Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 25
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Capítulo 25: CAPITULO 24
Kuroda se quedó de pie junto a la cama sin tocar nada, dejando que el pitido del monitor le marcara el ritmo de la respiración. No estaba ahí para consolar a nadie; nunca había sido bueno en eso. Estaba ahí para mirar.
Miró los nombres en la ficha: Theron D’Arthen, médico a cargo; Hana Sakurai, enfermera responsable; visitas autorizadas. Había aprendido que los nombres eran tan importantes como los síntomas. A veces más.
Recordó las palabras del doctor en la recepción: “estado muy delicado”, “momento complicado”, “por ahora lo mantenemos estable”. Las repitió mentalmente, una a una, como si fueran casillas que debía rellenar. Estable. Delicado. Complicado. Respiró hondo, fijando en la memoria cada cosa que había visto y oído: nombres, gestos, silencios. Su trabajo era guardarlo todo.
Dio un último vistazo a los monitores, al número de habitación. Después de observar todo alrededor, se sentó y se limitó a mirarlo hasta que se cumplió el tiempo. Salió antes de que fueran a sacarlo de la habitación. Emilie se encontraba afuera esperando. Se le notaba ansiosa.
Al ver que Kuroda salía, Emilie calculó rápido: aún quedaban unos minutos antes de que terminara la hora de visita.
—Enfermera Lia, ¿podré pasar solo dos minutos a verlo? Estoy dentro de las personas permitidas.
—Solo tiene dos minutos, señora Emilie —respondió Lia—. Después tendré que sacarla.
—Sí, solo quiero verlo un minuto, nada más.
Emilie entró a paso ligero, se acercó a la cama y tomó la mano de Lucien entre las suyas.
—No te preocupes, Lucien —susurró—. Estoy vigilando muy bien todo y cuidando a tu padre. Solo quise pasar un momento para que lo supieras. Por favor, vuelve con nosotros. No te rindas aún.
Apretó suavemente su mano y se retiró, cerrando la puerta tras de sí. Soltó un suspiro de alivio por haber podido verlo, aunque fuera un minuto.
Emilie se acercó al mesón, donde se encontraban dos enfermeras, para avisar que ya se retiraba.
—Oh, que tenga buena tarde, señora Emilie —dijo Lia, despidiéndose.
La otra enfermera levantó la vista de los papeles.
—¿Usted es quien cuida al padre de Lucien?
—Sí, así es. ¿Y usted es…?
—Me presento: mi nombre es Hana Sakurai. Soy la enfermera a cargo del cuidado del joven Lucien y trabajo bajo las órdenes del doctor D’Arthen.
—Mucho gusto. Qué bueno encontrarte. ¿Sería posible tener tu contacto también? Ya tengo el del doctor D’Arthen, pero me gustaría no molestarlo tanto.
—Oh, claro. Así podremos mantener una información más fluida —sonrió Hana—. Escuché, sin querer, que alguien más quería ver al joven Lucien sin autorización.
—Sí, el nombre era…
—Riven… —intervino Lia, al ver que Hana no lo recordaba—. Riven Kazeharu.
—Oh… el señor Riven —murmuró Emilie.
—¿Lo conoces, Emilie? —preguntó Hana.
—No mucho. Solo sé que era un amigo especial del joven Lucien. No pensé que vendría directo a verlo. Me pregunto cómo se enteró… No ha llamado a la casa tampoco…
…
El aire frío lo golpeó de lleno cuando cruzó las puertas automáticas. Afuera, el día ya parecía más gris de lo que recordaba desde la ventana de la sala de espera.Riven se detuvo bajo el alero, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta. No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado desde que la enfermera le dijo que su nombre no estaba en la lista, solo que la frase seguía repitiéndosele en la cabeza como un pitido más del hospital: “Lo siento, no puede pasar. No está autorizado”.
Sacó el teléfono casi por reflejo. La pantalla se encendió mostrando la última foto que tenía de Lucien: desenfocada, tomada a escondidas, cuando todavía caminaba solo con las manos en los bolsillos y la mirada baja, en aquel hospital mientras trabajaban juntos. Nada de tubos, nada de monitores. Solo un chico que se le escapaba en su memoria.
—Al menos estás vivo… —murmuró, más para convencerse asi mismo, que porque creyera que alguien pudiera escucharlo.
La enfermera le había dicho que podía volver “otro día”, si un responsable lo añadía a la lista. Sonaba fácil en su boca. No lo era en la realidad.
Riven deslizó el dedo por la pantalla, como si pudiera acariciar la silueta borrosa de Lucien a través del vidrio.
“Voy a volver”, se prometió en silencio. “Con permiso en esa lista o sin él.”
Una ráfaga de viento helado cruzó la entrada del hospital. Riven levantó la mirada hacia el edificio, memorizando el número de piso, el ala, cualquier detalle que le diera la sensación de estar más cerca. Luego guardó el teléfono y se alejó calle abajo, sin dejar de sentir que, allá arriba, detrás de alguna ventana sin rostro, Lucien seguía solo.
Riven ya había tomado una decisión: encontraría la forma de verlo esa misma noche.
…
La noche cayó sobre el hospital mucho antes de que Riven estuviera listo para volver, pero al final la oscuridad le pareció más útil que el valor.
Rodeó el edificio hasta la entrada lateral de urgencias, donde el flujo de gente era constante: camillas, familiares con bolsas de ropa, paramédicos hablando rápido. Nadie se fijaba demasiado en un tipo más con cara de cansado.
Había pasado un año moviéndose por esos pasillos como externo de laboratorio, cargando muestras de un piso a otro. Los carteles seguían en el mismo lugar: “Planta 3 – Hospitalización general”, “Planta 4 – Cuidados intermedios”. Solo tenía que parecer que sabía dónde iba.
Caminó directo al ascensor sin mirar a nadie más de lo necesario. Llevaba una carpeta vacía bajo el brazo, rescatada de un contenedor junto a administración. Era increíble lo mucho que una carpeta y un andar decidido abrían puertas que no estaban realmente cerradas.
En la planta de Lucien el ambiente era distinto al del día: menos ruido, luces más bajas, conversaciones en susurros. No vio a nadie alrededor. En el mesón había una auxiliar nueva, con ojeras profundas, concentrada en la pantalla del computador.
Riven no se acercó. En lugar de eso, esperó a que una enfermera saliera de una habitación con una bandeja de medicamentos y se pegó discretamente a su paso, como si formara parte del mismo movimiento de pasillo. Cuando ella dobló hacia el fondo, él siguió de largo.
La puerta de Lucien tenía el cartel de “Visitas restringidas”. Riven contuvo el impulso de correr y se obligó a avanzar como alguien que sabe exactamente qué hace. Echó un vistazo rápido a ambos lados del pasillo; nadie lo miraba.
Empujó la puerta con suavidad.
El cuarto parecía sombrío. Lucien inmóvil, apenas reconocible. Por un segundo, Riven se quedó en el umbral, con la mano aún en la manilla, como si su cuerpo se negara a entrar del todo.
—Perdón por no venir antes… —susurró al fin, cerrando la puerta detrás de sí.
El sonido fue apenas un clic suave, pero a Riven le pareció que sellaba algo más que una habitación. Se quedó de espaldas a la puerta unos segundos, respirando hondo, como si tuviera que acostumbrarse a la idea de verlo en ese estado tan delicado.
Cuando por fin se obligó a avanzar, cada paso le pareció más ruidoso de lo que en realidad era. Se detuvo junto al borde de la cama y lo miró de frente. De cerca, Lucien se veía aún más distinto: la piel demasiado pálida, los labios resecos. El cabello, que siempre le caía desordenado sobre los ojos, ahora estaba apartado de mala gana.
—Te arruinaron el peinado… —intentó bromear, pero la voz le salió áspera.
No hubo respuesta, solo el leve subir y bajar del pecho de Lucien.
Riven bajó la mirada a las manos, a los dedos largos inmóviles sobre la sábana. Recordó cómo los veía moverse cuando ordenaba frascos, cuando pasaba hojas de las carpetas de pacientes, cuando se guardaba un caramelo en el bolsillo pensando que nadie lo notaba.
—Siempre estabas apurado —murmuró—. Apurado para llegar, apurado para irte, apurado para no molestar a nadie.
Se apoyó en la baranda de la cama, inclinándose un poco más.
—¿Sabes qué es lo peor? —continuó, en voz baja—. Que yo lo vi. Vi que estabas mal. Que cada semana estabas más cansado, más flaco, con más ojeras. Y aun así… —tragó saliva—, aun así… pensé que, si preguntaba, te iba a incomodar.
Sonrió, sin alegría.
—Qué excusa más cobarde. “No quiero incomodarte”. Lo que no quería era incomodarme yo. Abrir la boca y que me dijeras que no necesitabas nada, que me apartara, que era un simple amigo para ti.
Durante un momento, solo se escuchó el aire pasar por el respirador. Riven estiró una mano, dudó en el último segundo y, en lugar de tomar la de Lucien, acomodó con suavidad un mechón rebelde que se había soltado de la cinta.
—Me caías mal al principio, ¿sabías? —susurró, casi con ternura—. Llegaste al laboratorio con esa cara de “déjenme trabajar y no me hablen” y pensé: “genial, otro que se cree demasiado ocupado para saludar”.
Sus ojos se arrugaron un poco en las comisuras.
—Después me di cuenta de que no era eso. Era miedo. Miedo a hacer ruido, a ocupar espacio, a que alguien se fijara demasiado en ti. Y ahí fue cuando me empezaste a caer peor todavía… porque empecé a fijarme yo.
El pitido del monitor se mantuvo regular. Riven dejó escapar una risa corta, sin humor.
—Te buscaba con la mirada y, cuando por fin aparecías con tus carpetas, mirabas al suelo como si el piso fuera la cosa más interesante del mundo. Y yo… yo ahí, fingiendo que leía informes, pensando cualquier estupidez con tal de no llamarte por tu nombre.
Se atrevió, por fin, a tomar la mano de Lucien. Estaba más fría de lo que esperaba, pero no tanto como para sentirla ajena.
Sus dedos apretaron un poco más.
—Lo siento, en verdad, lo lamento… —Inspiró hondo, como si el aire le pesara en el pecho.
—Si vuelves… —la voz le tembló apenas—, si vuelves voy a hacerlo distinto. No voy a mirar para otro lado. No voy a quedarme paralizado. Una vez te dije que no tendría miedo, e hice exactamente lo contrario: huí cuando más me necesitabas. Puedes odiarme todo lo que quieras, pero no pienso desaparecer otra vez.
Se inclinó un poco más, acercando la frente a la baranda metálica, todavía aferrado a la mano inerte.
—Solo… vuelve. Para que pueda decirte todo esto cuando tengas los ojos abiertos. Para que puedas mandarme al diablo en persona, si quieres. Pero vuelve.
—Quiero quedarme hasta que se abran tus ojos. Al verte así, solo quiero que despiertes y vuelvas a darme esa mirada tierna —susurró, sin soltarle la mano.
—Debo irme; si alguien me encuentra, jamás me dejarán entrar nuevamente. Tengo miedo de tu rechazo… —dejó caer unas lágrimas mientras se alejaba de la cama de Lucien.
Riven se detuvo en la puerta y, apenas audible, añadió:
—Volveré… con permiso de visita.
Al salir de la habitación, alguien lo llamó desde el fondo del pasillo:
—¡Oye! ¿Quién eres? No está permitido entrar a esa habitación.
Era la enfermera nueva del turno de noche.
Riven no se detuvo a mirar quién le hablaba; apretó el paso y dobló en la primera esquina. Se cubrió el rostro con una carpeta, buscando cualquier sombra donde perderse.
La enfermera no logró identificarlo y, cuando avisó a los guardias, ya lo habían perdido de vista: Riven había entrado a la escalera de emergencia, una zona sin cámaras.
La enfermera nueva llamó a Theron para avisarle que alguien había entrado a la habitación y que no habían logrado identificar quién era. A Theron se le heló la sangre y corrió de inmediato a ver a Lucien, pensando que podrían haberle hecho daño.
Como si presintiera algo, ordenó un análisis rápido de sangre mientras revisaba su cuerpo en busca de marcas de agujas recientes o cualquier rastro extraño en la boca.
Inmediatamente retiró el suero que colgaba y mandó a reemplazarlo por uno nuevo, al mismo tiempo que solicitaba que analizaran el anterior por si tenía alguna sustancia que no correspondiera.
Theron había entrado en pánico por el susto de que alguien le hubiera hecho daño; no se calmó hasta que los resultados dieron negativo en todo. Recién en ese momento soltó el estrés y la rigidez de la situación.
Con urgencia, en medio de la noche, llamó a Ren.
—Ren…
—Hola, Theron —notó de inmediato la urgencia y el nerviosismo en su tono—. ¿Qué sucede?
—Tenemos que juntarnos urgente. ¿Cuándo puedes?
— ¿Pasó algo?
—Sí. Un desconocido entró a la habitación de Lucien en medio de un descuido. Necesito que hablemos.
—Muy bien, cálmate. ¿Tu paciente está bien?
—Sí, pero me siento impotente. No sé qué sucede y me siento atado de pies y manos.
—Calma. Mañana no puedo, dame cinco días, no cuatro, cuatro días y te llevaré todo lo reunido. Tengo que investigar unas cosas más y eso me demorará. Respira. Él está bien. Averiguaremos qué está pasando, ¿sí?
—Está bien. Gracias, amigo. Estaré esperando —dijo, llevándose la mano libre a la cabeza, como si así pudiera contener un poco de su nerviosismo.
—Bien, eso. Mantén la calma; desesperarte no te llevará a nada. Nos vemos.
Theron apretó la mandíbula, culpándose en silencio por no haber estado ahí para cuidarlo en ese momento.
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