Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 18
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18: CAPITULO 17 18: CAPITULO 17 Ren pensaba detenidamente la seriedad de la conversación y la dirección que estaba tomando. —Fenris… —repitió—.
No sabes escoger casos fáciles, ¿verdad?. Apreté la mandíbula.
—Por eso te llamé a ti —respondí. Ren me estudió un momento.
—Bien.
Pongamos orden —dijo al fin—.
Tienes a un médico, hijo de un Fenris desaparecido de la vida pública, con un padre hecho ruinas en su casa y sin red de apoyo real… ¿y tú quieres que yo me meta a hurgar allí?
—resumió. —Quiero saber si alguien lo empujó a caer —corregí, sin apartar la mirada—.
Si hubo presiones, deudas, amenazas.
Si la familia de su padre hizo algo.
Si la de su madre existe aún.
Si alguien lo quiso desaparecer “discretamente” —dije con firmeza. La comida llegó a la mesa.
Ren tomó un sorbo de jugo antes de responder. —Te voy a decir algo que no me gusta decir muy seguido: a nivel humano, te entiendo —alzò un dedo—.
Pero como investigador, necesito límites —advirtió. Asentí sin dudar.
—Dime cuáles —respondí. Ren enumeró con calma: —Primero: no entraré a sistemas oficiales sin orden.
Puedo hacer cruces de datos, hablar con contactos, revisar archivos viejos, pero no voy a poner mi licencia en la trituradora, por muy bonitos que tengas los ojos —dijo, sin perder el tono serio. Fruncí el ceño.
—No pido que vayas tan lejos —contesté. —Lo sé —Ren sostuvo mi mirada—, pero tú tiendes a confundir “solo un poco más” con “ya que estamos, crucemos la línea”.
Dejémoslo claro desde ahora —remarcó. Exhalé lentamente.
—De acuerdo.
¿Segundo?
—pregunté. —Segundo: investigo entorno y antecedentes, no fabrico justicia.
Si encuentro algo sucio, no voy a salir corriendo con una pistola.
Mi trabajo es ver el mapa, no dinamitarlo —aclaró. —Quiero la verdad, no venganza —mi voz se volvió un poco más dura—.
Lo que haga con ella es otra cosa —respondí. Ren aceptó esa respuesta con un leve gesto.
—Tercero: no voy a tocar directamente a la rama Fenris más pesada.
Puedo rastrear registros públicos, viejos informes, rumores, pero si veo un lobo con demasiados colmillos, hay que mantener la distancia.
Si hay que golpear esa puerta, no lo haremos solos —añadió. Por primera vez aparté la mirada para observar la calle tras el vidrio.
—Si es necesario, lo haré por los canales oficiales —concedí—.
Pero necesito saber a qué me enfrento —dije. Ren dejó de comer, pensativo.
—Bien.
Ahora dime por qué te importa tanto.
Y no me digas “es un paciente” —pidió. El silencio duró unos latidos de más mientras buscaba las palabras correctas para que pudiera entender. —Porque nadie debería llegar a esa cama así —dije, al fin—.
Porque todo en su vida fue aguantar hasta romperse.
Porque cuando lo vi, con el reloj marcando sus latidos… sentí que el tiempo estaba jugando sucio con él —confesé. Ren observó, y una sombra de comprensión le cruzó el rostro.
—Y tú quieres hacer trampa a favor suyo —resumió. —Si el tiempo tiene favoritos, que esta vez lo tenga a él —respondí. Ren sonrió con cansancio.
—Sabes que cuando te pones dramático me es más difícil decir que no —bufó. —¿Es un sí?
—pregunté directo. No respondió de inmediato.
Alzó la mano para llamar a la mesera.
—Ya terminamos la comida, ¿podría traernos un té para mi amigo y un café doble para mí?
¿Tiene algún postre de acompañamiento?
—preguntó. —Sí, claro, hay pie de limón y tarta de chocolate —respondió ella. —Una tarta de chocolate, por favor —pidió Ren. —¿Theron, quieres postre?
—me miró.
—No, estoy bien con solo el té —respondí. —Por favor, solo eso —confirmó Ren.
—Enseguida se los traigo —dijo la mesera antes de retirarse. Al irse, Ren sacó una libreta y la abrió sobre la mesa.
—Nombre completo, fechas aproximadas, lo que sepas de los padres, direcciones viejas, cualquier rumor sobre la familia Fenris.
Y quiero los nombres de la enfermera de tu padre, de la vecina que los ayudaba, de cualquier alma que haya visto cómo se cayó ese hogar —dijo, ya en modo trabajo. Comencé a enumerar datos; el lápiz de Ren se movía rápido.
Entre apuntes, añadió: —Voy a buscar registros sobre el deterioro de Kael: ingresos hospitalarios, intervenciones del Estado, visitas de “parientes preocupados” de última hora.
Si alguien se benefició de que ese hombre se apagara, quiero su nombre —sentenció. —Y las presiones sobre Lucien —recordé—.
Cuentas, becas, deudas, denuncias.
Si alguien lo empujó, no fue de un día para otro.
La verdad, desconozco más de lo que crees.
Pero seguro que, indagando dentro de esos círculos, podrás ver algo de información —añadí. Ren hizo un último trazo y cerró la libreta.
—Creo que con eso tenemos por ahora —dijo—.
No esperes milagros, pero te prometo que no miraré hacia otro lado si encuentro algo feo —aseguró. Lo miré con seriedad.
—Eso me basta —respondí. La mesera se acercó con el último pedido y se retiró de la mesa.
Ren se reclinó en la silla, dejando que el cuerpo se aflojara un poco. —Una cosa más —su voz perdió parte de la dureza—.
Debes mantener la cabeza fría.
No quiero encontrarte interfiriendo en investigaciones oficiales, ni usándome de excusa para saltarte protocolos en el hospital —advirtió. —Soy médico, no suicida —repliqué.
—Conozco médicos más temerarios que cualquier alfa con complejo de héroe —sonrió de lado—.
Y tú tienes cara de candidato —bromeó. Solté una breve risa.
—Tú tampoco eres precisamente prudente —comenté.
—Por eso hacemos buen equipo —Ren alzó su taza, como si brindara—.
Tú sostienes al paciente.
Yo miro en la oscuridad a ver quién sopló la vela —dijo. —Hecho —acepté.
Chocamos levemente las tazas, un gesto pequeño que sellaba algo más que un favor.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente; dentro de esa cafetería, en cambio, el tiempo parecía haberse comprimido en un pacto silencioso. Al salir, Ren se colocó la chaqueta.
—Te avisaré si tengo alguna información, y si tienes algo más que decirme, llámame —dijo—.
Y, Theron… —¿Sí?
—Si esto se pone feo, no lo vas a cargar solo.
Para eso me llamaste… ¿no?
—añadió. Sostuve su mirada.
—Por eso mismo —respondí. Ren se alejó entre la gente, con la mente ya trabajando conexiones.
Quedé unos segundos quieto frente a la cafetería, con la sensación nítida de que, con ese almuerzo, había movido una pieza que no tendría vuelta atrás.
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