Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 10
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Capítulo 10: Capítulo 10: Donde la memoria respira
El bosque ya no era bosque. No en el sentido que Elia conocía.
Había cruzado raíces, túneles de sombra y claros que hablaban en viento. El trayecto hacia el Claro Espejado no tenía forma fija, y cuanto más avanzaba, más cambiaban los caminos tras ella. Los árboles se curvaban sutilmente, como si la observaran sin moverse. Las hojas no crujían bajo sus pasos.
Era como si la tierra no quisiera delatarla.
Llevaba horas caminando cuando sintió que el aire se volvía más liviano. No por falta de gravedad, sino porque algo invisible comenzaba a retirarse. El bosque cedía.
O la invitaba a cruzar el umbral.
Una brisa le rozó la mejilla. No era viento. Era una caricia. Un llamado.
Elia siguió ese susurro hasta un claro circular rodeado de piedras hundidas. En el centro, una laguna inmóvil reflejaba el cielo… pero no el que tenía sobre su cabeza.
Las estrellas eran otras.
Y la luna era doble.
Se acercó despacio. El agua no tenía olor ni movimiento. No era agua.
Era memoria.
El Claro Espejado.
Elia se arrodilló junto a la orilla. El fuego lunar le palpitaba bajo el esternón, ansioso, vivo. Sintió que su cuerpo vibraba en una frecuencia ajena, como si otra versión de sí misma respirara bajo la superficie.
—Estoy lista —susurró.
No hubo respuesta inmediata.
Pero el fuego lunar pareció escucharla.
Se expandió dentro de su pecho con una calidez distinta. Ya no era solo fuerza. Era atención. Presencia. Se convirtió en un segundo latido, más antiguo. Más sabio.
La imagen en el agua cambió.
Primero vio a Aenar, su madre. Joven. De pie en ese mismo claro.
Sola. Asustada. Cantando.
Una canción sin palabras, una melodía de respiración y deseo.
Elia la reconoció.
La había oído una vez, muy tenue, en sueños que no recordaba haber tenido.
El fuego lunar se extendió por su espalda, su cuello, sus manos. No quemaba.
La abrazaba.
La imagen se deshizo. Y surgió otra.
Ella misma, niña, corriendo por un bosque bajo la lluvia.
Y luego, mayor. De pie en un círculo de fuego.
Sus ojos eran blancos.
Su voz deshacía a las figuras oscuras con cada palabra.
Entonces vino la tercera visión.
Elia no era humana. Era loba.
Más alta que cualquier criatura.
Corría entre una manada. Pelajes distintos, pero un solo ritmo. Un solo aliento.
Se comunicaban sin palabras.
Con aullidos. Con energía.
El fuego lunar danzaba entre ellos. No como arma.
Como idioma.
Ella era la primera.
No la más fuerte.
Pero sí la que marcaba el camino.
Cuando la visión se desvaneció, el fuego en su interior dio una sacudida final y se concentró en su brazo izquierdo. Sintió un ardor profundo. Pero no era dolor.
Era inscripción.
Una runa había aparecido en su piel: un círculo incompleto, cruzado por tres líneas curvas. Brillaba con luz azul. No conocía su significado exacto, pero lo comprendía.
Era la marca del vínculo.
El inicio de un lenguaje compartido entre ella y el fuego.
Un crujido.
A sus espaldas.
Giró con rapidez, empuñando la daga.
Nada. Solo bosque. Solo silencio.
Pero algo la observaba. No con ojos. Con presencia.
Un pulso más antiguo que el suyo.
—No estás sola —murmuró, como si se lo recordara a sí misma.
Volvió al espejo de agua.
Colocó su mano sobre la superficie.
Una chispa azul surgió y se propagó en ondas suaves.
Entonces lo vio.
Su reflejo.
Pero con ojos que no eran suyos.
Eran los ojos de Aenar.
—El legado no es carga. Es puente —dijo la imagen.
Y desapareció.
El fuego se replegó, satisfecho.
Pero no se apagó.
Permanecía.
Atento.
Elia se puso de pie, la runa brillando en su piel como si el mundo la reconociera.
Ya no era solo portadora.
Era interlocutora.
Parte del tejido.
Y mientras el Claro Espejado guardaba silencio una vez más,
el fuego dentro de ella susurró por primera vez con claridad:
—Ahora sí me oyes.
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