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Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 32

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Capítulo 32: Capítulo 31

“El costo de quedarse”

El sonido del aire acondicionado en la sala de reuniones del cuarto piso era demasiado fuerte para lo tarde que era. Theron tenía las manos entrelazadas sobre la mesa, los nudillos blancos, mientras el director del hospital hojeaba el informe del “caso Veylin” con una lentitud irritante.​

Frente a él, tres tazas de café —la suya intacta, las otras a medio beber—, una pantalla apagada y el reloj digital de la pared marcando una hora que no recordaba haber mirado.

—Doctor D’Arthen —comenzó por fin el director, sin levantar la vista—. Los resultados clínicos son… impresionantes. Nadie va a negar eso.

Theron no respondió. El elogio no sonaba a elogio.

—Sin embargo —continuó el director—, también hay preocupaciones.

Pasó una página—. Horas extraordinarias no registradas, permanencia en la habitación del paciente fuera de tu turno, intervención directa en situaciones de riesgo sin pedir apoyo inmediato… y, según varios reportes de enfermería, una implicación emocional que va más allá de lo recomendable en una relación médico–paciente.​

Theron tragó saliva.

—Es un caso complejo. No podía dejarlo solo —dijo, con la voz más controlada de lo que se sentía—. Lo que hice fue para asegurar su estabilidad.

El director alzó por fin la vista.

—Nadie cuestiona que te importe tu paciente. Lo que cuestionamos es que, en algún punto, dejaste de mantener la distancia necesaria para tomar decisiones frías.

Su tono no era agresivo, pero sí firme—. El hospital no puede sostener que uno de sus médicos parezca… involucrado más allá de lo profesional. Aunque no haya pasado nada inapropiado, la percepción también cuenta.​

Shinohara, sentado unos asientos más allá, observaba en silencio. Sus ojos rubí se mantenían neutros, pero Theron sintió el peso de esa mirada de testigo.​

—He cumplido con todos los protocolos médicos —replicó Theron, tensando la mandíbula—. No he comprometido el tratamiento de ningún paciente.

—De eso no tenemos duda —intervino Seiji, por primera vez—. Tus decisiones clínicas han sido correctas.

Hizo una breve pausa—. Pero es cierto que, en este caso, tu presencia ha sido… más constante de lo habitual.​

Theron apretó los dientes.

—Estuvo al borde de no despertar —dijo, algo más bajo—. Si no hubiera vigilado cada cambio, si no hubiera estado allí cuando…

Las imágenes volvieron como un golpe: Lucien en el suelo, la caída, el “hola” roto, la sensación de que el mundo se detenía en ese pecho que volvía a latir despierto.​

El director suspiró, cruzando los dedos sobre el informe.

—Theron. Nadie te está acusando de mala praxis. Esto no es una sanción formal.

Se inclinó hacia adelante—. Es un aviso. Un recordatorio de límites.​

Cada médico carga con casos que lo marcan. Pero si te permites cruzar esa línea demasiado, puedes hacerle daño al paciente, al hospital… y a ti mismo.​

El silencio se espesó.

—¿Qué implica esto, concretamente? —preguntó Theron al fin.

—Como ya se había acordado —respondió el director—, el doctor Shinohara seguirá siendo el tratante principal en el caso Veylin.​

Hizo un gesto leve hacia Seiji—. Tú seguirás vinculado al equipo, pero quiero que reduzcas tus horas al lado del paciente. Observaciones, sí. Guardias eternas, no. Y nada de intervenir solo si se presenta un nuevo incidente; llamas al equipo.​

Theron sintió cómo la palabra “reduce” se le clavaba en algún lugar entre el estómago y el pecho.

—Entendido —dijo, porque no tenía derecho a decir otra cosa.

El director asintió, dando por cerrado el punto.

—Confiamos en tu criterio, Theron. Solo no queremos ver a uno de nuestros mejores cardiólogos quemarse por un solo paciente.

Se recostó en la silla—. Tómalo como una advertencia amistosa, antes de que sea un informe formal.​

La reunión se disolvió en papeles que se cerraban y sillas que se deslizaban hacia atrás. Theron se levantó más despacio que los demás.

Shinohara se acercó a él en el pasillo, sin la presencia del director.

—Para constar —dijo Seiji, en voz baja—, si hubieras sido un peligro para el paciente, no habría defendido tu criterio clínico.​

Theron lo miró de reojo.

—¿Eso fue una especie de cumplido?

—Fue un dato —respondió Seiji—.

Hizo una pausa—. Pero sí estoy de acuerdo con algo: si no te cuidas, te vas a romper por él. Y un médico roto sirve de poco.​

Theron soltó aire por la nariz, una risa mínima y amarga.

—No te preocupes, Shinohara. Sé dónde está la línea.

—Eso es lo que todos creen —replicó Seiji, sin malicia—. Hasta que un día descubren que la cruzaron hace rato.

No dijo más. Lo dejó allí, en el pasillo, con la bata aún impecable y la sensación de llevar encima no solo el peso de un paciente, sino de todas las miradas que lo juzgaban por quedarse demasiado tiempo junto a su cama.​

Theron apoyó la espalda contra la pared fría.

Se llevó una mano al puente de la nariz, cerrando los ojos un segundo.

Sabía que el director tenía razón. Sabía lo que decían los manuales de ética, las guías sobre límites, la importancia del “distanciamiento terapéutico”.​

Lo sabía todo.

Y, aun así, cuando pensaba en la habitación 421, lo único que escuchaba era el “hola” débil de Lucien.

Voy a seguir ahí, pensó. Tal vez no todas las horas. Tal vez con más cuidado. Pero no voy a desaparecer.

El vibrar del celular en el bolsillo lo arrancó de ese pensamiento.

Miró la pantalla.

“Devra (hermana)”

Theron parpadeó, sintiendo una punzada de incomodidad.

Atendió.

—¿Hola?

—¿Theron? ¡Por fin! —la voz de su hermana estalló al otro lado de la línea, mezcla de enojo y preocupación—. Llevo tres llamadas perdidas y un millón de mensajes sin responder.

Theron frunció el ceño, intentando ordenar mentalmente los días.

—Lo siento, estaba en reunión. ¿Pasó algo?

—¿“Pasó algo”? —repitió Devra, incrédula—. Hoy es la reunión familiar, ¿recuerdas? Mamá preparó la comida desde ayer…, Narelle vino con los niños.

Las palabras lo golpearon como balas de goma.

La reunión familiar.

La había olvidado por completo. Había prometido que esta vez sí iría.

Miró el reloj del pasillo. La hora lo miró de vuelta, implacable.

—Devra… —empezó, sintiendo el peso de cada sílaba—. Llegaré, solo que una hora más tarde.

El silencio al otro lado fue corto, pero pesado.

—¿Otra vez el hospital? —preguntó ella, más cansada que furiosa.

Theron apretó la mandíbula, cerrando los ojos un segundo.

—Es un caso complicado —respondió, refugiándose en la respuesta técnica—. Despertó. Necesita supervisión.

—Siempre hay un caso complicado —susurró Devra—.

Se oyó un suspiro hondo—. Sabes que, si no llegas a tiempo, Narelle irá a buscarte. Mamá también. No eres el único que hace esfuerzos para estar aquí.

La frase le dolió más de lo que quiso admitir.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Haré lo que pueda.

—Haz lo que puedas —repitió ella al final—. Y cuídate, por favor. No eres invencible, aunque actúes como si lo fueras.

La llamada terminó con un tono seco.

Theron se quedó un momento mirando la pantalla negra antes de guardar el teléfono.

La culpa se apilaba en capas: con su familia, con su paciente, con el hospital.

Había elegido, una vez más, el pasillo blanco sobre el comedor lleno.

Se enderezó, ajustó la bata y empezó a caminar de vuelta hacia el área de hospitalizados.

Cada paso resonaba como una decisión.

Podía aceptar el aviso del director.

Podía cargar con la decepción de su hermana.

Lo que no podía hacer era mirar la habitación 421 desde lejos como si fuera una más.

Theron guardó el teléfono despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera desarmar el frágil equilibrio que le quedaba.

Continuó con su última ronda y, al terminar, al darse cuenta de la hora, una brisa fría le recorrió la espalda al pensar que su hermana iría a buscarlo al hospital.

Debería irse ya.

Cambiarse, manejar, llegar con una sonrisa que ya no recordaba cómo se hacía sin esfuerzo.

En lugar de eso, sus pies tomaron otro rumbo.

El pasillo hacia el ala de hospitalización se extendía silencioso, iluminado por el mismo blanco cansado de siempre. Theron caminó con paso rápido, como si la prisa pudiera justificar lo que estaba a punto de hacer.

Se detuvo en el mesón de enfermería de la planta, apoyando una mano sobre el borde.

—Voy a pasar un minuto por la 421 y luego me retiro —anunció, con esa voz neutra que usaba para las órdenes rutinarias.

La enfermera de turno —una mujer de mediana edad que ya lo conocía demasiado bien— alzó la vista del monitor.

—Doctor D’Arthen —dijo, midiendo sus palabras—, el paciente Veylin está dormido.

Miró de reojo el reloj del pasillo—. Y su turno ya terminó.

Theron sostuvo su mirada un segundo.

Podía ver, en esos ojos cansados, la suma de todas las advertencias que acababa de escuchar en el cuarto piso: límites, percepción, desgaste.​

—Lo sé —respondió al fin—. Solo será un minuto. Quiero revisar que todo esté en orden y me voy.

La enfermera apretó los labios, en ese gesto mezcla de respeto y preocupación que solo años de pasillos podían enseñar.​

—Las constantes están estables, la bomba está programada, y si hay cualquier cambio yo estoy aquí —enumeró—. Usted no es el único que puede cuidarlo.

La frase no era una reprimenda directa, pero picaba.

Theron desvió la mirada un instante hacia el pasillo que llevaba a la 421.

—Aun así… —dijo, más bajo—, quiero verlo antes de irme.

Respiró hondo—. Un minuto.

La enfermera lo observó un segundo más, como si evaluara algo que no estaba en los protocolos. Luego suspiró.

—Un minuto, entonces —concedió—. Y después vaya a su casa.

Una mueca casi imperceptible cruzó el rostro de Theron, algo entre culpa y agradecimiento.

—Prometido —murmuró.

Y, con el corazón dividido entre el deber que lo arrancaba hacia la puerta del hospital y ese otro deber que lo empujaba de vuelta a la habitación 421, se encaminó una vez más hacia la cama de Lucien.​

Al entrar y verlo descansar, sintió cómo la ansiedad le bajaba apenas un grado. El temor de que volviera a irse seguía allí, agazapado, pero al observarlo solo ese minuto confirmó su determinación de no apartarse.

Se acercó al velador, tomó un bolígrafo y un pequeño papel del bloc de notas del hospital. Dudó un segundo y escribió, con letra firme pero contenida:

Volveré pronto.

Descansa.

Dr. Theron D’Arthen.

Al salir, se detuvo un instante en el mesón.

—Enfermera, me retiro. Tenga buen turno —dijo Theron, con una leve inclinación de cabeza.

En la caminata hacia el auto, envió un mensaje rápido a Narelle: Voy en camino. Ya había pasado el tiempo de tardanza que había prometido, así que debía apurarse.

Cuando llegó, la reunión estaba en pleno apogeo: voces, risas, platos sobre la mesa del comedor.

—Hijo, bienvenido —lo recibió su madre con un abrazo—. Ya ha pasado un buen tiempo desde la última vez. Menos mal que estamos cerca de tu trabajo; seguro nunca pasarías seguido si no fuera así —comentó, reprochándole con cariño.

—Theron, ya estaba preparando el auto para ir a buscarte —comentó Narelle, mostrándole las llaves en la mano.

—Con razón sentí un escalofrío … esa energía negra que emites es poderosa —respondió él, en tono de broma.

—Es el poder del amor de tu hermana. No lo rechaces —dijo Narelle, refregándose en él con un abrazo.

—Ya, quítate. Deja de refregar tus olores —gruñó Theron, empujándola suavemente.

Narelle se retiró riéndose.

—Hola, Devra. Padre… —saludó Theron, haciendo un gesto con la cabeza.

—Hola, hijo. Siéntate, come —respondió su padre—. Tu madre estaba ansiosa por tu llegada. Ya estamos todos. Coman tranquilos y disfruten.

—¡Tío! —se escuchó desde el otro lado de la mesa.

Los hijos de Narelle lo observaban con impaciencia, esperando el saludo de él.

—Hola, Lilith. Hola, Dorian. Han crecido mucho, ya estás más alto, Dorian —comentó Theron, acercándose.

—Tío, ya cumplí 8 años y aún sigo creciendo. Voy a ser más alto que tú —dijo el niño con gran alegría.

—Ya lo veremos, pequeño, ya veremos —respondió Theron, dándole una palmadita en la cabeza—. Lilith, tú también estás hermosa.

—Igual a mi madre —dijo ella con suficiencia, mirando a Narelle.

—Así es, mi princesa, así es —respondió Narelle, imitándole la expresión.

—Sí, literalmente son dos gotas de agua —comentó Theron, dejando escapar una mueca de risa.

La noche transcurrió entre conversaciones y bromas de hermanos. Pero lo importante ya había llegado.

—Bueno, hijos, creo que ya es hora de la conversación seria —dijo su padre, acomodándose en el sofá.

—Está bien, llevaré a los niños a dormir —respondió Narelle, tomándolos de la mano y guiándolos hacia la habitación de huéspedes.

—Esperemos a Narelle. Es correcto que todos estén aquí —añadió él, mirando a Theron y Devra.

Al regresar Narelle, todos estaban sentados en la sala, en espera de ella.

—Creo que prepararé un té y unos jugos, esto lo amerita —dijo la madre, levantándose hacia la cocina.

—Bueno, mientras su madre prepara el té, quiero mostrarles algo —anunció el padre.

Sacó de la mesita lateral un libro que ya se encontraba listo y lo sostuvo un momento, como midiendo el peso del objeto y de lo que implicaba.

Luego lo extendió hacia Narelle, la mayor, para que lo tomara primero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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