Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Cap 5 Lo que el amor no pudo sostener
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6: Cap 5 “Lo que el amor no pudo sostener” 6: Cap 5 “Lo que el amor no pudo sostener” Con paciencia y perseverancia sacaba mis estudios adelante; los años siguieron su curso implacable entre el cuidado de mi padre y el trabajo.
A mis veintitrés años, en una fría madrugada en el hospital universitario, conocí a Riven, un beta que estaba haciendo su práctica de enfermería, su sonrisa era clara y con una mirada paciente, alguien que parecía entender el cansancio de los demás sin que tuvieran que explicarlo.
Mientras revisaba notas en un pasillo del hospital, él llevaba café para el turno de guardia.
Riven lo ofreció sin decir palabra, solo con ese gesto que parece decir “te veo”.
Durante algunos meses compartimos silencios, risas cortas, paseos breves entre los turnos.
En una noche más de guardia: —Hola, ¿café?
Miré a Riven con alegría, como necesitando no solo ese café si no escuchar esa voz cálida: —Sí, gracias —respondió con sonrisa agradecida.
—No tienes que decir nada.
Tu expresión dice todo.
Te veo cansado, sé lo que es cargar con más de lo que uno puede soportar, también he tenido momentos así —dijo.
Solté un suspiro, como dejando salir un poco de ese peso acumulado…
—Se siente bien que alguien lo note.
No sé si puedo explicarlo bien; a pesar del tiempo que ya paso, hay un vacío que pesa desde que mi madre no está.
Ver a mi padre cargar con esa tristeza que lleva dentro y no poder hacer nada es duro.
A veces pienso que estudiar medicina es mi forma de luchar para que nadie más sufra como ella —confesé.
—Lucien, el mundo necesita gente que luche con el corazón, a veces el dolor nos conecta más de lo que imaginamos.
No tienes que cargar eso solo —respondió.
—Aunque no me creas, tengo miedo de que quienes se acerquen se alejen tan pronto como me conozcan.
— no podía mirarlo…sentía mi pecho presionándome por dentro.
—Mmm… nadie dijo que sería fácil… Yo no soy perfecto ni tengo todas las respuestas, pero puedo ofrecerte mi presencia, cuenta conmigo —añadió.
— Gracias, Riven.
Eres muy especial para mí.
Me has confortado muchas veces y gracias a eso me animo cada día.
— Espero que podamos tener muchos momentos más, Lucien.
Con cuidado, Riven toca el rostro de Lucien con una caricia suave.
Y le entrega una sonrisa cálida.
Entre la fragilidad y la esperanza, supe que no estaba tan solo como creía.
Que había un camino para caminar juntos, uno que empezaba justo allí, en ese silencio compartido y en esa conexión sincera.
Hablamos de nuestras familias y de todo lo que había aprendido a fuerza de perder.
En una noche larga mientras conversábamos, Riven dijo con dulzura: —Lo prometo, no pienso irme.
No soy de las que se asustan con el dolor.
No seré como ellos, soy diferente —aseguró.
Con duda, pero con una nueva esperanza que florecía gracias a esa promesa, le dije: — A veces siento que mi vida ha estado llena de sacrificio y deber.
Pero contigo…
siento que puedo permitirme soñar.
—Mereces ser feliz, incluso en medio de todo esto.
Lo que prometí lo mantengo… No podemos cambiar el pasado, pero sí elegir el camino que queremos recorrer.
Permíteme caminar a tu lado y apoyarnos mutuamente —respondió.
Sentí cómo mi rostro se tornaba cálido y, con una voz quebradiza, le di las gracias a Riven por manifestarme ese amor que tanto necesitaba.
Pasaron los días y las conversaciones, y el amor fue creciendo.
El tiempo que compartíamos fue abriendo una puerta que había estado cerrada: Riven era la calma que había olvidado, la vida sencilla que anhelaba y que me estaba permitiendo soñar con un futuro.
En medio de turnos agotadores, pequeños momentos de contacto, miradas y gestos cotidianos se convirtieron en un refugio; paseos breves, cafés y risas pequeñas se volvieron un refugio en mi corazón, mostrando que el amor nace también en lo cotidiano.
Pero la enfermedad de mi padre no daba respiro, comenzó a empeorar, su cuerpo ya no respondía y las noches se volvían más largas.
Luego de compartir por un tiempo conmigo, Riven comenzó a sentir una frustración e impotencia que no podía manejar.
Veía la carga que arrastraba desde hacía años, el trabajo en el hospital y el deterioro de mi padre.
Comenzó a sentir que, aunque estaba presente ayudándome, todo lo demás me estaba hundiendo sin poder salir ni permitirme ser feliz con él Noté que una tristeza lo inundaba, debido a que mi situación seguía sin tregua por tanto tiempo, pero no esperaba escuchar de su boca tales palabras.
Al final de un día agotador, nos tomamos un refrigerio en una tienda de conveniencia; cuando ya comenzaba a caer la noche, me dijo con dolor: —He estado cerca de ti cerca de un año.
Nada ha cambiado desde ese entonces.
Tu deber es más fuerte que nuestro sueño de estar juntos.
Me tomó muchísimo tiempo que me abrieras tu corazón, pero aun así no das un paso más hacia delante con lo que sentimos.
No puedo seguir viéndote así —dijo con lágrimas contenidas.
Tomé su mano porque no entendía muy bien a qué se refería, mi cansancio no me dejaba pensar por lo que solo me quedé callado viendo cómo apretaba sus puños conteniendo tristeza en su expresión.
—Nada ha cambiado.
Muchas veces sugerí ser algo más serio, formalizar nuestra relación, pero sigues evitándolo.
Tampoco puedo seguir viendo cómo te debilitas cada día más —continuó.
Repitió nuevamente con ya lágrimas cayendo…
—No puedo seguir viéndote así—en mi garganta se formó un nudo, comprendí por dónde iba su tono y frustración, sin siquiera decir nada más, entendí por qué me decía esas palabras.
Solo pude decir… —Ya lo sabes, no puedo abandonarlo; es mi padre, es lo único que me queda.
Si lo dejo, él morirá.
Jamás podría hacer eso —respondí.
No podía hacer nada más.
También sabía que el amor, cuando se enfrenta al dolor constante, se desgasta como piedra bajo el agua.
Al principio, Riven parecía un refugio, una promesa de calma, pero el peso de mi mundo le resultó demasiado.
Sentí cómo se rompía algo dentro de mí.
No era solo miedo a perderlo, era el temor de quedarme completamente solo.
Se soltó de mi mano, se dio la vuelta.
Dándome la espalda, me dijo: —Por favor… dame un tiempo… necesito aclarar mis pensamientos… —pidió.
Quise detenerlo en ese instante, abrazarlo y pedirle que no se fuera, pero no podía; comprendía que mi vida no era fácil y no podía pedirle que cargara con ella.
Solo me quedé callado y lo dejé ir.
Seguí estudiando, trabajando y cuidando de mi padre.
Pero ahora el cansancio era otro: no solo físico, sino del alma.
A veces, mientras limpiaba las heridas de mi padre o repasaba apuntes de neurología, pensaba en él.
El día en que colapsé no tuvo nada de importancia.
Fue un martes cualquiera: a la madrugada la biblioteca, una guardia extra en el hospital por la noche.
Había dormido tres horas en dos días, había saltado comidas y me había dicho la palabra “continua” tantas veces que ya no sonaba a nada.
Tocan la puerta en medio de la noche.
Era Riven.
Había pasado una semana de nuestra conversación.
No hubo ni mensajes ni llamadas.
Por bastante tiempo solo hubo silencio de parte de Riven, y ahora estaba aquí frente a mi puerta…
Lo invité a pasar, él se negó.
—Quiero hacer esto corto.
Solo lo diré y me iré…
—dijo.
Observe sus ojos decididos y fríos.
—…Terminemos esta relación… “Si me quedo, tendré que cargar con tu padre postrado —dio un gran suspiro, tomándose de la frente—.
Perdón… pero no quiero cargar con todo eso.
Es una responsabilidad que no puedo llevar… la verdad no puedo, es demasiado para mí… lo siento, no me busques, por favor —concluyó.
Solo se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás, sin derramar una sola lágrima de despedida.
No sé qué hice en ese instante; quedé paralizado, no sé cuánto pasó desde que lo vi partir.
Cuando reaccioné ya no estaba… Me di la vuelta hacia adentro y caí de rodillas al suelo, lloré amargamente, mareado y dolorido, solo llegué a pensar…
¿Cerré la puerta?
No lo sé…
…no recuerdo qué pasó, todo se oscureció en un segundo, pude escuchar el sonido tic-tac del reloj de pared que se unía a los latidos de mi corazón… … El sonido del reloj resonaba con una insistencia casi insoportable en el pequeño cuarto del hospital.
Theron apretó los puños, sintiendo cómo la presión crecía en su pecho mientras preparaba el equipo médico; en pocos minutos, Lucien estaría en sus manos.
En la penumbra de esa habitación, Theron cerró los ojos…
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