Lucien "El tiempo contigo" - Capítulo 9
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
9: Cap 8 9: Cap 8 Mi vida continuó con cierta normalidad, volviendo a clases con la rutina de siempre.
Empecé a asistir a la escuela y, aunque a veces era bueno estudiando, en otras ocasiones solo lo hacía porque un empujón me lo exigía.
—¡Theron!
¡Ven aquí!
—gritó mi madre desde la sala, y su tono era inconfundible—.
¿Qué significa esta nota en tu examen?
A menudo mi boca no cooperaba con lo que quería decir y hablaba sin filtro.
—Que no estudié.
Para cuando reaccionaba a lo dicho, ya era tarde; terminaba corriendo para que mi madre no me alcanzara.
Los resultados de esa huida, sin embargo, siempre eran los mismos: me encontraba sentado frente a mi escritorio, rodeado de libros, y mi madre vigilando desde la puerta con su mirada hecha fiera.
Mis hermanas se limitaban a observar, riéndose de lejos.
A menudo sentía el peso de la mirada de mi madre cuando bajaban mis notas y, aunque mis hermanas eran algo revoltosas conmigo, sabía que me cuidaban a mis espaldas, sin que yo lo supiera.
En más de una ocasión las vi defenderme de acosos o molestias de algunos compañeros, ya que yo era un poco más bajo de lo normal y sufría acoso por niños más grandes.
—Los afamados matones que siempre se encuentran en las escuelas —mencionaba mi hermana menor, Devra, levantando el dedo en su clase de advertencia que me daba al empezar las clases—.
Sus clases eran cada año, al comienzo de curso, para que no olvidara lo que podría pasarme; significaban lecciones personalizadas de cómo contestar o defenderme, lo que también implicaba recibir aporreo de mis hermanas.
Pasaron años desde que vi unos ojos dorados, pero cada tanto los recordaba.
Por ejemplo, al entrar al restaurante no me percaté, pero al escuchar risas pude ver que hablaban con un empleado y le daban un regalo.
Estaba atendiendo la caja, pero su cabello era de un tono café claro.
Al observarlo desde mi mesa, él sonreía y, en ese instante, supe que era la misma persona.
En ese entonces, yo estaba en mi tercer año de la universidad de medicina.
Estaba comiendo con mi amigo de infancia, Ren.
Era una noche de bebidas, ya que su novia lo había dejado; había llanto y quejas.
—¿No deberías estar ya acostumbrado a que te dejen?
—¿Cómo puedes decirle eso a tu amigo?
¿No ves que estoy sufriendo?
—Pero esta es la cuarta vez que te dejan.
Cuando dije eso, se le llenaron de agua los ojos de nuevo y no pude decirle más nada hasta que se desahogara por completo.
Creo que me conoce demasiado bien y sabe que a veces soy muy directo y no filtro, pero tampoco lo digo para dañar.
Mientras escuchaba a Ren quejarse y preguntarse: —Pero ¿qué es lo que tengo?
¿Es por mi color de pelo?
Pero es la herencia de mi abuelo, no puedo solo teñirme; me cortarían la cabeza apenas vieran eso.
—Te ves como un matón… —miré hacia otro lado para que notara que lo decía en broma.
Al regresar mi vista hacia él, noté cómo me miraba; solo podía esconder mi risa.
—Ahhh, ¿por qué?
Tampoco me veo mal.
Huelo bien.
Mi ropa elegante destaca mi físico —dijo en tono de orgullo—.
No entiendo nada, todas tenían excusas diferentes cuando me dejaban.
Al escuchar eso, no podía mirarlo y solo desviaba mi mirada, ya que la culpa de esas rupturas era provocada por mí.
Esas mujeres eran conocidas por sacarle dinero a sus ex y dejarlos después de que se aburrían.
No soy ningún héroe, pero tampoco dejaré que lastimen a mi amigo.
Al mirar el mesón y fijarme en aquellos ojos, supe que la única forma de acercarme a él era pagando la cuenta, cosa que quería evitar: Ren tenía un estómago que era un abismo sin fondo y bebía hasta quedar desmayado, pero no me quedaba de otra.
Me desconecté del mesón de atención, ya que Ren quería ir al baño.
—Necesito ir al baño —decía con ojos llorosos e hinchados—.
—¿No quieres que te ayude a mear también?
Se había puesto a llorar nuevamente.
Pegué un suspiro y solo lo acerqué al baño; cuando salió, le dije que ya era suficiente, que pagaría la cuenta y nos iríamos.
Se despertó un poco al decirle que pagaría la cuenta; hasta me pareció que movía una cola de felicidad.
Lo dejé sentado y me acerqué al mesón de pago, pero él ya no estaba.
Pregunté por el joven de ojos dorados, pero la empleada dijo que ese era su último día porque era un trabajador temporal.
Pregunté su nombre, pero no quisieron dármelo por seguridad, ya que era muy apreciado por todos y que alguien desconocido preguntara por él resultaba sospechoso.
Suspiré, pagué y me fui de allí sintiéndome un poco vacío.
¿Por qué me sentía así?
¿Por qué me atraían esos ojos como un imán?
¿Qué buscaba realmente?
Un leve pitido interrumpió mis pensamientos.
Abrí los ojos.
Estaba de regreso en el hospital, frente al monitor que mostraba los signos vitales de Lucien, aquel joven cuya imagen me perseguía y que ahora dependía de mi cuidado.
El tic-tac persistía, constante, marcando el paso del tiempo.
La batalla apenas comenzaba.
En ese cuarto frío y brillante, amarrado a la realidad con tubos y cables, estaba quien había marcado tanto mi historia sin siquiera saberlo.
Solo fueron cortos momentos, pero mi ser vibraba y se desesperaba cada vez que sentía un atisbo de su presencia, aunque ni siquiera pudiera conocer su nombre en esos instantes.
—Lucien —repetí su nombre en un susurro, como si por fin hubiera encontrado un pequeño tesoro que formaba parte de él.
Al verlo tan debilitado en la cama, los pocos recuerdos seguían entrando y golpeando mi cabeza, dificultando mi concentración.
Un mes después del restaurante, vi a un repartidor de pizza con ojos dorados.
Pero, por una pequeña rendija del casco, alcancé a ver que su cabello era rojizo.
—Ahhh… —me froté los ojos, pensando que había visto mal, y me pregunté si me estaba volviendo loco—.
Pero, cuando caí en cuenta… ni siquiera pude leer el nombre del local de pizza.
Otra vez la pregunta regresaba a mi mente: ¿qué me pasa?
¿Me he obsesionado con un color de ojos?
¿O estoy buscando a alguien en particular?
¿Quiero encontrarme con aquel niño que me regaló una sonrisa tan linda?
¿Qué es todo esto?
Con frustración, me rasqué la cabeza, como si en ese simple gesto pudiera desentrañar el significado de todo lo que estaba pasando.
En el tiempo en que estaba atorado con el tema que elegiría para mi tesis de medicina, me quedaba pegado en mis pensamientos y me ponía malhumorado.
Para Ren, la mejor idea para despejarme era ir a comprar un regalo para su novia (solo quería que lo ayudara a elegir).
Me encontraba dentro del auto mientras lo esperaba; en esa espera interminable, observaba a un payaso que repartía volantes y hacía reír a los niños, ofreciéndoles globos a quienes quisieran tomarlos.
Sentí que me miraba fijamente y, para mi sorpresa, me sonrió mientras sacudía su mano.
Sus ojos… esos mismos ojos dorados que me perseguían desde hacía tiempo.
Era él… sí, era él.
Mientras reaccionaba a esa sonrisa, mi amigo arrancó de golpe el auto, con prisas, gritando que iba tarde y que lo regañarían nuevamente.
No pude bajarme a tiempo.
—Ahh… —me agarré la cabeza y suspiré profundamente—.
Algo no quiere que te alcance, o quizá no es el momento para que pueda hablarte todavía.
Suspiré otra vez y dejé que la situación fluyera.
—Si algún día el tiempo nos pone frente a frente… ¿qué será lo que suceda en ese instante?…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com