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Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Cap 2 La enfermedad imborrable
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3: Cap 2 “La enfermedad imborrable” 3: Cap 2 “La enfermedad imborrable” Al comienzo nadie notó nada en Elara.

Parecía simple cansancio: olvidos pequeños, una torpeza leve al escribir o al sostener una taza.

Las palabras se mezclaban, los nombres se escapaban y los días se confundían unos con otros.

Su risa, antes fácil y espontánea, se volvió nerviosa, forzada como si tratara de convencerse de que todo estaba bien.

En ciertas ocasiones mostraba irritabilidad o fuertes reacciones de enojo.

Pensaron que era estrés o insomnio.

Cuando acudió al hospital, los exámenes no mostraron nada evidente.

Pero sí, una sombra extraña en la resonancia que provocó un silencio médico.

Siguieron los exámenes exhaustivos, a los pocos días, el diagnóstico fue una silenciosa sentencia: Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob.

No había tratamiento, ni cura, ni esperanza… Solo quedaba un reloj que contaría los días..

Y lo peor: avanzaría rápido.

Lejos de lo previsto por los doctores, que mencionaron que el avance de la enfermedad iba a ser por etapas, todo comenzó a acelerarse.

Su letargo ya era evidente en su andar; sus piernas se debilitaron y, al poco tiempo, dejó de caminar.

Aunque Kael no deseaba que pasara sus días en un hospital, tomó la decisión de dejarla allí para mayores cuidados.

Cada día era un tormento ver a su amada deteriorarse.

Aquella energía que irradiaba su ser se apagó, su mirada cálida comenzaba a desaparecer.

Su piel empezó a tomar un color pálido y su cuerpo a adelgazar.

Sus alucinaciones y convulsiones ya eran más frecuentes.

En los últimos días, en pequeños momentos de lucidez cuando la tomaba de la mano, ella aún respondía apretando suavemente los dedos y con una pequeña mirada dulce.

Cuatro meses después de su diagnóstico, Elara dejó de hablar, luego de moverse.

Kael la cuidaba con ternura y dedicación hablándole…

leyéndole su libro favorito, aunque ella ya no respondía.

Lucien a veces se sentaba junto a su cama y le mostraba sus juguetes observando con impaciencia que ella volviera a mostrarle su sonrisa.

*** Los doctores hablaron con Kael, debía enfrentar lo inevitable, debido a su estado, a Elara le quedaban días.

La pregunta era si deseaba que ella pasara sus últimos momentos en el hospital o su casa.

Ella volvió a su hogar, quedando bajo cuidados rigurosos.

Solo un par de días pasaron…

Una tarde de octubre, el viento y la lluvia golpeaban suavemente las ventanas, el olor húmedo llenaba la habitación y el frío se colaba por las rendijas.

Elara ya con pocas fuerzas respiraba; cada inhalación era un susurro fugaz.

Kael apretaba su mano fría entre las suyas; sus dedos temblaban ligeramente.

Lucien dormía en su regazo, ajeno al silencio pesado que envolvía la casa.

Con un último esfuerzo, ella movió levemente sus dedos, casi como una caricia suspendida en el tiempo, como si intentara acariciar el rostro de su hijo por última vez.

Cuando su respiración se detuvo…

…

por un instante todo quedó en silencio…

el tiempo se paralizó en un breve lapso, no existía nada más, todo oscureció dejando solo a ellos tres en ese momento…

fue tan profundo que pareció tragarse todo el sonido de la casa…

…

ella se había ido.

*** Kael no lloró durante el funeral.

No habló, no comió, no miró a nadie.

Solo observaba el ataúd cubierto de flores, con la mirada perdida, como si esperara que en cualquier momento Elara abriera los ojos y se quejara del frío.

El aire estaba denso, pesado con fragancias florales que solo acentuaban la sensación de náuseas.

Su familia lo rodeaba con frases vacías, palabras sin un ápice calidez: —Era una buena muchacha… … —Al menos no sufrió mucho… … —Tienes que ser fuerte por el niño…  Ninguno de ellos mostró una mínima estima.

Nunca la aceptaron.

Decían que Elara no era “de su clase”, que una maestra de arte no tenía futuro.

En las cenas familiares la miraban con amabilidad forzada, con sonrisas que no llegaban a los ojos; su desdén hacia ella era evidente.

Y ahora, en su muerte, se atrevían a hablar de ella como si hubiese sido una visita incómoda que al fin se había ido.

Kael sentía que algo dentro de él hervía.

Una furia contenida, que se mezclaba con la culpa.

Porque no había podido salvarla…

Porque no había podido protegerla de la enfermedad… ni de ellos.

Esa mezcla amarga lo consumía en silencio.

Lucien, ajeno al murmullo de los adultos, jugaba en una esquina de la sala, rodeado de sus juguetes.

De vez en cuando levantaba la vista, buscando a su madre.

—¿Cuándo va a despertar mamá?

—preguntó una vez.

Kael tragó aire.

No supo qué decir.

—Lo siento, hijo… sigue jugando —alcanzó a murmurar, sin poder mirarlo.

Lucien solo miró su juguete con tristeza.

*** Esa noche, cuando regresaron a casa, el silencio fue insoportable…

Los juguetes de Lucien seguían donde ella los había ordenado.

El olor a pintura y café todavía flotaba en el aire, como si Elara fuera a entrar en cualquier momento.

Kael se recostó en la cama con el niño; él dormía entre sus brazos.

No lloró.

No podía.

Por un largo tiempo se quedó mirando una mancha de luz en la pared, recordando el último día, la última mirada, el último movimiento de sus dedos.

Dejando al niño arropado en la cama, se retiró lentamente dejando una tenue luz para Lucien, como lo hacía Elara.

Dirigiéndose hacia la oscura sala, se sentó en ese sofá frente a la chimenea.

Recordó la risa de su amada cuando ella se recostaba sobre sus piernas.

Entonces el llanto salió, desgarrado y sin control.

Sobre un cojín, Kael contuvo un primer grito agónico.

Fue un gemido que parecía salir de las profundidades de la oscuridad, un dolor tan hondo que no podía enunciarse con palabras, solo sentirse en cada fibra del cuerpo, un dolor que no podía contener.

Su pecho se oprimía con cada sollozo, como si alguien apretara un puño invisible que le robaba el aire poco a poco.

El grito continuó, cada vez más fuerte, más devastador, más doloroso; la respiración se volvió irregular, entrecortada, como un vaivén violento entre el deseo de soltar el sufrimiento y la necesidad de mantener algo de fuerza.

Su cuerpo temblaba, agobiado por la intensidad de su amargura.

Sus lágrimas caían en cascada, mojando la almohada y mojando también aquella mezcla agria de recuerdos que se agolpaban sin descanso.

La garganta se le había quedado tensa, la voz quebrada, hasta que finalmente, exhausto, se quedó sin voz.

Su madre tocó la puerta, su padre lo llamó, pero él no respondió.

Nadie podía entender que en ese instante Kael no estaba llorando solo por la muerte de su esposa… sino porque una parte de él también había ido con ella.

*** Afuera, la lluvia resonaba incesante.

El sonido de las gotas cortaba el silencio y un vacío impuesto.

Agotado, desolado, buscando a su pequeño hijo, como si buscara el aire que perdió, lentamente se acostó junto a él, Lucien, en medio del sueño, murmuró algo.

Kael, a su lado, lo abrazó con fuerza, ese abrazo tembloroso y silencioso, como si ese pequeño cuerpo fuera lo único que lo mantenía en pie.

Los días se convirtieron en una sucesión de pequeñas batallas.

Lucien aprendió a interpretar esos silencios y explosiones con la intuición de un niño que se hace adulto demasiado rápido.

Sabía cuándo debía hablarle con calma, cuándo dejarlo en paz o cuándo sostenerlo cuando el mundo de su padre parecía desmoronarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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