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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 11

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Capítulo 11: Capítulo 11: El camino de regreso no existe

Elia salió del Claro Espejado cuando el sol comenzaba a descender entre las copas de los árboles, proyectando sombras largas que parecían estirarse hacia ella, como si quisieran detenerla o, tal vez, tocar la nueva runa que brillaba en su brazo.

La marca seguía tibia, como un latido tranquilo. No ardía, pero estaba viva. A cada paso que daba, sentía el fuego lunar susurrar desde dentro, no con palabras, sino con intuiciones: gira aquí, detente, respira. Era como si el bosque hablara a través de su vínculo recién nacido.

Ya no necesitaba ver el camino. El bosque mismo se lo entregaba. Las ramas se abrían ante su paso, la niebla se apartaba en espirales, y las raíces bajo sus pies parecían empujarla suavemente, señalándole la dirección correcta. No era un regreso. Era una transformación constante, y cada metro recorrido era distinto del anterior.

A mitad de camino, se detuvo ante un arroyo. El agua era clara, fría, y reflejaba por un instante la imagen de su madre. No como en el Claro, sino como una presencia que la acompañaba. Elia se arrodilló, se lavó el rostro y sintió que algo se asentaba dentro de ella: no una respuesta, sino la aceptación de que muchas preguntas no tendrían palabras. Solo actos.

Al levantarse, una figura emergió a su derecha. Alta, delgada, con una máscara metálica que cubría su rostro por completo y líneas negras que descendían como lágrimas desde los bordes de los ojos. El aire alrededor de él se volvió súbitamente denso. Donde él pisaba, los pájaros dejaban de cantar. Incluso el murmullo del bosque se replegó como si la vida se contuviera a su paso.

El fuego lunar dentro de Elia reaccionó de inmediato. No con ataque, sino con un estremecimiento dual: curiosidad y rechazo. Una chispa recorrió su columna, vibrando entre los huesos. No era miedo. Era como si algo dentro de ella recordara haber sentido esta presencia antes, sin saber cuándo.

No emitía sonido alguno. Solo estaba allí. Como si esperara. Elia no sintió miedo. Sintió contención. Observación. Como si aquel ser fuera una página aún sin escribir.

—¿Quién eres? —preguntó en voz baja.

El silencio respondió. Y el fuego lunar reaccionó con una chispa en su pecho, un leve destello que no buscaba atacar, solo señalar.

La figura dio un paso atrás, como si esa chispa fuera una confirmación. Antes de desaparecer entre la niebla, bajó lentamente la mano hacia el suelo. Con precisión ritual, dejó algo entre las hojas húmedas: una pluma de un color imposible, entre el gris perlado y el azul luna. No dijo nada. No miró atrás. Y luego, se giró y desapareció entre la niebla, como si se fundiera con ella.

Elia se inclinó, recogió la pluma. El fuego dentro de ella vibró, desconcertado. No había hostilidad en el objeto. Pero sí intención. Un mensaje que aún no podía traducir. Elia se quedó allí, inmóvil, el corazón latiendo con fuerza pero sin alarma. No era una amenaza. Era un testigo.

La voz del fuego se agitó nuevamente, transmitiendo una emoción confusa: algo entre desconfianza y reconocimiento. No está contigo, parecía decirle, pero sabe quién eres.

Elia siguió caminando.

La luz del atardecer teñía el bosque de un dorado suave. Y mientras avanzaba, comenzó a recordar cosas que no sabía que estaban en su mente: el rostro de Lena cuando le enseñó a preparar la primera infusión lunar; la risa breve de Kaara durante una noche de entrenamiento; la mirada de Riven, intensa, feroz, con miedo y ternura al mismo tiempo.

Con cada recuerdo, el fuego lunar se adaptaba. No era una fuerza que la apartaba del mundo. Era una que la anclaba a él. Elia comenzó a comprender que el fuego no era solo destrucción o poder. Era vínculo. Era historia.

Cuando llegó a una hondonada flanqueada por piedras musgosas, se detuvo. Algo en el aire cambió. Era más frío, pero también más denso, como si el Velo estuviera más cerca allí. Y entonces lo sintió: un temblor bajo la tierra, breve y vibrante, como una campana profunda.

El fuego respondió con intensidad. Subió por su columna, se dispersó en sus hombros, y tocó la runa de su brazo. Esta se iluminó con más fuerza. Elia cayó de rodillas por el impacto emocional, no físico. El fuego le mostraba una visión, pero distinta. Esta vez, no eran imágenes.

Era una emoción. Pura. Brutal. Compartida.

Una loba, herida, oculta bajo la tierra. Su respiración era rápida. Temía por sus crías. Afuera, el mundo ardía. El fuego la rodeaba, pero no la tocaba. El fuego era ella. Y en algún rincón del bosque, otra loba —más joven, más pequeña— alzaba la cabeza hacia la luna. Era Elia. No como ahora. Como había sido. Como sería.

La visión se desvaneció con el sonido de un cuervo que cruzó el cielo.

Elia se incorporó. No tenía certezas. Pero sí dirección.

Sabía que debía regresar con Lena. Que debía ver a Riven. Pero más que eso, sabía que debía hablar. No con los demás. Con el fuego.

—Estoy escuchando —dijo en voz alta.

Y el fuego, por primera vez, no respondió con una sensación. Sino con una palabra dentro de ella.

Hermana.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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