Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 20
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20: CAPITULO 19 20: CAPITULO 19 Cada palabra era un clamor desgarrador, un llamado desesperado al alma de Lucien para que regresara, para que luchara contra la sombra que quería atraparlo.
Mis manos y las del equipo médico se movían frenéticas, sin descanso, mientras la tensión era un hilo fino que una simple ráfaga de viento podría cortar. Tras varios intentos, en ese último grito desesperado, el corazón de Lucien comenzó a latir nuevamente.
Un latido débil al principio, pero genuino.
Un respiro profundo de su boca…
ese sonido, resonó con una intensidad casi mágica por toda la sala.
Fue como si, en ese instante, todos hubieran regresado a la vida junto a Lucien; la calma que siguió era frágil y momentánea. Sabía que ahora enfrentábamos el momento más delicado: la posibilidad de una recaída.
Lucien estaba demasiado débil, al borde de romperse, y cualquier paso en falso podía derrumbar todo el esfuerzo invertido.
La fiebre seguía siendo una amenaza; su cuerpo cansado luchaba por sostenerse y su mente apenas podía resistir el peso de la oscuridad.
Cada movimiento, cada signo vital, debía ser monitoreado con precisión casi obsesiva. Con el corazón en vilo, volví a tomar la mano de Lucien, apretándola suavemente.
En mi mente, solo había un solo deseo: que esta vez la luz no se apagara, que la batalla fuera ganada no solo por fuerza, sino por la voluntad inquebrantable de ambos.
El silencio en la habitación era pesado, pero lleno de una tensión viva; en ese silencio, prometí no soltar jamás su mano, no dejar que la sombra ganara.
Esta vez, no había otra opción que vencer. Fueron largas horas de vigilia intensa, pero finalmente Lucien comenzó a mostrar signos de estabilidad.
Su ritmo cardíaco se mantenía constante y la fiebre había cedido ligeramente, aunque el peligro aún no había pasado.
Sin embargo, no quería soltar la mano de Lucien ni un solo instante; había un vínculo silencioso entre ambos, una conexión que parecía sostenernos a los dos en medio de la tormenta. Con el sueño acumulado forzando mi cuerpo, decidí recostarme junto a Lucien, buscando no alejarme ni siquiera durante el descanso.
La enfermera que estaba a cargo, Lía, observó esa escena con una mezcla de comprensión y ternura; sabía que necesitaba ese momento para recuperar fuerzas y decidió no interrumpirlo.
Solo debía administrar el nuevo suero con los medicamentos prescritos, manteniendo la vigilancia sin perturbar esa frágil calma. Lía volvió a despertarme después de unas horas: —Doctor, doctor, vuelva a casa, lo cuidaremos bien —dijo con voz suave y baja. Con los ojos perdidos y la voz entrecortada, pedí solo treinta minutos más.
La enfermera sonrió y respondió: —Está bien, en treinta minutos vuelvo —aceptó. No volví a dormirme, pero permanecí acostado a su lado.
Susurré a Lucien, con un tono enojado pero teñido de ruego y calidez: —¿Por qué intentas irte?
¿Qué haría tu padre sin ti?
¿Qué pasaría con aquellas personas que preguntan por ti y te esperan?
No me vuelvas a dar ese susto, Lucien.
Te traeré de nuevo, de donde sea que te vayas o te escondas—le dije.
—Si no quieres pelear conmigo, solo te pido una cosa: ¡despierta, por favor!
—rogué. Cuando terminé de decir eso, miré el pálido rostro de Lucien.
Abrí los ojos en grande, llenos de esperanza.
Vi en él una ínfima expresión —una mueca que rozaba la risa—.
Tras dos meses observando aquel rostro, reconocí ese gesto sutil.
Me levanté, respirando hondo con satisfacción, convencido de que Lucien estaba dispuesto a luchar por volver. Al día siguiente, al llegar al hospital para iniciar la jornada, me encontré con la enfermera Hana en el pasillo. —Doctor, ya están los resultados que pidió ayer —dijo, entregándome una carpeta con los exámenes—.
Además, se realizaron por segunda vez para confirmar —añadió. —¿Qué encontraron?
—pregunté con voz firme mientras tomaba los informes. Hana hizo una pausa, midiendo sus palabras.
—Entre el primer examen y el segundo no hubo mucha diferencia.
La fiebre fue causada por… —hizo una pausa pequeña y cuidadosa— su celo, señor —informó. Mantuve el rostro inmutable, como siempre; con la mirada en la carpeta, leyendo y confirmando lo que decía Hana. Ella prosiguió, explicando con precisión: —Debido a ser un omega dominante junto con su estado frágil y débil, Lucien no pudo soportar la fiebre y el calor que acompañan su ciclo.
Su cuerpo reaccionó causando un colapso, lo que confundimos inicialmente con una fiebre fuerte; esto hizo que convulsionara y no soportara todo a la vez —detalló. Asentí lentamente, comprendiendo el delicado equilibrio en el que se encontraba Lucien. —Gracias, Hana.
Mantén la vigilancia y ajustaré el tratamiento —dije con voz firme pero cálida. Seguí mirando la carpeta con los resultados, pero algo me llamó la atención más allá de los números y datos impresos. —Hana, ¿has notado que no hay rastro del olor característico de que haya estado en celo?
—pregunté, con una ceja levantada y serio desconcierto. Hana me observó un momento, pensativa.
—Es extraño.
Normalmente el aroma dulce y potente del omega es inconfundible, pero en el caso de Lucien no hemos detectado nada —respondió. Reflexioné en voz alta: —Esto podría significar que algo en su cuerpo está interfiriendo con su ciclo natural.
Quizás una condición oculta… —hice una pausa—.
Deberíamos realizar pruebas más profundas para entender este fenómeno, mientras continuamos controlando sus signos vitales muy de cerca —concluí. Hana tomó nota con precisión: —De acuerdo, doctor.
Coordinaré con el laboratorio y prepararé los equipos para un examen minucioso.
Mientras tanto, seguiremos la vigilancia para detectar cualquier síntoma o cambio inmediato —aseguró. Cerré la carpeta con determinación y miré hacia la habitación donde Lucien reposaba, sintiendo que, aunque habíamos ganado una batalla, la guerra recién comenzaba.
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