien como si él estuviera escuchando atentamente; le detallaba lo que pasaba con su padre y con su hogar.
Así pasó el tiempo de visita. La enfermera de turno golpeó la puerta: —Señora Emilie, quedan cinco minutos para que termine el horario de visita —avisó. —Oh, no me fijé en la hora, muchas gracias.
Enseguida salgo —respondió Emilie. —Por favor, al salir pase por el mesón para firmar su salida y, si va a considerar otra visita, para tener el permiso del doctor —añadió la enfermera. —Muchas gracias, enseguida iré —asintió. Emilie volvió la mirada a Lucien: —Debo irme ya, pero regresaré pronto con nuevas noticias.
Y ten la seguridad de que muchas personas que te aprecian esperan tu regreso a casa.
Nos vemos pronto —dijo, presionando la mano de Lucien, como sin querer irse. … —Uff, qué mañana tan larga, doctor.
Ya es tarde y aún no ha comido y mi estómago ruge.
¿Cómo le hace?
—comentó Hana, acercándose. Miré la hora; debía reunirme con Ren.
—Sí, ya es tarde, Hana.
Debo reunirme con un amigo a almorzar.
Ve a comer tú también, nos vemos más tarde —dije. —Muy bien, doctor, nos vemos.
Y trate de descansar, aunque sea un poco —respondió ella. —Tú también, Hana.
Todavía nos queda una larga tarde —añadí. Debía apurarme; ya se me había hecho un poco tarde.
Tenía que avisar de mi salida del hospital. —Enfermera Lía, me retiro del hospital.
Saldré a comer afuera, vuelvo en mi turno de tarde —avisé. —Está bien, doctor, lo dejaré anotado por si preguntan por usted —respondió Lía. —Solo llámenme si es una urgencia.
—Bien, doctor.
Que disfrute su comida.
—Gracias —respondí… “Debo apurarme, se me hará tarde”, pensé. Al llegar al café, noté que Ren aún no había llegado.
Fui a tomar el teléfono para llamarlo, pero no hizo falta: una palma pesada cayó sobre mi hombro. —Si frunces un poco más el ceño, el café se va a cortar solo —bromeó. Al mirar, era Ren, con la chaqueta a medio abotonar y el pelo todavía húmedo; se notaba que estaba cansado. —Llegas tarde —murmuré, más por costumbre que por reproche.
—Estoy aquí, eso ya es puntualidad —replicó Ren, colgando la chaqueta en la silla de al lado—.
Además, me llamaste con voz de funeral —añadió. Al sentarse, la camarera se acercó y tomó la orden con rapidez: —Pues tenemos dos platos principales: Plato 1: Plato grande de pastas con salsa cremosa.
Plato 2: Churrasco/hamburguesa con queso, tocino y papas fritas —enumeró. —Ohhh, eso suena delicioso.
Dame el plato 2.
Theron, ¿qué quieres comer, hombre?
—preguntó Ren. —El plato 1, por favor —respondí. —Muy bien, ¿algo de tomar?
—Solo trae jugos, por favor —contestó Ren. Apenas presté atención al resto; cuando quedamos solos, Ren apoyó los antebrazos sobre la mesa. —Bien, lobo —bajó la voz—.
¿Qué pasó?
—preguntó. Sostuve su mirada unos segundos; no era fácil hablar de Lucien.
Cada vez que lo hacía sentía que estaba tocando algo demasiado delicado. —Necesito que investigues a alguien… fuera del sistema —dije al fin. La expresión de Ren se volvió seria al instante.
—Suena raro y potencialmente ilegal.
Empieza por aclarar qué tanto “fuera” —respondió, entornando los ojos. Respiré hondo.
—Él se llama Lucien.
Lucien Veylin —dije. Ren esperó en silencio.
Continué: —Estudia Medicina y trabaja en el hospital público.
En este momento está internado en terapia; lleva semanas en coma.
Llegó a urgencias casi sin pulso… —mis dedos apretaron el borde de la taza vacía—.
Hay cosas que no cuadran —admití. Ren no bromeó.
Observó el cambio de tono en mi voz, el peso que arrastraban esas palabras.
—¿Qué quieres saber?
—preguntó, ahora completamente serio. —Su familia.
Su pasado.
Por qué demonios lo dejaron solo hasta quedar así —respondí—.
El apellido de su padre… —hice una pausa. Ren ladeó la cabeza.
—Me dijiste Veylin —señaló. Incliné apenas la mirada.
—Ese es el punto.
Su padre es Kael Fenris —dije. El nombre quedó suspendido entre ambos como una grieta recién abierta; Ren se recostó en la silla, soltando el aire que contenía.
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