Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 28
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Capítulo 28: CAPÍTULO 27 “Punto de vista de Lucien”
(MONOLOGO)
—¿Quién se queda?
—¿Alguien se quedó?
—¿Cuánto fue lo máximo que se quedó?
—¿Quién te dijo: “estoy aquí ahora y no me iré nunca”?
—Pff… ja, ja, ja… ¿cuánto duró ese “nunca”?
Y aunque ahora ese alguien esté… ¿cuánto durará?
Una amistad, ¿se puede contar por años? ¿Qué te hace pensar que se puede contar en tiempo? Hasta un simple conocido de lejos se puede medir en tiempo.
Tengo muy marcado en mi ser el abandono, el desprecio con el que te pueden mirar, lo solitario que puede sentirse. Mis padres se amaban, pero una enfermedad se llevó a mi madre tempranamente. Al tratar de recordarla, siento presión en el corazón.
—Ella era hermosa —comentaba mi padre, tiernamente.
Sé claramente cómo se conocieron, lo que padecieron, lo que lucharon y se esforzaron.
La tristeza de mi padre lo llevó a cometer muchos desastres; sin control de su dolor, perdió la cordura, dejando solo a un hombre postrado en una cama.
Los familiares de mi padre… Ninguno se acercó después de que él perdió el juicio. Nadie se quedó.
Pasó demasiado tiempo. Luché cada día por sobrevivir. Comencé a trabajar para pagar un cuidador para mi padre y, también, poder estudiar. Decidí estudiar medicina. Era una carrera costosa, pero sentí que debía hacerlo por lo que había padecido con mi madre y para ayudar a mi padre.
Por suerte, mis padres no dejaron deudas. Pero el tiempo que tenía entre el trabajo y mis estudios era tan escaso que dormir se sentía como un lujo.
Jmm… después de tanto tiempo, aún sigo preguntándome:
—¿Habrá alguien, algún día, a quien pueda decirle: “Gracias, Dios… él se quedó”?
—¿Quién fue el que dijo que la vida te enseña? ¡Falso, falso, falso! El que te enseña es el Tiempo.
Tiempo… ese que algunos disfrutan, gozan… como si tuvieran un secreto guardado solo para ellos.
Creí que encontré a ese ser que se quedaría. Me dijo: “no seré como ellos; lo prometo, soy diferente”. Confié en él y descubrí sentimientos que no pensé que podían existir. Llegué a pensar que esos mismos sentimientos podrían haber sido los mismos que forjaron mis padres cuando se conocieron.
Ese ser a quien le di mi corazón sin esperar nada, y con quien empecé a soñar un futuro, me dio la espalda:
—Si me quedo, tendré que cargar con tu padre postrado… no me busques, por favor.
Como si me estuviera hablando, el Tiempo se burló de mí. Susurró en mi oído: “lo prometo, soy diferente”, “lo prometo, soy diferente”. El Tiempo sacó sus archivos y me los pasó frente a los ojos una y otra vez.
Me desplomé en el suelo, cansado, agobiado, perdido en el momento, como si me hubieran puesto una montaña sobre los hombros. Sin darme cuenta, sentí que caía…
—Deseo que…
¿Deseé algo en ese momento? …
…
Alguien habla a lo lejos. No puedo entender: “…duwu… wh… prometo…”.
—¡No… no la digas! ¡No la digas! El Tiempo se ríe de mí. ¡No la digas! ¿Quién eres? Basta, no lo repitas… por favor, no lo repitas.
Estoy muy cansado…
…
—¿Cuánto dormí? No. No quiero saber del Tiempo. Ya no quiero. No puedo abrir los ojos, mi cuerpo está tan pesado que siento que se deshace. Mis lágrimas recorren la mejilla, pero no puedo moverme. Escucho pasos; me habla, pero no entiendo lo que dice: “…peihv… erfwf… prometo…”
—¿Qué…? No… no… no otra vez esa palabra. No la digas, el Tiempo te escuchará, por favor…
(Me incomodo, me retuerzo.)
…
Ah… sigo sin moverme. El Tiempo no me muestra nada; ya no lo hace, no me susurra. Está callado. No oigo nada. Siento una pequeña calidez en mi mano. ¿Qué es? Ah… no me interesa… sigo demasiado cansado.
…
¿Qué es este calor? Siento que estoy ardiendo. Mi cabeza arde, el cuerpo… ¿qué tengo? ¿Es de día? ¿Es de noche? Otra vez el Tiempo… ya no importa… Yo no importo…
…
Estoy de nuevo aquí. Mmm… no estoy ardiendo como antes…
¿y esta calidez? ¿Qué es? Es un calor dulce… no, no pienses…
¿…?
Una voz… me está susurrando de nuevo.
¿Qué dices?
¡No entiendo!
—Despierta, por favor…
Esa voz no suena como el Tiempo; tiembla, se quiebra, duele.
¿Por qué me pides eso? No quiero…
¿Quién eres?
No quiero ver al Tiempo de nuevo.
Solo un poco más de silencio, no quiero que el Tiempo vuelva a susurrarme.
Déjame aquí un poco más, para usar al Tiempo a mi favor y, si fuera posible, que él se lleve todo y lo borre.
Solo un poco más… Ah… siento mis lágrimas rodar por la cara… pero no importan, solo son lágrimas que, según el Tiempo, deben correr.
…
¿Tiempo?… ¿Tiempo? No siento tus susurros, no los escucho, pero, a lo lejos, otro susurro de dolor, pero cálido, está ahí… ¿quién es? Quiero escuchar esta vez, quiero saber qué me dices. Si pongo atención… más, un poco más… déjame escucharte, acércate, por favor…
…
—Por favor, vuelve…
Es la misma voz.
No es fría.
No juzga.
Solo se aferra a mí como si temiera perderme.
¿…?
¿Que vuelva? Si me pides eso ¿te harás responsable? ¿O de nuevo será la misma promesa vacía? ¿Será por eso que el Tiempo está callado? ¿Porque está esperando a mostrarme lo mismo que pasó antes? Que se repita la historia una y otra vez. ¿Tiempo, te ríes de mí? ¿Estás esperando, callado, a que pase otra vez?
Este dolor me presiona el pecho, pero cuando escucho ese susurro pacífico me tranquiliza. Me pide que vuelva… ¿cuánto ha pasado? ¿Quiero saber del Tiempo? ¿Desde cuándo quiero saber eso? ¿Será por esa voz? Pero, sinceramente, quiero seguir esa voz, quiero seguir escuchándola, aunque no la entienda. Es un sonido que me ha hecho sentir… ¿acompañado?
Mmm… hace un tiempo que no escucho esa voz cálida. ¿Dónde está? ¿Por qué ya no está? Mi cuerpo se siente más ligero que antes. Me siento… ¿tranquilo? La voz… ¿dónde está? ¿Me hace falta esa calidez? La quiero de nuevo… ¿eh? ¿Desde cuándo quiero algo?…
…
¿Por qué está oscuro alrededor? Debo levantarme. Tengo que buscar esa voz… esa calidez… ¿por qué la anhelo? No conozco a ese ser y, aun así, la ansío cerca.
…
—Tiempo, estás aquí… ¿por qué me susurrabas palabras dolorosas del pasado? Me destrozaban… al punto de odiarte, de odiar a las personas, la vida, de odiarme a mí. Me mostrabas esos momentos como si no quisieras que los olvidara; sentimientos que no dejaban de florecer: abandono, dolor, vacío, desprecio… Me mostrabas todo sin pausa, quebrándome hasta convertirme en polvo, sin valor, algo que, al mirarlo, ni siquiera provocaba lástima.
—Sabes… no sé en qué momento, en esta oscuridad en la que estoy ahora, comencé a sentir un sentimiento contrario a todo eso.
(Se escucha un crujido dentro del reloj, sin ser notado).
En esta oscuridad, alguien susurraba. Aunque no sabía qué decía, a lo lejos podía sentir una leve ventisca, como una suave melodía calmante.
(Otro crujido del reloj del Tiempo, pero esta vez fue escuchado).
—¿Qué fue ese ruido?…
Mis dolores en el cuerpo comenzaron a cesar lentamente. Cada vez más claro, ese susurro, esa leve brisa, era cálido…
(El reloj comenzaba a resquebrajarse; sumido en lo que decía, no lo notaba).
—Escuché que me pedía despertar. Aún trato de comprender sus palabras. Pero deseaba más y más; de alguna forma, empecé a volverme codicioso. No quería soltar eso que estaba envolviendo mi corazón y que tampoco me soltaba.
—Tiempo… si no escucho esas promesas, esos deseos, esos sueños y añoranzas que son muy profundos… ¿podrás dañarme con ellos?
Al mirar el reloj, pude ver cómo una gran fisura lo recorría por en medio. Pero, sin desarmarse, no dejó de girar sus manecillas.
Sorprendido por lo que veía, no entendía por qué el reloj comenzaba a quebrarse. En silencio, me puse de pie y seguí observándolo.
—Tiempo, sé que utilizas esas imágenes para que siga teniendo miedo y me aferre a esta oscuridad o… quizá no es tu objetivo que lo vea así; quizá solo quieres que mire esas cosas para que, así como tú, las vea como “tiempo”. La verdad, no sé cómo guardar estas emociones, cómo separarlas del hoy…
—Mmm… qué sorpresa. Pensé en el hoy y no en lo que me hacías ver de ayer… Esa palabra, “ayer”, es parte de ti, ¿verdad, Tiempo?
—¿Por qué nunca me has mostrado un mañana, Tiempo? ¿Acaso el mañana no es tuyo?
Pensativo y en silencio, bajé la mirada. Después de un momento miré el reloj detenidamente; me acerqué como si quisiera tocarlo, pero no pude.
Con una sonrisa de lástima, miré el reloj, sintiendo como si el Tiempo me hubiera dado una lección en ese segundo. Al querer tocarlo, este se esfumó como un espejismo. Está ahí, pero no lo tocas. Sus manecillas siguen girando sin parar, ya que su tarea es seguir y seguir moviéndose.
El Tiempo guarda todo lo que sucede, sin rencor, sin odio, sin ira… ni amor. Porque no puede tenerlos. Si el Tiempo tuviera corazón, sentimientos, ¿qué sería de él?
—Ahora siento lástima por ti, Tiempo.
Miré hacia atrás, con dolor, ese reloj dañado, que no se detiene ni por sí mismo; miré hacia adelante: también estaba allí. Sonreí, pero este solo observaba.
Al mirar al Tiempo hacia atrás, me dio lástima lo dañado y lo perdido.
—Ya entendí, Tiempo… ya entendí.
—Ahora déjame despertar. Quiero abrir mis ojos y ver quién es aquel que me susurra y cuya calidez podía sentir. Quiero ver, saber, seguir caminando hacia adelante de nuevo. ¿Me observarás, Tiempo? Estoy seguro de que sí. Sé que caminaré contigo, ya sea rápido, lento o en una pausa mía. Ese es tu trabajo: observar y guardar.
El sonido del tic-tac seguía, constante, casi como un suspiro que atravesaba el silencio. No era solo un reloj. Era el tiempo latiendo dentro de la habitación.
Al abrir los ojos, la penumbra temblaba como un sueño deshecho. Mis manos estaban frías y, aun así, sentía el calor de mis propias lágrimas. Miré el reloj sobre la pared blanca… seguía, incansable. Pensé en lo absurdo de su tarea: medir algo que nunca se detiene. Pero, de algún modo, ese ritmo me traía paz.
Me incorporé lentamente. Todo mi cuerpo temblaba, liviano, como si perteneciera a otra persona. El aire olía a desinfectante y al tenue perfume de las flores en el rincón; tal vez alguien las había traído para mí. Me senté al borde de la cama, dudando de mis propios músculos. El suelo tocó mis pies con un frío tan real, tan vivo, que por un instante creí que todo había sido un sueño: el dolor, el silencio, la ausencia.
Y entonces lo escuché.
Esa voz.
No podía confundirla. Era esa voz que me susurraba en los sueños, una corriente suave al borde del abismo. “Vuelve”.
El corazón me golpeó el pecho con fuerza. “Vuelve”, decía. Y yo —obediente, temeroso, casi riendo— di un paso. Pero mis piernas no resistieron. Caí con un ruido sordo y el suelo me recibió con una risa de dolor.
¿Sonreí de dolor? o ¿algo más?… las lágrimas me cegaron. Esta vez dolían distinto, como si al fin quemaran algo que debía irse.
La puerta se abrió de golpe. La luz blanca del pasillo me hirió los ojos y, entre esa claridad, apareció esa figura: su silueta temblorosa, su respiración entrecortada.
Pronunció mi nombre, con una voz desgarrada.
Sentí que por un segundo el tiempo me dio una pausa y se hubiera detenido.
Sus ojos —grises como un amanecer con nubes— se encontraron con los míos. Todo el miedo, todo el cansancio, todo el silencio se disolvió en ese instante. Me abrazó.
Su calor ardía contra mí; escuché su corazón desbocado, el sonido más humano y más perfecto que podía existir.
Levanté mi mano temblorosa. Toqué su rostro, limpié sus lágrimas.
—Hola… —susurré—. Me pedías que volviera.
Después, el mundo comenzó a desvanecerse en luces difusas. Todo el cansancio acumulado cayó sobre mí, pero esta vez era dulce, como rendirse ante un sueño que promete amanecer.
Antes de caer dormido, sentí su abrazo cerrarse con fuerza. El calor que me envolvía ya no era del cuerpo, sino del alma. En ese instante entendí lo que el tiempo nunca pudo decir:
Que todo lo que persiste más allá del dolor… es amor.
Y, en el umbral entre la conciencia y el sueño, escuché de nuevo esa conversación que, quizás, solo pasaba dentro de mí:
—Tiempo… tú no puedes sentir, ¿verdad? Solo puedes observar. El pasado que me mostraste era un reflejo, no un castigo. Tirarme a llorar y lamentarme me robaba el hoy, pero también mi mañana, si seguía mirando el pasado.
—El mañana está vacío, y el hoy… soy yo quien lo escribe.
Me reí.
—¿Sabes, Tiempo? Hoy quiero vivir. No llorar por lo que no fue, sino soñar con lo que pueda ser.
El tic-tac resonó una vez más, firme, orgulloso.
—Voy a despertar —le dije—. Para ese rostro. Para ese corazón que me abrazó cuando volví.
Theron sintió el mundo detenerse cuando Lucien abrió los ojos. Ese tic-tac del reloj, que había marcado horas interminables de espera, se convirtió en un eco lejano ante el milagro de esa mirada nublada pero viva.
Sus manos temblaron al tomarlo del suelo, el cuerpo liviano de Lucien contra su pecho como una promesa rota y reconstruida.
—Lucien… —su voz se quebró, áspera por las lágrimas contenidas—. ¡Lucien, maldita sea!
El aroma sutil de Lucien —esa mezcla única de jazmín salvaje y tormenta, ahora débil pero inconfundible— lo golpeó como un recuerdo visceral. Theron apretó la mandíbula, luchando contra el instinto primal que le gritaba proteger, nunca más dejarlo ir.
Sus ojos grises, normalmente fríos como el acero quirúrgico, ahora brillaban con pánico puro.
Lo levantó con cuidado infinito, depositándolo de nuevo en la cama. Pero Lucien, con gran esfuerzo, volvió a abrir los ojos y esbozó una sonrisa. Sus dedos fríos rozaron su mejilla nuevamente, murmurando:
—Hola…
Theron se congeló. Ese “hola” inocente desarmó años de control médico, de distancia profesional. Inclinó la cabeza, dejando un fino hilo de feromonas protectoras que a duras penas podía contener, —ese calor almizclado de lobo alfa— llego a la nariz de Lucien.
—No te atrevas a irte otra vez —susurró—. No después de…
Pero las palabras se ahogaron cuando los párpados de Lucien temblaron y se cerraron de nuevo. El agotamiento reclamó su cuerpo frágil. Theron sintió el pánico subir como bilis, pero lo contuvo, revisando el monitor estable. Milagrosamente estable.
Theron contenía con todas sus fuerzas sus feromonas, el deseo de proteger y que nadie se le acercara se apoderaron de sus sentidos, pero no estaba solo, detrás de él, se encontraba la enfermera y el Doctor Shinohara. Debía mantener su profesionalismo médico.
Se sentó al borde de la cama, sin soltar su mano
—Idiota… —murmuró, su pulgar acariciando los nudillos del joven—. Me hiciste esperar. Pero no volverás a despertarte solo.
El Dr. Seiji Shinohara se detuvo en el umbral de la habitación, con la ficha médica en mano, asombrado. Sus ojos color rubí evaluaron la escena en segundos:
—Doctor Theron… —dijo con tono firme pero calmado—.
Shinohara se acercó con pasos medidos. Notó el pulso del joven y el aroma tenue, pero priorizó protocolo: estabilizó el suero, chequeó signos vitales.
Interesante, pensó fugazmente, observando el desmoronamiento raro en Theron. Emociones no contenidas… esto complica todo. Pero no comentó; solo murmuró:
—Vitales estables. Ya llamé a enfermería. Yo informo al director.
Se retiró discretamente al pasillo, dejando espacio al momento, pero anotando mentalmente: vigilancia extra sobre ese vínculo.
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