Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 5
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5: Cap 4 5: Cap 4 Con los años, el decaimiento de mi padre, Kael, comenzó a ser más notorio.
Se había ido apagando; su cuerpo empezó a enfermarse, una mezcla de depresión, abandono y una voluntad que ya se rendía. Comenzó a caminar arrastrando los pies por los pasillos, con un rostro sin vida; permanecía en la cama por mucho más tiempo, mirando el techo con los ojos vacíos.
Otras veces creía verla en los reflejos… —Elara, has vuelto… ¿por qué me has dejado tanto tiempo?
Te extrañé.
Quiero contarte tantas cosas.
Nuestro hijo ha crecido, ¿lo has visto?… —levantaba la mano temblorosa para intentar agarrar lo que veía solo él; al acercarse a aquel reflejo era solo una sombra, y caía rendido en el suelo, agotado y confundido. Los médicos dijeron que presentaba episodios de profunda tristeza junto con delirios, alucinaciones leves y desconexión con la realidad.
En medio de todo eso, yo observaba en silencio sin saber cómo ayudarlo: aunque lo despertara por las mañanas, aunque le llevara mis primeras comidas hechas por mí, aunque llegara con las mejores notas de mi clase, no había forma de cambiar su estado. Yo cumplí catorce años cuando entendí que mi padre ya no volvería a ser el mismo. Aquellas clases de cocina junto a él seguían presentes en mi memoria; con esos recuerdos como sostén, comencé a cocinar con lo que encontraba, a lavar la ropa, a mantener las cuentas al día.
Me levantaba temprano para ir al colegio y volvía directo a casa, temiendo que algo le hubiera pasado mientras estaba fuera.
Mis pensamientos eran infinitos a medida que transcurría el día a día, pero esa rutina era lo único que me mantenía en movimiento; aun con mi pequeño cuerpo, caía rendido de sueño en las noches. Tal vez para acallar las voces que me instaban a abandonar o a preguntarme por qué nos pasaba todo esto, no dejé de luchar por aquellos recuerdos que seguían vivos; eran los que me empujaban a seguir, a sobrevivir. Aunque contábamos con un pequeño estipendio que mi padre recibía por su servicio como caballero del imperio, algunos vecinos nos ayudaban con comida o con dinero; otros solo nos miraban con lástima. Durante las noches, mientras estudiaba con una lámpara prestada, repasaba los libros de biología que había pedido en una biblioteca.
Había decidido algo sin saber bien por qué: sería médico.
Quizás para entender la enfermedad que se llevó a mi madre.
O, tal vez, para intentar salvar a alguien más cuando nadie pudo salvarla a ella. Los días se volvieron una rutina de pura resistencia.
Mi padre ya casi no hablaba, con la mirada perdida sentado en ese sofá o mirando hacia afuera por la ventana.
Su mundo parecía desmoronarse, y yo no podía sostenerlo solo con cariño; necesitaba más que palabras.
Al verlo así, me determiné a luchar en cada paso y en cada decisión mirando hacia adelante; si me detenía a mirar el pasado, quedaría estancado allí junto a él. “Tengo que seguir, no puedo hundirme en la tristeza… no puedo… no debo caer…”, me repetía. Lo alimentaba, lo abrigaba y lo limpiaba con la misma ternura que recordaba de mi madre.
A veces, antes de dormir, le contaba historias inventadas y, en ocasiones… solo en ocasiones, sentía como si fuera yo el padre y no el hijo; ignoraba esos momentos porque una presión fuerte me oprimía el pecho. Aunque el peso era demasiado, aunque el mundo me lanzara miradas de lástima, mantenía una chispa intacta, una promesa silenciosa que me negaba a desechar.
Solo así podía continuar día a día. —Ha pasado tanto tiempo… —me dije a mí mismo, mientras lo observaba en la cama desde la barandilla de la puerta. —Padre, pronto llegará Emilie —le hablé, aunque a esas alturas no sabía si me entendía o solo estaba sumergido en delirios sobre mi madre. Con dieciocho años, logré entrar a la universidad con una beca.
Ya habían pasado catorce años desde que el tiempo me arrebató a mi madre, y en ese espacio crecí enfrentando el peso de los recuerdos.
Fui aceptado en la carrera de Medicina en una institución pública, después de meses de estudiar de noche y de trabajar en turnos agotadores. Con el estipendio podía pagar en parte a una enfermera para los cuidados de mi padre, pero aun así los días eran pesados.
Nadie entendía cómo lo había conseguido; yo mismo a veces me lo preguntaba, mirando mis manos cansadas y las ojeras profundas que me acompañaban desde hacía años. Seguíamos viviendo en la misma casa silenciosa.
El tiempo pasaba sobre él envejeciendo su cuerpo antes de lo previsto; sus ojos apenas se movían y su voz era un murmullo sin fuerza.
Había días en que no me reconocía, otros en que me confundía con alguien más, o me llamaba “doctor”, como si su mente viviera en un recuerdo suspendido. Salía de madrugada a trabajar en una panadería, limpiando pisos y hornos, o en restaurantes por temporadas.
Luego corría a tomar el bus hacia la universidad, con una mochila cargada de libros y el corazón dividido entre la culpa y el deber.
Al final del día, regresaba a casa, preparaba la cena y revisaba su estado con la precisión que había aprendido en las clases. A veces, mientras estudiaba frente a la ventana, venía a mi mente el recuerdo de la sonrisa de mi madre; tomaba unos minutos para recordarla y, cuando el viento movía las cortinas, me parecía escuchar su voz, suave, como un eco: —No lo dejes solo, hijo.
Pero no te detengas tampoco —susurraba en mi memoria. Las semanas se confundían: exámenes, turnos, medicinas, el cuidado constante de coordinarlo todo.
No tenía tiempo para amigos ni para mí mismo, pero dentro de ese cansancio había algo que me mantenía en pie: la promesa de no repetir el silencio que había desgastado a mi padre. En las madrugadas, después de estudiar, me sentaba al borde de su cama y le hablaba de mis clases: —Hoy aprendí a reconocer un soplo cardíaco… Hoy vi una operación de verdad… —le contaba. No sabía si recordaba lo que decía; solo escuchaba en silencio, pero a veces corrían lágrimas por su mejilla.
Tal vez entendía, tal vez no.
Aun así, seguía hablándole, porque en mi interior sentía que esa era la manera de mantener viva a mi madre: curando, cuidando, resistiendo. Había noches en que el cansancio me vencía y me quedaba dormido junto a su cama, con los apuntes abiertos en el suelo.
El amanecer me encontraba así, con la luz dorada entrando por la ventana y el sonido de su respiración llenando el silencio.
Y entonces, por un momento, sentía que no todo estaba perdido.
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